Pasaron varios veranos juntos en la ciudad balnearia, salidas a la playa y al puerto de Quequén y visitas al taller de Ignacio de Acha, el padre de Claudio, un bohemio artista plástico y trabajador del Ministerio de Asuntos Agrarios de la provincia de Buenos Aires.
Claudio de Acha, su hermana Sonia y sus primos Sergio –hermano mayor de los D'Aloisio– y Adrián, en un verano compartido en Necochea
Cuando Claudio tenía alrededor de 12 o 13 años, la familia se instaló en La Plata, donde el adolescente hizo toda su secundaria hasta el secuestro poco días antes de cumplir 18 años. También en la capital bonaerense –según recuerda Adrián– construyó algunas de sus propias elecciones. Su padre había intentado hacerlo hincha de Boca, pero Claudio terminó eligiendo Estudiantes. Le gustaba el fútbol y otros deportes, aunque la lectura ocupaba la mayor parte de su tiempo.
También iba al cine y escuchaba música. Adrián recuerda haber ido con él a ver La fiesta inolvidable, la película de Peter Sellers, y también una presentación de los Harlem Globetrotters en el Luna Park, alrededor de 1974 o 1975.
En cuanto a la música, Claudio escuchaba a The Beatles, Sui Generis, algo de Manal y, extrañamente, a Susana Rinaldi. Esta última elección llamaba especialmente la atención de su primo: "Para un adolescente de 16 o 17 años, escuchar tango no era precisamente lo habitual dentro de su grupo", se ríe Adrián.
Claudio de Acha con su hermano Pablo en brazos
El despertar a la política
Pero sus intereses no terminaban allí. A una edad muy temprana comenzó a prestar atención a cuestiones políticas y acontecimientos internacionales. “Nosotros estábamos en la boludez, el fulbito, esto, lo otro. Claudio ya miraba la guerra de Vietnam”, cuenta Adrián.
En su recuerdo, Claudio leía y se informaba sobre cuestiones que sus primos empezarían a mirar varios años después: la Revolución Cubana, el Che Guevara, la Guerra de Vietnam, el Mayo Francés y la Guerra Fría. “Claudio miraba a los 14 o 15 años lo que nosotros terminamos mirando a los 22 o 25”, dice.
Nosotros estábamos en la boludez, el fulbito, esto, lo otro. Claudio ya miraba la guerra de Vietnam Nosotros estábamos en la boludez, el fulbito, esto, lo otro. Claudio ya miraba la guerra de Vietnam
Para Adrián, esa curiosidad que cultivaba su primo ayuda a entender el compromiso político que desarrolló durante su adolescencia. Y también a poner en contexto su militancia. A su entender, la participación de los estudiantes de la Noche de los Lápices no puede reducirse al reclamo por el boleto estudiantil.
“Claudio no es únicamente un militante del boleto estudiantil, como no lo son ninguno de los pibes de la Noche de los Lápices. Eso no es así. Eran militantes políticos”. Según reconstruye, esa militancia incluía otras actividades, entre ellas trabajos planificado y de carácter social en los barrios populares de La Plata.
Las fotos de Claudio de Acha y Francisco López Muntaner, en una de las marchas por la Noche de los Lápices
El rechazo de un exilio interno
Pocas semanas antes del secuestro, la familia de Claudio ya percibía que la situación en La Plata se tornaba insostenible. Adrián cuenta que su madre, Nelida Koifman, llamó a su hermana Olga –la mamá de Claudio– y le propuso que lo enviara a su casa en el gran Buenos Aires. La idea era alejarlo de una ciudad donde la represión de los grupos parapoliciales y de las fuerzas militares se hacía cada vez más evidente.
“Mandámelo para acá. En La Plata ya no se puede estar”, recuerda Adrián que decía su madre. Pero Claudio decidió quedarse. “Yo no voy a abandonar a mis compañeros”, era su respuesta.
Para Adrián, esa decisión adquiere otra dimensión con el paso del tiempo. No puede aventurar qué habría ocurrido si Claudio hubiera aceptado irse, ni tampoco si la represión lo habría alcanzado de todos modos en otro lugar. Pero sí considera que su negativa estuvo relacionada con su compromiso político. “Fue una elección que hizo Claudio de seguir en La Plata y no abandonar a sus compañeros”, señala.
Claudio de Acha, a los 14 o 15 años, según la foto del álbum familiar
Secuestro en La Loma
La madrugada del 16 de septiembre de 1976, Claudio estaba en su casa del barrio La Loma, en diagonal 73 entre 20 y 21 junto a sus padres, Ignacio y Olga, y sus dos hermanos menores, Sonia y Pablo.
Cerca de las 2 de la madrugada, un grupo de hombres armados irrumpió en la casa. El operativo fue violento: rompieron la puerta a golpes y comenzaron a revisar las habitaciones. Según el testimonio que la familia aportó posteriormente, los hombres preguntaban por armas, libros y otros elementos. “¿Dónde están las armas? ¿Dónde están los libros? ¿Dónde están las cosas?”, recuerda Adrián del testimonio de su tía Olga.
Los hombres sacaron a Claudio de la cama y se lo llevaron. “Se lo llevaron empujando por un pasillo, en calzoncillos”, dice Adrián.
El pasillo que lleva a la casa de donde se llevaron a Claudio de Acha. En la vereda hay una baldosa que lo recuerda
El episodio dejó la casa completamente desordenada y a la familia en estado de shock. Antes de que se lo llevaran, Olga alcanzó a arrojarle un pantalón que tal vez haya caído dentro del baúl. Los primos dicen que un vecino declaró la prenda quedó tirada en la vereda. Esa fue la última vez que la familia lo vio y Claudio permanece desaparecido desde entonces.
La desesperación del día después
Olga no llamó inmediatamente a su hermana. Esperó a que amaneciera y alrededor de las siete de la mañana se comunicó telefónicamente con Nélida, que vivía en Boulogne e inmediatamente salió para La Plata acompañada por Adrián. Hicieron el viaje en transporte público: tren, subte y nuevamente tren.
El objetivo inicial era buscar a los dos hermanos menores de Claudio. La preocupación era doble. Por un lado, la casa había quedado destruida después del operativo. Por otro, la familia temía que los más chicos también pudieran quedar expuestos a la represión.
Cuando llegaron a La Plata, Nélida decidió que por seguridad no entrarían juntos a la casa. "Mi vieja me dejó a mí en la estación de tren: 'Quedate acá porque si nos metemos todos en la ratonera, no sale nadie'", recuerda que le dijo. Adrián permaneció en la estación durante varias horas.
Después decidió acercarse caminando hasta la casa y cuando estaba por llegar se encontró con su tío, el papá de Claudio. Fue breve, casi no se miraron. “Rajá, pibe. Rajá. Andate de vuelta para la estación que tu vieja ya va”, le dijo. Un rato después Nélida. Venía con los dos chicos y tomaron el tren para volver a Boulogne.
Adrián D'Aloisio, recordando a su primo Claudio de Acha
AGLP
La búsqueda y la resignación
Durante los meses siguientes, la familia recorrió distintos lugares en busca de información. Hubo presentaciones judiciales, pedidos de habeas corpus y consultas en comisarías y dependencias militares. Entre los lugares a los que acudieron estuvieron la Comisaría Quinta –donde operaba un centro clandestino de detención–, la Comisaría Primera y el Regimiento 7, además de distintas oficinas de la administración provincial y de la Justicia.
Olga y Nélida también intentaron entrevistarse con el jefe policial Ramón Camps. No fueron recibidas directamente por él. En una de esas gestiones apareció monseñor Antonio Plaza. Según recuerda Adrián del relato de su madre y su tía, la respuesta que recibió fue insoportable: "No lo busque más, señora". Olga reaccionó con desesperación. Nélida tuvo que intervenir para sacarla del lugar. "Rajemos de acá porque nos van a meter a nosotros también", le dijo.
Olga Koifman, la mamá de Claudio de Acha, declarando en el Juicio a la Juntas
La búsqueda continuó durante años. En 1978, la familia de Claudio decidió exiliarse en Suecia. Olga, Ignacio y los hijos menores salieron del país por la frontera con Brasil y llegaron a Estocolmo como refugiados políticos. Desde entonces, la familia quedó dividida entre el exilio y la búsqueda.
La tarea de mantener el reclamo en la Argentina quedó en buena medida en manos de Nélida, la madre de Adrián. Presentó una denuncia ante la Conadep y junto a su hermana también declaró en el Juicio a las Juntas, en 1985.
Nélida Koifman, la mamá de Adrián y tía de Claudio de Acha, durante un acto en La Plata. En la foto aparecen Nora Cortiñas, Marta Ungaro y Pablo Díaz
El nombre detrás de la ausencia
Cincuenta años después, Adrián continúa hablando de Claudio desde un lugar que busca recuperar algo más que su condición de víctima. Cuando participa de las marchas del 24 de marzo o del 16 de septiembre, suele llevar escrito quién era su primo: qué le gustaba, qué leía, qué música escuchaba.
Para él, esa reconstrucción es una forma de mantener presente al adolescente que era antes del secuestro. Al pibe tímido que le gustaba leer más que a nadie y que antes que muchos de sus pares, comenzó a interesarse por lo que ocurría en el mundo y a involucrarse políticamente.
La imagen más conocida de Claudio de Acha
Desde entonces, para su primo Adrián, recordar a Claudio implica también insistir en todo aquello que existió antes de la desaparición. Pero la vigencia de aquella militancia también lo enorgullece y cada 16 de septiembre, más allá de la tristeza del dolor, le aflora la esperanza. "Significa que no nos han vencido", dice al borde de la emoción.