—Como dice una canción de los Hermanos Herrera, a veces les pagaban con vales. Yo escuchaba a mi papá y a mi mamá hablar de esas cosas. Éramos muchos hermanos y ellos pensaban que uno no entendía, pero yo escuchaba todo.
La pobreza tenía muchas formas. Una de ellas era el agua.
—Nuestra lucha era con el agua. Teníamos vacas, cabras y ovejas, pero cuando venía una sequía era muy bravo. No había agua para los animales y muchas veces tampoco para nosotros.
Décadas después, Clara encontró una manera sencilla de explicar aquella decisión que cambió para siempre la historia de su familia. Una vez, conversando con una mujer descendiente de inmigrantes europeos, escuchó decir que sus abuelos habían llegado a la Argentina escapando de la guerra.
Ella respondió casi sin pensar.
—Nosotros también veníamos huyendo de la guerra.
Hizo una pausa.
—De la guerra con el agua.
En aquellos años, allá por la década del ´50, cientos de familias del departamento Loreto comenzaron a mirar hacia el sur. No porque soñaran con abandonar Santiago del Estero. Todo lo contrario. La mayoría quería quedarse. Pero el monte ya no alcanzaba para sostener a todos.
Los salamanqueños. De izquierda a derecha: Rulo Maldonado, Héctor Coria, Mario Aparicio, Edgardo Suarez y Ramón Diaz.
Las noticias llegaban de boca en boca. Alguien escribía una carta. Un hermano mandaba avisar que en los frigoríficos de Berisso necesitaban obreros. Otro conseguía trabajo y prometía recibir al siguiente. Así empezó una cadena silenciosa que, con el tiempo, uniría para siempre a dos territorios separados por casi mil kilómetros.
En la familia Villarreal ocurrió lo mismo.
El padre de Clara viajó primero. Durante meses, las noticias llegaron en sobres gastados por el camino. Después empezaron a aparecer pequeños paquetes.
—Nos mandó un "sol de noche" para alumbrarnos. Después nos mandó ropa. Más adelante escribió diciéndole a mi mamá que fuera vendiendo los animales porque ya había comprado un terreno y una casilla. Era hora de venirnos.
Clara tenía dieciséis años, en noviembre de 1958, cuando dejó Santiago del Estero. Como ella, cientos de chicos del departamento Loreto emprendían un viaje del que todavía no sabían una cosa. Que no estaban mudándose solamente de provincia.
Estaban llevando consigo una manera de hablar, de cocinar, de rezar, de reunirse y de cantar que terminaría cambiando para siempre la identidad cultural de una ciudad llamada Berisso.
El camino hacia el sur
Ninguna familia llegó sola.
La historia de la migración santiagueña a Berisso no puede contarse como una suma de viajes individuales. Fue una trama paciente, tejida durante años entre cartas, recomendaciones y promesas. Primero cruzaba un hermano. Después llamaba a otro. Más tarde llegaba un primo, un cuñado, un vecino. Cada casa nueva se convertía en el primer refugio de la siguiente familia.
Así, casi sin proponérselo, los “loretanos” empezaron a dibujar otro mapa.
Julio Herrera, fina estampa de trovador.
Domingo Acuña tenía apenas ocho años en 1957 cuando su hermano mayor decidió probar suerte en Berisso. Consiguió trabajo en el frigorífico Armour y enseguida empezó a insistir para que el resto de la familia hiciera el mismo camino.
No fue una decisión sencilla.
—Mi hermano quería que nos viniéramos todos, pero no podía convencer a mi papá. Él no quería dejar Santiago. Nunca quiso. Después vino, pero sufrió mucho porque extrañaba. Allá se levantaba temprano para ir a ver los animales, el campo. Nunca terminó de acostumbrarse.
Esa resistencia se repitió en muchas familias. La mayoría no abandonó el monte porque hubiera dejado de quererlo. Lo hizo porque quedarse había dejado de ser una posibilidad.
Cuando finalmente llegaban a Berisso, encontraban algo que ya conocían de antemano: un paisano esperándolos.
Julio Herrera junto a su tío "Chipaco" Moreno, en Loreto.
Lázaro Herrera lo resume con una sencillez que explica todo el fenómeno migratorio.
—Se pasaban los datos.
Los datos eran un trabajo disponible, una pieza para alquilar, un lugar donde dormir los primeros días o el nombre de un capataz que necesitaba obreros. Eran también una red de confianza. Nadie llegaba completamente solo.
Alguien escribía una carta: los frigoríficos necesitaban obreros. Así empezó una cadena silenciosa que unió dos territorios.
La calle Nueva York fue una de las primeras estaciones de ese recorrido. Muy cerca de los frigoríficos, los recién llegados alquilaban habitaciones o levantaban viviendas precarias mientras juntaban dinero para comprar un terreno. Con el tiempo, muchas familias cruzaron hacia Villa Nueva, Villa España o Villa Roca, barrios que comenzaron a poblarse de apellidos repetidos y de historias que venían del mismo lugar.
—Primero llegaba uno. Después hacía venir al hermano, al primo, al vecino. Así se fue armando todo esto —recuerda Silvia Coria, cuando habla del barrio donde creció.
Lo que se estaba construyendo no era solamente una comunidad de inmigrantes internos.
Era una extensión de Loreto.
En las veredas se hablaba con la misma tonada. En muchas casas todavía se escuchaban palabras en quichua. Las recetas viajaban de una cocina a otra. Las estampas de la Virgen de Loreto encontraban un lugar junto a las puertas de entrada. Las noticias del pueblo llegaban con las cartas y, cuando algún paisano regresaba de Santiago, traía encargos, saludos y novedades que circulaban de casa en casa.
Pero el desarraigo también tenía un costo.
Domingo Acuña recuerda que, cuando empezó la escuela, los demás chicos se reían de su forma de hablar.
—Me cargaban por la tonada santiagueña. Más de una vez me peleé por defender mi manera de hablar. Con el tiempo uno se fue acostumbrando, pero al principio costaba mucho.
No fue el único cambio.
Muchos padres dejaron de enseñarles quichua a sus hijos. Temían que fueran discriminados, que los señalaran como "indios" o que la lengua se convirtiera en un obstáculo para integrarse. Sin darse cuenta, mientras conservaban unas costumbres, empezaban a perder otras. Clara Villarreal todavía recuerda esa decisión con tristeza.
Y, sin embargo, había algo que nunca dejaba de aparecer.
Al caer la tarde, después del trabajo, siempre había una casa donde hervía el agua para el mate.
—Nos juntábamos todos los santiagueños. Hacíamos una tortilla, si había un pollo lo compartíamos entre todos. Nadie tenía mucho, pero siempre alcanzaba para uno más —dice Lázaro Herrera.
Todavía no lo sabían.
Pero en esas mesas compartidas, en esos mates que pasaban de mano en mano y en esas conversaciones donde el monte seguía estando presente, empezaba a nacer algo nuevo.
No era exactamente Santiago del Estero.
Tampoco era todavía Berisso.
Era un territorio construido entre la memoria y el porvenir.
Y, casi siempre, había una guitarra apoyada contra una pared esperando que alguien la hiciera sonar.
Los domingos en que Berisso aprendió a cantar
Durante la semana, la ciudad tenía el sonido del trabajo.
Las sirenas del Swift y del Armour marcaban el comienzo de la jornada. El puerto, los talleres, YPF y el Astillero Río Santiago imponían su propio ritmo. Los hombres salían de madrugada y regresaban cuando el sol empezaba a caer. Las manos volvían cansadas. La ropa traía el olor de los frigoríficos, del petróleo o del hierro.
Pero había un día que rompía esa rutina: el domingo.
No hacía falta que alguien enviara invitaciones ni organizara una reunión. Todos sabían que, en alguna casa de Villa Nueva, habría una olla sobre el fuego, una mesa larga y una guitarra esperando.
Julio Herrera aprendió primero a mirar.
Mucho antes de convertirse en uno de los referentes del folklore berissense, antes de formar Los Hermanos Herrera junto a Ariel y Miguel, antes de integrar La Típica Santiagueña, fue un chico sentado en un rincón del patio, observando cómo los mayores convertían una comida familiar en una celebración.
—Mi papá ya desde el sábado lo esperaba. Preparaba la leña, preparaba el carbón, preparaba la carne, porque sabía que iban a venir sus hermanos. Comíamos todos juntos y, a partir de las tres de la tarde, aparecían las guitarras.
Miguel Herrera había llegado desde Loreto siendo apenas un adolescente. Durante seis días era un obrero más. El domingo volvía a ser el muchacho santiagueño que había aprendido a tocar la guitarra bajo la sombra de los árboles del monte.
Los Hermanos Herrera en el Centro de Residentes Santiagueños.
Y no volvía solo.
—A las seis de la tarde había ocho músicos en casa. Venían Roberto Garteguiz, Manuel Sosa, Tito Gordillo, Ramón Villarreal con el bandoneón. Se tocaba, se cantaba, se hablaba de Santiago, de política, de la familia. Y así seguíamos hasta la noche.
Aquellas reuniones nunca fueron un espectáculo.
No había público.
No había artistas.
Había vecinos.
Había hermanos.
Había chicos dormidos sobre dos sillas mientras los mayores seguían cantando.
Hoy Silvia Coria reconoce la escena como si estuviera describiendo su propia infancia.
Porque, en realidad, lo está haciendo.
—Los domingos nos juntábamos en la casa de mis abuelos. Se hacía locro, empanadas santiagueñas, asado... y después era guitarra y bombo. Era totalmente naturalizado tener guitarra y bombo.
Entre la casa de los Herrera y la de los Coria había apenas unas cuadras.
Pero las historias eran idénticas.
Cambiaban los apellidos.
No cambiaban las costumbres.
La música ocupaba el mismo lugar que el pan sobre la mesa.
No era un entretenimiento para después de comer.
Era una forma de estar juntos.
Era la conversación de la familia.
Era la manera de seguir nombrando el pago.
Julio encuentra una definición que vale más que cualquier tratado de antropología.
—La cultura son transmisiones de costumbres y de gustos.
Todo ocurría de manera natural. Los chicos no recibían clases de guitarra. Aprendían mirando. Nadie les enseñaba a zapatear una chacarera. Simplemente se levantaban cuando veían bailar a los grandes.
Lázaro Herrera haciendo su programa Soltando coplas santiagueñas.
Las canciones pasaban de generación en generación del mismo modo en que se heredaba una receta, una oración o una historia familiar.
En aquellas reuniones nacieron algunos de los músicos que marcarían la historia cultural de Berisso.
Miguel Herrera integró primero Los Provincianos y más tarde Pampa Sumaj, conjunto que llegó a compartir escenario con Los Hermanos Ábalos durante una de sus presentaciones en el Cine Victoria. Héctor Coria componía, arreglaba y guardaba en la memoria la historia de cada conjunto folklórico de la ciudad. Juan Sequeira, Jerónimo Tule, Manuel Sosa, Roberto Garteguiz y tantos otros iban construyendo, casi sin advertirlo, un repertorio que ya no pertenecía solamente a Santiago del Estero. También empezaba a ser patrimonio de Berisso.
Años más tarde, el escritor Raúl Filgueira diría en su libro Música y musicantes de Berisso, publicado en 1997, que Berisso "estaba, y sigue estando, lleno de música". No exageraba. Durante décadas, esa música no sólo sonó en los clubes o en los escenarios. Sonó, sobre todo, en los patios de las casas, donde la ciudad fue encontrando una identidad que no figuraba en ningún mapa, pero que todos podían reconocer apenas escuchaban los primeros acordes de una chacarera.
El domingo se rompía la rutina. En alguna casa había una olla, una mesa larga y una guitarra esperando.
No hacía falta que alguien enviara invitaciones ni organizara una reunión. Todos sabían que, en alguna casa de Villa Nueva, habría una olla sobre el fuego, una mesa larga y una guitarra esperando.
Lázaro Herrera todavía puede reconstruir ese paisaje con los ojos cerrados.
—Vos caminabas por el barrio y escuchabas Los Manseros Santiagueños. Más allá sonaban Los Hermanos Toledo. En otra casa había chamamé. La música estaba en todos lados.
Sin darse cuenta, aquellos obreros estaban haciendo algo que iba mucho más allá de tocar una guitarra después del trabajo.
Estaban componiendo la banda sonora de una ciudad.
Cuando la ciudad empezó a sonar distinto
Durante mucho tiempo, las chacareras fueron patrimonio de los patios.
Vivían entre el humo del asado, las tortillas al rescoldo y las sobremesas interminables de los domingos. Parecían pertenecer únicamente a las familias que habían llegado desde Santiago del Estero.
Hasta que, poco a poco, empezaron a salir de las casas.
Primero fueron los cumpleaños y los casamientos.
Después las fiestas de los clubes.
Más tarde los escenarios.
Sin proponérselo, aquellos obreros que se reunían para espantar la nostalgia comenzaron a modificar el paisaje cultural de Berisso.
El Centro de Residentes Santiagueños fue uno de los lugares donde ese cambio empezó a hacerse visible.
Domingo Acuña junto a su hija Gimena.
Había nacido para contener a quienes llegaban desde el norte. Allí se encontraban los recién llegados, circulaban noticias del pago, se organizaban bailes, fiestas patronales y reuniones familiares. Pero con los años dejó de ser solamente un punto de encuentro para los comprovincianos.
Se convirtió en uno de los grandes escenarios del folklore berissense.
Silvia Coria lo recuerda desde la mirada de una chica que pasaba allí buena parte de los fines de semana.
—Era un club enorme. Todavía no tenía techo cuando yo era chica. Ahí actuaban los conjuntos de mi papá, Pampa Sumaj y tantos otros. Mi papá fue secretario de actas del Centro y estuvo muy cerca de los fundadores. Para nosotros era como una segunda casa.
Pero la música ya no cabía solamente en ese salón. Estaba en todas partes.
Lázaro Herrera dice que bastaba caminar unas pocas cuadras para entenderlo.
—Vos ibas por Villa Nueva y en una casa sonaban Los Manseros Santiagueños. Más adelante escuchabas Los Hermanos Toledo. En otra había un chamamé de Tarragó Ros. La música estaba en todos lados.
Aquella descripción parece sencilla.
Sin embargo, dice mucho más de la ciudad que cualquier estadística. Porque un paisaje también puede reconocerse por los sonidos que produce.
En Berisso, a las sirenas de los frigoríficos comenzaron a sumarse los bombos legüeros. A las lenguas que habían traído los inmigrantes europeos se agregó el quichua que todavía sobrevivía en muchas conversaciones familiares. A las fiestas de las colectividades se incorporaron las peñas, las guitarreadas y las celebraciones de la Virgen de Loreto. La ciudad empezaba a descubrir que también tenía un corazón santiagueño.
Guitarreada en el patio de Domingo Acuña.
No era una cultura encerrada sobre sí misma.
Los vecinos italianos, ucranianos, polacos, croatas o portugueses asistían a aquellas fiestas, aprendían a bailar una chacarera, compartían un plato de locro y terminaban cantando junto a quienes, apenas unos años antes, habían llegado con una valija y una carta de recomendación.
La identidad de Berisso no se construía por compartimentos estancos. Se construía en el encuentro.
Quizás por eso, cuando los grandes nombres del folklore argentino llegaban a la ciudad, no encontraban un público ocasional. Encontraban una comunidad que conocía esas canciones como si hubieran nacido allí.
Silvia todavía sonríe cuando recuerda una escena de su infancia.
Un día, después de una actuación, Leocadio Torres y Carlos Carabajal fueron a almorzar a la casa de sus abuelos.
Su abuela había preparado empanadas y locro. La guitarra apareció casi naturalmente.
—Todo el barrio estaba en la puerta porque corría la voz de que habían venido a comer a casa.
No era solamente la visita de dos artistas.
Era la confirmación de que Berisso ya ocupaba un lugar en el mapa sentimental del folklore argentino.
Décadas después, Raúl Filgueira escribiría que la historia musical de la ciudad no podía medirse por la fama de unos pocos, sino por la cantidad de hombres y mujeres que habían hecho de la música una forma de pensar, sentir y vivir Berisso. Su investigación nació, justamente, de una certeza: esta era una ciudad "llena de música".
Tal vez ésa sea una de las claves para entender lo que ocurrió. Los santiagueños no trajeron solamente un repertorio. Trajeron una manera de reunirse. Una manera de celebrar.
Una manera de entender que la música no era un espectáculo reservado para los escenarios.
Era una forma de construir comunidad.
Y, sin darse cuenta, terminaron regalándole esa manera de vivir a toda una ciudad.
La herencia invisible
Las migraciones suelen medirse por kilómetros. Pero las verdaderas distancias las recorren las generaciones.
Los hombres y mujeres que llegaron desde Loreto sabían perfectamente qué habían dejado atrás. Habían conocido el monte, la sequía, los obrajes, las cosechas y el sacrificio de empezar de nuevo.
Sus hijos, en cambio, nacieron en otra realidad.
Fueron a la escuela en Berisso.
Jugaron en sus calles.
Hablaron con acento bonaerense.
Sin embargo, crecieron sintiendo que había otro lugar al que también pertenecían.
No porque hubieran vivido allí. Porque lo habían heredado.
Silvia Coria nació en Berisso. Su infancia transcurrió entre la calle Nueva York y Villa Nueva. Pero cuando habla de aquellos años, los recuerdos siempre desembocan en la casa de sus abuelos.
—Los domingos nos juntábamos todos. Venían los hermanos de mi papá, los Herrera, los tíos, los primos. Había locro, empanadas santiagueñas, asado... Después aparecían la guitarra y el bombo. Nosotros crecimos con eso. Era totalmente naturalizado tener guitarra y bombo.
Naturalizado. Quizás ésa sea la palabra que mejor explica lo que ocurrió. Nadie organizó un plan para conservar las tradiciones. Nadie pensó que estaba protegiendo un patrimonio cultural.
Simplemente se vivía de esa manera. Las recetas pasaban de madres a hijas. Las chacareras pasaban de padres a hijos. Las historias del monte se repetían una y otra vez alrededor de la mesa.
Y los chicos crecían creyendo que todo eso era tan normal como ir a la escuela o jugar en la vereda.
Julio Herrera encuentra una explicación que parece sencilla, aunque resume toda una historia de migraciones.
—La cultura son transmisiones de costumbres y de gustos.
No habla solamente de música.
Habla de una forma de vivir.
De aprender mirando.
De saber cuándo entrar con una segunda voz en una chacarera sin que nadie lo enseñe.
Las zapadas en la larga sobremesa de domingo.
De distinguir el aroma de una tortilla al rescoldo. De reconocer la tonada de un loretano apenas abre la boca. De entender que un domingo sin guitarra parece incompleto.
La transmisión también tuvo silencios. Muchos padres dejaron de hablarles en quichua a sus hijos.
Las canciones pasaban de generación en generación del mismo modo en que se heredaba una receta, una oración o una historia familiar. Las canciones pasaban de generación en generación del mismo modo en que se heredaba una receta, una oración o una historia familiar.
Temían que fueran discriminados, que la escuela o el barrio les hicieran sentir vergüenza de esa lengua que habían aprendido de pequeños.
Clara Villarreal recuerda que, durante años, muchas familias eligieron callar una parte de su identidad para proteger a los más chicos.
Sin embargo, otras cosas resultaron imposibles de esconder. La música fue una de ellas.
Silvia suele poner un ejemplo que la emociona. Cuando habla de los Herrera, no habla solamente de un conjunto folklórico. Habla de una familia.
—Primero estaba Miguel Herrera. Después vinieron Julio, Ariel y Miguel. Ahora siguen los hijos de Miguel. También los hijos de Julio y de Ariel. Ya son la tercera o cuarta generación.
No es un caso aislado.
Domingo Acuña sonríe cuando cuenta que sus hijas crecieron escuchando otros géneros musicales.
—Se hicieron rockeras... pero ahora cantan conmigo.
La escena parece mínima. En realidad, dice mucho. Porque demuestra que la tradición nunca permaneció inmóvil. Cambió. Se mezcló con otros sonidos. Se adaptó a otras épocas.
Pero nunca dejó de volver a la mesa familiar, donde alguien terminaba buscando una guitarra para empezar otra vez.
Tal vez por eso, cuando hoy un chico nacido en Berisso canta una chacarera, resulta imposible saber dónde termina la herencia santiagueña y dónde empieza la identidad berissense.
Después de cuatro generaciones, esa frontera simplemente dejó de existir. Porque aquello que los primeros migrantes trajeron en una valija ya no pertenece solamente a sus descendientes.
Pertenece, también, a la memoria cultural de una ciudad entera.
La canción continúa
Hay viajes que terminan cuando alguien encuentra un lugar donde vivir. Otros tardan generaciones.
El Centro de Residentes Santiagueños, templo de la canción.
Los hombres y mujeres que dejaron el departamento Loreto buscando trabajo nunca imaginaron que, décadas después, sus nietos recorrerían los mismos caminos de tierra donde ellos habían nacido. Ya no para escapar de la sequía ni para empezar una vida nueva. Volverían para entender de dónde venían esas historias que habían escuchado desde chicos, alrededor de una mesa, entre una guitarra y otra.
Silvia Coria todavía siente que tiene una deuda pendiente.
Quiere volver a La Noria, el paraje donde nació su padre. Sabe que el rancho ya no existe. Que el monte cambió. Que apenas queda un árbol señalando el lugar donde estuvo aquella casa de adobe.
—Es una deuda pendiente. Siempre decimos con Julio Herrera que tenemos que volver. Ya no quedó nada. Quedó un árbol nada más.
Clara Villarreal sí volvió muchas veces. Después viajaron sus hijos. Más tarde sus nietos.
Algunos caminaron por primera vez las calles de Loreto con la extraña sensación de regresar a un lugar donde nunca habían estado. Descubrieron que la casa ya no existía, que el paisaje había cambiado y que muchos de los viejos pobladores ya no estaban. Pero también entendieron que aquel viaje no buscaba recuperar un pasado imposible.
Buscaba reconocer una raíz. En Berisso ocurre algo parecido.
Todavía hay domingos en los que una guitarra aparece sobre la mesa antes que el postre. Nadie anuncia que va a empezar una guitarreada. No hace falta. Alguien busca el tono de una chacarera. Otro acompaña con un bombo. Los más chicos siguen jugando, como si no prestaran atención.
Pero escuchan. Siempre escuchan.
Así aprendió Julio Herrera. Mirando a su padre preparar el asado desde el sábado porque sabía que el domingo llegarían los hermanos, los vecinos y los músicos. Así creció Silvia Coria, convencida de que era completamente natural que en una casa hubiera una guitarra y un bombo esperando la próxima reunión. Así, sin que nadie lo planificara, las canciones fueron pasando de una generación a otra, igual que las recetas, las tonadas y las historias del monte.
Julio suele decir que la cultura es "la transmisión de costumbres y de gustos". Quizás no haya una definición mejor para explicar lo que ocurrió en Berisso durante los últimos setenta años.
Raúl Filgueira escribió que Berisso era una ciudad llena de música. Tenía razón. Pero esa música no nació solamente en los escenarios ni en los festivales. Nació mucho antes, en los patios, en las cocinas y en las sobremesas donde un grupo de obreros santiagueños descubrió que cantar también era una manera de seguir viviendo en el lugar que habían dejado atrás.
Raúl Filgueira, el escritor de la música berissense.
Hoy, cuando se habla de Berisso, es imposible pensar la ciudad sin sus colectividades, sin la Fiesta Provincial del Inmigrante y sin esa identidad construida por pueblos que llegaron desde distintos rincones del mundo.
Entre ellos hubo uno que no cruzó un océano.
Cruzó el país.
Llegó desde el monte santiagueño con una valija de cartón, una estampita de la Virgen de Loreto, algunas recetas aprendidas de memoria y una guitarra.
Con eso alcanzó para levantar casas, formar barrios, fundar instituciones, escribir canciones y criar hijos.
Pero, sobre todo, alcanzó para dejar una herencia. Porque las migraciones no cambian solamente la vida de quienes viajan. También cambian para siempre el lugar que los recibe.
Quizás por eso, cuando cae la tarde sobre Villa Nueva y alguna guitarra vuelve a romper el silencio de un patio, ya no importa demasiado si esa chacarera nació en Loreto o en Berisso.
Importa que alguien la haya aprendido de otro. Que alguien decida volver a cantarla.
Y que, mientras eso siga ocurriendo, aquellos hombres y mujeres que un día dejaron Santiago del Estero buscando trabajo seguirán encontrando el camino de regreso.
No en los mapas.
En la memoria.