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Es docente de la UNLP, quedó cuadripléjico cuando trabajaba de guardavidas y apunta al recorte en discapacidad

Federico Langard trabaja en la UNLP y quedó inmovilizado de por vida tras un accidente. Logró reinventarse y hoy reflexiona sobre el ajuste en discapacidad.

Federico Langard trabajaba como guardavidas e investigador en el Conicet cuando quedó cuadripléjico por un accidente en La Plata. Con mucho esfuerzo pudo rehacer su vida. Ahora, maneja su auto para ir a dar clases a la UNLP, participa en competencias de tenis de mesa y pasa los veranos nadando en la pileta de su casa. A 17 años del accidente que lo dejó en silla de ruedas y consciente de sus privilegios, Federico reflexiona sobre las políticas en discapacidad del gobierno nacional: "El recorte de Javier Milei es perverso".

Su vida está marcada por dos accidentes. El primero ocurrió un mediodía de 2004, tenía 28 años e iba con su bicicleta por el Camino Centenario cuando un remis se lo llevó puesto. Voló por encima del techo y se estampó contra el asfalto. Aturdido, abrió los ojos y observó que su pierna izquierda era carne viva. Se le había "explotado el gemelo". De pronto, empezó a experimentar un frío y una sed inusual. Se estaba desangrando y no aparecía ninguna ambulancia. Una oficial de la Policía se acercó para tranquilizarlo. Él esperaba centrado, con resignación, que llegue la hora: "No queda mucho tiempo, no te preocupes, ya está", le contestó a la mujer. 45 minutos después del choque, lo trasladaron al hospital, permaneció un mes internado, le quitaron un músculo de la espalda y se lo injertaron en su pierna. Al año siguiente, volvió a jugar al fútbol con sus amigos, a trabajar como guardavidas y se recibió de Licenciado en Geografía.

El 26 de diciembre del 2008, Federico se tiró de cabeza en la pileta de su casa y se rompió el cuello. Se fracturó la quinta y la sexta vértebra cervical. Esa vez tampoco lo desmayó el golpe. "Ahora sí, la cagué", pensó al darse cuenta que no le respondía ninguna parte del cuerpo. Quedó paralizado en el fondo del agua. No sintió dolor. Su novia, Etelvina, evitó que se ahogara. Lo rescató, lo dejó recostado sobre las escaleras y fue a buscar la ayuda de unos vecinos. Unos médicos del barrio lo vieron antes de que llegara la ambulancia y se dieron cuenta que la médula estaba arruinada. Cuando llegó al Hospital San Roque de Gonnet le preguntaron: "¿Vos no estuviste acá antes?", recordando el accidente anterior.

En ese momento nunca nadie le dijo que no iba a volver a caminar. De hecho, todavía nadie se lo dijo concretamente. A él le va cayendo la ficha día a día.

Federico Langard - discapacidad (4)

Federico Langard tiene 49 años y vive en City Bell, en la misma casa donde se accidentó y quedó cuadripléjico

Hoy Langard tiene 49 años y una lesión de médula ósea incompleta. Con el tiempo recuperó la movilidad de la cabeza y los brazos y parcialmente de las manos. Ahora, se maneja por sus propios medios. Va a la facultad a dar clases manejando su auto, visita amigos, practica deportes.

—Estando en silla a veces entro a un consultorio y la secretaria dice: "Sí, tomá asiento, ya te van a atender". Yo siempre les contesto: “¡Vos me estás jodiendo! ¿Cómo 'tomá asiento'?”— cuenta, divertido, en diálogo con 0221.com.ar. —La gente empieza a transpirar, “disculpame”, me dicen. “Es un chiste, es broma”, les aclaro. A mis amigos los he hartado con los chistes, no hacen efecto ya. Ellos me lo hacen a mí también, son tan hijos de puta como yo.

Docencia, deporte y dos accidentes que le cambiaron la vida

—¿Estás trabajando en la Universidad Nacional de La Plata?

—Sí. Hoy estoy de licencia por una quebradura, no me estoy subiendo al auto, tengo quebrado el fémur. Vengo de una tendinitis muy fuerte del hombro, que me complicó los pasajes: pasarme de la silla al inodoro, a la cama. Medio que lo subestimé, me caí y me lastimé. En abril, me quedé encajado en el barro. Llovía muchísimo y fui a parar ahí, al patio, y cuando quise salir no pude. Estuve dos horas ahí, haciendo fuerza para salir. Ahí me terminé de lesionar el manguito rotador.

—¿Cómo empezó tu vínculo con la natación?

—Empecé a nadar a los 14. Mi viejo fue subcampeón nacional de mariposa en Estudiantes. Él me inculcó: "La pileta es para nadar, no para boludear". Empecé a nadar en Estudiantes, jamás en equipo ni con profesor, si no libre. Aprendí mirando, no sé si bien, era rápido. Competí, muy amateur, postas y esas cosas que se hacen. Pero no era mi intención ser olímpico. Empecé a los 14 años y nadé hasta que me rompí el cuello.

Empecé a los 14 años y nadé hasta que me rompí el cuello Empecé a los 14 años y nadé hasta que me rompí el cuello

—¿Cómo fue el primer accidente que tuviste?

—Tenía 28 años. Me enganchó un remisero que pinchó una goma y se le fue el auto. Me atropelló, le rompí el farol con la pierna izquierda. Eran de vidrio antes, ahora no pueden ser más de vidrio por esto mismo. Me arrancó el gemelo y me pasó por arriba del techo. Estaba consciente cuando aparecí en el asfalto, pero no sentí nada de eso. Salvo en el hospital, cuando una residente me quiso sacar la media, ahí le dije, "no, no, cortala, cortala". Perdí la mitad de la sangre. El Hospital San Roque, que estaba ahí nomás, no tenía ambulancia disponible.

—¿Tirado en la calle te estabas desangrando, eras consciente de que te estabas muriendo?

—Es como que el tiempo se detiene y la ves pasar. Te vas. Básicamente, te estás yendo. Estaba teniendo mucha sed y frío. Estando en la ambulancia, les pedí agua y me dijeron: "No te podemos dar nada porque te tienen que revisar que no tengas los órganos rotos adentro también". Me acuerdo cuando pararon el tránsito, se acercó una policía. Tiempo después esa misma mujer me vino a visitar al hospital y me dice: "Yo no puedo creer lo centrado que estabas, no puteaste, nada".

Federico Langard - discapacidad (5)

Federico es licenciado en Geografía, recibido en la UNLP y actualmente da clases en la facultad de Humanidades

—¿Pensabas que podías recuperarte?

—Fue más fácil de lo que me esperaba. Me llevan al hospital, estoy un mes, se me pudre (el gemelo), me lo reinjertan, porque queda colgando. Me miraba y decía: "Esto es un sueño, no puede estar pasando". Me acuerdo que iba con mi pareja al parque San Martín, veía a unos pibes jugar al fútbol y decía: "Yo quiero volver a jugar”. Hice la rehabilitación en un gimnasio, con un profesor de educación física que era amigo de mi viejo, Carlos Dalto.

—¿Pudiste volver a hacer deporte con normalidad?

—Si. Volví a jugar al fútbol, volví a trabajar de guardavidas. Me gustaba salir a correr por el barrio. No tenía entrenamiento, era por iniciativa propia, siempre amateur, muy autodidacta. Lo que pasa es que se hace una obsesión, hay semanas que llueven todos los días, esas semanas caminas por las paredes. Cuando estás acostumbrado a salir día por medio o cada dos días a correr te falta eso y es como que te falta el aire, decís "¿qué hago?", te ponés a hacer flexiones. Estás pensando en comprarte una cinta (se ríe).

—¿Qué recordás del accidente en la pileta?

—Fue en 2008, era diciembre, hacía calor. Yo estaba laburando en casa. Tenía que hacer unas entregas antes de irme, se las tenía que mandar al director de becas del Conicet. Etelvina estaba en la pile y me dice: "Vení, dejá de joder con laburar". Y bueno, agarré las patas de rana, porque tenés que entrenar un poco con las patas de rana para usarlas en el mar, como guardavidas. La pileta no estaba llena del todo. Me tiro sin poner los brazos adelante, porque tenía las patas de rana en la mano. Fue exceso de confianza, de decir "yo puedo hacer lo que quiera, el agua es mi ámbito". Si no estaba Etelvina en la pileta quedó ahí, porque quedé boca abajo y sin moverme.

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El accidente que lo dejó cuadripléjico ocurrió en la pileta de su casa en City Bell

—¿Qué sentiste en aquella oportunidad?

—Se te paraliza todo el cuerpo y no tenés dolor. No hay sensación. Igual, tengo el umbral medio alto del dolor.

—¿Y cómo fueron esas primeras horas?

—Voy primero al San Roque. Uno de los médicos me dice: "¿Vos no estuviste acá ya?". Se acordaba. Me meten en un tomógrafo y me mandan a Ipensa. La primera operación no sale bien y me tienen que volver a operar para ponerme una placa de titanio. Me habían operado con huesos de la cadera, así que me vuelven a operar y estoy en terapia intensiva mucho tiempo. Me agarra una neumonía por la que casi no la cuento tampoco. No la pegaban con el antibiótico.

—¿Ahí también fuiste consciente de lo que pasaba?

—Consciencia tenía, pero tenía muy alta la fiebre. Deliraba. Me acuerdo los sueños y las alucinaciones. Era como que estaba en un hospital de enanos, eran todos gnomos que me atendían, que estaban detrás de unas tablas, se escondían. Y yo me decía, "me saco el suero, yo me voy a ir de acá".

—¿Cómo fue el proceso de rehabilitación?

—A mi nunca me dijeron que no iba a volver a caminar. El neurocirujano que me fue a visitar no me dijo: "Mirá, no vas a volver a caminar". No me entero nunca directamente. Lo voy comprendiendo de a poco. No hay nadie que te diga "te tocaste la médula, ya está". Cuando voy al (Instituto) Fleni, lo que me dicen es: "Lo que recuperás los primeros siete meses es todo lo que vas a recuperar". Recuperé el dedo índice de la mano derecha, por manejar el mouse. Brazos no tenía. La mía es una lesión de médula incompleta. Ahora muevo brazos, cabeza y hasta acá (pectorales), no tengo tronco, hasta las tetas digamos.

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Langard atravesó tres situaciones que lo dejaron al borde de la muerte

La motosierra en educación y discapacidad

Federico es docente universitario y su trayectoria está ligada a la economía. Estudió un año en la facultad de Ciencias Económicas de la UNLP pero dejó de cursar por diferencias ideológicas. Se decidió, después, por estudiar Geografía en Humanidades y se entusiasmó. Hizo un camino en la investigación y en la docencia. Se especializó en Geografía Económica.

Por su historia, el congelamiento en el presupuesto educativo y en el recorte por discapacidad lo interpelan directamente. "Hay una crueldad, una deshumanización muy grande. Es el exterminio del otro, del que es distinto, del discapacitado, hasta del extranjero o del que es pobre", dice Langard.

Es el exterminio del otro, del que es distinto, del discapacitado, hasta del extranjero o del que es pobre Es el exterminio del otro, del que es distinto, del discapacitado, hasta del extranjero o del que es pobre

"Hay una planificación de la pobreza. Esto que le han dicho a Milei de que 'la gente se está muriendo de hambre' y él dice: 'no se ven en la calle los muertos', pareciera que es lo que están buscando", reflexiona el docente de la UNLP.

“Es muy difícil estar en silla de ruedas y no tener obra social. Si no tuviese IOMA ya tendría que haber vendido la casa", cuenta Langard consciente de sus ventajas comparativas para afrontar la recuperación, y afirma que "el recorte es perverso". "Es una perversión. Por ahí no te sacan la pensión, pero si no te la actualizan por inflación es lo mismo. Es la licuadora de este muchacho”.

Es muy difícil estar en silla de ruedas y no tener obra social. Si no tuviese IOMA ya tendría que haber vendido la casa Es muy difícil estar en silla de ruedas y no tener obra social. Si no tuviese IOMA ya tendría que haber vendido la casa

En cuanto a la crisis del sistema educativo, Langard es algo más optimista. “Espero que esto más tarde o más temprano se termine, pero que no se termine con muertos. La situación universitaria como gran parte del país está mal. No es que lo público está mal y lo privado está bárbaro. Está todo muy caído. Soy optimista en que esto tenga un rebote hacia otro lado. Que la cosa cambie para bien”.

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Federico trabaja en la Facultad de Humanidades de la UNLP como profesor de Geografía Económica

La recuperación de Federico Langard

Siete años después del accidente en la pileta Federico empezó a entrenar tenis de mesa en el Club Libertad (51 entre 16 y 17), un espacio de desarrollo para personas con discapacidad. Antes del accidente era un apasionado del ping-pong. Practicarlo nuevamente le resultó sencillo.

Se involucró a tal punto que compitió en torneos internacionales en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard). Además, es parte de la comisión directiva de la Federación Argentina de Tenis de Mesa Adaptada (Fetema). “Lo que tiene de bueno el tenis de mesa es que no tiene ningún tipo de adaptación, yo me tengo que atar la paleta, porque no agarro. Me encantaba antes el ping pong”, dice Federico.

“Aparte, me abrió muchas puertas estar en contacto con otras personas en silla de ruedas y charlar sobre la cotidianeidad, te abre el mundo los que otros van abriendo. Por ejemplo, ellos me dijeron que en mi condición podía manejar”, cuenta.

Federico Langard

Federico Langard en acción, en un torneo de tenis de mesa, con la paleta atada a su mano

En esta nueva etapa, la natación continúa siendo una parte importante de su vida. "Hoy viene un chico que limpia la pileta y en verano la uso. Lo programo, pero trato de hacer tres veces por semana. Tengo estilos propios, que los voy a hacer olímpicos, voy y vengo, como una ameba", dice entre risas.

A pesar de los golpes, Langard valora su vida sin resignación. Tiene motivos para seguir adelante. "Es raro, tengo una capacidad, no se si es buena o es mala, de adaptarme a lo que me toca. Es medio la cultura judeocristiana. 'Es lo que te tocó, no jodas'", piensa.

Tengo una capacidad, no se si es buena o es mala, de adaptarme a lo que me toca Tengo una capacidad, no se si es buena o es mala, de adaptarme a lo que me toca

"Creo que también tengo muchísimo. Tengo muchísimas cosas que me permiten estar bien. Valoro el perro galgo —dice y señala a su mascota—. Tengo cosas que me permiten seguir adelante sin cuestionarme demasiado.

"A mi nunca me dijeron que no iba a volver a caminar. Lo voy comprendiendo de a poco", repite la idea Largard. "No tengo movilidad total de la mano y puteo a la mañana cuando se me cae el cepillo de dientes. Si en algún momento lo veo a Dios, algo le voy a decir. Porque las manos son fundamentales, alguna le voy a tirar", cierra y vuelve a reír.

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