Cuando Nottebohm regresó a Estados Unidos, donde residía, con un espectrógrafo pudo demostrar que sus notas eran confiables. “Era un dispositivo electrónico en donde se grababa un sonido en cinta y luego se iba pasando por filtros y codificando distintas frecuencias. Finalmente se quemaba un papel térmico y se obtenía un espectrograma dibujado. Lo que hizo fue usar una grabación y autoevaluarse, comparar su escritura con lo que le daba el equipo, así le dio credibilidad a sus registros, con un equipamiento que traducía automáticamente en frecuencias lo que eran sus notas manuscritas”, explica Gabriel Mindlin, físico recibido en la UNLP que se especializa en el estudio del canto de las aves.
Fernando Nottebohm, el pionero.
Lo cierto es que, décadas más tarde de las primigenias anotaciones de Fernando Nottebohm, un equipo de investigación del CONICET La Plata y de la UBA lograron lo que parecía imposible: revivir un canto de los chingolos que no se escuchaba desde aquel tiempo de los sesenta. “Muchos de los cantos de los pájaros se conservan porque están escritos. Por eso es emblemática esa experiencia del CONICET en La Plata en la que rescataron un canto perdido, y lo pudieron hacer porque lo encontraron escrito. Escrito así: ´Tuit, tuit, tuit, tuit´. Entonces fueron y lo grabaron, lo pusieron en un árbol y uno de los pájaros lo aprendió y se lo contó a sus pichones”, reflexionó Piñeiro en una entrevista, a la luz del rescate de esa historia que, para su novela, tuvo como testigo a la ciudad de La Plata.
El chingolo, una de las tantas especies que pueblan el parque.
A partir de una inquietud que se despertó en la pandemia, Gabriel Mindlin, director del Instituto de Física Interdisciplinaria y Aplicada (INFINA) e investigador del CONICET en el Laboratorio de Sistemas Dinámicos de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, decidió encarar una nueva línea de trabajo en el Parque Pereyra Iraola. En este pulmón verde de la provincia de Buenos Aires, uno de los más extensos del Gran La Plata, su equipo inició entonces un relevamiento de cantos de distintas especies a pesar de las restricciones de ese momento por el COVID. Fue exactamente allí donde los investigadores comenzaron a producir sonidos sintéticos para imitar los cantos de los chingolos, y así acumularon una sucesión de pruebas para detectar si estos generaban respuestas.
El Parque Pereyra Iraola, uno de los pulmones más importantes de La Plata.
Para crear lo que llamaron como tutor tecnológico, los científicos modelaron matemáticamente la onda sonora que imitaba la fisiología del aparato vocal del chingolo, reconstruido a partir de aquellas anotaciones de Fernando Nottebohm, el científico argentino radicado en Estados Unidos. “Nuestros programas fueron alimentados por dependencias temporales que estimamos a partir de sus dibujos. Lo recuperamos generando un sonido tal que el sonograma arroje curvas equivalentes a las que él tenía”, reveló Mindlin. Luego, fabricaron un dispositivo que grababa, reproducía y transmitía los sonidos en tiempo real. Una suerte de robot acústico con ecos artificiales.
El grupo científico, en acción buscando el canto perdido.
La estrategia, en efecto, resultó ingeniosa: colocaron varios de estos equipos en el parque, simulando una competencia por la atención de los jóvenes chingolos con el protagonismo de la melodía perdida. “Colocamos tres de estos equipos y los hicimos luchar por la atención cantando vigorosamente, como si fuera el último éxito, un viejo canto que no se venía escuchando en el lugar”, reconstruyó Mindlin, cabeza de la investigación.
Gabriel Mindlin y su equipo, en el laboratorio.
El resultado, según reconocieron desde el CONICET, fue notable. En el final de la primavera, los investigadores encontraron que uno de los novatos había aprendido la melodía y, ya adulto, la estaba transmitiendo a otros chingolos jóvenes. “Vimos que se había buscado un rincón para practicarlo y que, en la siguiente temporada, ya como adulto, se lo estaba transmitiendo a otros juveniles. Desde ese punto de vista, había sido una experiencia exitosa”, celebró el físico. Todas las mañanas, durante aquel tiempo de confinamiento en el que se permitían ciertas actividades al aire libre, los dispositivos tecnológicos emitían un par de cantos por minutos, con periodos intercalados de pausa. El Parque Pereyra Iraola se había convertido en un colosal laboratorio sonoro.
Nadie imaginó que un registro casi artesanal de un fanático de las aves, de hace más de sesenta años, pudiera recuperarse en el presente
Al regresar a la temporada siguiente, el experimento seguía en marcha y los científicos notaron que los juveniles habían incorporado a su repertorio las melodías del tutor mecánico. Mindlin refiere que este hallazgo permitiría contrarrestar la pérdida cultural de ciertas aves, debido a la reducción de población adulta. Y también abre un camino prometedor en la conservación de la biodiversidad. “Cuando se habla de la preservación de la biodiversidad, en general se piensa en el material genético. Este trabajo nos permitió pensar que cuando hay menos individuos, los cantos menos frecuentes también se pueden perder. Es una manera de interpretarlo como otra perspectiva de la biodiversidad: la cultural”, remarcó en conferencia de prensa en mayo de 2015, cuando se comunicó el descubrimiento.
El chingolo, ave cantora por excelencia.
El chingolo común o copetón (Zonotrichia capensis, según su denominación científica), ave pequeña y profundamente sonora, que predomina en la pampa argentina, transmite su canto de generación en generación y tiene un repertorio de sonidos diversos. “Es como su firma. Después de tanto tiempo, en el parque escucho un canto y sé quién es”, agrega desde su expertirse Mindlin, resaltando la singularidad de cada ejemplar.
Los científicos explicaron que los chingolos, como muchas aves canoras, aprenden sus cantos de los adultos de su población. Esto es: los jóvenes imitan los cantos que escuchan durante un período crítico de su desarrollo. Aseveraron que, si los cantos de los adultos cambian por alguna razón, las nuevas generaciones aprenderán esas modificaciones, llevando a un cambio gradual en el canto predominante de la población. “Por eso, el sonido de los chingolos actuales es bastante diferente del que escuchaban nuestros antepasados”, afirma Mindlin.
El grupo de científicos que creó el dispositivo tecnológico.
Argentina es un país con una extraordinaria biodiversidad, y su avifauna no es la excepción. Entre las especies más representativas se encuentran las aves cantoras, cuyos cantos cumplen funciones cruciales en la naturaleza, como la comunicación y la atracción de pareja.
Se fabricó un dispositivo que grababa, reproducía y transmitía los sonidos en tiempo real. Una suerte de robot acústico con ecos artificiales.
“Los humanos estamos preparados para captar las sutilezas de nuestras voces, distinguimos a una persona de otra, pero estas aves tienen la misma diversidad anatómica, de actitud, de carisma, de fortaleza y asertividad que tenemos nosotros, aunque creamos que suenan todas iguales”, compara Mindlin.
Gabriel Mindlin, cabeza de la investigación.
La tecnología también empezó a usarse para el monitoreo ambiental de especies amenazadas, como el cardenal amarillo, en el trabajo conjunto de físicos, biólogos, matemáticos, ecólogos, ornitólogos, ingenieros, neurocientíficos y zoólogos, que en los últimos años combinan sus conocimientos junto a robots e inteligencia artificial. De esa forma, más allá de las transformaciones en el tiempo, y como se remarca en el hallazgo del canto antiguo del chingolo, se trata de la conservación de las tradiciones sonoras de los pájaros, no ajenos a los cambios climáticos y al peligro de extinción de muchas especies. Tal como se muestra en el trabajo publicado en la revista Physica D, Mindlin y su equipo modularon frecuencias y gestos para revivir un canto específico del que sólo había registros de la década del sesenta.
Porque preservar su canto es, en definitiva, custodiar su identidad Porque preservar su canto es, en definitiva, custodiar su identidad
Allí se destaca que el equipo generó una arquitectura de redes neuronales por computación y un modelo matemático, basado en la física del sonido, capaz de comparar y producir copias sintéticas de esos cantos. El trabajo también fue publicado por la revista National Geographic, donde se destaca que de las diez mil especies de aves que existen en el mundo, un 40 por ciento pertenece al grupo de las aves oscinas, los llamados "pájaros cantores". Y si bien algunos aspectos del canto están genéticamente condicionados, otros son aprendidos a través de la interacción entre los jóvenes y los adultos de la especie.
El tutor robótico, eslabón esencial para reconocer el canto antiguo.
Como se argumenta en esos párrafos, resulta evidente que los jóvenes chingolos lo volvieron a cantar gracias a que lo aprendieron de los dispositivos instalados. Se recuperó, de ese modo, una suerte de idioma antiguo. “No quiere decir que en otros lugares no se cante, pero hacía años que allí no lo escuchábamos y de repente aparece cuando colocamos las cajas y con un juvenil que estaba cantando al lado de ellas”, subraya Mindlin, jefe de la investigación grupal en la que participaron otros científicos como Ana Amador, Juan Carlos Reboreda y Roberto Bistel. “En cada trino recuperado, resuena no sólo un sonido, sino la esencia misma de una especie. Porque preservar su canto es, en definitiva, custodiar su identidad”, se lee en dicho trabajo.
El árbol de cristal del Parque Pereyra, allí donde el canto del chingolo se expande.
Un hit de los 60 volvió a sonar en el enorme pulmón del Parque Pereyra, reserva natural de más de diez mil hectáreas entre Berazategui y La Plata. La del canto antiguo y olvidado del chingolo, uno de los pájaros más comunes y adaptados del paisaje platense, cuya clásica melodía suele escucharse con tres o cuatro notas silbadas. Un trino rápido y agudo: tal vez el sonido más familiar del amanecer en la región, especialmente en primavera, expandido en el aire como un signo de pertenencia que no se deja morir en la memoria.