El planto del lote original, con 1065 metros cuadrados, donde se ubicó la Casa Redonda y las otras edificaciones.
La constructora llevó adelante numerosos proyectos, entre ellos varios conjuntos habitacionales realizados mediante el sistema E.R.A.S. Sin embargo, una de sus obras más destacadas fue el Hotel Provincial, ubicado en calle 8, entre 51 y 53, edificio que actualmente ocupan dependencias de la Justicia Federal. Se trata de una construcción en la que sobresale especialmente el trabajo en piedra, para cuya realización Di María hizo traer materiales y trabajadores especializados desde Mar del Plata.
La creatividad constructiva de Di María, quien nunca dejó de hablar el dialecto de su terruño, ya se había manifestado en la primera casa familiar, una quinta sobre el Camino Belgrano y Güemes, de City Bell. Construida en 1937, allí sorprendió con una solución poco convencional: instalar una pileta de natación sobre las cocheras. Desde el dormitorio principal de la vivienda —que también tenía un frente curvo—, un pasillo con barandas conducía directamente a la piscina azulejada, que contaba además con un trampolín.
Los recuerdos de la vida en aquella vivienda, transmitidos de generación en generación, evocan un escenario de amplios jardines poblados de frutales y viñedos, donde José elaboraba su propio vino y contaba con un molino que le permitía asegurar el riego de una huerta siempre bien surtida. Tampoco faltaban el aceite de oliva ni los embutidos caseros. Su esposa, Beatriz Rau -también italiana oriunda Magliano de Marsi-, dejó su huella por sus dotes culinarias, especialmente por sus postres, preparados con frutas frescas y frutos secos. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Pablo Vicente, Benito José Rodolfo, Beatriz Adelaida Nelly y José Héctor.
Un sueño hecho realidad
Sobre el origen de la Casa Rosada se han dicho muchas cosas. En la familia prevalece la versión de que José había quedado fascinado con la idea de construir una casa circular a partir de un libro que había leído en su Italia natal. Con el tiempo, y luego de formarse como constructor, montó su propia empresa e ideó un método de edificación con el que logró llevar aquel deseo a la realidad.
Publicación en la prensa de la época promocionando la calidad y versatilidad del sistema constructivo E.R.A.S. con el modelo de la Casa Redonda
José Héctor Di María, el menor de los hijos del constructor, tiene hoy 82 años y comparte sus recuerdos con Begum. «Mi padre concibió la Casa Redonda para su familia. Era algo completamente innovador no solo por el sistema constructivo de hormigón prefabricado que él mismo había ideado, sino porque iba a contramano del trazado rectilíneo de la ciudad. Había leído en Italia un libro en el que aparecía una casa circular, pero nunca pudimos identificarlo. Lo cierto es que aquella idea quedó grabada en su imaginación y, con el tiempo, decidió convertirla en realidad», dice.
Según los registros catastrales, Di María inició en 1960 la construcción sobre un lote de 1.065 metros cuadrados. El diseño organizó los distintos ambientes en torno a un espacio central, siguiendo un criterio de composición circular.
La obra demandó dos años de ejecución. Según los planos originales, la vivienda, cuyo acceso principal se encuentra sobre calle 5, tiene un diámetro de 14,50 metros y se distribuye en dos plantas de aproximadamente 165 metros cuadrados cubiertos cada una, además de un amplio sótano. El conjunto se completaba con una cochera y una segunda vivienda, concebida originalmente para el casero o el personal de servicio. Con el tiempo, esta última pasó a ser el hogar de Beatriz -única hija mujer de Di María-, junto a su esposo, el ingeniero Néstor Lupano, y su hija Cristina.
Aún hoy antiguos proveedores de materiales, técnicos y empleados de la empresa recuerdan aquella etapa. Hacia mediados de 1962, la firma de Di María publicitó en la prensa local el avanzado estado de la obra y promocionaba la versatilidad de su sistema constructivo, que ofrecía «innumerables variantes» de diseño.
Detalle del piso del living comedor tapizado con trozos irregulares de mármoles de diferentes tipos.
Algunos la comparan con una torta de cumpleaños. La imagen no solo describe su aspecto exterior, sino que también permite comprender la distribución interior: los ambientes se organizan siguiendo la curvatura de la construcción alrededor de un espacio central destinado al living-comedor. Con entrada principal por calle 5, las dos plantas de la casa reproducen, con mínimas variaciones, una misma disposición.
La adaptación al diseño circular se manifiesta en cada detalle, desde las puertas interiores, algunas de formato cóncavo, hasta los pisos con incrustaciones de distintos tipos de mármol. Las paredes del amplio ambiente central están revestidas con un friso de madera machimbrada, combinado con estanterías embutidas. En el comedor se destaca una amplia mesa de madera maciza, también redonda, como no podía ser de otra manera. A su alrededor se disponen una decena de sillas con tapizado de pana verde. Cerca de la entrada principal, una suerte de bargueño suspendido en medio del espacio reúne cajones y compartimentos especialmente diseñados para guardar copas y botellas.
En ese entorno se destaca una amplia mesa circular de madera maciza, rodeada por una docena de sillas tapizadas en terciopelo verde. La ausencia de ángulos rectos también plantea desafíos cotidianos: incluso colgar un cuadro requiere tacos y perforadoras especiales para conseguir una correcta alineación sobre las paredes curvas.
La disposicion concéntrica de las habitaciones y dependencia de la Casa Redonda asemeja una torta.
La planta baja se completa con una cocina, una sala de estar, un comedor diario, un escritorio y un lavadero. Las puertas interiores, que acompañan la curvatura de las paredes, conducen a los dormitorios: una de ellas comunica con un pasillo que lleva a la suite matrimonial, mientras que otra permite ingresar a una habitación más pequeña.
Desde el espacio central, una escalera conduce a la planta superior, concebida para funcionar como un departamento independiente. Allí se reproduce, con mínimas variaciones, la distribución del nivel inferior, aunque con tres habitaciones, dos baños, cocina, lavadero y sus propios espacios de estar y comedor.
Entre los detalles constructivos más llamativos se encuentra la baranda de los balcones, realizada con caños de agua que, al recibir los rayos solares, permitían calentar el agua destinada a la cocina y los baños. Una solución ingeniosa que aprovechaba la energía solar.
Alberto Sánchez compró la Casa Redonda a fines de 1989 y la conserva hasta hoy.
La propiedad cuenta, además, con un sótano de dimensiones equivalentes a las del living, cuyas paredes incorporan estanterías empotradas. Otro rasgo distintivo son sus 22 ventanas, distribuidas entre ambas plantas, que favorecen el ingreso de luz natural durante todo el día y contribuyen a regular la temperatura interior.
El centro de las miradas
Apenas comenzó a tomar forma en el lote de 5 y 38, la Casa Redonda despertó una curiosidad que no tardaría en trascender el ámbito del barrio y que, con el paso de los años, sigue acompañándola. Al principio fueron los vecinos, que no dejaban de observarla, merodeaban sus alrededores e incluso buscaban algún pretexto para acercarse a sus moradores, movidos por el deseo de descubrir cómo era aquel singular espacio por dentro. Después se sumaron los automovilistas, que aminoraban la marcha al cruzar la esquina para contemplarla. Los comentarios hicieron el resto: poco a poco, aquella vivienda fue aquilatando su propia fama que aún hoy la distingue como un icono de la capital bonaerense.
Además de concebir la singular estructura de su casa, Di María la equipó con muebles fabricados en su propia empresa, por los que sentía particular predilección. Disfrutaba de la cena al calor del gran hogar a leña instalado en el living-comedor y de las provisiones que guardaba celosamente en las estanterías del fresco sótano, equipado también con anaqueles diseñados especialmente para almacenar vinos, aceite de oliva y alimentos secos. Allí colgaban, además, jamones y salames, a la espera del momento de llegar a la mesa. A todo ello se sumaba, en el jardín, la infaltable quinta, donde cosechaba sus propias lechugas y tomates.
Esa vida sencilla y apacible que, al menos en apariencia, marcaba el ritmo cotidiano de la casa, solo se veía interrumpida por la creciente curiosidad que despertaba la propiedad entre vecinos, ocasionales transeúntes e incluso visitantes que llegaban expresamente para conocerla.
Toma aérea del conjunto de edificaciones dentro del predio en el que se encuentra la casa circular.
Apenas un cerco de piedra Mar del Plata, que no superaba el metro de altura, delimitaba el jardín y dejaba la vivienda a la vista de quienes pasaban por allí. A Di María, sin embargo, no le agradaban esas miradas indiscretas y procuraba preservar la intimidad familiar. No obstante, nunca faltaba quien tocara el timbre con algún pretexto y la intención, velada o explícita, de conocer la casa por dentro. La respuesta era siempre una negativa contundente.
Su hijo recuerda como un hecho excepcional la ocasión en que su padre accedió a recibir a un profesor de Arquitectura que, acompañado por un grupo de alumnos, logró convencerlo al explicarle los motivos pedagógicos de la visita.
A poco de inaugurada la casa, ocurrió un episodio que, con el tiempo, se convertiría en una leyenda que perdura hasta hoy y que no hizo más que acrecentar la curiosidad que despertaba la vivienda. José lo recuerda de esta manera: La reconocida folclorista correntina Ramona Galarza comentó, durante una entrevista en Sábados Circulares, el programa televisivo conducido por Nicolás «Pipo» Mancera, que había comprado una casa circular en La Plata. Sus declaraciones fueron reproducidas posteriormente por las revistas Radiolandia y Antena, dedicadas a la actualidad del mundo de la TV. «Desde ese momento, mucha gente se presentaba para saludarla, sacarse una foto o incluso acercarle música. Nos volvieron locos durante años y, por lo que sé, es algo que todavía sucede. Que nosotros sepamos, ella ni siquiera estuvo alguna vez en La Plata. Sospechamos que quizá se enteró de la existencia de la casa y por eso hizo aquel comentario, aunque nunca supimos por qué», cuenta. La situación llegó a tal punto que su padre, cansado de las consultas sobre la cantante, encontró una salida tan insólita como humorística: llegó a decir que él era nieto de Galarza, una ocurrencia poco creíble si se tiene en cuenta que era considerablemente mayor que la artista.
Revisando con el propietario del inmueble los planos de la mítica Casa Redonda de La Plata
El 10 de agosto de 1976, la muerte de José Di María, artífice de la Casa Redonda, marcó un punto de inflexión en la historia familiar y en el destino de la propiedad. A partir de entonces, y tras el correspondiente proceso sucesorio, el inmueble quedó en manos de sus hijos.
La desaparición de su fundador y principal impulsor tuvo también un impacto decisivo en la trayectoria de la empresa constructora que, privada de la figura que había guiado sus pasos, terminó por cerrar sus puertas hacia 1979. Por su parte, el denominado «castillo de Tolosa», que en la actualidad funciona como estacionamiento, tuvo distintos destinos a lo largo del tiempo: primero albergó la fábrica metalúrgica y, posteriormente, una empresa de transporte.
En junio de 1986 falleció Beatriz Rau de Di María. A partir de entonces, la Casa Redonda quedó deshabitada. Las dificultades que suponía su mantenimiento, sumadas a ciertos desacuerdos entre sus descendientes, terminaron por conducir a la venta del inmueble, que se concretó hacia fines de 1989.
Cambio de dueños
El comprador fue Alberto Sánchez, un empresario de 79 años, hoy jubilado, que desarrolló una extensa trayectoria en el sector de las estaciones de servicio y se desempeñó como dirigente del Rotary Club de Tolosa. Su llegada a la Casa Redonda, de la que aún es propietario, fue el resultado de una operación comercial que, casi por casualidad, terminaría cambiándole la vida.
Con resguardo de la intimidad familiar, Sánchez permitió a Begum recorrer la vivienda. Vista de la esquina de 5 y 38 desde una ventana de la planta baja.
En 1989, Sánchez llevaba varios años al frente de una estación de servicio Shell en Plaza Italia, cuando la compañía decidió ampliar sus instalaciones mediante la adquisición de propiedades linderas. Una de ellas pertenecía a Sánchez. Como parte de la negociación, la firma le propuso un intercambio: «Me ofrecieron cambiar mi casa por cualquier otra que eligiera», recuerda.
Fue entonces cuando un conocido que trabajaba en una inmobiliaria lo llevó a conocer la casa de 5 y 38. «Me encantó, pero valía mucho y estaba fuera de mi alcance. Sin embargo, al poco tiempo volvimos a hablar y me ofrecieron una reducción considerable del precio si concretábamos la operación de inmediato. Y así fue: de un día para otro, nos mudamos», cuenta. Sánchez, que comparte la planta baja de la vivienda con su esposa y uno de sus hijos, mientras que su hija y sus tres nietos ocupan la planta superior,
ha procurado conservar la construcción lo más fiel posible a su diseño original. Desde que la adquirió, apenas incorporó algunas plantas al jardín y un cerramiento perimetral de rejas por razones de seguridad.
Para él, el creador de la Casa Redonda «era un genio y un adelantado». Su admiración por el diseño de la vivienda se extiende también a otros aspectos de la construcción, como los muebles diseñados especialmente o el ingenioso sistema de calentamiento solar de agua: una cañería que recorre el perímetro de la parte superior y acumula calor durante el día para abastecer la cocina. «Medio siglo antes pensó en un termo solar», destaca.
Según el actual propietario, de todas las historias y versiones que circulan sobre la Casa Redonda, la más sorprendente es aquella que sostiene que la vivienda es giratoria. Aunque la construcción permanece fija y no cuenta con ningún mecanismo que permita su rotación, el propietario cree que el origen de esta creencia podría estar relacionado con el movimiento de los parasoles que protegen las ventanas. Su desplazamiento produciría una ilusión óptica que lleva a algunos observadores a pensar que es la propia casa la que gira.
Alberto supo acostumbrarse a la curiosidad que despierta su propiedad. Con orgullo cuenta que basta con decir que vive en la Casa Redonda para que cualquiera sepa de qué lugar se trata sin necesidad de dar otras precisiones. No obstante, la popularidad lo ha llevado a tomar ciertos recaudos para preservar la intimidad familiar.
Alberto Sánchez le gustaría que su casa fuera declarada patrimonio de la ciudad y contar con algún tipo de ayuda para preservarla.
Preservar la Casa Redonda en condiciones representa una preocupación constante para su dueño, que pone de relieve el alto costo que implica su mantenimiento. Recuerda que, cuando se mudo, pintar la vivienda costó el equivalente a un automóvil cero kilómetro, una inversión que hoy no está en condiciones de afrontar. A ello se suman otras reparaciones necesarias para frenar el desgaste y deterioro general de la construcción. A estas dificultades se sumó, hace alrededor de un año, un accidente que sufrió su esposa y que obligó a modificar la distribución en varios de los ambientes. «Al principio sentía orgullo, pero hoy, al no poder mantener como quisiera la casa sinceramente, me da un poco de vergüenza», reconoce con pesar.
Aunque recibió propuestas de compra de distintos emprendimientos inmobiliarios, la familia se resiste a vender por temor a que la casa termine reemplazada por un nuevo edificio. Su anhelo es poder conservarlo y que sea reconocida como parte del patrimonio urbano. Aspira a que alguna empresa pueda colaborar con los trabajos necesarios para recuperarla.
«Hoy los edificios son todos iguales; esta casa tiene vida propia y una personalidad que la distingue», afirma Sánchez. Y concluye: «Es parte de la identidad de todos los platenses».