domingo 25 de octubre de 2026
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Almafuerte

La casa de La Plata que conserva las huellas del indómito poeta de los desposeídos

Un recorrido por la casa-museo de avenida 66, primer sitio de La Plata declarado Monumento Histórico Nacional, junto a María Teresa Minellono, una de las máximas especialistas en la obra de Almafuerte.

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La fachada sencilla, sin revoque, luce un blanco un tanto desvaído por el paso del tiempo. Una amplia ventana presenta un acabado verde inglés al igual las puertas laterales idénticas que dan acceso al interior. Situada a mitad de cuadra, sobre la avenida 66, entre 5 y 6, esta típica casa chorizo conserva la austeridad de quien la habitó: Pedro Bonifacio Palacios, el poeta y periodista que alcanzó la posteridad bajo el seudónimo de Almafuerte. Allí pasó los últimos años de su vida y escribió algunos de sus textos más memorables.

La modestia del lugar, que según los registros catastrales data de 1885, contrasta con su relevancia histórica: fue el primer sitio de La Plata declarado Monumento Histórico Nacional. Hace casi un siglo comenzó a gestarse allí el museo que aún funciona en ese espacio y preserva manuscritos, objetos y otros testimonios de la vida de Almafuerte, quien, entre otras cosas, fue poeta, pintor, maestro, periodista y empleado público.

Nacido el 13 de mayo de 1854 en el partido de La Matanza, en una zona que hoy corresponde a San Justo, conoció desde niño la pobreza y la orfandad. Tras la muerte de su madre y el abandono de su padre, quedó al cuidado de una tía en Buenos Aires. Allí, una modesta biblioteca despertó su vocación por la lectura y nutrió su formación autodidacta, alimentada por la Biblia, los clásicos y la filosofía antigua. De aquellas lecturas y de las adversidades de su infancia surgió una obra vehemente e inconformista, marcada por un temperamento ácido y combativo y una defensa intransigente de la dignidad humana y la voluntad de resistir. Se desempeñó como maestro rural en distintas localidades bonaerenses, una experiencia que marcó su trayectoria y alimentó su mirada crítica sobre la sociedad. También cultivó el dibujo y la pintura. También fue cartero en Buenos Aires y, en La Plata revistó en la Legislatura y en la dirección provincial de Estadísticas.

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Debido a la falta de recursos para costear la edición de sus trabajos Almafuerte sólo publicó en vida un poemario, Lamentaciones, editado en una pequeña imprenta platense en 1906.

Almafuerte junto a un grupo de personas en la puerta de la casa hoy convertida en museo y declarada en 1961 Monumento Histórico Nacional. (Archivo Histórico Nacional)

Almafuerte junto a un grupo de personas en la puerta de la casa hoy convertida en museo y declarada en 1961 Monumento Histórico Nacional. (Archivo Histórico Nacional)

Tras quedar fuera del sistema educativo por sus denuncias contra los caudillos políticos de la época, Almafuerte se radicó definitivamente en La Plata en 1907, después de haber residido allí por temporadas en años anteriores. En la ciudad profundizó su labor periodística: publicó en El Pueblo, diario que llegó a dirigir, y colaboró con otros periódicos y revistas bonaerenses bajo distintos seudónimos. Pese a las estrecheces económicas, convirtió su casa en refugio de niños desamparados. En el horno de barro del patio, que aún se conserva, preparaba el pan que compartía con ellos y con los vecinos más necesitados, en una expresión cotidiana de su solidaridad con los sectores populares.

En esos años, Almafuerte dedicó a su amigo Félix Tettamanti —militante socialista, cofundador del Banco Río de la Plata y financista de El Pueblo— algunos de sus Siete sonetos medicinales, entre ellos el célebre ¡Piú avanti!. En sus versos, el poeta exaltó la entereza y la voluntad de sobreponerse a las adversidades, una convicción que atravesó buena parte de su obra. Escritos tras una crisis personal marcada por el alcohol, alcanzaron una enorme popularidad por su capacidad de interpelar a lectores de distintas generaciones.

Impregnada de referencias cristianas y pasajes autorreferenciales, la poesía de Almafuerte contribuyó a acrecentar su popularidad y a forjar el aura mítica que rodeó su figura. La declamación fue decisiva en ese proceso. Según María Teresa Minellono, escritora, docente e investigadora en Letras y una de las máximas especialistas en la obra de Almafuerte, el poeta recuperó «el uso de la palabra pública» y cautivó a sus auditorios con la fuerza expresiva de sus declamaciones, pronunciadas en actos cívicos, desde banquetes a funerales y los recitales declamativos en teatros ampliaron su popularidad. En 1913, el ciclo de lecturas que ofreció en el teatro Odeón, presentado y elogiado por Belisario Roldán, marcó un punto culminante de su consagración. Su ascendiente se apoyó así tanto en la potencia de sus versos como en la intensidad con que los hacía resonar ante el público.

La voz de Almafuerte llegó a Europa en el contexto de la Primera Guerra Mundial. Su compromiso con la causa aliada quedó plasmado en Apóstrofe, conocido también como Apóstrofe al Káiser, una encendida imprecación contra Guillermo II, emperador de Alemania. En septiembre de 1915, al cumplirse el primer aniversario de la victoria aliada en la batalla del Marne, el poeta leyó públicamente la composición en Buenos Aires. El texto se tradujo al francés, se editó como folleto y alcanzó difusión internacional. Su circulación estuvo ligada al clima de movilización en favor de los aliados, en el que la palabra de Almafuerte adquirió una dimensión política que proyectó su poesía más allá de América Latina.

María Teresa Minellono acompañó a este cronista en un recorrido por el museo. Integrante de la Asociación de Amigos del Museo, fue una guía privilegiada para adentrarse en la vida y la obra del poeta. Durante la visita, reconstruyó para Begum la trayectoria de Pedro Bonifacio Palacios, desde sus comienzos como maestro en escuelas porteñas hasta su traslado a la campaña bonaerense, donde se propuso llevar la alfabetización y la cultura más allá de la ciudad.

Según constancias, en distintos momentos, Almafuerte enseñó en Chacabuco, 25 de Mayo, Mercedes, Salto y Trenque Lauquen. En Mercedes también se anunció en los diarios como profesor de dibujo y retratista. El padre de una de sus alumnas, que dirigía el Consejo Escolar, favoreció su designación en una escuela, pese a que carecía de título habilitante para esa especialidad. Su actividad periodística y sus opiniones políticas le acarrearon nuevos conflictos y, finalmente, la cesantía, justificada oficialmente por la falta de credenciales docentes. En Chacabuco, donde llegó a dirigir una escuela, también tuvo enfrentamientos con la policía; algunas versiones relatan incluso una pelea a puño limpio con un comisario. En esa etapa, en 1884, conoció a Domingo Faustino Sarmiento, por quien sentía profunda admiración y que llegó a visitarlo en la escuela.

Palacios combinó la docencia y el periodismo con la militancia política. Influido por Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen, adhirió al radicalismo y participó en las revoluciones del Parque, en 1890, y de 1893.

Aunque faltan precisiones, tuvo un paso previo por La Plata y vivió en el barrio de las Mil Casas, en Tolosa. Presidió el primer comité radical de la ciudad y dirigió El Pueblo, desde cuyas páginas combatió al régimen oligárquico bajo numerosos seudónimos. Incluso escribió una columna en italiano para la comunidad inmigrante. En su Memorial (1904), recordó esa labor como una entrega apasionada: “puse en aquella violentísima hoja, como más tarde en La Provincia, toda la fuerza de mi alma”, escribió.

El Museo hoy y el enorme desafio de una gestión a la altura de la dimensión del poeta, convertido en clásico de las letras argentinas.

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Sus críticas al oficialismo le costaron el cargo docente en 1896. Aunque la cesantía se justificó por carecer de título habilitante. Para entonces, ya ejercía el periodismo bajo distintos seudónimos y, a comienzos del siglo XX, publicó varias colaboraciones en El Día, de La Plata. Su estilo incisivo quedó retratado en una frase que se le atribuye: «No agredí a ninguno que no estuviera en condiciones de contestarme el mismo día con una onza de plomo en la mitad del pecho».

El destino de la casa

El 28 de febrero de 1917, a los 62 años, Almafuerte murió en su modesta vivienda platense, tras un progresivo deterioro físico. Conocido como el «cantor de la chusma» por su defensa de los sectores populares, falleció poco después de que el Congreso Nacional le concediera una pensión vitalicia que no llegó a percibir. Una multitud acompañó sus restos en el último adiós, testimonio del reconocimiento que había alcanzado su figura. En La Plata, en una ceremonia realizada en el Teatro Argentino, grupos estudiantiles lo homenajearon junto a los poetas Carlos Guido y Spano y Rafael Obligado. El socialista Alfredo Palacios, en un acto celebrado en su honor en el Teatro Colón a poco de fallecido Almafuerte afirmó en su alocución: “cuando un gran poeta se va, el corazón del pueblo sufre desgarramientos dolorosos”.

El rastro del poeta de los derrotados perdura en la literatura argentina y en la historia de La Plata, donde integra el grupo conocido como los Cinco Sabios. La denominación fue consagrada el 19 de noviembre de 1942, cuando la Universidad Nacional de La Plata inauguró, en el Paseo del Bosque y frente al Museo de Ciencias Naturales, un monumento que reúne los bustos de Almafuerte, Florentino Ameghino, Juan Vucetich, Alejandro Korn y Carlos Spegazzini. El homenaje, realizado en el 60.º aniversario de la fundación de la capital bonaerense, reconoció a cinco figuras que se destacaron en la cultura, la ciencia y el pensamiento.

Tras la muerte del escritor, la casa de la avenida 66 quedó cerrada y pronto cayó en el abandono. El riesgo de perder la última morada del poeta movilizó a un grupo de allegados que buscó preservar el inmueble y mantener viva su memoria. En 1921, la Municipalidad de La Plata lo adquirió en un remate público y, ocho años después, en 1929, entregó su custodia a la Agrupación Bases, encabezada por Francisco Timpone. El colectivo, del que también participaban, entre otros, Atilio Boveri, Juan Ignacio Cendoya, Mario Sureda, Teófilo Olmos y Octavio Carlevaro, obtuvo la tenencia precaria de la casa con el compromiso de promover actividades culturales. Desde entonces, impulsó gestiones para proteger el inmueble del avance de las edificaciones en el casco urbano. Además de acondicionar la vivienda y recuperar las pertenencias dispersas del poeta, creó allí una biblioteca pública y, con el tiempo, editó obras de y sobre el poeta. La iniciativa permitió preservar la casa y sentó las bases de un espacio destinado a difundir la obra del escritor.

Pero, definitivamente, el lazo entre el escritor con La Plata terminó de sellarse en 1932, cuando la ciudad celebró el cincuentenario de su fundación. Entre los actos del programa oficial se destacó un importante homenaje al poeta, reflejo del lugar que ocupaba en la identidad platense. En una edición especial dedicada al aniversario, el diario El Argentino afirmó: «La gloria de Almafuerte […] es gloria de La Plata, porque aquí, desde su filosófico retiro, produjo su obra de madurez después de haber recorrido la campaña en siembra de ‘patriótico abecedario’”. La ceremonia reunió a una nutrida concurrencia frente a la última casa del poeta. Allí, la Agrupación Bases inauguró una placa conmemorativa y abrió las instalaciones del entonces llamado «Museo Almafuerteano».

En agosto de 1936, durante la gobernación de Manuel Fresco, el inmueble fue declarado Monumento Histórico Provincial, un reconocimiento que reforzó la protección de su patrimonio. En 1939 se organizó un acto para inaugurar un monolito recordatorio que aún subsiste en los jardines de la casa bajo la sombra frondosa de un palto. La gestión de la Agrupación Bases se prolongó hasta 1945, cuando la administración regresó a manos del municipio. Durante los años siguientes, la casa funcionó principalmente como biblioteca pública, mientras se continuaba reuniendo objetos y documentos vinculados con el poeta.

María Teresita Minellono, docente e investigadora en Letras, una de las máximas conocedoras de la obra de Almafuerte.

María Teresita Minellono, docente e investigadora en Letras, una de las máximas conocedoras de la obra de Almafuerte.

Las gestiones de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires, con el apoyo del Círculo de Periodistas y el Concejo Deliberante platense, impulsaron la creación del Museo Almafuerte, fundado oficialmente el 28 de enero de 1961. Pocos días después, el 2 de febrero, el presidente Arturo Frondizi firmó el decreto 932, que declaró la casa Monumento Histórico Nacional, el primero de La Plata. Así quedó reconocida la doble dimensión de un lugar que preserva tanto la memoria del indómito poeta como una parte de la historia cultural de la ciudad.

En rigor, el lugar tardaría dos décadas más en adquirir la fisonomía de museo propiamente dicho. En enero de 1981, tras el traslado de la biblioteca municipal al Palacio López Merino, la vivienda fue sometida a una intervención arquitectónica destinada a recuperar su carácter doméstico y adecuar sus ambientes para la exhibición. La reforma apuntó a convertirla en un espacio de memoria dedicado a preservar las huellas materiales de una vida austera, consagrada a la enseñanza, el periodismo y la poesía.

Gracias a su amistad con Bartolomé Mitre Vedia, Almafuerte publicó con frecuencia sus poemas en el diario La Nación. Su obra también llegó a un público lector cada vez más amplio a través de revistas como PBT, Caras y Caretas y Fray Mocho, además de numerosas publicaciones de menor circulación.

Su obra encontró dos lectores decisivos. Rubén Darío elogió su «personalidad sincera y vigorosa», su «vuelo sobre la general mediocridad» y la libertad de su pensamiento, contribuyendo a proyectarlo más allá de la Argentina. Décadas después, Jorge Luis Borges lo reivindicó en «Ubicación de Almafuerte», capítulo de El idioma de los argentinos. «Almafuerte es un clásico y quien se encarga de canonizarlo es Borges», sostiene Minellono, quien recuerda que, pese a que durante mucho tiempo se consideró a Almafuerte un poeta menor, fue el autor de El Aleph quien lo destacó y solía evocar la impresión que le produjo escuchar a Evaristo Carriego recitar El Misionero, de Almafuerte.

La investigadora menciona, además, un manuscrito de Francisco López Merino en el que se burlaba de las figuras académicas y reivindicaba al «viejo Almafuerte vociferador».

El legado del poeta

Antes de morir, Almafuerte encargó la custodia de sus manuscritos originales al periodista y gestor cultural Horacio Rossotti. El material se conservó gracias a los hijos de su albacea, quienes años más tarde lo donaron a la Asociación de Amigos del Museo Almafuerte, entidad que durante muchos años impulsó actividades y buscó financiamiento para garantizar el funcionamiento del lugar. Ese valioso archivo permitió que la profesora Minellono accediera a los originales para clasificarlos, digitalizarlos y preparar su edición crítica. El trabajo se plasmó en el voluminoso texto Poesía completa, coeditado en 2011 por Alción Editora, la Universidad Nacional de La Plata y la Université de Poitiers. Con la coordinación de Minellono, incluye un exhaustivo estudio filológico que permite identificar y corregir las alteraciones acumuladas en los textos a lo largo del tiempo. En la tarea, la investigadora contó con la colaboración de especialistas como José Pannetieri -que solía llamar a Almafuerte “rebelde inorgánico”- y Javier Fernández.

«Almafuerte sostenía que hacía falta un gran valor para vivir sin nada», señala Minellono, para quien el autor se apartó del canon de la Generación del 80, tanto por su literatura como por sus ideas sobre el país, su intransigencia frente a la corrupción y una concepción moral arraigada en valores del cristianismo primitivo. Esa combinación de religión, política y rebeldía atravesó su obra y alimentó su vínculo con los sectores populares. Su poesía, atravesada por un romanticismo tardío y atenta a los márgenes, la milonga y la figura del compadre, también influyó en escritores del grupo Boedo y adquirió gran popularidad a través de sus declamaciones públicas: en 1910, durante los festejos del centenario de la Revolución de Mayo, pronunció un discurso ante la Pirámide de Mayo y presentó sus poemas en el Teatro Odeón, donde la palabra dicha era también una forma de ganarse la vida.

Almafuerte cobijó y dio de comer en su casa a muchos niños desamparados.

Almafuerte cobijó y dio de comer en su casa a muchos niños desamparados.

El recorrido por el Museo Almafuerte, que puede visitarse de lunes a viernes de 9 a 17 y los sábados de 15 a 18 (domingos y feriados permanece cerrado) con entrada gratuita, permite asomarse a su vida cotidiana. La casa conserva algunos muebles de época, la cocina criolla, cielorrasos de ladrillo sostenidos por vigas de madera y una escalera que conduce a una pequeña habitación en lo alto. Sus ambientes se comunican entre sí, sin puertas interiores, hasta llegar a la cocina y al espacio conocido como la “Escuelita Don Pedro B Palacios", donde se realizan talleres y otras actividades. Allí se preserva el horno de barro en el que el poeta cocinaba el pan que compartía con los más humildes.

En las vitrinas descansan sus bastones, sus gafas transparentes sin marco y el mate de zapallito con su bombilla. También se exhiben documentos del préstamo que tomó para comprar la vivienda, testimonios de su labor periodística en El Oeste, de Mercedes, y recuerdos de sus vínculos con figuras como Mitre, Sarmiento, Alem e Yrigoyen. No abundan los objetos personales, pero los que sobrevivieron permiten reconstruir aspectos de su carácter y de su trayectoria. También hay algunas de sus obras pictóricas casi desconocidas. Se dice que tras fracasar sus gestiones para perfeccionar sus conocimientos en el extranjero con una beca, el propio artista destruyó buena parte de sus trabajos. Muchas de las cosas expuestas fueron donadas por la sobrina nieta de Almafuerte, Carmen Villalba Palacios de Ordoqui.

Pocas expresiones de la cultura vernácula alcanzaron una difusión popular comparable a las letras del tango y el folklore o a los versos del Martín Fierro. La poesía de Almafuerte también echó raíces en el imaginario colectivo: ¡Piú avanti! se convirtió en una de sus composiciones más emblemáticas y sus versos trascendieron la literatura para incorporarse al lenguaje político y al habla cotidiana de los argentinos. Su obra llegó también al tango: el poema A mi madre fue grabado primero por el dúo Gardel-Razzano y, más tarde, por Carlos Gardel.

En Berisso hay un monumento a Almafuerte que fue inaugurado el 20 de noviembre de 1943 en la plaza que también lleva su nombre, por iniciativa del legislador Walter Elena y una comisión de vecinos. La obra, de ocho metros de longitud, fue realizada por los artistas Ulises Tosi, Maldonado y Pedro Campo, y cuenta con un basamento de piedra labrado en la penitenciaría de Sierra Chica. Hacia 1970, la figura fue girada 180 grados para orientarla hacia la avenida Génova, tras el asfaltado de esa arteria que conecta con el casco urbano de La Plata.

En 1949, el prestigioso director Luis César Amadori consagró en la pantalla grande la vida de Pedro Bonifacio Palacios en la película Almafuerte, una de las obras cumbre de la época de oro del cine argentino que le valió el premio Cóndor de Plata a Narciso Ibáñez Menta por gran interpretación del poeta.

En 1974, a instancias del doctor Tomas Diego Bernard, se le otorga este título post mortem “Honoris Causa por servicios más nobles servicios al pueblo” mediante la Ley 10974 que deja sin efecto la resolución de cesantía de la Dirección de Escuelas.

Además, hay dos ensayos biográficos de Romualdo Brughetti Vida de Almafuerte, el combatiente perpetuo (Peuser 1954) y de María Laura Fernández Berro, ¡Piu Avanti! Vida de Almafuerte: su obra literaria, social, el museo, La Plata (La Comuna, 2013).

En honor a su nacimiento, el 13 de mayo, fue proclamado como el Día del escritor bonaerense. En julio de 2014, una ordenanza designó con el nombre “Almafuerte” a la Rambla de la avenida 66, en el tramo comprendido entre las Avenidas 1 y 7.

Para Minellono, la vigencia de Almafuerte reside en su singularidad. Su voz irreverente y desmesurada conserva un lugar en la literatura, donde incluso los géneros populares han ganado reconocimiento académico, como ocurre en la UBA. Mientras otros escritores más apegados a las convenciones de su época perdieron presencia, Almafuerte resiste el paso del tiempo.

—¿Qué cree que representa Almafuerte para los platenses?

—No sabría decirlo. Uno insiste en difundir su obra entre los alumnos, pero creo que ya casi nadie lo hace. Tal vez se lo mencione superficialmente, pero no se lo lee en profundidad.

Minellono coordinó en 2011 la edición de las obras completas de Almafuerte.

Minellono coordinó en 2011 la edición de las obras completas de Almafuerte.

Minellono es la última representante de la Asociación de Amigos del Museo Almafuerte, una entidad que se fue extinguiendo con el fallecimiento de sus integrantes y dejó de funcionar hace más de una década. Desde entonces, el municipio asumió la gestión integral del espacio y la responsabilidad de preservar y difundir el legado de una figura consagrada entre los clásicos de la literatura argentina. Así, las autoridades afrontan el desafío es sostener esa tarea para acercar la obra del poeta a nuevas generaciones.

Una fotografía del Archivo General de la Nación que muestra a Almafuerte en la puerta de su casa enlaza al hombre que la habitó con el actual museo que hoy preserva su memoria y el legado de un escritor que hizo de la palabra un instrumento de lucha y de la dignidad humana una bandera.

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