La historia de Hugo Joaquín Ortiz fue publicada por primera vez en este medio en 2024. Tenía 21 años y mendigaba en un cajero del Banco Provincia junto a su novia y su bebé hasta que un desconocido le ofreció un puesto en una PyME. Desde entonces su vida cambió: pasó de vivir a la intemperie a alquilar una casa y trabajar como cocinero en un local de sushi de City Bell. Ahora, está juntando fondos para lanzar un emprendimiento de pizzas caseras.
Hugo quedó en situación de calle a los 18 años. Se crió en Villa Elisa, distanciado de su mamá, que sufría una enfermedad mental, y su papá, que trabajaba en tres turnos y prácticamente no lo veía. Su abuela paterna fue su confidente hasta que falleció cuando él tenía 13. El golpe fue durísimo. Dejó la escuela, dejó de jugar y creció de golpe. De adolescente trabajó como albañil, jardinero y changarín y se fue de su casa a los 18, luego de una pelea con su mamá.
Vivió más de 8 meses sin techo. Un invierno, recostado en unos escalones de Estación de Trenes de City Bell, pensó que había tocado fondo. "Fue uno de los peores días de mi vida. Me tapé con un cartón y arriba me eché hojas secas; me acosté y me tapé la cabeza con un buzo. Ese día, de tanto frío que hacía, sentí que me iba a morir", cuenta en diálogo con 0221.com.ar.
Hugo conoció a una chica de Berisso por Instagram. Se pusieron de novios y al poco tiempo quedó embarazada. Ella fue incondicional: se peleó con su propia familia cuando la cuestionaron por tener una relación con un "indigente", dejó su hogar y fue a acompañarlo a la calle.
Hugo Joaquín Ortiz, indigente
Hugo Ortiz junto a su novia, Sofía, y su hijo, Lucas, en un cajero de La Plata en 2024
Marcos Gómez | AGLP
"Cuando llovía, metíamos al nene en el cochecito y subíamos al Tren Roca: hacíamos siete u ocho veces el viaje de La Plata a Constitución para poder descansar", recuerda y reflexiona: "El mundo de noche es totalmente distinto a lo que uno puede llegar a ver y a sentir teniendo un plato de comida en una casa", reflexiona. "No sabés si vas a dormir, no sabes si vas a comer algo, la incertidumbre de qué voy a hacer mañana, de no tener una rutina".
El mundo de noche es totalmente distinto a lo que uno puede llegar a ver y a sentir teniendo un plato de comida en una casa El mundo de noche es totalmente distinto a lo que uno puede llegar a ver y a sentir teniendo un plato de comida en una casa
"Es un mundo hostil, en el que vos no sabés con quién estás hablando. Por ahí una persona viene, es buena onda y parece amigo, pero te das la vuelta y te está robando", cuenta. Y agrega: "Vos no tenés que confiar en nadie. Yo solo confiaba en mi pareja y en nadie más".
"He visto tanta gente en la calle que tienen todo para salir adelante, pero están consumidos por la miseria y la tristeza, y como nadie los ayuda no tienen esa voluntad de salir adelante. Yo creo que pude porque tuve el apoyo emocional de decir: 'Tengo mi hijo, mi mujer que están acá bancándome, ¿ahora qué voy a hacer?... tengo que responderle, tengo que conseguir un laburo, un alquiler y salir de a poco'", piensa.
La oferta de trabajo que cambió su historia
De adolescente laburó en construcciones en seco hasta que entró en el universo de la gastronomía. Trabajó en Mostaza, El Club de la Milanesa –incluso cuando vivía en la calle– y en una dietética. Una tarde de 2024, en el cajero de 7 y 70, conoció a Edgardo Boses, un emprendedor de La Plata que de casualidad fue a retirar dinero y al que le llamó la atención su presencia. Charlaron un rato y le ofreció trabajo en Megallón, una PyME de medallones veganos.
"Cuando los vi ahí me movilizó un montón, yo soy padre también y no podía no acercarme a charlar", cuenta Edgardo. Hugo aceptó y fue a trabajar al día siguiente. El empleo lo ordenó y le abrió puertas para conseguir trabajo en carnicerías y casas de sushi. Fue escalando en sueldo y comodidad.
Hugo Joaquín Ortiz (9)
Hugo Ortiz tiene 23 años y trabaja en un local de sushi de City Bell
Ignacio Amiconi | AGLP
A pesar de que no es su principal ingreso, el chico del cajero continúa trabajando en Megallón. "Creció un montón, desarrolló habilidades. Tiene muchas ganas de aprender, de crecer, de salir del lugar de donde está. Es muy capaz, buen compañero y proactivo", dice Edgardo.
En 2025, Hugo entró a trabajar a Sushi Pop, en City Bell, en el área de "cocina caliente"; donde arma piezas con salmón, kanikama (carne de cangrejo), queso y palta. También ensaladas que llevan langostinos. Su jornada es de 15 a 1. Está contento e ilusionado. Ahora, planea recaudar dinero para comprar un horno industrial, una heladera y una moto para iniciar un proyecto de pizzas a domicilio y tener otro ingreso más.
"Cuando lo conocí notaba mucha tristeza y cuando hablaba era sin esperanzas, hoy tiene sueños, metas y una garra bárbara. Confía en él mismo", reflexiona el dueño de Megallón sobre Hugo.
La familia, el motor de su vida
Hugo tiene 23 años, Sofía 22. Viven juntos en City Bell, alquilan y tienen dos hijos: Lucas (3) y Noha (1). Para él, su familia fue es inspiración para salir adelante. Intenta educar a partir de los valores que lo marcaron. "Mi abuela me dio el amor de una familia. Fue papá, mamá, hermano, tío y todo para mí, era mi mundo. Yo le decía 'mamá', porque si bien la mamá que me parió es otra persona, ella me crió. Me enseñó a leer, a escribir, a caminar... me enseñó todos los valores de mi vida", recuerda.
"Mi viejo estuvo poco. Es una persona media cerrada, no demuestra mucho sus sentimientos. Yo intento ser un poco más abierto. A mis hijos intento darle todo el amor del mundo, que fue lo que me faltó a mí", añade charlando con 0221.com.ar.
En 2026, la pareja va a cumplir 6 años de relación. Vivieron situaciones extremas, se eligieron a pesar de las dificultades y ahora están ilusionados con una vida mejor. "Es difícil de asimilar que ella me haya elegido, porque no cualquiera hace lo mismo, creo que nadie. Lo tomé como un abrazo emocional hacia el alma y hacia el corazón, diciendo 'dale, yo te banco, estoy acá con vos, vamos para adelante'. Solo con una mirada pude entender eso", reflexiona.
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Hugo y Sofía viven hoy en City Bell, juntos a sus hijos Lucas, de 3 años, y Noah, de 1
Ignacio Amiconi | AGLP
Desde que se fue de la casa de su mamá, Hugo no volvió a tener contacto con ella. Con su papá recompuso de alguna manera la relación, pero aún así el vínculo es distante. De hecho, sus papás nunca se enteraron que él vivió en la calle: "Sabía que ellos no me iban a dar ninguna ayuda que pueda llegar a necesitar, más que un par de pesos y nada más", dice.
"Por suerte estoy con una visión completamente diferente a lo que era mi futuro hace 2 años atrás", cuenta Hugo, con optimismo. Y agrega: "Antes, durmiendo en la estación de City Bell, mucha visión de futuro no podía tener, más cuando no estaba alimentado. Mi futuro era pensar solo '¿qué voy a comer mañana? ¿dónde voy a dormir?'. Ahora, a raíz de que fueron sucediendo cosas, con ayuda de algunas personas, logré tener mi alquiler, mi cama, mi tele".
El sueño del emprendimiento propio
Hugo vive con su familia en una casa pequeña, que tiene una pieza y un baño. Su objetivo es comprar una heladera, una cocina industrial y una moto, para cocinar y entregar pedidos sin depender de nadie. Piensa el emprendimiento como una changa extra además de su trabajo en la casa de sushi.
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Hugo aspira a abrir un emprendimiento de pizzas caseras
Ignacio Amiconi | AGLP
Mientras intenta ahorrar para su emprendimiento, difundió su cuenta bancaria para quienes quieran colaborar (HUGO.NOHA.LUCAS, a nombre de Hugo Joaquín Ortiz) y su número de teléfono (221 437-9989).
Además de lograr tranquilidad económica, aspira a poder crear un proyecto para ayudar a las personas, como alguna vez lo ayudaron a él. "Algún día, si se me da la posibilidad de tener un ingreso más fuerte, me gustaría poner un comedor y ayudar a la gente de la calle para poner mi granito de arena", cierra.