domingo 16 de agosto de 2026
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Miguel Ignomiriello

La partida de Miguel Ignomiriello, patriarca de entrenadores y uno de los próceres platenses del fútbol argentino

En Estudiantes marcó una época e instauró un estilo; en la Selección argentina fue protagonista de una hazaña. Formó generaciones que brillaron en distintos clubes y dejó su huella allí donde trabajó.

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Paradojas de la vida: Miguel Ubaldo Ignomiriello nació el 11 de junio de 1927 y fue uno de los grandes maestros que tuvo el fútbol. Fue el mayor de cuatro hermanos, hijo de Luisa Lescano y Miguel Ignomiriello, y primer nieto de Natalia y Pascual Ignomiriello, inmigrantes italianos llegados desde Santo Spirito, un pueblo cercano a Bari.

Creció en una precaria vivienda de la calle 58 entre 21 y 22. En aquel terreno, la familia cultivaba una huerta que también servía de sustento. “Me daba bronca porque tenía que regar, pero al final de eso comíamos: había tomates, ajíes, radicheta; la cortabas y seguía creciendo”, recordaba.

Hizo la primaria en la Escuela Domingo Faustino Sarmiento de diagonal 74 y 57 y cursó el secundario en el turno noche del Colegio Nacional Rafael Hernández de la Universidad Nacional de La Plata. A los 13 años comenzó a jugar al fútbol en Wanderers. También practicó atletismo, boxeo y rugby en Universitario, pero su verdadera vocación estaba en el estudio: compraba libros y se convirtió en un lector incansable y realizó varios cursos de Profesorado de Educación Física dictados por el Gobierno Provincial. Cuando se sentaba a recordar en la cocina o en el quincho de su última casa, sobre avenida 53 casi esquina 10, afloraban frases dichas siempre con buen humor. “Haber vivido setenta años al aire libre y al sol, no recuerdo una gripe. Donde entra el sol no entra el médico”.

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Miguel Osvaldo Ignomiriello, considerado el patriarca de los entrenadores argentinos, había nacido en 1927, cuando el fútbol todavía transitaba sus últimos años de amateurismo.

Miguel Osvaldo Ignomiriello, considerado el patriarca de los entrenadores argentinos, había nacido en 1927, cuando el fútbol todavía transitaba sus últimos años de amateurismo.

Su trayectoria quedó especialmente ligada a Estudiantes, donde trabajó durante nueve años en distintas etapas y revolucionó el trabajo con las divisiones inferiores. Pero sus primeros pasos fueron en Gimnasia. Llegaba al Bosque con apenas 17 años, en una bicicleta rosa que le prestaba su hermana, para colaborar como ayudante en las juveniles. Allí dirigió en Sexta a Antonio Rosl, quien años después llegaría a la Selección mayor. El “Gallego” recordaba con admiración aquel temprano “ojo clínico” de Ignomiriello para descubrirle una posición: “Usted va a jugar acá: de tres”.

Este periodista compartió con Miguel largas tardes de charla. En una mesa amplia de su cocina, con el televisor en la cabecera, cuaderno, lápiz y grabador, el hombre hablaba como un maestro. Su memoria recorría la historia del fútbol con una precisión asombrosa. Podía explicar, por ejemplo, el éxodo de jugadores hacia Colombia a partir del caso de Adolfo Pedernera y enlazarlo con la llegada de Alfredo Di Stéfano a Millonarios y su posterior desembarco en el Real Madrid. También conocía al detalle las gestas olímpicas uruguayas de 1924 y 1928, país por el que sentía una particular admiración.

En una de aquellas conversaciones mostró una carta que había escrito en 1959 para intentar reunirse con Victorio Spinetto, entonces una referencia de la dirección técnica argentina. El encuentro se concretó y, tras el desastre del Mundial de Suecia, hablaron sobre los cambios que atravesaba el fútbol. Spinetto incluso lo invitó a cenar a su casa, donde Ignomiriello también conversó con Adolfo Mogilevsky, histórico entrenador de Atlanta. De allí se llevó nuevas ideas sobre la alimentación de los futbolistas antes de los partidos.

Era Ignomiriello en estado puro: observar, preguntar, estudiar y después aplicar.

La revolución de Estudiantes

En marzo de 1963, Estudiantes contrató a Ignomiriello como director general del fútbol amateur, tras el alejamiento de Juan José Negri. Acompañado inicialmente por Luis Mendoza Pintos en la preparación física y por sus colaboradores Arteaga, Fares y Urruchua, comenzó a transformar la estructura que iba de Novena a Tercera.

Impuso una nueva concepción de trabajo: charlas sobre moral deportiva, entrenamientos en doble turno y un sistema de becas que, junto con los dirigentes, buscó favorecer especialmente a los jugadores del interior. Al terminar aquella temporada, la Primera había perdido la categoría. Pero pronto llegó una noticia inesperada: la AFA había suspendido los descensos hasta 1966. Miguel lo tomó como un desafío: “Muchos se van a relajar y nosotros vamos a trabajar más que nunca”. Su objetivo era claro: construir, en unos años, un equipo fuerte con jugadores formados en el club.

Don Miguel en su paso por Rosario Central. A la izquierda el entonces presidente

Don Miguel en su paso por Rosario Central. A la izquierda el entonces presidente "canalla", Rodolfo Boerio

Los recursos escaseaban. “Entrenábamos en la cancha de La Líder, sin botines por falta de plata”. Otro de los campos utilizados para las pruebas estaba en 25 y 32, donde hoy se encuentra el Estadio Único. Con el respaldo del presidente Mariano Mangano comenzaron las mejoras, especialmente en la cancha auxiliar de la calle 54, que cada tanto el club alquilaba para que se instalara un circo. Ignomiriello insistía ante dirigentes que lo miraban con incredulidad: “Mejoremos este campo y mañana la plata va a entrar por la venta de los jugadores y no por los centavos que deja el circo”.

La cancha auxiliar terminó construyéndose con 65 por 90 metros y en 1964 quedaron listos los vestuarios para juveniles. También se levantó un frontón con un cajón de arena para trabajar con los arqueros. Pero la transformación iba mucho más allá de las instalaciones o los sistemas tácticos. Ignomiriello quería rodear a los chicos de las mejores condiciones posibles para formarse.

Vestuarios amplios, ropa adecuada, botines y utilería organizada pasaron a formar parte de la rutina. Hasta la vestimenta adquirió un sentido formativo: la Tercera comenzó a presentarse los domingos con sacos de pana, en homenaje a "Los Profesores" de los años treinta.

Las becas fueron otro pilar de su proyecto. Permitían que los jóvenes que debían trabajar o hacer changas pudieran dedicarse al fútbol. Entre los beneficiados estuvieron Oscar Malbernat, que trabajaba los domingos en el Hipódromo de La Plata, y Rodolfo Orife, ayudante de una escribanía. Ambos pudieron abandonar esas ocupaciones para concentrarse en su formación.

La propuesta llamó la atención de El Gráfico, que envió a Pepe Peña a cubrir una jornada de entrenamiento en la calle 1. Allí encontró a treinta jóvenes becados, con estadía paga y dinero mensual para sus gastos. El requisito no era solo talento: también se exigían disciplina y buen comportamiento. La beca podía perderse si el jugador no cumplía con esas condiciones. “Se consigue mejor gente cuando se está formando personal deportivo con toda atención al mínimo detalle, con una meta principal: que a los 18 años esté en condiciones de alternar en Primera división sin extrañar para nada las exigencias a las que se ve sometido un profesional de primera liga”, describe la nota.

Ignomiriello supervisando todo. Aquí los ejercicios de fuerza de piernas para Juan Ramón Verón.

Ignomiriello supervisando todo. Aquí los ejercicios de fuerza de piernas para Juan Ramón Verón.

La filosofía de Ignomiriello consistía en adelantarse a los problemas: formar futbolistas capaces de llegar a Primera sin extrañar las exigencias del profesionalismo, pero también jóvenes preparados para asumirlas.

Formación integral

Hasta las entrevistas formaban parte del entrenamiento. Ignomiriello no dejaba ningún detalle librado al azar. Los juveniles practicaban incluso sus futuras declaraciones radiales con el periodista César Abraham, que llegaba al estadio con un radiograbador y un micrófono, los entrevistaba y después corregía sus respuestas. La idea había surgido tras una desafortunada declaración de Corbatta al relator José María Muñoz.

Su proyecto incluía educación sexual, cuidados en la alimentación y un equipo de profesionales que sumaba a los médicos Oscar Moviglia y Juan Solari, el masajista Luis Trejo, el utilero Ramón Mansilla y hasta un pedicuro. También fue pionero en la búsqueda de talentos fuera de La Plata: desde la sede de 53 partían micros hacia Magdalena, Olavarría, Coronel Pringles o Concordia.

Mucho antes de que existiera el marketing deportivo Miguel, organizaba partidos nocturnos de la Tercera en 1 y 57 para recaudar fondos. Invitaba a equipos de la B, les ofrecía la cena y destinaba lo recaudado a comprar uniformes y botines.

Para él, formar un futbolista era prepararlo para la vida. Por eso imponía una disciplina que incluía hasta la vestimenta: para los partidos fuera de casa, los juveniles debían presentarse con saco, camisa y corbata, pantalón de vestir y zapatos lustrados, además de pelo corto y sin patillas ni bigotes.

Pero su verdadero talento estaba en descubrir qué podía hacer cada jugador. “No hay edad. El tema es el nivel”, explicaba. A Eduardo Manera, que jugaba de delantero o de ocho, lo convirtió en marcador de punta al advertir que tenía condiciones para la marca y llegada al ataque. “Salimos subcampeones del 64 y en el 65 campeones en esa Tercera que mataba”.

Con Ruben “Pelusa” Bedogni hizo algo distinto: logró que un juvenil de fama díscola corrigiera sus hábitos. Poco después, orgulloso del cambio, el propio jugador resumía su transformación: “Soy otro Bedogni”.

Con Enrique Lombardi, en cambio, advirtió que el fútbol no sería su destino. Un día le preguntó si se sentía mejor que Aguirre Suárez o Madero. “No, todavía no”, respondió el juvenil. La respuesta de Miguel fue inmediata: “Por eso usted tiene que seguir estudiando”. Años después, Lombardi sería arquitecto y presidente de Estudiantes.

En los diarios aparecían planteles de Tercera A, B y C, con jugadores provenientes de Cuarta, Quinta y Sexta. Un juvenil sobresaliente podía saltar directamente de Sexta a Tercera. Gabriel “Bambi” Flores llegó a hacerlo. Todo respondía a un trabajo ordenado y planificado.

Ignomiriello y su

Ignomiriello y su "tercera que mata" posando en los tablones de la vieja cancha de Estudiantes con sus trajes de pana.

Otra pieza fundamental fue Carlos Cancela, preparador físico oriundo de 25 de Mayo y discípulo de Jorge Kistenmacher. Los trabajos físicos incluían jornadas en las playas de Punta Lara. “He tenido una gran suerte en haber comenzado mi actuación al lado de un hombre como Ignomiriello. Un maestro”, recordaría años después. También destacaba la tarea de Enrique Mónaco, que visitaba las casas de los jugadores para conocer sus necesidades. El trabajo era integral y los resultados no tardaron en llegar.

Llegan los resultados

El 1 de noviembre de 1964, en el estadio de Vélez, la Tercera de Estudiantes perdía 1-2 y terminó goleando 5-2. El periodista Carlos Areta tituló: “La Tercera no gana, mata”. El apodo quedó instalado en las tribunas y en los barrios: La Tercera que Mata.

Aquel equipo perdió el campeonato en la última fecha ante Rosario Central. Ignomiriello reconoció después un error: habían concentrado en Chascomús desde el jueves, cuando hasta entonces lo hacían desde el sábado. “Fue un exceso de días de concentración. Generó un efecto contrario al esperado en la psiquis del grupo de juveniles”. Central ganó 1-0 y se quedó con el título.

Al año siguiente llegó el desquite. En diciembre de 1965, ante 21.575 personas en 1 y 57, Estudiantes goleó 5-1 a Independiente y la Tercera dio la vuelta olímpica. Después llegó el asado compartido con el plantel profesional y los aplausos para Osvaldo Zubeldía e Ignomiriello. Pocos días después también fue campeón la Cuarta.

El proceso empezaba a trascender. Carlos Bilardo, que llevaba apenas seis meses en el club, advertía lo que podía suceder: “De acá a dos años, si se mantiene el mismo equipo sin que vendan a ningún jugador, va a ser un cuadrazo”. El periodista Enzo Ardigó fue todavía más lejos: “Para 1966 no son necesarios jugadores por comprar”.

La predicción no tardaría en cumplirse. Entre 1964 y 1970, Estudiantes incorporó apenas un puñado de futbolistas mientras la cantera alimentaba al equipo que conquistaría un torneo local, tres Copas Libertadores, una Intercontinental y una Interamericana. En los años de gloria, Enrique Flores reemplazaba a Ribaudo, Zibecchi aparecía cuando faltaba Verón y otros nombres surgidos de las inferiores ocupaban un lugar central.

La cantera de Ignomiriello había dejado de ser una promesa para convertirse en la base de una de las etapas más extraordinarias de la historia de Estudiantes. Juan Taverna sería otro de sus frutos: años después, jugando para Banfield, marcaría siete goles en un mismo partido, un récord que todavía forma parte de la historia del fútbol argentino.

Una de las novedades que introdujo don Miguel que preparar a los futbolistas para las entrevistas periodísticas.

Una de las novedades que introdujo don Miguel que preparar a los futbolistas para las entrevistas periodísticas.

Muchos de aquellos chicos llegaron a Primera y formaron parte de uno de los equipos más importantes de la historia del fútbol argentino. Cuando Estudiantes enfrentó al Manchester United en Old Trafford, ingresó con Poletti; Malbernat, Aguirre Suárez, Madero y Medina; Bilardo, Pachamé y Togneri; Ribaudo —luego reemplazado por Echecopar—; Conigliaro y Verón. Siete de ellos habían pasado por la estructura que Ignomiriello había comenzado a construir años antes.

Pero para Miguel no todo se reducía a ganar. La conducta era parte de la formación y la distancia, una herramienta de disciplina. Años después, Carlos Pachamé, ya consagrado como jugador y técnico, todavía le preguntó:

—¿Lo puedo tutear?

La respuesta resumía una relación que había permanecido intacta: “Siempre fui exigente. El tema es mantener una distancia, por una disciplina”.

Salida de Estudiantes

Ignomiriello dedicó sus primeros 25 años a las divisiones inferiores y los siguientes 25 al fútbol profesional. Pasó por Banfield, Chacarita, Estudiantes, San Lorenzo, Nacional de Uruguay, Independiente, Vélez, Bolívar, Unión, Deportivo Quito, Emelec, Filanbanco, Deportivo Armenio, Defensores de Cambaceres, Talleres de Remedios de Escalada y Douglas Haig, además de supervisar el fútbol amateur en Platense, Arsenal, Sportivo Italiano y La Plata FC. En algunos clubes repitió ciclos y en otros dejó una huella que perduró más allá de su paso.

También tuvo que enfrentarse a sus propios antiguos equipos. En 1966, recién desvinculado de Estudiantes, asumió en Platense y pocas semanas después regresó a La Plata. El 21 de agosto, el equipo de Zubeldía hizo de local en Gimnasia y perdió 1-0 ante Platense, con Miguel sentado en el banco visitante.

Su salida del club había sido consecuencia de una discusión por el futuro albergue de juveniles. Ignomiriello quería una construcción de losa que permitiera levantar una biblioteca y ampliar las instalaciones; la dirigencia optaba por un techo de chapa. Después de intentar hablar dos veces con el presidente Mariano Mangano y no encontrarlo, renunció.

Poco después llegó a Rosario Central, donde dirigió 100 partidos, con 45 triunfos, 32 empates y 23 derrotas, e hizo debutar a 17 futbolistas, nueve de ellos surgidos de las inferiores. Su trabajo resultó decisivo para la transformación que culminaría con el campeonato de 1971. Medio siglo después, el club reconoció aquella contribución: una cancha de su predio en Granadero Baigorria llevó su nombre. En 2021, durante el homenaje a los campeones de 1971, Aldo Poy se acercó para saludarlo: “Usted armó todo este despelote, el subcampeón del 70 y el campeón del 71”. Miguel, fiel a su precisión, lo corrigió: “Yo no fui el técnico, fue don Ángel Labruna”. Pero los jugadores reconocían la tarea de los años anteriores, desde su llegada en 1967 hasta su salida en 1969.

En Rosario volvió a imponer su método. “El primer departamento de fútbol profesional lo creé en Rosario. Había un desorden generalizado. Había que cambiar la mentalidad”. Organizó los contratos, profesionalizó rutinas y hasta estableció días y horarios específicos para que los jugadores negociaran con los dirigentes.

También sabía detectar capacidades donde otros no las veían. Cuando llegó, pidió como refuerzo a Bedogni. Y a Aldo Poy, que reclamaba su lugar, le respondió con hechos: “Traiga al que quiera traer, que el puesto me lo voy a ganar en el campo”, había dicho el delantero. Y no lo perdió.

Con Carlos Griguol hizo algo parecido. Lo consideraba el jugador menos talentoso del grupo, pero observó que ganaba sistemáticamente las pruebas de manejo y dominio de pelota. Lo retrasó a la posición de cinco. “Era muy buen profesional, siempre concentrado en la tarea”.

Septiembre de 1973. La “Selección Fantasma”, en el vestuario del Hernando Siles de La Paz, con las improvisadas caretas de cartulina que inspiraron la célebre foto conservada en el archivo de El Gráfico.

Septiembre de 1973. La “Selección Fantasma”, en el vestuario del Hernando Siles de La Paz, con las improvisadas caretas de cartulina que inspiraron la célebre foto conservada en el archivo de El Gráfico.

Esa era, acaso, una de las claves de su método: no mirar solamente lo que un futbolista era, sino descubrir lo que podía llegar a ser.

Vuelta al León

El año 1971 lo comenzó en Chacarita, pero en marzo se produjo un cimbronazo en La Plata: Zubeldía dejó Estudiantes y la comisión directiva eligió a Ignomiriello para conducir al equipo en el Metropolitano y en la Copa Libertadores, donde el Pincha acumulaba tres conquistas consecutivas.

Esta vez, sin embargo, los vientos no soplaron a favor. Estudiantes perdió en La Plata ante Barcelona de Ecuador, donde conservaba un invicto de 36 partidos y nunca había caído por la Libertadores. Después se recuperó: venció dos veces a Unión Española y también ganó en Guayaquil, con un gol de Juan Echecopar, aquel futbolista que Miguel había descubierto años antes en un club de pueblo de Pergamino.

En la final esperaba Nacional de Montevideo. Estudiantes ganó 1-0 en La Plata, con un golazo de Romeo de palomita, y cayó por el mismo resultado en el Centenario. El desempate se jugó el 9 de junio en Lima y terminó 2-0 para los uruguayos, con goles de Espárrago y Artime. “Cuando papá perdió la Copa me dolió tanto que estuve tres días sin ir al colegio”, recordó años después su hijo Alejandro Miguel.

La mitad de aquel plantel de 18 jugadores había pasado por la estructura que Ignomiriello había construido en los años sesenta. Continuó unos meses más, pero los resultados no acompañaron y fue reemplazado por Carlos Bilardo, que todavía no tenía el carnet habilitante y terminó salvando del descenso a varios de sus antiguos compañeros.

Nacional y otra generación

Las vueltas del destino lo llevaron a Uruguay. Nacional lo contrató y dirigió a los tricolores entre 1974 y 1975. Allí volvió a imponer su método: creó una cocina en la concentración de Los Céspedes porque, como decía, “si el jugador no come, no puede entrenar”. La obra se financió con aportes de los socios que también habían respaldado su llegada.

El patriarca junto a sus hijos mellizos, Miguel y Fernando.

El patriarca junto a sus hijos mellizos, Miguel y Fernando.

Otra generación comenzó a crecer bajo su tutela. Entre ellos estaba Juan Ramón Carrasco, quien adoptaría a Miguel como su padre futbolístico. La alimentación también era parte de su obsesión: Carrasco llegó a beber tres litros de leche por día y el diminuto José Muniz tenía autorización para repetir la comida para ganar peso.

Otra experiencia significativa llegó en San Lorenzo, donde asumió como coordinador y dirigió un partido de Primera como interino. Fue el 5 de marzo de 1972, justamente en La Plata, frente a Gimnasia. San Lorenzo ganó 1-0 con un gol de cabeza de “Toti” Veglio y Miguel se marchó sin alardes. Había dejado encaminado un equipo que ese mismo año, bajo la conducción de “Toto” Lorenzo, conquistaría el Nacional y el Metropolitano.

La Selección fantasma

La Selección Argentina tuvo dos etapas de Ignomiriello. La primera fue en juveniles: en 1966, la AFA lo designó técnico del equipo Sub 23 que disputó amistosos en Chile y participó del torneo Juventudes de América, en Paraguay. Aquel plantel incluía a Alfio Basile, Eduardo Manera, Roberto Rogel, Roque Avallay y Narciso Doval. Miguel volvió a convocar a varios jugadores que había formado en la región: Manera, Echecopar y Pachamé, de Estudiantes, y los platenses Romera, Rosl y Figueroa, de Gimnasia.

Pero su experiencia más extraordinaria con la Selección llegaría en 1973, cuando Argentina estuvo a punto de quedar fuera del Mundial de Alemania. La anteúltima fecha de las eliminatorias era en La Paz, ante Bolivia. El técnico oficial, Enrique Sívori, había llevado a los titulares a una gira europea, con la promesa de que regresarían para las dos últimas jornadas. Ignomiriello quedó al frente de un grupo alternativo.

Estudió al rival y entendió que la altura era tanto un problema físico como psicológico. Bolivia jugaba a 2.900 metros y contaba con la preparación de dos profesores y un psicólogo brasileño. Miguel comprobó que La Quiaca tenía una altitud similar a La Paz y pidió autorización para realizar una preparación de más de un mes. Con Carlos Cancela como preparador físico, emprendió una gira de cuarenta días por el norte, durante la cual disputaron quince amistosos, dos de ellos a casi 4.000 metros.

Aquel equipo estaba lejos de ser la Selección de las grandes figuras. Mario Kempes tenía 19 años y jugaba en Instituto; Marcelo Trobbiani y Ricardo Bochini recién comenzaban a destacarse en sus clubes. También estaba Rubén Galván. Kempes y Galván serían campeones del mundo en 1978; Ricardo Bochini y Marcelo Trobbiani, en 1986.

La preparación estuvo acompañada por dificultades económicas. La AFA, intervenida en ese momento, demoraba los fondos y el plantel llegó a quedar sin dinero para cuestiones básicas. Cuando un dirigente prometió enviarles un avión para regresar, Miguel respondió: “Pero si a ustedes les pedí comida para los jugadores y no me mandaron ni un jamón, ¿quiere que espere a que me manden un avión?”. La situación dio origen a una imagen que publicó El Gráfico: los jugadores aparecieron con las caras cubiertas por bonetes de cartulina. La prensa los bautizó “La Selección Fantasma”.

Miguel, en el quincho, junto a su radio a transistores, rescata la atmósfera entrañable de otro tiempo del fútbol.

Miguel, en el quincho, junto a su radio a transistores, rescata la atmósfera entrañable de otro tiempo del fútbol.

Había que ganar en Bolivia o conseguir un empate. Sívori regresó antes del partido decisivo y pretendió imponer a sus jugadores. Hubo una discusión y finalmente el equipo salió a la cancha con ambos técnicos. Argentina formó con Carnevali; Glaria, Bargas, Tagliari y Cortés; Galván, Telch y Poy; Fornari, Kempes y Ayala. En el segundo tiempo ingresaron Trobbiani y Bochini.

Argentina ganó 1-0 con gol de Fornari, uno de los futbolistas que había participado de toda la preparación. Después venció a Paraguay en La Bombonera y aseguró su clasificación para el Mundial. Miguel había cumplido.

Sus últimos desafíos

Su carrera continuó por distintos clubes y países. Pasó por Vélez en 1977, aunque solo dirigió cuatro partidos, y en 1978 regresó a Gimnasia para coordinar las divisiones inferiores. También trabajó en Banfield y consiguió otro éxito en el ascenso: llevó a Talleres de Remedios de Escalada al título de Primera C. En Douglas Haig dirigió junto a Echecopar durante el Nacional B 1994/95 y en Defensores de Cambaceres dejó dos de sus últimas historias: en 1986 incorporó como preparador físico a Daniel Córdoba, que allí inició su carrera, y en 1992 descubrió a un joven José Luis Calderón.

Cuando Cambaceres recibió una oferta de Chile por Calderón, Miguel recomendó no aceptarla. “¿Qué apuro tiene? Vale mucho más. 150 mil dólares”, aconsejó. Poco después, el delantero fue transferido a Estudiantes por 165.000 dólares. Luego jugaría en Independiente y en la Selección. Para Miguel, era sencillo: “Era un goleador natural”.

Habían pasado décadas desde aquella revolución de las inferiores de Estudiantes, pero su manera de entender el fútbol seguía intacta. El maestro nunca dejó de enseñar. Ni siquiera cuando dejó de dirigir. Enrique Lombardi, aquel juvenil al que un día le había recomendado seguir estudiando, llegó a ser presidente de Estudiantes y contó que Miguel fue quien lo presentó a un grupo de jóvenes socios que impulsaban iniciativas vinculadas con la historia del club. De aquellos encuentros nació el actual Museo de Estudiantes de La Plata.

Ademas de su legado futbolístico Ignomiriello dejó cuatro hijos de dos matrimonios. Con su primera esposa, Hilda Peralta López, tuvieron a los mellizos Miguel Alejandro y Fernando Gabriel, Gabriela. Luego, de su matrimonio con Miriam Dupetit nació Natalia. También asumió como propio un hijo de su ultima mujer, llamado Daniel Campos, uruguayo y relator de fútbol. De esa cosecha salieron siete nietos y tres bisnietos.

En sus últimos años, Miguel vivió con la misma calma con la que había transitado toda su carrera. Disfrutaba a sus nietas, organizaba asados, daba conferencias y atendía a los periodistas. Conservaba en un cuaderno los nombres y teléfonos de quienes habían formado parte de su vida. Podía haber pasado medio siglo desde el último encuentro. Podía tratarse de un exjugador de aquella Tercera, un dirigente, un preparador físico, un hincha o un amigo.

Cuando sonaba el teléfono, del otro lado de la línea casi siempre escuchaba la misma frase:

—Hola, maestro.

Como todo buen maestro, pasó gran parte de su vida sembrando. Hasta que murió, hace unos días nomas, el 7 de agosto de 2026, a los 99 años.

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