domingo 23 de agosto de 2026
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Violencia institucional

Miguel Bru: los amigos del barrio pueden desaparecer también en democracia

A 33 años de su desaparición, este texto vuelve sobre el tramo final de la vida del estudiante de Periodismo, a través de algunas pinceladas de su vida y de los acontecimientos que precedieron a su muerte a manos de policías de la comisaría Novena.

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De chico Miga -como en la familia llamaban a Miguel Bru- heredó de su padre y de su tía madrina, María, la pasión futbolera por Boca Juniors. Cada año, María le hacía las tortas decoradas de azul y oro y nunca faltaron las pelotas y las camisetas con los colores favoritos. En la adolescencia Miguel se volvió fanático y empezó a ir a la cancha. Entre sus amigos siempre recuerdan una vez que Miguel recortó con una tijera un cartón de tetrabrick y lo dejó del tamaño y el color similares a los de una entrada y con eso logró colarse en la Bombonera en medio del acostumbrado torbellino que provoca “La 12” al ingresar.

En 1992 siguió la campaña xeneize. Cuando no conseguía juntar lo suficiente para ir a la cancha, le pedía prestado a su compañero de estudios Jorge Jaunarena, hincha de River. Así pudo ver la campaña de su equipo que aquel año salió campeón del Torneo Apertura después de once años de sequía. Además de ver fútbol, a Miguel le gustaba jugarlo. Era ligero y pícaro. En los campeonatos organizados en la Escuela de Periodismo participó –sin pena ni gloria– en un equipo cuya mayor virtud era la confraternidad entre sus integrantes: “La resaca de Fiorito”.

A todos lados Bru iba en bicicleta acompañado de sus perros Magui y Dago, sobre los que hasta se han tejido leyendas por el especial vínculo que los unía a su dueño. Dago, al que sacó de la calle lleno de sarna y contra todos los pronósticos curó en la casa de 69, iba con él a la universidad y durante las clases permanecía en el pasillo o tirado a sus pies, debajo del banco.

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Tan apegado era a sus mascotas que, según cuentan, llegó incluso a llevarlas varias veces en tren a Buenos Aires. En una oportunidad, Dago tuvo un accidente y había que hacerle una radiografía para la que Miguel no tenía dinero. Entonces, convenció a un médico de la guardia del Policlínico General San Martín, metió al perro en un bolso y a la madrugada, cuando casi no había movimiento en el nosocomio, le sacaron la placa.

Miguel Bru, en una de sus fotos que se convirtió en emblema de la lucha para reclamar justicia.

Miguel Bru, en una de sus fotos que se convirtió en emblema de la lucha para reclamar justicia.

Un par de años después de que Miguel desapareció, Magui tuvo cría y los Bru se quedaron con un cachorro al que adoptaron Pitu, que murió en el 2012, a los diecisiete años.

Tras un período de cierta armonía, los encontronazos entre Néstor y Miguel recrudecieron. Rosa sufrió como nadie esas desavenencias. Para evitar deteriorar aún más la tirante relación con su padre, hacia fines de 1991, Miguel se fue yendo de a poco de la casa familiar. Primero estuvo unos meses en un monoambiente en 62 y 118, que compartía con sus compañeros de la Escuela de Periodismo, Adrián Santamaría y Enrique “Quique” Núñez.

Tiempo más tarde, con Quique y otros amigos detectaron una casa abandonada, frente al Policlínico, en el corazón del barrio El Mondongo. La casa de 69 N° 281, entre 1 y 115, era una casa tomada. Tiempo antes, el lugar había sido copado por un contingente de peruanos que lo había dejado abandonado.

Así quedó, a expensas de intrusos que pasaban alguna noche y se iban llevando apliques, picaportes y todo lo que podían saquear.

Los primeros en instalarse, a mediados de 1992, fueron Carlos “Chino” Vázquez y Jorge “El Mono” Barrera, dos jóvenes que integraban un grupo de punks que se reunía cerca de allí y que solían juntarse con Miguel y sus compañeros de la universidad.

Era una edificación antigua tipo chorizo que había sido fraccionada. La parte ocupada por los jóvenes correspondía al departamento 2, al que se ingresaba por un pasillo hasta un portón de hierro a dos aguas que daba a un patio interno que se repartía en tres habitaciones, una cocina y un baño.

La propiedad había quedado desatendida en medio de un enjambre judicial que incluía un juicio por desalojo emprendido a través del Juzgado en lo Civil y Comercial N° 27 por la curaduría de la Suprema Corte de Justicia en nombre del propietario del inmueble, Juan José Nessi, un hombre que estaba internado en un instituto neuropsiquiátrico con diagnóstico de alienación mental. En algún momento, Bru gestionó mediante el curador un permiso para habitar el inmueble, pero nunca pudo completar aquel trámite. Miguel y sus amigos se habían comprometido a restablecer los servicios y hacer otras mejoras en la vivienda.

El número de habitantes de la casa era variable. Los jóvenes pasaban algunas noches y se ausentaban por temporadas más o menos largas; pero siempre volvían al lugar. Los que residían en forma fija eran, además de Miguel, Quique, el Chino y el Mono Barrera.

La casa de 69 era un sitio de puertas abiertas, por eso rápidamente se convirtió en un centro de reuniones de todo tipo y a toda hora. No pasó mucho tiempo para que Miguel se erigiera en una suerte de líder y a la vez nexo entre los distintos grupos que pasaban por el lugar. “Éramos una tribu, nos manejábamos como una comunidad, como si fuéramos todos hermanos”, evoca Núñez.

Miguel en una postal familiar junto a sus padres y sus cuatro hermanos.

Miguel en una postal familiar junto a sus padres y sus cuatro hermanos.

Si bien Miguel seguía visitando con regularidad su casa en Villa Argüello, donde cada tanto disfrutaba del amparo hogareño de una buena comida en familia, poco a poco iba buscando más independencia. Cada tanto limpiaba vidrios en algunos edificios del centro platense para lo que sus padres le habían comprado los elementos necesarios.

Alguna fugaz temporada también trabajó de mozo en La linterna, uno de los restaurantes más antiguos de la ciudad; cortó el pasto y fue cadete en una financiera donde pidió el primer sueldo por adelantado para hacerles un regalo a sus padres: entradas para ver al cantante español Dyango, y un tapado para su mamá. Aún hoy Rosa recuerda cómo disfrutó aquel recital en el teatro Ópera y vibró con aquel éxito romántico que tanto adoraba: “Corazón mágico”. En otra ocasión, había juntado unos pesos por limpiar un terreno grande y cumplió una promesa que tenía con su hermana Diana: le obsequió un potrillo para su cumpleaños de quince.

Su mirada del mundo

Miga no soportaba las injusticias ni los atropellos. Incondicionalmente contestatario, no lo contenía ningún partido ni agrupación; no obstante, había adquirido una clara conciencia política y declamaba una posición antisistema cercana a un anarquismo más práctico que dogmático. Una foto que le sacó su compañero Alberto Mendoza Padilla y que en algún momento estuvo exhibida en la casa de los Bru muestra a Miguel portando una bandera negra con la letra A dentro del característico círculo en blanco que identifica a los movimientos anarquistas durante una ronda de las Madres de Plaza de Mayo.

Sus posturas incluían una clara repulsión hacia las fuerzas armadas y de seguridad y una defensa irrestricta de la vigencia de los derechos humanos. En una agenda, que Rosa aún conserva entre un puñado de cosas de su hijo, Miguel escribió las consignas: “Policía Federal, la vergüenza nacional; Policía de Buenos Aires asesina”. Carlos “Charly” Ríos, uno de los habitués de la casa de 69, recuerda: “Miguel odiaba a la Policía, pero siempre separaba a su viejo”.

Así como adhería a protestas y manifestaciones de los sectores de izquierda, también participaba –sin adquirir un compromiso militante– en actividades de diversas fuerzas de la Escuela de Periodismo, entre ellas las organizadas por la agrupación peronista Rodolfo Walsh que, por aquellos días, conducía el centro de estudiantes.

Sus amigos recuerdan la madrugada que, a eso de las tres, Miguel salió de la casa con un cepillo y un balde para limpiar los árboles de toda la cuadra que un rato antes habían sido pintados con cal por militantes del Movimiento por la Dignidad Nacional (Modin) liderado por el ex carapintada Aldo Rico.

–No voy a permitir que hagan esto los fachos –dijo cuando regresó después de finalizada la tarea.

No era un alumno ejemplar ni dedicado; más bien debería decirse que lo que caracterizó su incursión universitaria fue la inconstancia. En las aulas tenía un desempeño que apenas le alcanzaba para conservar la regularidad: rindió pocos exámenes y recursó varias materias, entre ellas Comunicación 1, que abandonó en 1991 e intentó retomar en 1992. La docente de esa cátedra, Ingrid Jaschek, conservó algunos de sus trabajos prácticos que sirven como una muestra de su forma de pensar.

En una de las tareas, fechada el viernes 4 de octubre de 1991, Miguel analiza, en base a una lectura del autor Stuart Sigman, un artículo de Página/12 –su diario preferido– que da cuenta de las sanciones recibidas por el ex subcomisario Luis Abelardo Patti de parte de la Jefatura de la Policía bonaerense y del juez de instrucción José Luis Ventimiglia, a cargo de la causa por la muerte de María Soledad Morales. En su análisis, Bru califica a la Policía provincial como una “institución totalitaria” en la que sus miembros están “todos sometidos a estructuras reglamentarias, condiciones limitativas y conductas”.

Miguel y Carolina, un noviazgo sui generis.

Miguel y Carolina, un noviazgo sui generis.

Al recursar la materia realizó otro trabajo práctico en el que cuestionó las “políticas imperialistas” que promueven un escenario de “homogeneización cultural orientada hacia las delicias del consumismo”. En tal sentido, criticó la manipulación informativa norteamericana y se inmiscuyó en el escenario mediático local: “Los canales de televisión y las estaciones de radio privatizadas, la falta de leyes o travas [sic] a favor de producciones locales o alternativas”, indicó.

Evaluó que en la entrega de los Premios Martín Fierro de 1992, la Asociación de Periodistas de la Televisión y Radiofonía Argentina (APTRA) –a la que consideró “una organización del establishment”– distinguió “a producciones que tienen alto puntaje en el rating, o sea que responden a la cantidad de personas que miran el programa, sin importar la calidad, la creatividad, los contenidos o la aplicación social de las producciones”. Para Bru, el rating “condiciona la producción de programas culturales o educativos, visto desde el punto de la influencia de la publicidad comercial o la financiación de los programas”. Termina por concluir que la clave está en “la aplicación social de la tecnología, en poder de los grupos privilegiados que nos gobiernan”.

Con una cámara prestada para hacer un trabajo práctico para la Escuela de Periodismo de la UNLP se filmaron las únicas imágenes en movimiento que existen de Miguel, registradas en blanco y negro en una cinta magnética en formato VHS. Llevaba puesta una remera blanca con la inscripción “Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota”, una gorra y un pañuelo anudado al cuello. Fumaba, sonreía y jugaba con una de sus hermanas y amigos en la casa de Villa Argüello.

En la facultad Miguel también halló una novia, aunque el término no sirva para explicar acabadamente la relación que lo unía a Carolina Villanueva Garrido.

“Me gustó la primera vez que lo vi. Recuerdo que me llamó la atención que anduviera con los perros porque yo también soy perrera”, rememora Carolina, que quedó cautivada por el espíritu rebelde y libertario de Miguel. La joven nació en Chile el 8 de marzo de 1970. Su madre, Rosa, militante de la izquierda trasandina, decidió exiliarse tras el golpe de Estado que terminó con la vida de Salvador Allende. Se radicaron en Mar del Plata. En 1990 Carolina se mudó a La Plata para estudiar periodismo. Cursaba algunas materias con Quique Núñez, de quien se hizo amiga. A mediados de 1990, en una peña realizada en el pasillo central de la Escuela de Periodismo, Carolina le apostó a Quique una cerveza: aquella noche terminaría enredada con Miguel. Su audacia tuvo doble premio. La relación creció a fuego lento, y cuando pareció que se había profundizado, en 1992, Carolina abandonó sus estudios y se volvió a vivir a Mar del Plata. De todas formas el vínculo prosiguió, aun con la distancia de por medio. “El nuestro era un noviazgo muy sui generis, porque Miguel era un anarco, un free, y eso implicaba todos los aspectos de su vida”, recuerda Villanueva.

La calle y los amigos

A Miga le tiraba la calle. Ahí se sentía en su hábitat. Interactuaba con cualquiera y desplegaba su solidaridad. Solía rescatar todo tipo de habitantes de la calle: homeless, quebrados, linyeras, chicos desamparados a los que ofrecía su hospitalidad.

Rosa cuenta que Miguel llevó varias veces a compartir la mesa o a pasar un rato en la casa familiar a pibes que encontraba en la calle a los que, aunque los hubiera conocido ese mismo día, consideraba amigos. “Me costaba hacerle entender que nosotros éramos pobres y que no podía meter a alguien en casa que no conocíamos. Yo salía a trabajar y tenía que dejar a las nenas solas. A veces me hacía sentir mal, desubicada, porque siempre pensaba que él estaba en mejor situación que otros. Si le hubieran dado la oportunidad de vivir, hubiera estado haciendo cosas para otros”, asegura su madre.

Ríos recuerda que una vez fue a ensayar con la banda de rock que estaban armando y se encontró con una mujer que vivía en la misma cuadra escondida en uno de los cuartos con sus dos hijos: “Tenían mucho miedo; vivían con un guacho que andaba de caño y cada tanto los golpeaba, vivía amenazándolos. Aquel día Miguel vio cómo el tipo la empezaba a cagar a palos y le partió un botellazo en la cabeza”. Muchas veces Miguel se llevaba alimentos para compartir en la casa de 69, que era un espacio variopinto donde confluían universitarios del interior con pocos recursos, militantes políticos de distintas fuerzas, en especial de izquierda y artistas marginales y, sobre todo, jóvenes y lúmpenes enrolados en las movidas punk y rollinga.

Miguel vocalista. Arrancaba las presentaciones cantando de espaldas al público.

Miguel vocalista. Arrancaba las presentaciones cantando de espaldas al público.

La casa de 69 era, en definitiva, un espacio abierto que congregaba a grupos de jóvenes, muchos de ellos marginales, donde el consumo de alcohol y drogas no estaba ausente. Las fiestas, los excesos, que a veces se extendían a los alrededores, provocaban las quejas de los vecinos y fueron el punto de partida de los choques con la Policía.

Miga no había tenido formación musical, pero su sensibilidad y las horas que pasaba en la casa lo fueron acercando a ese mundo. Admiraba, por sobre todo, a los Rolling Stones, aunque también era seguidor de Sumo, Patricio Rey y Sex Pistols. Solía ir a la Capital para ver recitales, aunque muchas veces solo se contentaba con escucharlos desde afuera porque no tenía dinero para pagar la entrada. Un poco jugando a imitar a sus ídolos Mick Jagger y Sid Vicious, empezó a cantar con el Chino y su hermano, Marcelo Vázquez, apodado “Choza”, que era guitarrista. Luego se sumó Charly Ríos, que tocaba el bajo y trajo a un amigo suyo guitarrista y compositor, José Fraire De la Cuadra. Ríos y Fraire se conocían de antes, ambos pertenecían a familias de militantes políticos que habían sido diezmadas por la dictadura. José, que compuso algunas letras junto a Miguel, había sufrido el exilio siendo pequeño, y aquella experiencia terminó por darle nombre al grupo en formación: Chempes 69. Es que, en la primera etapa de su huida del horror de la represión, los Fraire De la Cuadra vivieron un tiempo en Brasil, donde a José y a su hermano menor, Guillermo, solían decirles Kempes, por el goleador argentino del Mundial de 1978, Mario Alberto Kempes. Luego, cuando recalaron en Suecia, emparentaron el vocablo kämpe, que significa luchador o guerrero, con el nombre del futbolista al que llamaban “El Matador”. Tanto en la fonética brasileña como en la sueca sonaba “Chempes”, y a Guillermo le quedó como sobrenombre.

Al formarse la banda, que se juntaba a ensayar en la casa ocupada, casi espontáneamente, quedó Chempes 69. Eran los guerreros de la calle 69.

El estilo era un rock muy básico, duro, con un fuerte sesgo punk. Las letras de Chempes 69 exudaban la rebeldía que flotaba en la casa y una reacción contestataria de drástico rechazo que iba más allá del desdén hacia el proceso político de aquel momento, signado por el gobierno de Carlos Menem, que adoptó un claro corte neoliberal. En Miguel no era una postura superficial, sino la búsqueda de un posicionamiento ideológico que al principio fue un tanto instintivo pero que profundizó al incursionar en el ambiente universitario.

No obstante, a medida que se entusiasmaba con cantar en la banda, Miguel iba dejando de lado sus estudios de periodismo. Al punto que en 1993 ya no concurrió a las cursadas. “Estaba muy enganchado con la banda y había empezado a escribir letras que eran muy creativas, muy delirantes. Le encantaba toda esa movida, pero frente al público tenía vergüenza, al principio siempre empezaba cantando de espaldas”, cuenta Carolina.

Un día Miguel llevó a Chempes 69 a tocar a la casa de sus padres para agasajar a su hermano Guillermo, que cumplía dieciocho años. A Rosa no le gustó mucho aquello, pero hoy recuerda con ternura las piernas flacas y saltarinas de Miguel con bermudas y “los gritos para tapar el ruido a lata de la batería”.

Carteles que anuncian una de las pocas presentaciones de Chempes 69.

Carteles que anuncian una de las pocas presentaciones de Chempes 69.

Para entonces, el hogar de los Bru estaba a medio terminar, ya que a la casilla original de madera se le había sumado otra parte de ladrillos huecos sin revocar. “Fue tremendo, la casa se nos caía a pedazos y nos dejaron el contrapiso todo agujereado por las patas de la batería de tanto que le pegaban”, solía recordar Néstor, su papá.

Aunque no hay registros certeros, hay demasiadas coincidencias que indican que los guerreros de la calle 69 debutaron formalmente en enero de 1993 en El Bar, un pub que ya no existe, en la esquina de 7 y 47. Tocaron: el Chino en batería, Miguel en la voz, José en la guitarra y Carlos en el bajo. Hubo otras tres o cuatro presentaciones en pubs como Praxis o Zeppelin, lugares que ya no existen.

La última vez que se presentaron fue en Zeppelin, en el trágico invierno de 1993. Una foto que ilustra aquel concierto muestra una de las últimas imágenes de Miguel: tenía el pelo rapado y llevaba puesta una campera de gamuza que usaba tanto que parecía tenerla adherida al cuerpo. Aquella noche lograron juntar unas cien personas en un pogo encendido con aquel estribillo que decía: “¡Hay que matar al presidente!”.

A esta mierda digo no,

algún día venceremos.

Cada cual se va a ocupar

de que todo salga bien.

Sí, ya sé, yo te entiendo,

hagámoslo ahora.

El mañana es nuestro.

Estamos vivos, tenemos oídos,

hemos crecido, sabemos pensar.

Ya me parecía a mí

que la vida no era así.

El futuro es nuestro.

No te dejes convencer

por aquellos que están muertos

que no quieren proseguir

que están resignados.

Si tu vida no es así

no tenés por qué ser bobo

el futuro es nuestro.

Todo esto es un invento

de una máquina fatal;

no me importa el dinero,

la ambición, el miedo.

El futuro es nuestro.

El futuro es nuestro

Chempes 69 - José Fraire De la Cuadra

(*) Este texto es un fragmento del libro ¿Dónde está Miguel? El caso Bru. Un desaparecido en democracia (Editorial Marea, 2013), del mismo autor.

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