miércoles 16 de septiembre de 2026
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Cita clandestina y desaparición

Las horas finales de Daniel Racero: el último encuentro con un amigo del alma y las cartas a la novia

Uno de los grandes amigos de Daniel Racero habla de la última cita antes del secuestro. Su novia habla de la despedida y de las cartas desde el exilio interno.

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Daniel Godoy puede reconstruir al detalle la tarde del 15 de septiembre, cuando se despidió de Daniel Racero en Plaza San Martín y sería la última vez que lo vio. Menos de doce horas después su amigo de toda la secundaria en el Normal 3 y compañero de militancia era secuestrado para convertirse en uno de los desaparecidos de La Noche de los Lápices.

En su reconstrucción no aparecen necesariamente episodios históricos, con fechas, nombres y documentos, sino el modo en que se recuerdan las cosas cotidianas. Alguna casa de reunión, los mates, los cigarrillos Parissienes, el fútbol, las clases, el folclore. Todo atravesado por ese compromiso social y político que terminaría afectando directamente sus existencias.

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Antes que el militante aparece el chico. Daniel era “muy divertido”, dice. Tenía “un talante dispuesto”, estaba casi siempre “de buena onda” y era alegre. “Le gustaba el folklore, escuchaba música, le interesaba la historia y la política y era un lector aplicado”, dice, aunque aclara que no estaba entre los alumnos más estudiosos de la división. También recuerda el fuerte vínculo que tenía con su novia.

Ella es Laureana De Olazabal, quien 50 años después también tiene presente la última que vio a Daniel. Fue cuando se despidieron un mes antes, ella partió hacia un exilio interno y solo les quedó el contacto por cartas. Es un recuerdo amargo.

El retrato de Daniel Racero, en una de las marchas por La Noche de los Lápices en La Plata

El retrato de Daniel Racero, en una de las marchas por La Noche de los Lápices en La Plata

"Él no quería que yo me fuera y me lo dijo", dice Laureana desde el presente y avanza con la versión de Racero que prefiere tener más presente. "El era muy familiero, muy respetuoso de la mamá, de sus hermanas. Muy cariñoso con ellas, de estar en la casa y darse abrazos y besos. Y también muy respetuoso en su trato con las mujeres en general", dice Laureana. "En esa época era medio complicado porque muchas cosas que hoy son mal vistas, estaban aceptadas", dice y recuerda su propia relación–. La describe como un noviazgo breve, pero muy fuerte, interrumpido por la tragedia. "La desaparición es algo tremendo, es algo que nunca cierra", lamenta y anticipa lo que le provoca la fecha.

La infancia de "Calibre"

Daniel había nacido en Punta Alta el 28 de julio de 1958 y de chico se lo conocía como "Calibre", un apodo surgido de sus juego con amigos, cundo competían para ver quién lograba el chorro de pis más lejano.

Sus amigos de entonces cuentan que por ese entonces le encantaban las carreras de auto y su sueño era ser como el "Loco" Luis Rubén Di Palma. Incluso es recordado por las dotes de mecánico que tenía.

Fue el trabajo de su papá Juan Antonio Racero, el que lo trajo a La Plata. Era un suboficial de la Marina de Guerra que, de acuerdo a algunos relatos, padeció cierto hostigamiento político por su pasado peronista. Eso lo llevó a colgar el uniforme y a mudarse a la capital provincial donde había conseguido trabajo en la marina mercante.

Daniel Racero de bebé. Nació en Punta Alta en 1958 y la actividad de su padre marino lo trajo a La Plata

Daniel Racero de bebé. Nació en Punta Alta en 1958 y la actividad de su padre marino lo trajo a La Plata

Esos relatos dicen que Daniel heredó de su papá la sensibilidad social y política y para 1971, cuando ingresó al Normal 3 de 8 entre 57 y 58, comenzó a militar en la organización peronista Movimiento de Acción Secundaria (MAS) que más adelante organizaría los equipos de trabajo con los que la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) desembarcó en las insipientes villas de algunos barrios.

Un hito fundante de su militancia fue cuando con la UES participó del operativo “Don Martín Miguel de Güemes” junto a otros 500 jóvenes militantes que viajaron a Salta para realizar tareas de asistencia y desarrollo en comunidades vulnerables del noroeste argentino, conectando la militancia estudiantil urbana con las realidades rurales del interior.

El niño Daniel Racero en la escuela primaria. No son muchas las fotos familiares que quedaron

El niño Daniel Racero en la escuela primaria. No son muchas las fotos familiares que quedaron

La familia de Racero pertenecía a una clase media acomodada de La Plata. Daniel tenía dos hermanas y una de ellas, Silvia, daba clases de danza. Es la que sostuvo las banderas para sostener la lucha por justicia hasta hace algunos años, cuando murió en un trágico accidente.

Silvia Racero –la hermana de Daniel que murió en un accidente de tránsito– junto a Marta Ungaro y Daniel Godoy

Silvia Racero –la hermana de Daniel que murió en un accidente de tránsito– junto a Marta Ungaro y Daniel Godoy

Por aquellos años, la muerte de su padre reconfiguró su vida, combinando el estudio en el Normal 3 por la mañana con un trabajo de correo, llevando cartas, paquetes y encomiendas a domicilio para ayudar en la economía familiar sostenida por entonces con el local de venta de sacos de piel de su madre, en la misma cuadra de la casa familiar, en 13 y 38.

El último año del secundario

En quinto año, Daniel Godoy y Racero se llevaron la misma materia. La prepararon juntos después de un viaje de mochileros al sur. Fue la única asignatura que ambos tuvieron que rendir para poder recibirse de bachilleres y proyectar el año militante en 1976, cuando todo estaría marcado por el golpe de estado del 24 de marzo de 1976.

Para aquella época comenzaban a salir más seguido, empezaban a fumar (“le dábamos a los Parisiennes”, se ríe) y la actividad política empezaba a ocupar cada vez más tiempo. El futbol no era una pasión, Racero simpatizaba con Gimnasia y con Boca, pero no era como Godoy, un fanático del Lobo. “Con Daniel y Horacio (Ungaro) –aunque era un año más chico– y el resto de los compañeros teníamos esa relación de la calle, de compañeros de escuela a la vez y con Daniel, en particular, una amistad muy fraterna”.

El alumno Daniel Racero, en los primeros años de escuela

El alumno Daniel Racero, en los primeros años de escuela

A la vuelta de ese viaje, en febrero, arrancó el noviazgo con Laureana. Se habían conocido en el Normal 3, aunque iban a contraturno. En aquel momento –recuerda y se ríe ella– Racero era conocido por llevar todos los días en la botamanga del jean a su pequeña tortuga "Pipi". El Centro de Estudiantes fue el aglutinador. Él ya era un estudiante muy comprometido con el activismo estudiantil y ella se enganchó. "Yo no era peronista, pero la UES era la organización que representaba todo lo vinculado con lo estudiantes", dice ella.

Muchos de aquellos jóvenes habían protagonizado la movilización por el Boleto Estudiantil Secundario del 5 de septiembre de 1975, aquella que fue inspiradora del libro y la película que inmortalizaron el nombre de La Noche de los Lápices. Pese a haber terminado en el Normal 3, Racero siguió militando en la UES en 1976, inserto en la Industrial Modelo de Berisso con la intención de estudiar Tornería Mecánica. Godoy en cambio había empezado a transitar la etapa universitaria como parte de la Juventud Peronista, lo mismo que Laureana, quien arrancó la carrera de Medicina.

Racero siguió militando en la UES en 1976, inserto en la Industrial Modelo de Berisso con la intención de estudiar Tornería Mecánica

Despedidas impensadas

Laureana no puede precisar el día exacto en que vio por última vez a su novio. Fue algo más de un mes antes del 16 de septiembre, en una amarga despedida en la que no faltaron las discusiones por su partida. Emprendía, por decisión de sus padres, un exilio interno a Santa Fe. Habla de la situación en La Plata por la violencia permanente y los secuestros en plena calle y recuerda el miedo que sentía al caminar por la avenida 60, por el Bosque hacia el centro.

Ella describe el clima de época y una vida cotidiana alterada. Vivía en casas de amigas y rotaba todos los días, no podía volver con su familia porque ya habían caído muchos conocidos y hacía varios días que andaba a la deriva, pasando hambre y muchas horas en la calle. "Lo mejor era irme por un tiempo", dice y sus padres le compraron el pasaje.

Racero se opuso a la partida y se lo hizo saber. Ella recuerda con amargura ese momento, porque le quedó la imagen de esa discusión y porque el desenlace un mes después cortaría para siempre cualquier proyecto conjunto.

"Él quería tener una familia. Me decía 'yo quiero tener cuatro hijos, todos varones, para que el más grande le enseñe cómo fue el padre o el más chico, y así sucesivamente", bucea en su memoria y cree que aquel deseo tenía que ver con el alto nivel de compromiso político que tenía, hasta presintiendo un desenlace. "Obviamente tenía un poder de liderazgo y era muy responsable", agrega sobre su perfil político.

Daniel Godoy y Daniel Racero con su curso, ya en los últimos años del Normal 3

Daniel Godoy y Daniel Racero con su curso, ya en los últimos años del Normal 3

Daniel Godoy lo ratifica y lo vincula con su propia familia. Su hermano Hugo (el conocido dirigente estatal "Cachorro" Godoy) estaba preso en ese momento en la Unidad 9 y su propia casa había sido allanada más de una vez. “Nuestros padres empezaron a preocuparse por nosotros, no por nuestra actividad política sino por la seguridad, por el temor de que nos pasara algo”, recuerda. Las rutinas empezaron a cambiar. Los lugares de encuentro también. Había protocolos de seguridad, casas alternativas, precauciones para no ser ubicados. La clandestinidad se fue incorporando a la vida cotidiana de muchachos que apenas habían dejado atrás la escuela secundaria.

La caminata final

En ese clima se dio aquella última tarde del 15 de septiembre de 1976. Godoy venía de Villa Elvira, de visitar a “Cachorro”, y se encontró con Racero en la casa de una amiga común, en la zona de Plaza Rocha. Estuvieron allí un rato, tomando mate. Después salieron y caminaron por la avenida 7 hasta Plaza San Martín. “Nos sentamos un rato largo en el banco hasta que llegara uno de los dos colectivos: yo me iba para Romero y el esperaba el 275 que lo llevara hasta los monoblocks del Barrio Hipódromo, donde vivía Horacio Ungaro”, hace memoria.

Una de las últimas fotos de Daniel Racero

Una de las últimas fotos de Daniel Racero

No hubo despedida solemne. No hubo una conversación que pudiera anticipar lo que sucedería horas más tarde. “Fue un encuentro más en tiempos donde no nos veíamos tanto, pero seguíamos siendo muy compañeros, muy amigos”, se lamenta Godoy. Racero tomó el colectivo y seguramente se bajó en la Estación de Trenes o en Diagonal 80 y 116, donde pasaría la noche.

Esa madrugada, un grupo de tareas llegó hasta allí. Godoy cree que el objetivo de la patota –que ese día protagonizó un raid en que se llevaron a al menos seis de las víctimas de La Noche de los Lápices– era Ungaro. Racero estaba con él, era un activo militante y cayeron los dos.

Las baldosas que recuerdan a Daniel Racero y Horacio Ungaro, en la vereda de los monoblocks se 116 y diagonal 80, de donde se los llevaron

Las baldosas que recuerdan a Daniel Racero y Horacio Ungaro, en la vereda de los monoblocks se 116 y diagonal 80, de donde se los llevaron

Después vino la noticia, aunque Daniel no puede reconstruir con precisión quién se la transmitió. “En aquellos días la información de secuestros, asesinatos y desapariciones circulaban porque era una ola brutal”, dice. El secuestro de Daniel no sólo significó la pérdida de un amigo. También modificó la manera de moverse, de encontrarse, de hablar. Godoy sabía que él conocía su casa y que su propia familia ya estaba bajo la mirada de los servicios de seguridad.

“Los secuestros eran con tortura y búsqueda de delación”, explica. Había que suponer que cada persona detenida podía ser obligada a entregar información sobre otras. Por eso abandonaban las casas y cambiaban de lugar. “Lo que para otros podía parecer una simple precaución, para nosotros era una cuestión de supervivencia”.

Daniel Godoy hoy, recuerda a su amigo Daniel Racero. Fue uno de los últimos que lo vio

Daniel Godoy hoy, recuerda a su amigo Daniel Racero. Fue uno de los últimos que lo vio

La militancia que sigue

Pasaron 50 años y cada septiembre, cuando vuelve la fecha, también vuelve Racero. No sólo el militante, no sólo el estudiante de la Noche de los Lápices, sino que vuelve el amigo de la adolescencia, el novio. Laureana habla con dolor y dice que no es sencillo exponer los que le ocurre con esos recuerdos y se queda con el Daniel alegre, respetuoso y familieros. Recuerda que intentó que se fuera con él a Santa Fe, hasta le buscó trabajo, pero nunca lo logró porque se negaba a abandonar a sus compañeros.

“En el caso del 16 de septiembre, todo eso hace un zoom hacia esos años. Y en mi caso los recuerdos se centran en Daniel”, dice por su lado Godoy. Y entonces la memoria cambia de escala. La política sigue allí, inevitablemente, porque fue el motivo por el que aquellos jóvenes fueron perseguidos.

“Esos afectos que uno construye en la adolescencia y parece que son para toda la vida, son los mejores”, dice. Quizás por eso aquella tarde del 15 de septiembre en que lo vio por última vez sigue teniendo un peso particular. Godoy no recuerda una última frase. No hubo un presentimiento. No hubo una despedida que pudiera ser interpretada. Hubo mates. Una caminata. Un banco en Plaza San Martín. La espera de un colectivo y después la noche más oscura.

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