domingo 05 de julio de 2026
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Lolo von Kotsch

El abogado de La Plata de los fusilados de Operación Masacre

A 70 años de los fusilamientos de José León Suárez, se dio una sentencia histórica del caso que Rodolfo Walsh hizo famoso. Un perfil del letrado platense que fue el puente esencial.

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Acaba de ocurrir, este junio y en San Martín, un juicio histórico y ocurrió en el mismo escenario donde hace 70 años ocurrieron los mismos hechos. El Auditorio Hugo del Carril erigido sobre el basural donde los asesinaron en 1956, desarrolló el Juicio por la Verdad por los fusilamientos de la llamada “Operación Masacre”. Al igual que hace algunos años atrás ocurrió con Napalpí, y tras cuatro años de proceso, la jueza federal Alicia Vence –en lo Criminal y Correccional 2 de San Martín– permitió una condena a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad que reivindica a los familiares de las víctimas. La sentencia sostiene que, a los responsables, ya fallecidos, les hubiera correspondido dicha condena.

De entre los acribillados en aquella oportunidad, sólo sobrevive Juan Carlos Livraga, quien, a finales de 1956, por intermedio del abogado platense Máximo Miguel von Kotsch, le contó la historia de los fusilamientos a Rodolfo Walsh, quien a su vez a partir de su célebre frase “Hay un fusilado que vive” escribió el libro Operación Masacre.

Máximo Miguel von Kotsch (1924-1997).

Máximo Miguel von Kotsch (1924-1997).

Es decir, el abogado Von Kotsch fue el puente para que el libro pudiera existir. Su nombre fue mencionado varias veces durante el juicio que acaba de finalizar. Injustamente ha sido olvidada, en el tiempo, su figura.

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Por eso vale la pena volver a él. Esta es su historia.

Lolo von Kotsch

Le decían “Lolo”, pero su nombre era Máximo Miguel, de apellido alemán: Von Kotsch. Hijo único, nació en 1924 en la provincia de Río Negro, pero poco después llegó a La Plata junto a su padre, Otto von Kotsch, instalándose ambos en una casa ubicada en calle diagonal 78 y 3.

Cuando tenía 13 años su padre falleció repentinamente, entonces Lolo se quedó completamente solo; terminó en una pensión de estudiantes que estaba ubicada en calle 2 y 48 donde llegó a vivir hasta que conoció a Noemí “Mimí” Arce, con quien casó y se mudó a la calle 50 entre 13 y 14. Más tarde -recién en 1968-, comprarían una casa en 51 Nº 365. De esa relación nacieron sus tres hijos: Gustavo, Eric y Sandra von Kotsch.

A pesar de las dificultades de haberse quedado sin familia en la adolescencia, pudo arreglárselas con pocos recursos y a los 18 años entró en la carrera de Derecho en la UNLP. Tras recibirse, se introdujo en el mundillo judicial platense; montó su estudio en su casa de calle 50, y después de ganar varios juicios en los tribunales locales, logró obtener buena reputación profesional.

Su vida social era intensa, de joven jugó al básquet en el Club Universitario. Fanático del “Lobo”, todos los domingos decía presente en el estadio del Bosque.

Si bien no tenía una militancia partidaria, del mundo de la política tenía cierta afinidad con la UCRI de cuño frondizista.

Con sólo 32 años, Lolo era considerado uno de los penalistas más conocidos de la capital provincial, siendo además conocido por su sensibilidad. Solía tomar casos de gente pobre, que no tenían con qué pagarle, pero él las asumía igual con el mayor de los compromisos, según recuerdan quienes lo conocieron como profesional.

Esta característica seguramente fue la que llevó el destino de este abogado platense a la cárcel de Olmos, un día cualquiera de 1956.

Hay un fusilado que vive

Von Kotsch deja atrás las puertas de barrotes de las celdas que van abriéndose a su paso hasta llegar a la sala. De los restos del hombre que Von Kotsch tiene de repente ante su vista, de su fachada espectral con pelo y barba crecidos, y heridas evidentes en todo el rostro, sabe poco y nada. Por su paso asiduo por la Unidad de Olmos, donde suele visitar a otros clientes, le contaron del rumor de los presos que habían entrado en los últimos días y que se “pudrían” en una celda.

Todos los internos lo sabían. Un rato antes, uno de los guardiacárceles le había advertido: “Doctor, a estos que entraron hace unos días los están dejando morir, puede usted hacer algo, los tienen así para que se mueran…”. O el rumor de que “… que han sido víctimas de una balacera después de un supuesto mitin peronista en el Conurbano, y que están heridos, mal detenidos”.

Lolo en Mar del Plata, Punta Iglesias, 1980.

Lolo en Mar del Plata, Punta Iglesias, 1980.

Cuando ingresa a la celda, el abogado platense ve tirado en el piso a un hombre retorcido, se acerca y vislumbra que está agusanado en las heridas. A la pregunta por su nombre, balbucea su “Juan Carlos Livraga”. El fusilado que vive.

Operación Masacre

Dice Rodolfo Walsh en el capítulo 31 de Operación Masacre:

“Entre los presos circulaba con insistencia el nombre de un letrado platense: el doctor Von Kotsch. Se citaban casos de detenidos puestos en libertad merced a su intervención. El doctor Máximo von Kotsch, abogado de 32 años, con activa militancia en el radicalismo intransigente, dedicaba en efecto su notorio dinamismo a la defensa de presos gremiales”.

Esta entrada del libro -dice hoy Eric von Kotsch, uno de los hijos del abogado-, generó en su tiempo cierta molestia en su padre y en Livraga con Rodolfo Walsh; por cuanto el letrado no tenía esa pertenencia y su intervención en Olmos, durante aquel día, fue más producto del azar que por supuestas conexiones políticas. Por otro lado, tampoco Livraga estaba por entonces en condiciones de relatar lo sucedido, más allá de lo que el letrado pudo ir reconstruyendo en el transcurrir de los días; y lo que Walsh infirió que “el fusilado que vive” le fue contando sobre lo ocurrido aquella madrugada del 10 de junio en la localidad de San Martín.

El abogado contó la historia de los fusilamientos a Rodolfo Walsh, quien luego escribió Operación Masacre.

Por eso Lolo habló primero con Miguel Ángel Giunta, que estaba más entero que Livraga. Giunta le contó del fusilamiento en los basurales de José León Suárez la noche del 9 de junio, de cómo logró sobrevivir y todo el periplo posterior en la comisaría, como también sobre las vejaciones y torturas a las que fue sometido hasta llegar a Olmos. Pero para el letrado algo no encajaba, algo de ese relato no terminaba de convencerlo, porque la ficha carcelaria tenía otra fecha de detención, y si estaban a disposición del Poder Ejecutivo Nacional era porque habían violado la Ley Marcial decretada tras los alzamientos.

La primera edición de Operación Masacre, conservada por la familia del abogado.

La primera edición de Operación Masacre, conservada por la familia del abogado.

Los detenidos estaban registrados como N.N. y los estaban dejando morir. Cuando Von Kotsch escuchó a Livraga balbucear un dato, se le iluminó la cara. Fue el momento que todo buen abogado penalista reconoce: el mínimo registro del error burocrático, ese breve asiento en un libro de actas de cualquier repartición que se transforma en salvoconducto para, en este caso, hacer público el accionar del Estado en su fase de terror clandestino.

Un olvido burocrático

Cuando Livraga alcanzó a decir que su padre tenía un papel en su poder que probaba su atención en el hospital al que lo había llevado la policía, todo cambió. Así lo supo Máximo Miguel von Kotsch. No sólo era la prueba de que no se habían tiroteado con las fuerzas, tal como pretendía instalar el régimen militar para justificar la detención a disposición del PEN, sino que la fecha y hora de esas constancias eran anteriores al momento en el que se dictara la Ley Marcial (se promulgó el 10 de junio y ellos estaban detenidos desde la víspera).

Rodolfo Walsh lo explicaba así:

“Giunta y Livraga debían su libertad y aun su vida –amén de los esfuerzos del doctor Von Kotsch– a una circunstancia fortuita”.

A veces se suele decir que Dios juega a los dados y el azar hace que caigan de determinada manera; así los destinos de dos fusilados con vida dependían ahora de la existencia de esos recibos expedidos por la Unidad Regional San Martín donde constaban los efectos personales, y del papelito que el padre de Livraga conservaba y que le entregara la enfermera del hospital que atendió a su hijo, el cual Von Kotsch salió a buscar de inmediato.

Esos minúsculos papelitos, olvidados en un descuido por la máquina de desaparecer pruebas que es el aparato estatal, permitieron al sagaz abogado demostrar que La Bonaerense no alcanzó a borrar todas las pruebas del circuito de detención ilegal.

En rigor, la causa por la que estaban presos a disposición del PEN como N.N. era la cobertura fraguada de una vía de hecho policial, rastros de una privación de la libertad clandestina que dio vía libre al fusilamiento. Como les gusta metaforizar a los abogados: el origen de la semilla envenenada del que crece un árbol con frutos envenenados.

Acostumbrado a estas lides, Von Kotsch volvió a su estudio, redactó con satisfacción el habeas corpus al cual adjuntó las constancias mencionadas, y lo presentó ante el juzgado penal en turno.

El habeas corpus

Para el juez que resolvió el caso bastaba con valorar que las constancias acompañadas por el letrado eran fehacientes. De esa forma, se acreditó que había elementos para presumir que el momento de detención era anterior a la vigencia de la Ley Marcial. Es decir, no había causa o motivo judicial-legal suficiente que justificara un encarcelamiento.

Lolo von Kotsch y Juan Carlos Livraga en su estudio jurídico, en 1956.

Lolo von Kotsch y Juan Carlos Livraga en su estudio jurídico, en 1956.

El hecho de estar como NN a disposición del Poder Ejecutivo Nacional bajo Ley Marcial, pero fuera del momento de su vigencia, hacía que la detención fuera nula de manera absoluta. Por lo demás, a la luz de las lesiones que presentaban sus defendidos, lo del “enfrentamiento” no era más que una excusa.

Dice Walsh en Operación Masacre:

“En el acto asumió la defensa de los dos sobrevivientes, y vista la falta de proceso judicial –estaban a disposición del Poder Ejecutivo– y de causas reales que justificaran su encarcelamiento, solicitó que fueran puestos en libertad”.

El 16 de agosto de 1956, los “fusilados” quedaron libres. Walsh lo cuenta de este modo:

“La noche del 16 de agosto de 1956, los presos del pabellón político se disponían a acostarse, cuando la voz de un guardián reclamó: –¡Población, silencio! –y luego–: Los que yo vaya nombrando, pasen con todo. Un estremecimiento corrió por el pabellón.

Algunos iban a salir en libertad, otros se quedarían. Todos escuchaban con avidez, mientras los que eran nombrados recogían febrilmente sus cosas. –...Miguel Ángel Giunta... –recitaba el guardián–, Juan Carlos Livraga... Eran los dos últimos de la lista.

Considerado uno de los penalistas más conocidos, solía tomar casos de gente pobre que no podían pagarle Considerado uno de los penalistas más conocidos, solía tomar casos de gente pobre que no podían pagarle

Se miraron incrédulos. Se abrazaron. Después se les ocurrió simultáneamente la misma idea. A lo mejor era una trampa para matarlos. Pero a la salida del pabellón, apoyado en una columna, los esperaba el doctor Von Kotsch”.

El hombre que mordió a un perro

Una tarde de diciembre de 1956 Rodolfo Walsh va a entrar eufórico a la editorial Hachette en Buenos Aires y dirá en voz alta una frase que quedará grabada en la memoria de los allí presentes: “Encontré el hombre que mordió a un perro”. Se refería al primer encuentro con Livraga en la casa de Von Kotsch, en calle 50, frente a la plaza Moreno. (La anécdota está contada en Historia de una investigación. Operación Masacre de Rodolfo Walsh: una revolución de periodismo [y de amor], de Enriqueta Muñiz, Planeta, 2019.)

Rodolfo Walsh reconoció la tarea fundamental del abogado platense.

Rodolfo Walsh reconoció la tarea fundamental del abogado platense.

En efecto, Walsh habló por primera vez con Juan Carlos Livraga el 20 de diciembre de 1956. Lo hizo en el estudio de Von Kotsch. Ese mismo día recorrieron a pie la diagonal 80, que los llevaría de vuelta en tren a la capital. En el camino continuaron hablando.

Podemos decir que el libro Operación Masacre nace de ese encuentro, que se repetirá tres veces más. Ya en el primer prólogo, el escritor agradeció a las gestiones y buenos oficios del letrado de los fusilados. Esas gestiones tienen que ver con su valentía en hacerse cargo del caso, pero además es una de las fuentes privilegiadas del libro.

El propio Livraga cuenta en una entrevista a El País sobre cómo su abogado lo convenció para que hablara con el periodista: “El doctor me dijo: ‘Si te quieren matar, te van a matar hablando o sin hablar. Te conviene hablar’. Y ahí me reuní con el periodista”.

Como consecuencia de aquel encuentro, también esos mismos días de diciembre Rodolfo Walsh conoce al abogado y ex jefe de la División Judicial de la policía de la Provincia, Jorge Doglia, enfrentado con el coronel Desiderio Fernández Suárez, responsable directo de la masacre. Será Doglia quien utilice las denuncias que le proveerá Von Kotsch para dejar expuesto a Fernández Suárez, tal como aparece contado en el capítulo 32 (“Los fantasmas”) y que el primero llevará ante el seno de la Junta Consultiva de la provincia a través del socialista Eduardo Schaposnik.

La placa que regalaron Giunta y Livraga al abogado, por salvarles la vida.

La placa que regalaron Giunta y Livraga al abogado, por salvarles la vida.

En el estudio judicial de Von Kotsch de calle 50, se fueron dando esos cruces y conciliábulos que marcaron el destino de la denuncia. “Las voces” que el letrado ayudó a que aparezcan se iban soltando en ese ámbito de reserva de su propiedad. Por eso la conversión de los hechos clandestinos en “evidencia judicial” es la transformación del hilo conductor leguleyo de Operación Masacre (especialmente en los capítulos 32, 33, 34).

Y si no hubiera habido prueba de la clandestinidad del Estado para ejecutar los fusilamientos; o, dicho de otro modo, si el encubrimiento de los hechos hubiera quedado intacto y las detenciones y abusos hubiesen figurado ocurridos en el marco de la vigencia de la Ley Marcial, quizás Walsh no se hubiera interesado por la historia (es tan sólo una conjetura del que escribe esta nota, quizás sí, no lo sabemos…).

Lo cierto es que ahí radica la importancia del trabajo de Von Kotsch a través de las resultas de su habeas corpus. Es decir, en pocas palabras: dejar expuesto el funcionamiento de una maquinaria letal anterior, sin ley, que pone a funcionar la trama del escritor a partir del tenor de lo denunciable.

Podríamos decir que en esto último el abogado honraba el oficio de su padre, ingeniero constructor de puentes; pues el acceso al expediente y la construcción de las constancias judiciales constituyeron el puente para la escritura de Walsh. No habría non fiction sin pruebas, constancias escritas que sostienen el pulso de la crónica.

Los medios nunca hablan del abogado que salvó a Livraga; de hecho, en las redes hay muy poco sobre su vida, y apenas encontramos las referencias que da Walsh en su obra.

Hasta donde se sabe, Lolo von Kotsch nunca cobró por hacer este trabajo porque lo consideraba una de sus tareas nobles, y más tarde ayudó a Livraga a exiliarse a los Estados Unidos, lugar donde hoy vive.

Livraga

De lo poco que se conoce de la vida de Máximo Miguel “Lolo” von Kotsch con posterioridad a los hechos aquí relatados, surge que recibió varias represalias por su actuación. La más grave vino con el golpe de 1976: fue secuestrado el 13 de diciembre de ese año, y estuvo en cautiverio hasta el 13 de septiembre. Habiendo sido legalizado recién el último día, cuando estuvo secuestrado nueve meses en la Comisaría 21 de Julián Alvarez y Güémez. Más tarde, lo trasladaron a la 31 de Cabildo.

Como cuenta su hijo Eric Von Kotsch, mientras el abogado estuvo secuestrado nadie se movió por él. Salvo su esposa Noemí Arce, que en absoluta soledad y desesperada, movió cielo y tierra, hasta que lo blanquearon y recuperó la libertad.

Una vez de regreso a su estudio jurídico, trató de continuar su vida junto a su familia y su trabajo como abogado. Pero tal como cuenta Claudia Bernazza en una nota publicada en la revista Mestiza de la Universidad Nacional Arturo Jauretche (https://revistamestiza.unaj.edu.ar/huellas-platenses-del-fusilado-que-vive/), la familia von Kotsch padeció gravemente la represalia y la violencia institucional. Algo que recién ahora, a casi cincuenta años, comienza a ser expuesto: por estos días, en el marco de los homenajes realizados en la última sesión de la Cámara de Diputados de la Nación, los diputados Jorge Taiana y Eduardo Falcone homenajearon a las víctimas del fusilamiento de José León Suárez y, en ese marco, solicitaron una inserción especial en memoria del abogado platense Máximo von Kotsch (https://www.parlamentario.com/tag/maximo-von-kotsch/).

Juan Carlos Livraga, Huésped de Honor de La Plata.

Juan Carlos Livraga, Huésped de Honor de La Plata.

Máximo von Kotsch falleció en 1997 y Mimí Arce, su esposa, en el 2014. Sus hijos Gustavo, Eric y Sandra viven en La Plata.

Eric von Kotsch mantiene actualmente una estrecha relación con Juan Carlos Livraga, radicado en San Diego, California. Lo buscó luego de la muerte de su padre. Desde entonces, mantienen contactos periódicos.

Así, a través de cartas y largas visitas, Eric sigue reconstruyendo la figura de su padre.

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