miércoles 16 de septiembre de 2026
PORTADA HORACIO UNGARO MARTA UNGARO
El recuerdo de Marta

La militancia de Horacio Ungaro, su secuestro y el último acto de resistencia salvando un libro prohibido

A 50 años del secuestro, Marta habla de los sueños truncos de su hermano Horacio Ungaro. El amor por los libros, la militancia y el último acto de resistencia.

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Para Marta, Horacio Ungaro siempre fue, antes que nada, “el chiquitito” de la familia. Era el menor de cuatro hermanos y ella le llevaba once años. En la casa familiar de Gonnet donde crecieron aprendió a nadar, a andar en bicicleta y a jugar al ajedrez con su padre y su hermano. Lo recuerda como un alumno destacado, lector incansable y estudiante de francés desde los siete años.

El 16 de septiembre de 1976 a la madrugada fue arrancado del departamento donde vivía, en un monoblocks del Barrio Hipódromo y desde entonces es uno de los desaparecidos de La Noche de los Lápices. Marta recuerda y se emociona con un último acto de resistencia, cuando arrojó por la ventana literatura prohibida por la dictadura. “Lo mejor para él eran los libros”, dice. Conserva todavía algunos de aquellos objetos que quedaron como pequeñas pruebas materiales de su existencia: los libros que Horacio tenía consigo la noche de su secuestro y el guardapolvo que había comenzado a pintar para el festejo de la primavera que se avecinaba.

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La política también formaba parte de esa vida cotidiana. Sus padres se habían conocido militando y en la familia siempre había discusiones y debates. Ella comenzó a acercarse a la política a los 15 años y, con el tiempo, Horacio también se incorporó a la militancia estudiantil.

Los primeros años de Horacio Ungaro en el Normal 3

Los primeros años de Horacio Ungaro en el Normal 3

En el secundario participaba de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), hacía apoyo escolar en una villa de emergencia detrás del Hipódromo de La Plata y compartía con otros jóvenes una época de intensa participación y efervescencia, la misma que lo llevó en septiembre de 1975 a participar del reclamo por el boleto estudiantil.

El carnet que emitió el Normal 3 para que el alumno Horacio Ungaro acceda al beneficio del boleto estudiantil

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Pero el país y La Plata en particular se volvieron cada vez más peligrosos por la violencia política y la represión. El asesinato de militantes, la persecución y las desapariciones comenzaron a formar parte de la vida cotidiana a partir de 1974. Marta recuerda especialmente el asesinato en diciembre de 1975 de Ricardo Arturo "Patulo" Rave, uno de los referentes de la militancia secundaria platense.

Las hermanas Nora y Marta, junto a su padre y el pequeño Horacio Ungaro

Las hermanas Nora y Marta, junto a su padre y el pequeño Horacio Ungaro

—Cuando pensás en Horacio, ¿qué es lo primero que aparece?
—Para todos nosotros era “el chiquitito”, el nene. Éramos cuatro hermanos y él era el más chico. Yo le llevaba once años, mi hermano (por Luis) doce y mi hermana Nora cinco. Entonces siempre fue el nene para nosotros. Crecimos los cuatro en la casa de Gonnet, donde vivo actualmente. Ahí aprendió a nadar, a jugar al ajedrez con mi papá y con mi otro hermano, a andar en bicicleta. En ese momento había mucho terreno y ahí jugaban. Tenía amigos de la infancia que todavía lo recuerdan. Era muy solidario, muy compañero y también muy tímido. Cualquier cosa que le pasaba lo hacía poner muy colorado. Era pecoso, de ojos medio verdosos y pelo claro. Muy sencillo en todo. Y lo que más quería eran los libros. Los devoraba. En mi casa los libros tienen tres categorías: la A, de afanado; la P, de prestado; y la C, de comprado. Y los de Horacio están ahí. Algunos todavía tienen las marcas de lo que leyó.

El niño Horacio Ungaro, era tímido y fácilmente su cara con pecas se ponía colarada

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—¿Cómo era ese Horacio que todavía no se había convertido en un militante?
—Era muy estudioso. Hablaba francés a la perfección, ya que había recibido el profesorado elemental en la Alianza Francesa, a donde iba desde los siete años. Era muy lector. Empezó con Salgari, con Julio Verne, y después devoró cantidad de libros. También hacía mucha actividad física. Nadaba por el Club Universitario, era hincha de Estudiantes y jugaba al ajedrez para el club.

Horacio Ungaro en 1º superior

Horacio Ungaro en 1º superior

—¿En qué momento la política empezó a ocupar un lugar central en su vida?
—La política era algo natural en nuestra casa. Mis padres se habían conocido en la solidaridad con la Guerra Civil Española, así que siempre había discusiones políticas y una búsqueda de una salida, de un mundo mejor, con igualdad de oportunidades y sin oprimidos. Yo empecé a militar a los 15 años, cuando iba al Liceo Víctor Mercante. Nosotros militábamos en la universidad y él en el secundario. Pero también hacía una tarea solidaria: iba a la villa de emergencia que estaba detrás del Hipódromo y hacía apoyo escolar. Al principio, incluso, yo quise afiliarlo al Partido Comunista y él me dijo que todavía no estaba preparado. Había leído El hombre mediocre y me respondió con una frase de José Ingenieros: “El que sigue una idea sin entenderla es un fanático”. Me dijo que todavía no estaba preparado para incorporarse. Era así, te contestaba cosas que te descolocaban.

La foto más conocida de Horacio Ungaro, la que se ve en las marchas

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—¿Y dónde se encuadra, en qué sectores?
—Empieza en la UES. Era una época en la que muchísimos jóvenes militaban, en distintas organizaciones y la UES había crecido muchísimo en La Plata. Y había sido muy golpeada, porque el referente más importante, que era "Patulo" Rave había sido asesinado por la Triple A y la CNU en la Navidad de 1975 y colgado en un puente. Después asesinaron a Mirta Aguilar, una compañera con la que militaba Horacio. Ese día él llegó con lágrimas y escribió en una pared: “Hermano, vive tu vida, pero también la nuestra”. Había asesinatos, persecuciones, compañeros que desaparecían. Y, al mismo tiempo, había mucha solidaridad y mucha participación. Se hacían actividades conjuntas entre distintos sectores políticos.

—¿La familia era consciente del peligro que corría Horacio y ustedes como militantes?
—Sí, lo hablábamos y lo vivíamos con mucha preocupación. Igual, hay que pensar que en ese momento todavía no estaba instalada la idea de la desaparición. Nosotros teníamos compañeros que habían desaparecido en distintas facultades, pero todavía pensábamos que podíamos encontrarlos. No sabías dónde estaban, pero pensabas que estaban en algún lado. En casa sabíamos que Horacio militaba en la Juventud Peronista. Nora y yo estábamos en Veterinaria y militábamos en la Federación Juvenil Comunista. Entonces había conciencia de que había peligro, pero las medidas de seguridad eran muy elementales. No había celulares. Si salíamos, avisábamos. Llamábamos desde un teléfono público. Era eso.

De puño y letra. Horacio y su transcripción de Muchacha, la canción de Almendra

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—¿Qué recordás de la última vez que viste a Horacio antes del secuestro?
—Lo vi la noche anterior. Estaba con Daniel Racero haciéndose un licuado de banana. Tenía sus libros y le pregunté qué estaba leyendo. Era el Manual de Filosofía de Víctor Afanasiev, un filósofo ruso. También tenía el Diario del Che. Yo le dije que tuviera cuidado porque eran libros prohibidos. Y él me contestó: “A mí nunca me lo van a agarrar, porque yo no voy a dejar que me agarren un libro. Si me vienen a buscar...”. Ese libro lo tengo todavía. Está todo marcado por él, con lo que leyó.

Lo vi la noche anterior al secuestro. Estaba con Daniel Racero haciéndose un licuado de banana Lo vi la noche anterior al secuestro. Estaba con Daniel Racero haciéndose un licuado de banana

—¿Cómo fue aquella madrugada del 16 de septiembre?
—Mi mamá vino a avisarnos que se habían llevado a Horacio y a Daniel. Era de madrugada, estaba empezando a amanecer. Vivíamos en unos monoblocs del Hipódromo: mi mamá vivía con Horacio y mi hermana y yo en el de al lado. Corrimos al departamento. Fui al dormitorio y vi que estaba levantada la persiana. Corrí al balcón y miramos hacia abajo. Ahí vimos los libros. Bajamos y los levantamos. Y hasta el día de hoy los tengo. Es muy fuerte pensar qué fuerza y decisión tuvo que tener un chico de 17 años para levantar la persiana y tirar los libros mientras estaban entrando a buscarlo.

El Manual de Filosofía de Víctor Afanasiev que Horacio Ungaro llegó a tirar por la ventana antes de que lo atraparan

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—¿Qué otros objetos conservás de Horacio?
—Horacio estaba pintando el guardapolvo para el 21 de septiembre, para la llegada de la primavera. Los de quinto año pintaban y escribían los guardapolvos. Horacio estaba pintando en la espalda el ojo del Guernica. El ojo quedó pintado, pero la lágrima no. Son cosas que quedaron. El guardapolvo, los libros. Objetos de un chico que estaba estudiando, leyendo, preparándose para la vida, y al mismo tiempo viviendo una época terrible.

El ojo del Guernica llegó a ser pintado por Horacio Ungaro en su guardapolvo. La lágrima quedó inconclusa

El ojo del Guernica llegó a ser pintado por Horacio Ungaro en su guardapolvo. La lágrima quedó inconclusa

—¿Qué hicieron ustedes después de saber que se lo habían llevado?
—Salimos a buscarlo con toda la fuerza. Mi papá, que era ingeniero y no abogado, redactó como pudo un hábeas corpus. No había internet ni nada para buscar un modelo. Lo presentó el 17 de septiembre a primera hora. Había mucho miedo en La Plata. Habían asesinado pocos días antes a Sergio Karakachoff, que era un abogado radical, y ningún otro abogado quería seguir con esos casos. Después fuimos reconstruyendo lo que había pasado. Llegaron los padres de María Claudia Falcone y nos contaron cómo había sido su secuestro junto a María Clara Ciocchini. También fuimos hablando con vecinos y con otras familias, fui a la casa de Panchito López Muntaner. Se fue armando una especie de relato coral, reconstruyendo qué había pasado ese día.

—Y quince días después secuestraron a tu hermana Nora. ¿Cómo fue ese momento para la familia?
—Fue una conmoción total. La llevaron de la casa de Daniel Racero y estuvo quince días desaparecida. Después, cuando salió, mi papá le pidió que anotara todo, con todos los que había estado. Ella había pasado por distintos lugares y escuchó que ahí habían estado “los chicos del boleto”, como les decían los militares. También estuvo con personas que habían estado con Horacio. Eso fue muy importante después, porque permitió reconstruir parte de lo que había sucedido. Le hicieron un traslado con Nilda Eloy, también la ve a Emilce Moler, que le dice que estuvo con Horacio en el pozo de Quilmes y después la liberan. Tal es así que cuando volvió pensó que lo encontraba a Horacio en la casa. Y no.

El Pozo de Banfield, uno de los centros clandestinos de detención por el que pasaron los chicos de La Noche de los Lápices

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—¿Qué importancia tuvo el testimonio de los sobrevivientes para saber qué pasó con Horacio?
—Fue fundamental, especialmente el testimonio de Pablo Díaz. Gracias a los sobrevivientes pudimos saber que los chicos habían pasado por Arana y después habían sido llevados a otros centros clandestinos. El grupo permaneció durante meses en el Pozo de Banfield. Para nosotros el testimonio de Pablo fue fundamental porque estuvo con ellos durante mucho tiempo y permitió reconstruir ese recorrido. Cuando conocí el Pozo de Banfield me impresionó mucho. Está en medio de monoblocks, colegios, casas. Y uno se pregunta cómo podía entrar ahí un camión del Ejército, cómo podía suceder todo eso mientras la vida continuaba alrededor.

—¿Por qué es tan importante para vos seguir buscando los restos de Horacio?
—Porque sigue desaparecido y esa figura es muy siniestra. Es una herida que queda abierta. Mis hijos no lo conocieron, pero cuando eran chicos me preguntaban: "¿Pero lo seguís buscando?", ¿lo buscaste bien?”. Mi primer hijo se llama Horacio y mi hijo, a su vez, le puso Horacio a su primer hijo. Familiarmente encontramos una manera de mantener su figura presente. Y yo creo que sería bueno, cuando podamos encontrarlo, dejar sus cenizas en los lugares que a él le gustaban. Y sí, lo sigo buscando.

Marta Ungaro recuerda a su hermano Horacio, a quien le llevaba once años cuando fue secuestrado

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—¿Qué sueños quedaron truncos con su desaparición?
Horacio quería ser médico. Iba a ingresar a Medicina. Le gustaba mucho. Durante la pandemia del COVID yo me lo imaginaba como médico. O como médico con los indígenas en el Chaco, o en Médicos Sin Fronteras. Hoy me lo imaginaría intentando ir en un barco para llegar a Gaza. Uno imagina la vida que hubiera querido tener y no pudo.

—A 50 años, ¿cuál es el legado de Horacio y todos los chicos secuestrados?
—El legado es que no nos vencieron. Porque seguimos a 50 años hablando de ellos del mismo modo. Y que la lucha tiene que continuar por un mundo mejor y para eso nos sirve la memoria, la verdad y la justicia.

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