miércoles 16 de septiembre de 2026
PORTADA MARÍA CLARA CIOCCHINI
Exilio interno y desaparición

La historia de María Clara Ciocchini, de la militancia en Bahía Blanca a su secuestro en La Plata

Claudia Ciocchini recuerda a su hermana María Clara. Una adolescencia compartida, la persecución, el exilio y una ausencia que nunca termina de cerrarse.

--:--

Pasaron 50 años desde la Noche de los Lápices, pero para Claudia el tiempo no funciona como un manto que aleja la tragedia familiar por la desaparición de su hermana María Clara Ciocchini. Hay momentos en que la memoria se resiste como una autodefensa para seguir adelante y otros, como los días previos al 16 de septiembre, en que los recuerdos vuelven a emerger entre la tristeza y la esperanza por el legado.

En la madrugada de aquel 16 de septiembre una patota de seis o siete hombres irrumpió en el sexto piso de la calle 56 Nº 586, entre 6 y 7, en pleno centro de La Plata. Fue una de las primeras de varias paradas en distintos puntos de la ciudad en que se llevaron a estudiantes secundarios que militaban en espacios políticos.

Lee además

María Clara, quien por entonces tenía de 17 años, estaba en la casa de una tía de otra joven, Claudia Falcone . Ambas fueron arrancadas con violencia y subidas un camión del ejército para desaparecerlas en el circuito clandestino de detención y torturas que la dictadura había armado en la región.

“La tenés presente siempre, no es que es sólo cuando llega septiembre”, dice Claudia al hablar de su hermana menor. Por aquel entonces ella tenía 21 años y también militaba. Lo que cambia con la llegada de un un nuevo aniversario es la intensidad y las sensaciones encontradas. “La gran movilización que hay todos los años te da esperanza, pero por otro lado es como volver a revivir todos esos años y todas esas cosas que sufrimos que hacen que nunca termine de cerrar”.

El rostro de María Clara Ciocchini en una de las últimas marchas en La Plata

El rostro de María Clara Ciocchini en una de las últimas marchas en La Plata

La vida en Bahía Blanca

Claudia bucea en los recuerdos que tiene de María Clara antes de que su rostro quedara asociado para siempre a los carteles y a las marchas por las calles de La Plata. En la intimidad de una familia de cuatro hermanas, cuando todavía era posible pensar la adolescencia como un territorio de juegos, canciones y discusiones propias de la edad. Pero también en un compromiso político que crecía.

La pequeña María Clara Ciocchini, la menor de las cuatro hermanas

La pequeña María Clara Ciocchini, la menor de las cuatro hermanas

“Ella era la más chica, la más extrovertida. De las cuatro, la más caradura”, cuenta Claudia. “Generalmente alegre. Siempre le gustaba mucho tocar la guitarra, aprendió a tocar y le gustaba cantar”, dice y recuerda que Rasguña las piedras, la canción de Sui Géneris que aparece en la película La noche de los lápices, era su favorita.

Las cuatro hermanas Ciocchini en tiempos de infancia, con su mamá Elda

Las cuatro hermanas Ciocchini en tiempos de infancia, con su mamá Elda

La historia familiar había empezado en La Plata, donde con diferencia de dos años nacieron las hijas mayores de Héctor Ciocchini y Elda Suárez. Las mellizas Claudia y Ana Inés primero y María Eugenia, después. Pero siguió en Bahía Blanca, a donde la familia se mudó por el trabajo del padre, en la Universidad Nacional del Sur.

Allí nació María Clara y con las tres hermanas mayores crecieron atravesadas por una experiencia que, con el tiempo, las llevaría de los grupos cristianos del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo a la militancia política en el peronismo.

María Eugenia parada, Claudia a la izquierda, Ana Inés a la derecha y María Clara sobre las piernas de su mamá

María Eugenia parada, Claudia a la izquierda, Ana Inés a la derecha y María Clara sobre las piernas de su mamá

La militancia de las hermanas Ciocchini

Claudia recuerda especialmente al sacerdote José “Pepe” Zamorano Ocaña y las actividades que realizaban desde la Juventud Estudiantil Católica y, luego, la Juventud Universitaria Católica. La participación comenzó ligada a las escuelas, a los grupos de jóvenes y a las actividades en los barrios. Pero, poco a poco, aquellas discusiones sobre el compromiso cristiano fueron tomando otra dimensión.

“La idea era que para poder transformar el mundo en un lugar mejor, más justo, era necesario un compromiso político”, explica Claudia recordando aquella época. Y esa conciencia, dice, “surgió de las reflexiones de los grupos cristianos”. La militancia política llegó casi al mismo tiempo y las hermanas comenzaron a vincularse con el peronismo. María Clara, que todavía era estudiante secundaria y empezó a participar cada vez más.

Las hermanas Ciocchini. Arriba Claudia y Ana Inés, abajo María Eugenia y María Claudia

Las hermanas Ciocchini. Arriba Claudia y Ana Inés, abajo María Eugenia y María Claudia

Claudia, mientras tanto, estudiaba Letras en la Universidad Nacional del Sur. “Pero los años universitarios fueron breves. Para mediados de los 70, la violencia política ya formaba parte de la vida cotidiana en Bahía Blanca”, recuerda.

La militancia política llegó casi al mismo tiempo que con la participación en los grupos cristianos y las hermanas comenzaron a vincularse con el peronismo

La persecución en Bahía Blanca

“La Triple A y los militares comenzaron a ocupar cada vez más espacios. En la universidad había persecución y amenazas permanentes –recuerda Claudia–, y la persecución podía llegar por cualquier lado. Una persona podía cruzarse con alguien que conocía a su familia, reconocerla en un acto, identificarla por su militancia. Era fácil que te marcaran”, resume.

En ese contexto, la familia comenzó a desarmarse. Primero llegaron los allanamientos. Una de las veces, las fuerzas de seguridad fueron a la casa familiar buscando a las hermanas, pero solo estaban sus padres. “Preguntaron por María Clara y se llevaron libros”, recuerda Claudia.

María Clara, la primera de la foto

María Clara, la primera de la foto

Corrían los últimos meses de 1975 y para entonces la situación ya era insostenible. La familia decidió que las hermanas volvieran a La Plata, donde estaba la red familiar: abuelos, tíos, primos. Era una ciudad conocida, un lugar al que habían ido toda la vida durante las vacaciones.

La casa de los abuelos estaba en 65 entre 10 y 11, cerca del Parque Saavedra. Para Claudia era, además, una casa de infancia. “Esa es la casa donde yo nací”, recuerda y señala que ahora allí hay un edificio de departamentos. Sin embargo, la casa que al principio fue un refugio, también terminó convertida en un lugar peligroso.

Desaparición, angustia y exilio

En La Plata las hermanas tampoco pudieron permanecer juntas demasiado tiempo. La militancia continuaba, pero las condiciones de seguridad cambiaban rápidamente. La casa de los abuelos había empezado a funcionar como lugar de encuentro para compañeros y, cuando comenzaron a registrarse los primeros secuestros, dejó de ser segura.

“Ahí nos separamos un poco, más que nada por una cuestión de seguridad”, recuerda Claudia. Cada hermana quedó en un lugar distinto. Mientras María Clara se refugiaba con Falcone, Claudia estaba en otro sitio. Ana Inés se había ido a Mar del Plata y María Eugenia también había quedado por fuera de ese núcleo familiar.

La sonrisa de María Claudia Ciocchini

La sonrisa de María Claudia Ciocchini

Claudia recibió la noticia de la desaparición de María Clara durante uno de los controles de seguridad que realizaban entre militantes. Las reuniones eran cada vez menos frecuentes. Ya no se trataba de encontrarse tranquilamente en un lugar, sino de comprobar que los demás estuvieran bien y que nadie hubiera sido detenido, dice y describe esas citas que muchas veces se limitaban a un saludo a la distancia.

“En uno de esos controles me avisaron que a Clara la habían llevado y yo fui la que tuvo que ir a avisarle a mi mamá”, recuerda con dolor. “Fue horrible”, dice. En los primeros días todavía existía una ilusión. En medio del terror, todavía podían imaginar que María Clara estaba detenida en algún lugar, que aparecería, que podrían saber dónde estaba, que quizás podrían encontrarla.

Pero uno de los mayores dolores de Claudia era no poder acompañar a su madre en la búsqueda. Su propio apellido la convertía en un blanco. “Muchas veces yo no he tenido ni siquiera dónde estar ni dónde ir a dormir, porque o caía una casa o caía otra y entonces no sabías dónde meterte”, recuerda Claudia de esos días al límite en los que la clandestinidad ya no era una elección, sino una forma de supervivencia.

No tenía posibilidades de acompañar a mi mamá para buscar a María Clara. Porque si lo hacía me agarraba a mi No tenía posibilidades de acompañar a mi mamá para buscar a María Clara. Porque si lo hacía me agarraba a mi

El desenlace para las hermanas de María Clara fue el exilio. No fue una decisión tomada en un contexto de tranquilidad, sino una forma desesperada de su mamá de proteger a las hijas que todavía estaban vivas. “Para estar más tranquila”, les dijo. Y para poder concentrarse en la búsqueda sin tener que preocuparse por lo que pudiera ocurrirles a las otras.

Claudia se exilió en España junto con su hermana María Eugenia. Se quedó allí ocho años y volvió recién cuando ya había retornado la democracia. Mientras tanto, en La Plata, su madre mantuvo contacto con otros familiares de desaparecidos. Su padre recurrió incluso a antiguos conocidos del Liceo Naval, donde había trabajado muchos años antes, para intentar averiguar algo sobre María Clara. No consiguió respuestas y solo perdió mucho dinero que le pedían por información falsa.

Una ausencia permanente

Al regresar al país, Claudia se encontró con un país cambiado, pero una ausencia que seguía intacta. También ella había cambiado por todo lo ocurrido.

Había atravesado el exilio, había perdido a su hermana y los recuerdos y los olvidos también se convirtieron en armas de defensa "para no perder la cordura". "La desaparición de una hermana es algo que se tiene ahí, siempre presente, pero a un costado", dice Claudia medio siglo después. "No significa olvidar. Significa poder seguir viviendo", resume.

La imagen más conocida de María Clara Ciocchini, que aparece en carteles y banderas en las marchas de La Noche de los Lápices

La imagen más conocida de María Clara Ciocchini, que aparece en carteles y banderas en las marchas de La Noche de los Lápices

El mes de septiembre siempre es diferente. El rostro de María Clara vuelve a aparecer multiplicado en las banderas, carteles, murales, actos y marchas. Y Claudia vuelve a atravesar esos días con una mezcla difícil de explicar.

El año pasado, cuenta, después de participar del acto necesitó varios días para recuperarse. “Yo quedo más o menos, no sé si es mucha tristeza, pero necesito días de recuperación”.

Claudia Ciocchini en la actualidad, recordando a su hermana María Clara

Claudia Ciocchini en la actualidad, recordando a su hermana María Clara

Pero también son momentos de esperanza con la juventud y emoción por el legado de aquellos adolescentes militantes. “Me llena de emoción y de mucha esperanza”, dice. Porque mientras observa lo que ocurre con la política en el presente, Claudia vuelve a aquella idea que había acompañado a las hermanas. “Hay esperanza de que ese mundo mejor y más justo con el que soñamos todavía pueda ser posible”, dice.

Hay esperanza de que ese mundo mejor y más justo con el que soñamos todavía pueda ser posible Hay esperanza de que ese mundo mejor y más justo con el que soñamos todavía pueda ser posible

Pasaron 50 años desde que María Clara fue arrancada de su familia. Claudia pudo reconstruir una vida, volver del exilio, reencontrarse con viejos amigos y conservar amistades nacidas en aquellos años de militancia y persecución. Y hay algo que conserva de María Clara que no aparece en los archivos ni en los libros de historia. La memoria parece funcionar entonces para protegerla, seleccionando las cosas lindas para poder soportar las feas. “La tengo presente siempre”, dice. Pero enseguida explica que, para sobrevivir, uno elige qué parte de esa presencia sostener.

Los rostros de los estudiantes desaparecidos en La Noche de los Lápices, levantados por los jóvenes de hoy

Los rostros de los estudiantes desaparecidos en La Noche de los Lápices, levantados por los jóvenes de hoy

Su conclusión es que no hay una fecha que clausure la historia. Con septiembre vuelven María Clara, los carteles, las marchas, la tristeza, los recuerdos de la casa de la calle 65, las cuatro hermanas, Bahía Blanca, la militancia, el miedo, el exilio.

Y también vuelve aquella adolescente que Claudia se niega a dejar reducida a esa fotografía con la que se para frente a la cámara para volver a recordarla. La que cantaba, la que tocaba la guitarra, la más chica de la familia. La hermana que, 50 años después, todavía sigue ahí.

También te puede interesar

Dejá tu comentario

Te puede interesar