domingo 26 de julio de 2026
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Faro musical

De aventura a clásico del barrio Meridiano V: así se creó Ciudad Vieja

En la emblemática esquina de 17 y 71, un bar administrado por artistas creó su propia mística con una agenda fina y popular que alteró la brújula cultural de La Plata.

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A fines de 1999, un reducido grupo de artistas pensó que sería una buena oportunidad alquilar el local que lindaba con su improvisada sala de ensayos. Marcos Scarafoni, Julieta Lloret, su hermana Florencia, y Ulises Cremonte, tenían el dato de primera mano: la esquina de 17 y 71, centro neurálgico de Meridiano V, estaba a punto de convertirse en verdulería. El barrio no era lo que es hoy, y la fantasía de montar allí un bar de perfil artístico, y con espectáculos en vivo, era una apuesta audaz. O un suicidio comercial, según quién lo mirara.

Los creadores del bar, en lo que era el antiguo comercio.

Los creadores del bar, en lo que era el antiguo comercio.

Hasta aquel verano de fin de siglo, el grupo de rock industrial que reunía a Scarafoni, Julieta y compañía, llamado La Secta, ensayaba sus partes teatrales en la cocina de la propiedad deshabitada, en la parte que se extiende sobre la calle 71. Al otro lado de la puerta, los artistas podían adivinar el olor levemente rancio y el aire quieto, con su luz espolvoreada, del bar inactivo. Pocos meses atrás, ellos mismos habían actuado ahí: el lugar tenía cierto encanto, aunque también algunas incomodidades y carencias para el despliegue de conciertos. Se llamaba Ciudad Vieja, algo que tiempo después decidieron mantener. "Cuando decidimos comprarlo, seguimos usando el nombre porque la gente ya lo conocía. Y como era una zona a la que no iba nadie, preferimos mantener el nombre para que lo ubicaran más fácil", rememora Julieta Lloret.

El atardecer en Ciudad Vieja

El atardecer en Ciudad Vieja

“A nosotros nos había gustado mucho el bar cuando tocamos, pese a que en ese momento estaba en un lugar muy alejado de la movida cultural de la ciudad”, dice hoy Marcos Scarafoni. Y recuerda: “Eso también nos entusiasmaba”. Ir contracorriente ya era un rasgo del grupo, que aunaba sus inquietudes bajo el paraguas de La Secta: un rock dramático y anguloso, un cruce entre el poder escénico del primer Génesis y el heavy maquinal y andrógino de Marilyn Manson, que contrastaba con el rock de guitarras, de tendencia stone y liturgia callejera, que eran la lengua franca de la ciudad de Guasones. El enclave, entonces, se pensó primero como una guarida que diera cobijo a los proyectos personales e inquietudes de los distintos integrantes del grupo. Un lugar donde ensayar y construir espectáculos desde el saber diverso del equipo: escenografía, dramaturgia, diseño, música.

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Una vez sellado el acuerdo con la propietaria, el grupo se puso a trabajar. Prevaleció el criterio artístico sobre el comercial, casi naturalmente. Empezaron por mover el escenario del flanco derecho hacia el izquierdo, dejando espacio para que una amplia barra diera la bienvenida al ingreso por la esquina. Juan, un amigo carpintero que trabajaba en la Escuela de Teatro, se encargó de restaurarla y reacondicionarla. Montaron el control de sonido entre el ingreso y el ventanal de la calle 17, justo enfrente del escenario, cuya vista ahora no estaba interrumpida por el movimiento de clientes y meseros. Pasaron viruta al piso de pinotea, rehicieron la instalación eléctrica y los baños, anexaron la antigua cocina y recuperaron la vieja heladera de almacén que todavía hoy respalda al bartender.

Un cartel detrás de la mítica barra.

Un cartel detrás de la mítica barra.

Julieta Lloret, que además de escenógrafa es diseñadora, había marcado la pauta estética del nuevo Ciudad Vieja: un bar donde el espectáculo en vivo fuera el protagonista principal, y que se integrara visualmente a la tradición del barrio, esa mezcla de cosmopolitismo obrero y elegancia vernácula que rodean a las estaciones de ferrocarril. Por eso Ciudad Vieja contiene tanto la nostalgia de los años de pujanza económica de la Estación Provincial con los detalles contemporáneos que son seña de su reinvención como polo cultural. “Nos gustaba mucho la estética del barrio”, remarca Sacarafoni. “Nos parecía importante, y nos sigue pareciendo importante, que esté alejado del centro y de los lugares de moda porque La Plata es muy de poner lugares de moda que luego se agotan. Entonces, para ver un show en Ciudad Vieja tenías que venir especialmente, o ser vecino. Teníamos muy en cuenta que estábamos en un barrio”.

Las bandas copaban el escenario, en estrecha cercanía.

Las bandas copaban el escenario, en estrecha cercanía.

Ellos mismos eran (y son) vecinos, y eran conocedores de la dinámica y las instituciones no oficiales del barrio: el bar de Edgardo, la esquina de Ocampo, el kiosko de diarios y revistas que sobrevivía sobre la explanada de la estación, la boîte non-sancta La Copetona. “Antes de abrir fuimos a hablar con los vecinos y establecimos acuerdos sobre horarios, funcionamiento y demás”, detalla Scarafoni. Con Edgardo, que era lindero, la relación fue “excelente desde el inicio”. Donde luego se emplazaría Mirapampa y más tarde Ciudad de Gatos, había una casa particular con la que se pactaron volúmenes y horarios. Y en poco tiempo abrió Bar Imperio, en la esquina opuesta, aunque con un estilo distinto. Frente a ellos, el Centro Cultural Estación Provincial les proveyó actividades en conjunto y una retroalimentación que continúa hasta la actualidad.

La vereda de noche, otro clásico del verano.

La vereda de noche, otro clásico del verano.

“Tenemos una lectura de lo que queremos que sea el barrio y lo que no”, afirma Scarafoni. “Tratamos que sea un paseo familiar y no un lugar de moda, y que la gente tenga diversas opciones. El crecimiento es difícil y fue muy paulatino. Porque si bien se ven locales, los que perduraron en el tiempo son pocos. No es fácil: es una zona alejada, sin altos consumos, que vincula a la zona sur con la ciudad y donde se cuida mucho la idea de barrio, se defiende. Nos gusta que venga el vecino con su reposera a tomar mate al playón, y eso fue trabajado y cuidado entre varios estamentos y actores del barrio. A veces vienen impulsos externos con la idea de potenciarlo, pero si no tienen que ver con la idiosincrasia del barrio se abre una lógica lucha de intereses. Nosotros ya somos el barrio. Paradójicamente, ahora somos el local con más años acá”.

Crearon una agenda de dos turnos musicales, donde se pasaba del indie platense al jazz, o del tango a la cumbia colombiana

Los trabajos terminaron en menos de un semestre, y el 20 de julio de 2000 Ciudad Vieja abrió sus puertas. El bar proponía shows intimistas en vivo y una carta de minutas y bebidas sencillas pero contundentes, que se trabajan con el detalle y la funcionalidad de una relojería. Si el espectáculo y los artistas eran los protagonistas, la cocina y el servicio no debían interrumpir la experiencia escénica, por lo que la comida y la bebida debían servirse rápido y, en lo posible, durante los intervalos musicales. La apertura deparó una revelación: hacían falta lugares como Ciudad Vieja, y las solicitudes de músicos para tocar se acumularon. Gracias al consejo del grupo de tango porteño El cuarteto de la Ribera, Scarafoni y su equipo implementaron una agenda en dos turnos, algo en desuso en los locales platenses de la época. Con un show a las 21hs y otro rayano a la medianoche, Ciudad Vieja podía albergar más audiencia y más diversa, mientras la polinización cruzada de géneros y estilos musicales iba dándole su impronta al bar.

El guitarrista Néstor Gómez, un habitué del lugar.

El guitarrista Néstor Gómez, un habitué del lugar.

La puesta en marcha de Ciudad Vieja fue una novedad para la noche de la ciudad. Además de los dos turnos, que no podían cumplirse sin una estricta pauta de horarios que evitaba las dilataciones inútiles en los comienzos y finalizaciones de los conciertos, el bar costeó un equipo de audio de primera calidad, con sonidistas que trabajaban para la casa con dedicación profesional. Alfredo Calvelo, Gonzalo Voutoff, Cana San Martín, Seba Porro, Paulo Formica y varios otros que antes o después dejaron su marca en discos clave de la música de la ciudad estuvieron a cargo de la consola de Ciudad Vieja, compartiendo sus conocimientos e incorporando otros en la experiencia de trabajar un día para un trío de free jazz y al otro con un grupo de música afroperuana. Por tanto, quienes quisieran tocar en el bar sabían que contaban con una base técnica de excelencia, y que las pautas de trabajo eran claras, además de conveniente para los artistas. El arreglo económico dejaba la totalidad de la taquilla para los grupos, mientras que el bar se quedaba con el servicio de cocina y bebida.

Marcos Scarafoni, que además del dueño es músico de La Secta.

Marcos Scarafoni, que además del dueño es músico de La Secta.

“Enseguida que abrimos se notó la necesidad muy grande de espacios”, recuerda Scarafoni. “Y como teníamos un gusto general por la música, nos dimos cuenta que esa necesidad era transversal a todos los estilos y géneros”. Hacia el año 2000, las salas y géneros estaban más compartimentados. Existían rockerías como Chacal, El Cafetal o El Tinto Bar, como también salas, cafés o clubes receptivos con espectáculos de jazz, folklore, tango o música experimental. Pero faltaban lugares que albergaran la diversidad, incluso en el curso de una misma noche, de las diferentes músicas que cohabitan en La Plata. Ciudad Vieja podía (y quería) que en el mismo fin de semana pasaran por el bar oyentes de música barroca, rock indie, cumbia colombiana y folklore fusión. “La idea siempre fue que el centro de todo iban a ser el espectáculo y el artista”, recuerda Scarafoni. “Y la curaduría: variar los géneros, como para no quedarse pegado con un solo público y revertir esta separación entre músicas. La mixtura del bar, que para mí era lo más importante, era producto de que la gente que iba a escuchar tango se quedaba a escuchar salsa, o viceversa”.

Era muy lindo que grandes figuras, como Liliana Herrero, valoraran mucho el espacio por el respeto al público. Era muy lindo que grandes figuras, como Liliana Herrero, valoraran mucho el espacio por el respeto al público.

Ciudad Vieja se ganó pronto la popularidad del público y la buena reputación entre los artistas. Quienes iban a tocar se encontraban con que quienes administraban el bar eran pares artistas, que valoraban las propuestas y las respetaban, así como exigían de parte de ellos una dedicación acorde a lo que ofrecían. Fueran artistas de talla internacional o la banda de un vecino del barrio, había horarios que cumplir y pisos de profesionalismo a los que aspirar. Si el espectáculo musical era el centro, debía ser de calidad. El bar no se disponía como un lugar donde tomar algo mientras suena un grupo, sino un espacio para que los amantes de la música pudieran ver un show con la informalidad de un bar y la calidad de una pequeño café concert. Este cambio de eje hizo que los artistas se encariñaran con Ciudad Vieja y su propuesta más allá de la cuestión económica: muchos de ellos reconocen que se sentían valorados y escuchados.

Se convirtió en un enclave de Meridiano V.

Se convirtió en un enclave de Meridiano V.

“Nunca hubo favoritismos y tampoco nos bancábamos el divismo”, dice Sacarafoni. “Pensamos que todos estábamos ahí por el mismo objetivo, desde el cocinero y el bachero hasta los que se suben al escenario. No hay gente especial o diferente. Entonces si algún mánager estaba muy subido al pony, como a veces pasaba con gente de Buenos Aires, le mandábamos saludos. Porque para nosotros todos son importantes. La entrada era para el músico, y con eso estaba representado su valor”. La política del lugar dio su resultado: en poco tiempo llegaron a cubrir la agenda de lunes a lunes con distintas propuestas musicales, acordes al momento de la semana. Desde noches de baile hasta propuestas familiares e infantiles para los fines de semana al mediodía. “Sí nos dábamos cuenta que la exigencia para nosotros era muy grande, pese a que tuviéramos veintipico”, admite Scarafoni. “Es duro llevar adelante un bar, sobre todo como lo hacíamos en ese momento, que abríamos hasta en Navidad y Año Nuevo. Eso lo fuimos dejando, porque se convierte realmente en tu vida. Pero estamos muy agradecidos porque gracias al bar hemos conocido a un montón de gente fantástica, veladas increíbles de música; memorables, tanto si el bar estuviera repleto o casi vacío, pero viendo shows realmente buenísimos. Y muy variado, desde El Soldado y Blues Motel, hasta Tomás Gubitsch, El Cuarto Elemento, Raúl Carnota, El Chango Farías Gómez…”.

Una panorámica desde el Centro Cultural Provincial.

Una panorámica desde el Centro Cultural Provincial.

La dedicación y la dependencia para con Ciudad Vieja quizás haya sido resultado de la concepción que sus creadores le habían dado, donde el espacio era menos un emprendimiento comercial que un proyecto de realización personal. Al ser primero artistas, los miembros del equipo del bar acompañaban el esfuerzo con el gusto y la devoción por ver a sus colegas desplegar su arte sobre el escenario. “Esa comunión entre los músicos también es una cosa que nos llevamos”, valora Scarafoni, que sigue tocando en La Secta y hablando con pasión de los conciertos que presenció en Ciudad Vieja. “Era muy lindo que grandes figuras, como Liliana Herrero, valoraran mucho el espacio por el respeto al público. Siempre quedó claro que era un lugar para escuchar música”. Ese precepto se divulgó rápido entre la vasta audiencia de la ciudad, impulsado por Radio Universidad y un folletín mensual que facilitó Grafikar, pero sostenido principalmente por “el boca en boca”. Las cadenas de mail y los avisos en los diarios locales ponían a Ciudad Vieja en el mapa cultural de la ciudad, pero lo distintivo del lugar se constataba haciendo el trayecto hacia el borde del cuadrado fundacional, en la esquina musical de Meridiano V.

Una foto desde una mesa de amigos, cerca del escenario.

Una foto desde una mesa de amigos, cerca del escenario.

El 14 de marzo de 2020, Ciudad Vieja tuvo una de sus noches memorables. Con El Cuarto Elemento de El Mono Izarrualde, Néstor Gómez, Horacio López y Matías González, el bar empezaba a darle fin a la temporada de verano, sin saber que lo que se avecinaba era una depresión más profunda. Pocos días después, la pandemia de COVID-19 trastocaría los planes de todos. Y especialmente los de aquellos lugares que, como Ciudad Vieja, dependían del consumo y la circulación de gente. Si bien fue “un cimbronazo muy grande”, Scarafoni apunta que los hábitos de salida ya habían empezado a cambiar. Sin embargo, en el impulso por sostener la vida que hasta entonces llevaba, el equipo del bar aprovechó las primeras semanas de aislamiento para trabajar por cuenta propia en la renovación del cableado, el perfeccionamiento del sistema de luces y sonido y otros quehaceres de mantenimiento y mejora. Pero fueron tareas en vano: ya no volvieron los espectáculos musicales a Ciudad Vieja, y el bar cambió su perfil, aunque mantenga su aspecto y su inserción en el barrio.

Si bien hoy no hay shows musicales, persisten los encuentros culturales y gastronómicos.

Si bien hoy no hay shows musicales, persisten los encuentros culturales y gastronómicos.

Con la reapertura paulatina de las actividades públicas, el bar se sumó a los eventos culturales en el playón de la estación, colaborando con la infraestructura técnica y acompañando las iniciativas del centro cultural y la comunidad del barrio. Ciudad Vieja se transformó en un clásico, orientado a un público familiar y enlazado con la amplitud del empedrado que lo une con la estación y centro cultural. Es una vidriera privilegiada de lo que sucede en la explanada y la fachada histórica, y un sitio ameno para beber algo de paso hacia otras propuestas que se agregaron en la zona. “Los veranos son únicos, con el empedrado y la estación de fondo”, subraya Scarafoni. “Cuando hace calor en La Plata no hay nada más lindo que esa esquina para pasear, tomar algo fresco, comer tranquilo, sin que nadie te apure”.

El boca en boca, la excelencia técnica y la apertura a estilos y géneros musicales lo hicieron un clásico cultural

Pero la falta de un tablado ecléctico y cuidado como el que ofrecía aquel Ciudad Vieja se extraña, y aún sigue vacante. “No puedo, sino, ponerme así: nostálgico. O melancólico. O como se pone uno cuando se recuerda lugares maravillosos”, admite el periodista musical Nacho Babino. “Es real la ausencia, la vacancia -más no el vacío- que dejó el hecho de que no se programe más música en ese bar. O no como antes”, dice Babino, que además de colaborar en medios gráficos, conduce el ciclo El agujero en la media (miércoles de 19 a 21 por Universidad 107.5), enfocado en la música popular del siglo XXI. Para Babino, Ciudad Vieja “construyó su propia mística” a partir de una “curaduría fina, elegante, sofisticada, popular. Clásica y moderna. De autor”.

El empedrado histórico, cercano al playón de la Estación Provincial.

El empedrado histórico, cercano al playón de la Estación Provincial.

Trío Fatto Maza Fatto, Mostruo!, Aca Seca, Martín Buscaglia, Monoaural, Son de Perú, Pájaros, Yusa, Juan Ravioli, Satélite Kingston, cito de memoria apenas la milésima parte de lo que recuerdo que escuché ahí”, agrega en el portal de recuerdos vívidos en esa “esquina en capicúa”: “Un escenario a escala humana, cosas básicas y universales que hacen a un buen bar: la madera, las luces bajas, la música sonando a un volumen justo para poder darse y perderse en la charla, el buen beber”. “Es muy difícil crear un espacio tan heterogéneo, tan cálido, donde la limitación de la capacidad en realidad terminaba siendo un plus, porque ver a grandes artistas tan cerca era realmente única”, resalta Marcos Scarafoni.

La variedad de estilos y géneros musicales fue su marca.

La variedad de estilos y géneros musicales fue su marca.

Es una zona alejada, sin altos consumos, que vincula a la zona sur con la ciudad y donde se cuida mucho la idea de barrio, se defiende. Es una zona alejada, sin altos consumos, que vincula a la zona sur con la ciudad y donde se cuida mucho la idea de barrio, se defiende.

Más recientemente, sin embargo, el bar ha aceptado algunas iniciativas para utilizar el enclave para nuevas propuestas culturales. Una de ellas es Olimpia CineBar, un proyecto itinerante que pone en diálogo las formas tradicionales de habitar un bar con el cine. Con la premisa de fundar un momento distendido con amigos y desconocidos, el proyecto coordinado por Gonzalo Monzón y Guillermina Delgado contempla una programación de enlatados en formato fílmico (35mm, 16mm, Súper 8 y VHS, aportados por los proyectos de conservación locales Cinemecánica, Batalla de Video y Anarchivo Colectivo) que se proyectan sin coartar el encuentro de bar. “Creemos que el juntarse, estar en un mismo tiempo y espacio da lugar a una realidad diferente, donde no sólo nos vinculamos por estar en una sala a oscuras viendo una película”, dicen desde Olimpia. Y agregan: “Los amigos de Vermú Interferencia Bar nos invitaron a realizar nuestras primeras dos ediciones en Ciudad Vieja, y nos pareció un lugar ideal por su historia, su estética propia y todo lo que representa en el ámbito cultural de la ciudad”.

Especiales de Carlos Gardel, recortes de Fiebre de sábado por la noche, recopilaciones de publicidades de los 70’ y 80’, mixtapes en VHS de terror, musicales y románticas, películas familiares y otros tesoros audiovisuales tuvieron lugar en la esquina de 17 y 71, y tomaron vuelo en la atmósfera de Ciudad Vieja, su valor tradicional y patrimonial, y su ubicuidad de cruce y apertura hacia la calle y la Estación Provincial. “Escuchamos los comentarios del público del barrio durante la noche y están llenos de historias pasadas y anécdotas que surgen a través de lo que se ve en pantalla, y cuando son compartidas nos reviven a todos”, marcan los responsables de Olimpia sobre las dos primeras ediciones del cinebar, que no hicieron más que invocar una memoria descentralizada sobre el barrio y su historia, que tiene en Ciudad Vieja uno de sus dinamos.

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