domingo 27 de septiembre de 2026
Accidente radiactivo La Plata
El Caso Gómez

El accidente radiactivo de La Plata

El 3 de mayo de 1968, un soldador encontró una cápsula de cesio-137 en la refinería de YPF y ahí comenzó una historia que, pese a ser muy poco conocida, se convirtió en referencia mundial en el ámbito médico y científico.

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Alrededor de las 10 de la mañana del viernes 3 de mayo de 1968, un soldador que trabajaba en la refinería de YPF de Ensenada encontró en el piso un objeto metálico brillante que le llamó la atención y se lo guardó en el bolsillo. Nunca imaginó que se trataba de una cápsula de cesio-137, una fuente radiactiva que para él fue el origen de un infierno: dos días después lo internaron y tras sufrir un deterioro lento y doloroso en el hospital, a los pocos meses tuvo que ser amputado de las dos piernas.

El caso es emblemático, está considerado como uno de los eventos radiológicos más graves registrados en la Argentina y es de referencia a nivel mundial. Estudiado por la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), fuera del ámbito médico y científico permaneció oculto durante décadas. Hoy sale a la luz tras una investigación que devela un pasado marcado por la negligencia, la desinformación y la falta de controles que configuraron un escenario de terror, 18 años antes de Chernóbil.

Esta es la historia del accidente radiactivo de La Plata.

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Así se veía la refinería de YPF en la década del setenta, motor clave de la economía y la producción en la región capital entre La Plata, Berisso y Ensenada.

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La carrera a la Luna

Eran tiempos en los que los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Soviética se desafiaban midiendo día tras día su potencial científico y militar en una carrera desesperada por llegar a la Luna, con pruebas de cohetes y hasta amenazas que incluían naves capaces de viajar a cualquier planeta del Sistema Solar. Los diarios reflejaban semanalmente esta disputa en sus portadas junto con las novedades de la Guerra de Vietnam y otros acontecimientos que pasaron a la historia, como la revuelta estudiantil con epicentro en París hoy conocida como Mayo francés, y el asesinato a tiros en Los Ángeles del ex fiscal general y senador norteamericano, Robert F. Kennedy.

La dictadura militar en Argentina tenía a Juan Carlos Onganía como presidente, al general Francisco Imaz como gobernador de la provincia de Buenos Aires y al Coronel Franco Arturo Icazatti como comisionado de facto de La Plata. Estudiantes salía campeón por primera vez de la Copa Libertadores de América y se preparaba para ganar su única Copa Intercontinental, en Inglaterra, contra el Manchester United. En los cines se estrenaba 2001: odisea del espacio, de Stanley Kubrick, y en las radios sonaba Viento dile a la lluvia, de Los Gatos.

En la región capital, la refinería de YPF ubicada en Ensenada estaba consolidada como el motor económico fundamental de la zona. El enorme Complejo Industrial La Plata de avenida 60 empleaba a miles de obreros de La Plata, Berisso y Ensenada, y constantemente se proyectaban obras de expansión para potenciar aún más la producción. Promediando la década del sesenta se buscaba reestructurar la planta para expandir sus capacidades y comenzar a moldear el polo industrial, integrado por más empresas.

En 1968, uno de los obreros que participaba de esas tareas era Carlos Gómez, soldador boliviano de 37 años al que las notas de la época vinculaban a la empresa TECSA, una firma fundada en 1967 en la ciudad de Santa Fe que en la actualidad cuenta con más de 300 obras de ingeniería ejecutadas. Y si bien entre el listado de clientes en su página web figuran YPF y la CNEA, hoy, a 58 años del accidente, desde la dirección de la empresa dicen que en sus papeles no aparecen registrados trabajos en la refinería en 1968 y que en ese entonces solo contaban con un empleado, que no era Gómez.

Recién el 29 de mayo de 1968, casi un mes después del accidente, los medios dieron a conocer la noticia.

Recién el 29 de mayo de 1968, casi un mes después del accidente, los medios dieron a conocer la noticia.

Una crónica del diario La Prensa del jueves 30 de mayo de aquel año también menciona a la empresa OETI, que fue la que denunció la desaparición de la cápsula de cesio-137. "OETI realiza trabajos de gammagrafía para la firma TECSA, contratada por YPF para ampliaciones en la destilería de La Plata", detallan en un fragmento. Hoy, en el Centro Argentino de Ensayos No Destructivos de Materiales (CAEND) -institución fundada en 1965 que es pionera en América Latina en el dictado de cursos y permisos para gammagrafía industrial-, no hay registros de esa empresa.

Los obstáculos que se me presentaron a medida que quise conocer datos sobre la vida del soldador boliviano fueron una constante a lo largo de esta investigación. Fue como si nunca hubiese existido.

La cápsula radiactiva

Según se detalla en los informes de la CNEA, alrededor de las 10 de la mañana del viernes 3 de mayo, Gómez encontró en el suelo un objeto metálico brillante que por su forma, dimensiones y aspecto, le pareció que se trataba de una bala usada. Sin saber que en realidad eso era una cápsula radiactiva, lo examinó durante unos segundos entre sus manos y lo guardó en uno de los bolsillos de su pantalón. El derecho, para ser más exacto. Y ahí lo tuvo hasta finalizar su jornada, a las 17 horas.

Al día siguiente, antes de comenzar con sus tareas, le mostró en el vestuario al resto de sus compañeros ese objeto que había encontrado y que tanto le llamaba la atención. Y lo guardó de nuevo, pero ahora en el bolsillo izquierdo. Así cumplió con su labor, ese sábado durante 10 horas y media. El estudio demostró que estuvo con la cápsula de cesio-137 de 13 curios prácticamente pegada a sus piernas un total de 17 horas y media (7 sobre el muslo derecho y 10 y media sobre el izquierdo). Y en razón de la ubicación y el tamaño de la cañería en la que realizaba las soldaduras, se estimó que durante una quinta parte de ese tiempo trabajó en cuclillas.

En una nota del diario El Día del miércoles 29 de mayo se relata que Gómez “observó que sus muslos presentaban síntomas muy similares a los que producen las quemaduras. Era precisamente la zona que había estado en contacto más directo con la cápsula, guardada en un bolsillo delantero de la prenda. Ante la magnitud de las lesiones, el obrero decidió trasladarse hasta la Clínica Mosconi, de la vecina ciudad de Berisso, donde quedó internado. Con posterioridad, lesiones idénticas aparecieron en sus órganos genitales y, finalmente, en sus manos hasta conformar en los actuales momentos un cuadro de suma gravedad". La crónica lleva como título "Está muy grave un obrero de Ensenada afectado por descargas radiactivas". Casi seis décadas después, algunos de los más antiguos ex trabajadores de ese histórico establecimiento sanitario berissense ubicado en calle 8 entre 157 y 158 dicen no recordar el caso.

Al soldador Carlos Gómez lo trasladaron al Hospital de Quemados en los primeros días de junio de 1968 y ahí le terminaron amputando sus dos piernas, entre noviembre de ese año y enero de 1969.

Al soldador Carlos Gómez lo trasladaron al Hospital de Quemados en los primeros días de junio de 1968 y ahí le terminaron amputando sus dos piernas, entre noviembre de ese año y enero de 1969.

Pero ahí estuvo Gómez, luchando contra no sabía qué. El primer síntoma clínico fue una sensación de molestia y pesadez en los muslos al final de las primeras horas de irradiación, que fue aumentando durante la jornada del 4 de mayo. En los días siguientes aparecieron rápidamente dos ampollas que fueron creciendo de tamaño hasta alcanzar casi los 15 cm de diámetro y se formaron pequeñas zonas de necrosis que luego derivaron en placas de gangrena seca, duras al tacto y de color negro. Una semana después, se observó el comienzo de un enrojecimiento violento en la zona inguinal que rápidamente derivó en llagas abiertas y supurantes. Toda esa zona, desde las rodillas hasta debajo del ombligo, presentó una depilación completa. Luego fue el turno de la mano izquierda, que también se puso roja y se cubrió de grandes ampollas en la palma y en tres de sus dedos. Días más tarde, Gómez comenzó a describir cosquilleo y picazón en la mano derecha.

Fueron 22 días de internación con un diagnóstico de “quemaduras de origen desconocido”, porque increíblemente recién el 26 de mayo al mediodía se denunció ante las autoridades del servicio general de vigilancia de la destilería el extravío de la fuente radiactiva, y en ese momento entró en escena la CNEA. Ahí se correlacionó la afección del obrero accidentado con su origen radiante, al encontrarse la cápsula en su pantalón de trabajo guardado en el vestuario de la refinería desde su último día de tareas. Se supo también que 17 compañeros de trabajo -a los que el sábado 4 de mayo el soldador les había mostrado la cápsula- habían estado cerca del objeto brillante y entonces tuvieron que ser monitoreados, aunque las dosis recibidas fueron ínfimas. Gómez, en cambio, estaba experimentando una transformación que hasta ese momento nadie había sufrido en la Argentina. El doctor José Luis Alegría, miembro de la CNEA en ese entonces, les dijo a los medios el 30 de mayo que esa era la primera vez que ocurría un accidente de esas características en el país.

Fue ahí, casi un mes después del inicio del calvario, cuando funcionarios y profesionales del organismo atómico lo observaron por primera vez. Y en ese estado fue trasladado hacia el viejo Instituto Municipal del Quemado de la Ciudad de Buenos Aires, en los primeros días de junio. El hospital ya funcionaba desde el año anterior en su ubicación actual del barrio de Caballito, sobre la avenida Pedro Goyena.

En el Hospital de Quemados me recibió la doctora Mercedes Portas, referente internacional desde hace más de 20 años en el estudio diagnóstico y tratamiento sobre las quemaduras por sobreexposición por radiactividad. Ella es la Jefa del Departamento de Cirugía Plástica y Quemados de este establecimiento, y una de las profesionales que conoce el Caso Gómez, como le dice: “A Gómez lo operaron mis jefes, los doctores Alberto Carlos Otero y Víctor Nacif Cabrera. Fueron quienes le salvaron la vida”. “Fue un accidente gravísimo con peligro de vida y producido por un descuido; fue algo que no debería haber pasado. Nosotros desde el año 2000 llevamos atendidos 625 casos de pacientes con radiolesiones por radioterapia e intervencionismo, pero nunca de esa envergadura y con ese nivel de gravedad”, dice, previo a charlar un rato largo sobre este episodio de hace 58 años.

El trabajo médico del Caso Gómez lo lideró el Dr. Juan Carlos Giménez, fallecido en 2025. Con este estudio sentó un precedente que sirvió para futuros accidentes en todo el mundo.

El trabajo médico del Caso Gómez lo lideró el Dr. Juan Carlos Giménez, fallecido en 2025. Con este estudio sentó un precedente que sirvió para futuros accidentes en todo el mundo.

Unos cuarenta minutos después, nos despedimos. Y caminé por los pasillos que alguna vez también recorrió Gómez. Quizás por este mismo ascensor. Y mientras bajaba desde el segundo piso, pensaba en su martirio. Ya en el hall de entrada y en dirección a la calle, me rebotaba en la cabeza la pregunta con la que la doctora me había dado la bienvenida a su despacho: "¿Y por qué se te dio por investigar esto?".

Un caso emblemático y de referencia en el mundo

Este caso está plenamente registrado e indexado a nivel mundial como un incidente de referencia de lo que hoy la regulación internacional clasifica como fuente huérfana. Los desarrollos teóricos se pueden encontrar, por ejemplo, en el Registro de Eventos Radiológicos de Johnston, una de las bases de datos históricas más exhaustivas del mundo sobre accidentes nucleares. Allí se recopila la ficha técnica del episodio como "La Plata orphaned source, 1968". También figura formalmente en las listas internacionales de seguridad nuclear, y hay compilaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Este último lo utiliza en sus manuales de entrenamiento para la respuesta médica a sobreexposiciones accidentales de radiación gamma.

Por eso resulta impactante que un evento de semejante magnitud sea desconocido en el saber popular. Y me fui sorprendiendo cada vez más de eso a medida que avanzaba esta investigación.

Nosotros desde el año 2000 llevamos atendidos 625 casos de pacientes con radiolesiones por radioterapia e intervencionismo, pero nunca de esa envergadura y con ese nivel de gravedad Nosotros desde el año 2000 llevamos atendidos 625 casos de pacientes con radiolesiones por radioterapia e intervencionismo, pero nunca de esa envergadura y con ese nivel de gravedad

Otra médica muy prestigiosa conocedora de este accidente me dijo que si bien existen publicaciones técnicas y científicas del caso, en su momento el hecho se manejó exclusivamente de forma interna y con discreción para evitar el pánico público. En una sociedad que nada sabía de accidentes radiactivos, la reacción hubiese sido similar a la provocada treinta años antes por Orson Welles en Estados Unidos, cuando leyó por la radio pasajes de La guerra de los mundos, de H. G. Wells, y los oyentes huyeron despavoridos de sus casas creyendo que los extraterrestres realmente estaban invadiendo la Tierra.

El trabajo médico lo lideró el doctor Juan Carlos Giménez, a quien lamento no haber conocido para reconstruir esta historia. “Él te podría haber contado muy bien todo el caso”, me dice Portas. El doctor falleció el 17 de marzo de 2025, luego de una vida dedicada a la medicina nuclear y la radiobiología en la Argentina, siendo una de sus máximas referencias históricas. Fundador y jefe de la División de Medicina Nuclear de la CNEA, fue un pionero en la aplicación de radioisótopos con fines terapéuticos en el país y el especialista al que acudía el Estado frente a las emergencias radiológicas más complejas. Su intervención en este caso representó el despliegue del mayor saber clínico disponible en la época para contener el avance del deterioro tisular en el paciente, y su tarea fue tan precisa que hoy es fuente de consulta mundial. En 1987, cuando ocurrió el trágico accidente de Goiânia en Brasil -que hoy tiene su serie en Netflix-, la comunidad internacional convocó formalmente al Dr. Giménez y su aporte fue clave para salvar cientos de vidas de personas contaminadas por cesio-137.

La portada del informe con todos los casos presentados en el congreso de Viena en 1969, organizado por el Organismo Internacional de Energía Atómica y la Organización Mundial de la Salud. Allí se presentó el Caso Gómez.

La portada del informe con todos los casos presentados en el congreso de Viena en 1969, organizado por el Organismo Internacional de Energía Atómica y la Organización Mundial de la Salud. Allí se presentó el Caso Gómez.

Un año después de aquella mañana de mayo en la refinería, se realizó en Viena, Austria, un simposio organizado por el OIEA en colaboración con la OMS. A esa reunión, llevada a cabo entre el 19 y 23 de aquel mes de 1969, asistieron 212 profesionales de 34 países y 9 organizaciones internacionales. Entre ellos estuvo el físico e ingeniero argentino Eric Vander Elst, quien expuso el informe del caso que lleva también las firmas de Alejandro Placer y Dan Beninson -una eminencia a nivel nacional e internacional-.

El médico experto en radiación Dan Jacobo Beninson -fallecido en 2003- es considerado una de las máximas autoridades mundiales en seguridad radiológica y la figura científica más relevante de la historia nuclear argentina. Entre otros cargos de gran relevancia, presidió la Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN) entre 1994 y 1998, y la CNEA, entre 1998 y 1999; fue distinguido con numerosos premios y no solo diseñó los criterios internacionales de radioprotección que se utilizan globalmente hasta el día de hoy, sino que fue quien lideró personalmente el análisis dosimétrico y la reconstrucción técnica en el Caso Gómez.

"Estudio de un caso de irradiación humana accidental" es el título del informe presentado en aquel congreso internacional en Austria, mientras en Buenos Aires todavía se seguía investigando judicialmente el episodio. A 12 mil kilómetros de distancia, Vander Elst exponía ante los más destacados estudiosos de la radiación de todo el mundo los detalles de un caso que acaparó la atención de todos. Relató cómo sucedieron los hechos del accidente desde la mañana del 3 de mayo hasta ese momento -un año después-, con detalles precisos del daño que la radiación produjo en la anatomía del soldador. En el informe, los médicos de nuestro país explicaron que para estimar las dosis de cesio-137 recibidas por el obrero boliviano, reconstruyeron la irradiación utilizando distintos métodos, entre ellos un fantoma, o sea, un muñeco.

Para comprender y dimensionar la gravedad del impacto, consulté al Grupo de Investigación y Servicios de Radioactividad en Medioambiente (GISDRAMA), un equipo de profesionales de la UNLP y el CONICET integrado por las doctoras Marcela Taylor y María Luciana Montes y el doctor Leonardo Errico, quienes explicaron que "para que se produzcan lesiones -quemaduras y necrosis de tejidos- en corto tiempo, la dosis absorbida debe ser muy alta. Una lesión del tipo de la observada en el operario debe implicar al menos 25 Gy -gray, unidad de dosis-. Esto equivale a exponerse a unas 25.000 radiografías de tórax. En los estudios realizados por Beninson se estimó sobre la arteria femoral una dosis de 50 Gy y una dosis media corporal de 0.5 Gy". Una dosis de 4 Gy de cuerpo entero suele ser letal sin asistencia médica; al ser localizada Gómez sobrevivió al impacto sistémico general, pero sus piernas recibieron un daño celular absoluto e irreversible.

“A nivel internacional existe una escala llamada INES (escala internacional de sucesos nucleares y radiológicos) que mide la gravedad de incidentes y accidentes radiológicos en el plano civil. La escala va desde 0 hasta 7, siendo 7 el nivel más grave (Chernóbil y Fukushima). El accidente de 1968 se califica en el nivel 3”, agregaron desde el grupo que estudia los niveles de radiactividad natural y artificial en el ambiente.

Dan Jacobo Beninson, eminencia y la figura científica más relevante de la historia nuclear en Argentina. Él también estudió el Caso Gómez.

Dan Jacobo Beninson, eminencia y la figura científica más relevante de la historia nuclear en Argentina. Él también estudió el Caso Gómez.

Por intermedio de la Doctora en Física Marcela Taylor llegué al Dr. Francisco Homero Sánchez, Profesor Emérito de la UNLP, físico, docente e Investigador Superior del CONICET en el Instituto de Física La Plata (IFLP). Cuando ocurrió el accidente, "Quique" tenía 20 años, y no recuerda en qué momento exacto, pero al poco tiempo, una mañana fue a visitar el Laboratorio de Física Nuclear del Departamento de Física de la UNLP "una persona con alguna responsabilidad más o menos alta de YPF", según describe, "pidiendo que alguien fuera a medir si en los tanques estaban puestas las fuentes radiactivas, ya que había ocurrido un accidente". Fue el Dr. Alberto López García quien dijo que fuera Sánchez, que en ese entonces era un estudiante de posgrado. "Estaban haciendo un relevamiento para ver que las fuentes estuvieran en su lugar", dice hoy. "No recuerdo haber visto nada de este caso en los medios, pero sí que me impactó mucho enterarme de lo que le había pasado a esta persona", agrega.

Las amputaciones

El Síndrome de Irradiación Local genera uno de los dolores más agudos de la práctica médica debido a la inflamación constante y la destrucción nerviosa periférica. El equipo del Dr. Giménez utilizó en todo momento analgésicos potentes de acción central y esquemas de sedación continuos para contener el sufrimiento del paciente durante las fases críticas de ulceración. El dolor fue agudo y urente, y muy difícil de mitigar con analgésicos comunes.

La situación de Gómez en el Hospital de Quemados fue desmejorando mes a mes. Al destruirse los vasos sanguíneos que suministraban oxígeno y nutrientes a los tejidos, la sangre dejó de llegar a los músculos y la piel de las piernas. Se formaron úlceras profundas que progresaron rápidamente hacia la necrosis seca y húmeda, y los tejidos se tornaron negros y comenzaron a infectarse. El daño fue irreversible.

No recuerdo haber visto nada de este caso en los medios, pero sí que me impactó mucho enterarme de lo que le había pasado a esta persona No recuerdo haber visto nada de este caso en los medios, pero sí que me impactó mucho enterarme de lo que le había pasado a esta persona

El reporte médico concluye que ante el fallo vascular masivo y el riesgo inminente de una infección generalizada, o sea una sepsis, se determinó que la única vía médica para salvar la vida del soldador era la amputación bilateral de los miembros inferiores. A mediados de noviembre de 1968, a Gómez le amputaron la pierna izquierda, y en enero de 1969, la derecha.

Por otra parte, los médicos explicaron que al haber llevado la cápsula radiactiva en sus bolsillos delanteros durante 17 horas y media, los testículos recibieron una dosis directa muy superior al umbral biológico reversible: la radiación le produjo esterilidad completa y definitiva. El seguimiento médico sería de por vida, debido al elevado riesgo estadístico de desarrollar cáncer o leucemia a mediano y largo plazo.

Un fantasma en la historia

Lo que más vueltas daba en mi cabeza a medida que leía sobre este caso era pensar qué había sido de la vida de Carlos Gómez tras su segunda amputación. Ahí terminaban los informes médicos. Las historias clínicas ya no existen y nadie me confirmaba si había fallecido, cómo había sido su final, cuándo, dónde, de qué manera. Imaginar el tormento que atravesó me resultaba desesperante.

"Estudio de un caso de irradiación humana accidental" es el título del informe con los detalles del Caso Gómez. En este gráfico se detallan las dosis de radiación recibidas en el cuerpo del soldador boliviano.

Solo en aquella primera nota del diario El Día del 29 de mayo de 1968, cuando se dio a conocer el caso, se publicaron datos personales del soldador que hoy, más de medio siglo después, fueron casi imposibles de contrastar. La calle de Isidro Casanova en la que se informó que vivía no existe más -un investigador de la historia de La Matanza, de sus localidades y sus barrios, me dijo directamente que esa calle nunca existió-, y en el Consulado General del Estado Plurinacional de Bolivia en Buenos Aires tampoco pudieron ayudarme: argumentaron que debido a la antigüedad del caso y al contar únicamente con su nombre y apellido, era imposible rastrearlo. TECSA S.A., la empresa a la que se lo había ligado, no lo tiene registrado en sus legajos y sus directivos dicen estar sorprendidos al conocer esta historia recién en 2026. En YPF, prefieren el silencio. “No hay nada”, respondieron por su parte en el Fuero Penal del Departamento Judicial de La Plata.

Carlos Gómez se convirtió lentamente en un fantasma.

En el despacho de la doctora Portas volví a plantear la incertidumbre que me generaba no saber qué había sido de él. Y entonces, luego de unos segundos de silencio, levantó su teléfono para hacer un llamado. Del otro lado de la línea, a punto de subirse a un avión con destino a Canadá, respondió una alta funcionaria de la Autoridad Regulatoria Nuclear. Tras varios minutos que se me hicieron eternos, la Jefa del Departamento de Cirugía Plástica y Quemados me miró a los ojos, también contenta por la novedad: "Gómez vivió al menos 20 años más; el doctor Giménez lo controló durante todo ese tiempo".

Y fue precisamente esa funcionaria la que me encaminó a cerrar esta historia. La Licenciada en Ciencias Biológicas Marina Di Giorgio es una de las referentes internacionales más reconocidas en dosimetría biológica y protección radiológica y tiene casi 40 años de experiencia trabajando en el sector nuclear, entre la CNEA, la ARN y la Sociedad Argentina de Radioprotección (SAR). Su vínculo con el Caso Gómez es estrecho porque cuando ingresó a la CNEA en 1986, su jefe fue el Dr. Juan Carlos Giménez, quien se convirtió rápidamente en su mentor.

“Recuerdo que una vez por año Giménez hacía un seguimiento clínico del paciente. Y eso fue durante más de 20 años: a lo largo de todo ese tiempo se requirieron sucesivas cirugías regenerativas”, dijo Di Giorgio.

En mayo de 1969, un año después del accidente, médicos argentinos presentaron este caso al mundo en Viena, Austria, en el Congreso del Organismo Internacional de Energía Atómica y la Organización Mundial de la Salud.

En mayo de 1969, un año después del accidente, médicos argentinos presentaron este caso al mundo en Viena, Austria, en el Congreso del Organismo Internacional de Energía Atómica y la Organización Mundial de la Salud.

En un informe conjunto del OIEA y la OMS de 1998 titulado "Safety Reports Series No. 4: Planning the medical response to radiological accidents", el Anexo I está dedicado a los accidentes radiológicos graves en la industria nuclear, no nuclear, la investigación y la medicina que afectaron tanto a trabajadores como a miembros del público, entre 1945 y el año de publicación de este estudio. En el cuadro se aprecia que el primer accidente radiactivo ocurrido en nuestro país es el de 1968, figura como “La Plata, Argentina”, y así se especifican sus características: fuente de cesio-137 y dosis de 0.5 Gy en cuerpo entero (en sus piernas, la cifra fue inmensamente mayor). El dato revelador aparece en la última columna, la de las muertes: cero. A diferencia de otros accidentes con víctimas fatales, en donde incluso se aclara que los decesos ocurrieron a una determinada cantidad de años posterior al episodio, en este caso ese casillero está vacío. En 1998, treinta años después de guardarse la cápsula radiactiva en los bolsillos, Carlos Gómez estaba vivo.

Al filo de la entrega de esta investigación periodística, una mañana me llegó un mensaje de Martín Iofrida, ingeniero y secretario general de la Asociación de Profesionales de la Comisión Nacional de Energía Atómica y la Actividad Nuclear, con quien también había hablado semanas atrás. Al igual que muchos otros profesionales a los que contacté, desconocía este caso, le pareció extremadamente interesante y por eso me ayudó a rastrear qué había pasado con Gómez tras su segunda amputación.

“En breve lo vamos a conseguir, estamos cerca”, me dijo.

Varias décadas después

Y así pude cerrar esta historia. Fue un importante funcionario de la ARN quien confirmó que Gómez sobrevivió al accidente durante muchos años, por supuesto cumpliendo regularmente con una serie de controles médicos necesarios para atender el desarrollo de sus lesiones. Eso fue en el Centro Atómico Ezeiza (CAE), ubicado en el Cam. Real Presbítero González y Aragón, detrás del Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini. Al soldador lo trasladaban en un carro especialmente diseñado que se adaptaba a su condición, cuando todavía no se habían desarrollado las sillas y otros aparatos que hoy conocemos.

Ese es tan solo uno de los recuerdos que hay dando vueltas alrededor de la vida de Carlos Gómez post amputaciones y que tantos años después ahora aparecen como mitos de un hecho olvidado, ocultado, escrito en una página de la historia que muy pocos leyeron.

El Dr. Giménez manifestaba que lo peor en estos pacientes era el abandono social y económico que sufrían ellos y sus familias El Dr. Giménez manifestaba que lo peor en estos pacientes era el abandono social y económico que sufrían ellos y sus familias

Para la doctora Portas, lo más importante, lo que destaca una y otra vez es el trabajo de los médicos del Hospital de Quemados que le salvaron la vida y vuelve a resaltar la importancia y trascendencia de este caso a nivel mundial: “Lo que ocurrió marca un hito nacional e internacional en el tema de toma de muestra, seguimiento y demás en los accidentados por radiación; fue la primera vez que ocurrió algo así no solo en Argentina sino a nivel internacional”.

Varios profesionales médicos, científicos y estudiosos de la radiación y la energía nuclear trabajaron y siguieron este caso en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).

Varios profesionales médicos, científicos y estudiosos de la radiación y la energía nuclear trabajaron y siguieron este caso en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).

Muy pocas personas lo frecuentaron tras 1969. Y los comentarios de quienes dicen haber estado con él flotan en una nube de recuerdos difusos muy difícil de dilucidar: que Gómez vivió efectivamente en Isidro Casanova y que hasta ayudó con tareas administrativas en el taller mecánico de sus hijos, que tuvo un abogado que desapareció misteriosamente, que tuvo un hermano minero en Bolivia que sufrió un accidente con dinamita, y que en algún momento llegó a confesar que cuando encontró el objeto metálico y brillante que tanto le llamó la atención aquella mañana del 3 de mayo de 1968, pensó en hacerse un collar.

Los profesionales no pudieron precisar la fecha exacta de fallecimiento, pero todos los consultados concluyen que debió haber vivido entre 25 y 30 años tras el accidente, y como causa de muerte asignan igual valor al deterioro progresivo post exposición como al deterioro psicológico que sufrió todo ese tiempo.

“El Dr. Giménez manifestaba que lo peor en estos pacientes era el abandono social y económico que sufrían ellos y sus familias”, recuerda Marina Di Giorgio.

Quizás, que esta historia salga a la luz después de tanto tiempo funcione también como un humilde homenaje, un pequeño consuelo, una despedida respetuosa que cierra -o abre- una puerta para siempre.

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Begum es un segmento periodístico de calidad de 0221 que busca recuperar historias, mitos y personajes de La Plata y toda la región. El nombre se desprende de la novela de Julio Verne “Los quinientos millones de la Begum”. Según la historia, la Begum era una princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal. La leyenda indica que parte de los rasgos de esa urbe de ficción sirvieron para concebir la traza de La Plata.

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