*Por Javier Bonafina
En este fragmento de su libro Una sociedad en la bruma II la formación de la sociedad en La Plata 1882-1972, Javier Bonafina invita a pensar en clave histórica la textura social platense desde el puerto, la refinería y el polo industrial surgido a su alrededor.
*Por Javier Bonafina
La Plata suele contarse desde el cuadrado perfecto, las diagonales, los palacios públicos, la universidad y la promesa de una capital racional levantada casi de golpe sobre las lomas de la Ensenada. Esa narración es poderosa, pero deja una zona entera en penumbra. En realidad, la ciudad no se formó únicamente en el centro político ni en la imagen ordenada de sus avenidas. También se hizo en el puerto, en los muelles de inflamables, en las vías férreas, en los frigoríficos, en los talleres y en la llegada de obreros, técnicos, ingenieros, comerciantes, maestras, enfermeras y familias que fueron armando una vida cotidiana al ritmo de la industria.
Vista desde allí, La Plata deja de ser solo una ciudad planificada y empieza a aparecer como ciudad-región. Ensenada y Berisso no quedan como apéndices industriales de una capital elegante, sino en el centro de la explicación histórica. Allí se jugaron transformaciones decisivas del siglo XX platense: la reorganización del puerto, la descarga de productos inflamables, la expansión frigorífica, el crecimiento ferroviario y la instalación de la destilería de YPF construida con participación de Bethlehem Steel Corporation.

Fue el primer hotel de nivel internacional de iniciativa privada en La Plata, inaugurado a fines de 1982, en la antesala del regreso democrático. Su apertura significó un primer paso para la transformación del sector hotelero local.
Francisco Varallo era delantero de Gimnasia cuando le llegó la hora de jugar la Copa FIFA Uruguay 1930. Un perfil reconstruye aquí su trayectoria y vida.
Esa historia permite discutir una idea repetida durante décadas: la del puerto de La Plata como fracaso. La palabra dice más sobre rivalidades políticas y expectativas frustradas que sobre el funcionamiento real de la región. Entre 1910 y 1930, el puerto platense fue una plataforma de articulación entre petróleo, frigoríficos, ferrocarriles, comercio exterior, capitales internacionales y obra pública.
La historia petrolera de la región comenzó antes de la creación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales. A comienzos de la década de 1890, los gobiernos nacional y provincial promovieron inversiones privadas para atraer hacia el Puerto La Plata ramos comerciales que no encontraban instalaciones adecuadas en otros puertos del país. Entre ellos estaban los productos inflamables: ácidos, alcoholes, aguarrás, bencina, carburo de calcio, gases, kerosene, naftas y otros derivados del petróleo.
En 1892, el Ejecutivo provincial otorgó una concesión de tierras al ingeniero Pedro Dirks, frente al Río Santiago, para construir un dique de desembarco de petróleo crudo importado, con depósitos, vías férreas y una refinería orientada al procesamiento, almacenamiento, embarque y comercialización de kerosene. En 1903, durante la gobernación de Marcelino Ugarte, se autorizó la instalación de un depósito de petróleo en bruto en terrenos de la empresa Muelles y Depósitos, frente al Puerto Occidental.
El Estado provincial no actuaba como simple espectador. Fijaba condiciones de seguridad, impuestos, plazos, inspecciones y obligaciones técnicas. La infraestructura era, desde el comienzo, una forma de gobierno. En 1906, cuando el gobierno nacional prohibió la descarga de inflamables en el Puerto de Buenos Aires, los buques quedaron obligados a operar en La Plata. La región se convirtió así en un punto clave para una mercancía que estaba cambiando la economía mundial.
La creación de YPF en 1922 modificó ese mapa. Un año después de la muerte de Dardo Rocha, la primera empresa petrolera estatal del mundo capitalista comenzó a organizar una política que buscaba integrar producción, transporte, refinación y distribución. Bajo la dirección de Enrique Mosconi, la construcción de una gran destilería estatal se volvió una prioridad.
La necesidad de industrializar el petróleo se discutía desde el descubrimiento de Comodoro Rivadavia en 1907. Sin embargo, hacia 1922 la actividad refinadora estatal seguía siendo reducida. Mosconi entendió que la fase más rentable del negocio no estaba solo en extraer petróleo crudo, sino en elaborar combustibles y derivados capaces de disputar el mercado nacional.
En 1923, Mosconi y su equipo elevaron al ministro de Agricultura, Tomás Le Breton, un informe que contenía la matriz de lo que luego sería la Destilería Fiscal de La Plata. La elección del lugar no fue casual. El puerto permitía recibir materia prima y distribuir productos; la región ofrecía agua, vías férreas, alojamiento para el personal, servicios auxiliares y cercanía con una demanda industrial en expansión. Mientras el Congreso demoraba fondos y los intereses privados cuestionaban el avance estatal, YPF llamó a concurso. Se presentaron diez firmas. La elegida fue Bethlehem Steel Company.
Bethlehem Steel no era una empresa cualquiera. Durante buena parte del siglo XX fue una de las compañías siderúrgicas más importantes del mundo. Había crecido en torno al acero, los astilleros, la construcción naval, los armamentos, las grandes obras de infraestructura y la expansión internacional de sus negocios. Antes de la Primera Guerra Mundial aumentó sus intereses en América del Sur y África, buscando minerales de mejor calidad y menor costo.
Su presencia en Argentina venía de antes. En 1910 obtuvo contratos vinculados al programa naval argentino, incluidos armamentos y municiones para los acorazados Rivadavia y Moreno. Más tarde ganó licitaciones relacionadas con instalaciones de los pozos de Comodoro Rivadavia. Por eso, cuando apareció la posibilidad de construir la refinería de La Plata, Bethlehem no desembarcó en un territorio desconocido: venía siguiendo de cerca las oportunidades que abría el Estado argentino.
El 15 de marzo de 1924, Bethlehem presentó el proyecto definitivo a la comisión técnica argentina en Nueva York, encabezada por el ingeniero Enrique Cánepa y el contraalmirante Julián Irizar. Las negociaciones no fueron sencillas. YPF pedía reducir precios; la empresa buscaba garantías frente a una posible modificación tributaria. La intervención de Cánepa evitó la ruptura y el contrato definitivo fue firmado el 1 de diciembre de 1924. Mosconi sabía que aquella firma no cerraba un acto formal: abría un capítulo central para la soberanía energética argentina.
Las obras comenzaron en enero de 1925. El 23 de diciembre de ese año se inauguraron las primeras plantas: la Unidad de Destilación Primaria, la Usina de producción de vapor, la Casa de Bombas y, poco después, la Planta de Refinación de Kerosene. La prensa local registró el recorrido de Mosconi junto a Marcelo T. de Alvear, el gobernador José Luis Cantilo y otras autoridades.
La presencia de Bethlehem en La Plata importa porque permite ver que la historia local no se reduce a nombres propios ni a decisiones tomadas dentro del casco urbano. La refinería formaba parte de una cadena global de valor. A primera vista, una cadena de ese tipo parece una historia de objetos: petróleo, acero, cañerías, tanques, barcos, combustibles, máquinas. En realidad, es una historia de personas que extraen, cargan, descargan, procesan, funden, transportan, miden, reparan y venden.
La Plata quedó conectada con Comodoro Rivadavia, Boston, Nueva York, Pensilvania, los astilleros, los trusts petroleros, el mercado automotor y las tensiones entre capital extranjero y Estado nacional. La refinería no era solamente una planta industrial: era un nodo donde se cruzaban soberanía energética, dependencia tecnológica, crédito, saber técnico, mano de obra, puerto, ferrocarril y política.
Allí aparece la paradoja de la modernización periférica. De un lado, una empresa estatal que buscaba autonomía, integración vertical y capacidad de intervenir en el mercado de combustibles. Del otro, la necesidad de recurrir a tecnología, financiamiento y experiencia externa. Esa tensión no se resolvió de una vez; se manejó en contratos, revisiones, informes técnicos, demoras parlamentarias y negociaciones diplomáticas.
El impacto fue inmediato. La construcción de la refinería permitió que YPF dejara de depender casi exclusivamente de la venta de petróleo crudo. Entre 1925 y 1928 se dispararon las ventas de fuel oil, kerosene y gasolinas. Los productos de YPF, que antes podían conseguirse en un único centro de distribución en Buenos Aires, llegaron hacia 1928 a más de novecientos puntos de venta.
La refinería transformó el paisaje y también las relaciones sociales. El 1° de enero de 1925 desembarcaron en el Puerto de La Plata centenares de obreros vinculados a la construcción de la destilería. Bethlehem traía una cultura empresarial marcada por la organización científica del trabajo, la jerarquización de tareas y la experiencia de grandes operaciones industriales. En esa misma corporación, Frederick Winslow Taylor había realizado investigaciones decisivas para la formación del taylorismo y de las nuevas formas de disciplina laboral del siglo XX.
En La Plata, ese mundo se encontró con otra trama laboral: los frigoríficos de Berisso y Ensenada, el puerto, los ferrocarriles, los talleres, la obra pública, las cuadrillas de peones, los técnicos, los empleados de oficina y los profesionales asociados a la expansión de los servicios. El resultado no fue una simple transferencia de modelos extranjeros. Las formas de trabajo se adaptaron, se mezclaron y encontraron resistencias locales. En torno a la sirena, los turnos y las rutas de acceso, la refinería produjo una nueva organización del tiempo.
La vida obrera no se agotaba en la fábrica. Alrededor de las plantas crecieron barrios, comercios, clubes, mutuales, escuelas, comedores y formas de sociabilidad que hicieron de la industria una experiencia social completa. Mientras la refinería crecía, La Plata modificaba su ritmo. Automóviles, colectivos, tranvías, motocicletas y bicicletas empezaban a convivir en calles que todavía combinaban empedrado, barro y pavimento. El petróleo estaba en las estaciones de carga, en los talleres mecánicos, en los ómnibus, en los camiones, en la publicidad de los diarios y en la demanda de combustibles de industrias, ferrocarriles y servicios públicos.
El caso YPF-Bethlehem obliga a mirar La Plata con una escala más amplia. La ciudad no fue solamente una capital política ni una experiencia urbanística excepcional. Fue también un territorio donde se cruzaron el Estado provincial, el Estado nacional, los capitales extranjeros, las empresas públicas, los trabajadores inmigrantes, los técnicos, los políticos locales, los ingenieros, los sindicatos, las elites comerciales y las familias que llegaron detrás de cada ciclo de empleo.
Por eso Ensenada y Berisso no pueden pensarse como bordes menores. Son parte de la misma formación histórica. Allí se vuelve visible lo que el relato centrado en la traza suele dejar afuera: la materialidad de la economía, los cuerpos del trabajo, los olores del puerto, las cargas peligrosas, los turnos de fábrica, los rieles, las cañerías, las disputas por jurisdicción y la construcción de una ciudadanía obrera.
La presencia de Bethlehem Steel en la construcción de la refinería no disminuye el significado de YPF. Al contrario, permite entender mejor el esfuerzo estatal. La soberanía energética no nació de una autosuficiencia inmediata, sino de la capacidad de negociar con actores poderosos, absorber tecnología, formar personal, construir infraestructura y disputar mercados.
Tal vez allí esté una de las claves para volver a contar su historia. No en elegir entre la ciudad planificada y la ciudad industrial, sino en reconocer que ambas convivieron, se tensaron y se necesitaron. La Plata se soñó desde la geometría, pero se formó también desde el petróleo, el acero, el barro, el vapor, los rieles y el trabajo. En esa mezcla, menos perfecta y mucho más humana, se fue construyendo una sociedad en la bruma.
(*) Texto adaptado por el autor a partir del capítulo sobre YPF y Bethlehem Steel en Una sociedad en la bruma II. La formación de la sociedad en La Plata 1882-1972.

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