domingo 02 de agosto de 2026
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El desafío americano

¿Cómo fue la vida de René Favaloro en Cleveland antes de revolucionar la cirugía cardíaca?

Con 38 años y aferrado a una carta de recomendación de José María Mainetti, casi sin hablar inglés y sin una aceptación formal, René Favaloro llegó a Estados Unidos tras recorrer casi 9.000 kilómetros. Allí comenzaría una etapa decisiva que cambiaría su vida y salvaría la de millones de personas.

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René Favaloro y su esposa Antonia Delgado abordaron en Ezeiza una aeronave Douglas DC-6 de Aerolíneas Argentinas que en un vuelo directo de once horas los depositó en el aeropuerto Idlewild de Nueva York. Lo apacible del trayecto les permitió calmar sus temores y disfrutar de su primer viaje en avión. Tras sortear el aterrizaje y el papeleo migratorio, pasaron el resto del día descansando en un hotel próximo a la estación aérea desde donde, a la mañana siguiente, volvieron a volar, completando un trayecto de 750 kilómetros hacia el oeste, hasta la ciudad de Cleveland.

A principios de febrero de 1962, con 38 años, Favaloro ingresó por la puerta principal al edificio de la Cleveland Clinic Foundation aferrado a una carta de recomendación de su maestro, José María Mainetti, pero sin ninguna certeza, siquiera, de que iba a ser atendido. Mainetti ya había solicitado al Jefe del Departamento de Cirugía General, George Crile, que aceptara como residente a su discípulo, pero nunca había recibido respuesta.

Lanzado en busca de su destino, el médico platense decidió insistir en persona y asumió los riesgos de recorrer casi 9 mil kilómetros hasta la clínica que lleva el nombre de la ciudad en la que se asienta, en el condado de Cuyahoga, dentro de la zona más poblada del Estado de Ohio, sobre la orilla sur del lago Erie, uno de los más grandes y contaminados del mundo.

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René y Antonia viajaron a Estados Unidos en busca de su destino en febrero de 1962.

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Fundada en 1921, la Cleveland Clinic había nacido de la iniciativa de un grupo de médicos dedicados a la práctica quirúrgica, que desarrollaron la visión de ofrecer una atención “de alto compromiso con el paciente sobre la base de los principios de cooperación, compasión e innovación”, tal como surge de sus principios rectores.

Favaloro se dirigió a la recepción y presentó la nota de Mainetti. Minutos después, Crile lo recibió afectuosamente en su despacho. Ante todo, pidió disculpas por no haber contestado los mensajes enviados por Mainetti anteriormente. Después de una breve charla llamó por teléfono a Donald Brian Effler, responsable del Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular, y lo acompañó hasta su oficina. En el pasillo, antes de despedirlo, lo alentó con una palmada en la espalda y soltó:

–¡Buena suerte, jovencito!

En un inglés rudimentario Favaloro logró explicar los motivos que lo habían llevado hasta allí. Effler mostró muy buena predisposición pero enseguida le advirtió que, como no contaba con el certificado habilitante del Consejo Educativo de Graduados Médicos Extranjeros, no podría ingresar al régimen de residencias. Pese a todo, le propuso admitirlo condicionalmente en carácter de “médico observador”, una suerte de oyente sin atribuciones ni responsabilidades.

Sólo busco una oportunidad –dijo el médico platense, con convicción.

El directivo quedó impactado por la actitud y motivación de su colega sudamericano, al punto de que terminó por ayudarlo a superar un incidente que se suscitó minutos después, cuando fue a inscribirse en la oficina de Educación de la institución. Allí, el responsable del área, Charles Leadham, molesto por la mala dicción del postulante, cuestionó con dureza a la Argentina, a la que calificó como un país de indios salvajes sin educación. Ofendido, René rechazó sus dichos y se retiró sin completar el trámite. Por suerte para él, la intervención de Effler dejó atrás el entredicho, que podría haberle significado un inmediato regreso al país.

Los primeros tiempos

René y su esposa pasaron los primeros días en un hotel céntrico. Luego alquilaron una pequeña habitación con heladera y cocina en un hospedaje más económico, cercano a la clínica. El barrio no era sencillo: abundaban la falta de empleo fijo y los episodios de inseguridad.

La primera vez que tuvo vacaciones en Estados Unidos Favaloro aprovechó para viajar a Bostón para asistir a una operación.

La primera vez que tuvo vacaciones en Estados Unidos Favaloro aprovechó para viajar a Bostón para asistir a una operación.

Aunque al principio extrañaron, la adaptación fue rápida. Apenas llegó a Estados Unidos, René buscó noticias de su país y, especialmente, de Gimnasia. Seguía con entusiasmo la campaña del equipo en 1961, cuando, dirigido por Enrique Fernández Viola, había derrotado 8 a 1 a Racing en el Bosque, la mayor goleada profesional de la historia del club. El inicio del torneo siguiente fue menos favorable: tras perder el clásico con Estudiantes, Fernández Viola dejó el cargo. Gimnasia llegó a mantenerse quince partidos invicto y en la cima del campeonato, pero un conflicto con varios jugadores frustró sus expectativas.

Desde su llegada a la Cleveland Clinic, Favaloro se concentró en superar los pasos necesarios para incorporarse formalmente. Comenzó a prepararse para el examen que le permitiría ejercer la medicina en Estados Unidos. “Sin ninguna duda me sentía feliz. Una vez más estaba frente a un nuevo desafío. Los que me conocen en profundidad saben que no puedo vivir sin desafíos”, escribió.

Al principio apenas intercambiaba unas pocas palabras con el personal auxiliar y las enfermeras, pero pronto perdió la timidez y ganó el respeto de sus colegas. Su tarea consistía en ordenar el quirófano y cumplir guardias cada cuarenta y ocho horas. Hacía de todo: trasladaba pacientes, limpiaba instrumentos, colaboraba con anestesistas y operadores de la bomba extracorpórea, colocaba catéteres y ayudaba en la organización general.

Trabajó principalmente con enfermedades valvulares y congénitas. Sus jefes quedaron impresionados por su trato con los pacientes y por algunos diagnósticos clínicos realizados a partir del contacto directo, sin depender exclusivamente de la aparatología.

A pocas semanas de su llegada, Effler lo invitó a participar en una operación. Su desempeño lo convirtió en asistente de Laurence K. Groves, el cirujano de mayor jerarquía después de Effler, y marcó un paso decisivo en su integración. Por entonces se realizaban tres o cuatro operaciones a corazón abierto por semana, generalmente por enfermedades congénitas.

Al regresar del trabajo, Favaloro registraba en un cuaderno todo lo que había observado, especialmente las técnicas quirúrgicas. Anotó casi cuatrocientos casos de reemplazos de válvulas aórticas realizados con el procedimiento de Vineberg y prótesis de Starr Edwards, información que luego volcó en un informe presentado ante la Ohio Heart Association, por el que recibió uno de los premios destinados a médicos residentes.

En septiembre de 1962 aprobó el primer examen para médicos extranjeros, el National Board Certification (NBC), que le otorgó una credencial para acceder a la enseñanza avanzada y lo convirtió en “junior fellow” de la Cleveland Clinic. El examen abarcaba ciencias básicas y patologías frecuentes en Estados Unidos. Además del reconocimiento, le permitió recibir su primer ingreso mensual y dejar de consumir los ahorros con los que había viajado.

Días de estudio

Puede decirse que Favaloro llegó en el momento justo al lugar indicado. Fue protagonista de una transformación decisiva en la cirugía coronaria, con técnicas que abrieron una nueva expectativa de vida para cientos de miles de pacientes con afecciones cardíacas.

A su arribo, los cirujanos de la Cleveland aplicaban la técnica desarrollada por el canadiense Arthur Martin Vineberg, uno de los grandes cirujanos de la época, para tratar obstrucciones en las arterias coronarias, los vasos encargados de llevar oxígeno y nutrientes al corazón. Tras años de experimentación con animales, Vineberg había ideado un procedimiento para compensar la falta de flujo sanguíneo provocada por las oclusiones, aunque sus resultados, variables e impredecibles, no lograron convencer al mundo médico.

En la Cleveland Clinic Favaloro también se consagró como un gran asador.

En la Cleveland Clinic Favaloro también se consagró como un gran asador.

En la historia de la revascularización coronaria suele mencionarse como un hito la intervención realizada el 2 de mayo de 1960 por Robert Hans Goetz y Michael Rohman en el Colegio de Medicina Albert Einstein, donde insertaron un anillo de titanio para unir vasos sin suturas. El paciente sobrevivió un año, pero la falta de reconocimiento inicial hizo que el equipo no recibiera el crédito correspondiente hasta mucho tiempo después. En 1962, David Coston Sabiston realizó el primer puente aortocoronario en un ser humano y, dos años más tarde, Edward Harvey Garrett efectuó otro procedimiento similar junto a Michael Ellis DeBakey. En ambos casos se trató de intervenciones de urgencia que tampoco fueron difundidas de inmediato.

El proceso era ya imparable. En 1964, el cirujano ruso Vasilii Ivanovich Kolesov realizó la primera revascularización coronaria exitosa con sutura utilizando como injerto la arteria mamaria interna y, ese mismo año, practicó la primera derivación con sutura estándar.

La revolución estaba en marcha y pronto Favaloro sabría aprovechar esos avances. Paralelamente, los estudios mediante radiología convencional permitían observar la anatomía coronaria y sus obstrucciones con mayor precisión. El análisis de las arteriografías y su relación con las historias clínicas aportaba información decisiva para orientar los procedimientos quirúrgicos.

Uno de los lugares que más despertó la curiosidad del médico argentino fue el Laboratorio de Cineangiografía de la Cleveland, ubicado en el subsuelo, donde se conservaban los angiogramas coronarios junto a los antecedentes clínicos de cada paciente. Allí trabajaba Frank Mason Sones Jr., considerado el padre de la coronariografía. Favaloro le pidió ayuda para interpretar las imágenes y comenzó a visitarlo diariamente después de su jornada laboral. Así nació una amistad decisiva.

Creado en 1950, el laboratorio reunía la colección de cineangiografías más importante de Estados Unidos. Favaloro estudiaba en detalle cada caso, consultaba a Sones cuando tenía dudas y pasaba largas horas en la biblioteca de la institución revisando publicaciones y libros especializados.

Sones era un hombre guiado por la búsqueda de excelencia, la honestidad científica y la conciencia sobre los límites de la tecnología. Según relata Fernando Boullón en su libro Favaloro. El corazón en las manos, llegó incluso a experimentar la primera coronariografía sobre su propio cuerpo. La versión oficial señala que en 1958, mientras estudiaba a un paciente, el desplazamiento accidental de un catéter que terminó en la coronaria derecha dio origen a la técnica.

Con la ayuda de Masons Sonnes, Favaloro desarrollo su protocolo para operar el corazón.

Con la ayuda de Masons Sonnes, Favaloro desarrollo su protocolo para operar el corazón.

Después de meses de estudio, Favaloro comenzó a desarrollar la idea de sortear las obstrucciones arteriales mediante un puente que restableciera la irrigación del músculo cardíaco. Diferenció dos grupos de pacientes: aquellos con enfermedad coronaria difusa y otros con obstrucciones localizadas en segmentos proximales, pero con buen drenaje distal. Fue sobre estos últimos donde empezó a concentrar su obsesión: encontrar una forma de saltear las obstrucciones coronarias mediante una nueva técnica quirúrgica.

Durante sus primeras vacaciones viajó con Toni en su Valiant hasta Boston para conocer Harvard y observar el trabajo de Dwigth Emary Harken, una leyenda de los quirófanos por sus intervenciones a soldados heridos durante la Segunda Guerra Mundial. Harken no sólo le permitió asistir a una operación, sino que luego lo invitó a almorzar en su casa.

Con empeño y dedicación, en 1964 llegó a ser jefe de residentes de la Cleveland Clinic. Dormía con la ropa de cirugía puesta y había dejado instrucciones para que lo llamaran ante cualquier complicación de sus pacientes, al punto de llegar muchas veces antes que los residentes de guardia.

Poco después, le asignaron un informe sobre nuevos equipos de oxigenación utilizados en el The Texas Heart Institute, en Houston. Allí conoció a Denton Arthur Cooley, uno de los cirujanos que más admiraba por su destreza y rapidez de resolución. Ambos compartían una cualidad poco frecuente entre los especialistas: eran ambidiestros.

El anhelo de volver

A mediados de 1965, al completar su formación, Favaloro consideraba que había aprendido lo suficiente para regresar a la Argentina y contribuir al desarrollo de la cirugía torácica. Lo alentaban algunas medidas del gobierno del presidente Arturo Illia, como el salario mínimo vital y móvil, el refuerzo educativo, el control de precios de medicamentos y el programa del Conicet para facilitar el regreso de científicos radicados en el exterior, impulsado por Bernardo Houssay.

Al volver a La Plata comprendió, sin embargo, que la realidad era distinta a la imaginada. La inestabilidad política persistía, los militares conspiraban contra Illia y las posibilidades de reinserción eran escasas. Su proyecto de crear un servicio de cardiocirugía en el Hospital de Niños de La Plata fue considerado inviable ante otras urgencias. Tampoco encontró alternativas durante el Congreso Argentino de Cardiología, en Mar del Plata, aunque allí conoció al cardiólogo riojano Luis de la Fuente, con quien compartió el deseo de regresar al país.

Favaloro regresó a Cleveland con las manos vacías. Effler le ofreció incorporarse como “assistant staff”, una categoría que le permitiría tener pacientes propios y oficina con secretaria. Antes de despedirlo, incluso le sugirió abandonar el modesto barrio donde vivía:

—Como miembro del staff de la Cleveland no podés seguir viviendo en esa pocilga.

Hasta entonces, aunque ya operaba por su cuenta, en los registros figuraban otros médicos para suplir la falta de la acreditación State Board, la licencia exigida en Ohio. Tras tres meses de estudio intensivo aprobó los exámenes en Virginia y Nueva York; luego la clínica gestionó su habilitación local.

En 1966, Favaloro fue incorporado formalmente como miembro pleno del staff de la Cleveland Clinic. En esa nueva etapa realizó intervenciones de todo tipo dentro de la cirugía torácica, aunque el recambio de válvulas seguía siendo la práctica más frecuente. También comenzó a ensayar nuevas técnicas destinadas a mejorar las incisiones, reducir el dolor posoperatorio y combinar distintos procedimientos.

Favaloro con el cardiólogo intervencionista riojano Luis de la Fuente. Ambos estaban en Estados Unidos y juntos pensaron en el regreso al país.

Favaloro con el cardiólogo intervencionista riojano Luis de la Fuente. Ambos estaban en Estados Unidos y juntos pensaron en el regreso al país.

A partir de entonces, Favaloro comenzó a producir hitos en la historia de la cirugía cardiovascular. Realizó la primera embolectomía pulmonar exitosa e inauguró el doble implante de arteria mamaria, para lo que diseñó un estabilizador especial que permitía aislar los tejidos y visualizar la arteria en toda su extensión. El instrumento, conocido como separador de mamaria o “Favaloro retractor”, todavía se utiliza en quirófanos de todo el mundo. También colaboró con Willem Johan Kolff en el embrionario proyecto del corazón artificial y recibió la admiración de Vineberg, entre otras cosas, por el tamaño de sus manos.

En la sala de operaciones imponía un respeto reverencial. Hablaba mucho y, cuando las cosas se complicaban, lanzaba insultos a granel. En Cleveland, los nuevos residentes solían preguntar: “¿Cuántos ‘puta madre’ ha dicho hasta ahora?”. La respuesta les permitía saber cómo venía la intervención.

Siguiendo el consejo de Effler, René y Antonia se mudaron a un amplio chalet en Pepper Pike, adquirido mediante un préstamo bancario. La casa, de estilo californiano, tenía un jardín delantero y un parque arbolado de casi una hectárea que terminaba en un arroyo. Allí, en un ambiente de sosiego, Favaloro estudiaba casos médicos, preparaba informes y cultivaba su pasión por la lectura: releía el Martín Fierro y el Quijote, profundizaba en autores como Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones, Antonio Machado, Miguel de Unamuno y Federico García Lorca, y descubría a escritores como Luis Franco, Julio Irazusta, Guillermo Hudson y Eduardo Mallea.

En ese living también sonaba música folclórica argentina, con Atahualpa Yupanqui, Eduardo Falú, Jaime Torres y Ariel Ramírez entre sus preferidos. A sus invitados les hacía escuchar con orgullo la Misa Criolla. Pese a las intensas nevadas del invierno, instaló una huerta con semillas que había llevado desde La Plata, donde crecieron tomates, morrones, berenjenas, zanahorias, chauchas, albahacas, perejiles y zapallos. Tras largas jornadas en el quirófano, disfrutaba los atardeceres en el jardín que había acondicionado junto a Toni.

A fines de 1966, un informe que reunía su experiencia fue seleccionado para inaugurar el encuentro anual de la Asociación Estadounidense de Cirugía Torácica. Era su primera exposición ante un auditorio internacional de especialistas y, pese al desafío, resultó un éxito. Antes de terminar el año quiso agasajar a sus jefes y compañeros con un gran asado argentino para todo el staff de la clínica. Con autorización de las autoridades construyó una parrilla en el subsuelo y preparó chorizos, mollejas, bifes y corderos. Toni acompañó la comida con ensaladas, alfajores y palmeritas. Durante mucho tiempo aquel almuerzo fue recordado en los pasillos de la Cleveland Clinic.

El protocolo para el bypass

Tras años de estudio y experimentación, Favaloro llegó a la conclusión de que podía utilizar un segmento de vena safena para crear un puente entre la aorta y la arteria coronaria obstruida. Ya había realizado pruebas con animales, con resultados dispares, pero estaba convencido de que no había mucho por perder frente a una enfermedad que hasta entonces condenaba a muchos pacientes con infarto agudo de miocardio.

“A principios de 1967, pensé que tal vez el problema podría resolverse mediante el uso de segmentos de vena safena. En la Clínica Cleveland, habíamos reunido una amplia experiencia en la reconstrucción de arterias periféricas y renales con ese tipo de injerto. ¿Por qué no usarlo a nivel coronario?”, escribió.

La experimentación quirúrgica también lo expuso a conflictos legales. Los juicios por mala praxis comenzaban a multiplicarse y Favaloro enfrentó al menos dos en esos años. En una audiencia, cuando un abogado cuestionó su formación por haberse graduado en la Argentina, respondió indignado:

–¡Señor juez, estamos ante un abogado que es un buen hijo de puta!

El letrado pidió que se tomara nota de la expresión.

–¡Sí, que se tome nota dos veces! –retrucó René.

Finalmente, el resarcimiento a los familiares de una paciente fallecida corrió por cuenta de la clínica. Gajes del oficio. Para reducir riesgos, junto con Sones llevaba un registro exhaustivo de las historias clínicas y explicaba a los pacientes y sus familias cada procedimiento y sus posibles consecuencias.

La mañana del martes 9 de mayo de 1967, en la Sala 17 de la Cleveland Clinic, Favaloro operó a una mujer de 57 años con una obstrucción en la arteria coronaria derecha. Con el corazón detenido y la circulación mantenida mediante una máquina extracorpórea, abrió la arteria y restableció el flujo sanguíneo mediante un injerto de vena safena que unía la aorta con el extremo libre del vaso obstruido.

Ese día se escribió una de las páginas fundamentales de la cardiología mundial: fue la primera cirugía programada de revascularización miocárdica con la técnica luego conocida como bypass o “baipás”.

“Aquel día me sentí como si fuera un plomero que entraba a una casa donde los caños estaban tapados. Puse caños nuevos y, de pronto, un torrente de linda sangre oxigenada fluyó al corazón”, recordó Favaloro.

(*) El presente texto es una adaptación de un fragmento del libro "Favaloro. El gran operador" (Marea 2020).

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