domingo 07 de junio de 2026
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Un pacman en el Savoy

Un pacman en el Savoy: el mito de Aníbal, entre burros, pizzerías y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

Muchos platenses conocieron "Lo de Aníbal", como se llamó a su pizzería céntrica, o antes el Savoy, su supermercado cerca de Plaza Italia. Pero pocos que el Indio Solari le habría dedicado un tema.

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—¡Largaron! ¡Primer turno!

Pipi entra al negocio. La tele está encendida, con el volumen bajo y clavada en Crónica TV. Saluda enérgico como cada día, pero no hay respuesta.

Detrás del mostrador, Aníbal Bartolomé, en silencio y con las pupilas dilatadas, mira fijo la pantalla por encima del marco de los anteojos. Es una habitual expresión de su rostro. Las puertas de la gatera del hipódromo de Palermo aún zigzaguean cuando el 3 gana posición sobre el 5 y el 8 va a la vanguardia en los 400 metros.

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Al minuto y veinticinco segundos, una purasangre castaña cruza el disco y, en segundos, la pista se disuelve.

Aníbal se acomoda los anteojos sobre los ojos celestes. Por primera vez mira al cliente y le sonríe:

—Buen día, pibe. ¿Qué vas a llevar?

Es el año noventa y pico. Aníbal acaba de despedirse del supermercado Savoy, el motor que le valió sostener la familia, alimentar sus caballos y darle cuerda a la adicción. Fueron veinte años de una dimensión a la que cualquiera podía entrar empujando la puerta de Diagonal 77 N°530, a mano izquierda, llegando a Plaza Italia.

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Retrato de Aníbal, detrás del mostrador.

Retrato de Aníbal, detrás del mostrador.

Primero lo trasladó a la esquina. Después, lo que venía agrietado terminó de romperse. Abrió ese local pequeño en la misma cuadra: un híbrido que despacha empanadas, pan y facturas en un espacio pequeño. Es transitorio, lo sabe. No, no es lo que supo ser, pero funciona y necesita que funcione. Siempre fue hábil con los negocios, que nadie diga otra cosa, sólo que a veces la vida se cruza de carril. Y acá está: sin la inmensa cola que se formaba en la caja, sin empleados, sin proveedores, sin esposa, sin hijos.

Quedan algunos clientes fieles, como Pipi, los viejos amigos del hipódromo, el Tribilin de la hinchada del Lobo al que cada tanto sigue dejando dormir en el local. La gente es buena y siempre banca. La suerte es otra cosa, quizá más ingrata.

Aníbal decía que el Indio Solari solía caer al Savoy con el resto de los Redondos, tipos de siempre, de la Plaza y del barrio, que cortaban los ensayos de Diagonal 74 y 48 o se pegaban un pique en los intervalos de los recitales que daban en Candombe, la Arquería o el teatro Lozano.

Decía, a los que querían saber, que el Míster a veces se quedaba mirándolo atender, inmutable frente a la cola desbordada. Otras veces, charlaban un rato.

—Che, ¿vos trabajás para jugar?

—Y sí… a veces gano, a veces pierdo. Como todo jugador.

Ahora había perdido, y el Savoy era apenas una sombra en su memoria

Finoli, el Savoy

Adentro, una pared azul con la palabra Savoy escrita en letras blancas; las góndolas cargadas de mercadería y otros bártulos salvadores de menesteres cotidianos; una buena sección de bebidas a precio amigo, muchas cubiertas con polvo; heladeras austeras que tenían lo necesario; y una única caja con la misma foto, donde estaba Aníbal inquebrantable. Un tipo alto, con rasgos europeos, que llevaba un delantal celeste bien planchado, en composé con sus ojos y las canas rubias que ya entonces le cubrían la cabeza. A finales de los ´80, los billetes no valían nada: Aníbal los acomodaba, sin perder el control y a gran velocidad bajo la registradora, mientras pasaban las dos filas que armaba para cobrar de un lado y de otro.

Era el supermercado del barrio, donde los pibes chicos caían a comprar con la libreta de fiado que Aníbal le daba a los vecinos; de las señoras “bien” de las cuadras aledañas, que iban cuando no quedaba otra; pero también el de Plaza Italia y sus “nadies”, donde todo un mundillo de laburantes, desvalidos y lúmpenes confluía a mostrar las grietas de una ciudad quizá entonces aún más pretenciosa.

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Fina estampa de un viejo comerciante.

Fina estampa de un viejo comerciante.

En esas épocas, había empezado a funcionar la feria, conocida como la feria de hippies, fundada por el Mono Cohen y un grupo nutrido de artesanos. Los fines de semana, la plaza era el punto de encuentro de artistas, familias que iban a pasar la tarde y a recorrer los puestos y un imán para personajes como el Negro José Luis, la mítica Bestia Pop, líder de la barrabrava de Gimnasia, que metía miedo y encanto en iguales proporciones. Había también otros personajes. Fue la época de Johnny el muerto, un rocker formidable, con los dedos repletos de anillos grandes que juraba: “Johnny banca y pega” y que cargaba el único orgullo de saberse dibujado en un portón oxidado. También estaba el Chino Peronista, un tipo de la calle que se quedaba dormido en las veredas arropado por el alcohol y que los días de votación aparecía bañado y perfumado con documento en mano para ir a las urnas. Aníbal hablaba de todo y con todos.

De día y durante la semana, la vereda era un hormiguero de laburantes, tipos trajeados, estudiantes, niños, hippies, gente rota con y sin rumbo. Cerca de la terminal, cerca de la estación de trenes, cerca de la zona bancaria y administrativa. Rodeada de las paradas de los micros urbanos y de la Estrella Azul, la empresa que viajaba a Capital. En el filo de un barrio de clase media que siempre miró de reojo y con cierto recelo la posibilidad de que los límites se corrieran. El Savoy coexistía en tándem con ese escenario: lo roto para los descocidos.

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Almorzando con su hermano, siempre en bodegones de la ciudad.

Almorzando con su hermano, siempre en bodegones de la ciudad.

El supermercado siempre estaba abierto, aunque no era un 24 horas, sólo sucedía, como si se tratara de un error fortuito del tiempo, o de una buena racha de azar. Y si por esos infortunios las luces apagadas indicaban lo contrario, bastaba con golpear la puerta o palmear y Aníbal salía a resolver: un cajón de cerveza, un whisky barato, un plato de comida tibio para los pibes con hambre que le cuidaban la espalda y a quienes tantas otras veces dejaba dormir entre las góndolas o envolvía en frazadas durante el invierno.

—Bueno, acá tienen el JB. Ahora tómenselas.

Cruzar la Diagonal 77 no era para cualquiera, permanecer mucho menos. Pero Aníbal, según los que lo conocieron, era un tipo que se sentaba a la mesa con jueces y ladrones, tenía códigos, los había aprendido y hecho cuerpo desde joven: él era la calle. Nacido en Mercedes, solía hablar con los más cercanos de una infancia muy feliz. Su padre era fanático de Independiente y le había puesto como segundo nombre Arsenio, en honor a Arsenio Erico, gloria y goleador del Rojo. Y aunque heredó de él la pasión por el fútbol, se hizo pincharrata, quizá a uno de los pocos que la hinchada de Gimnasia respetaba y quería.

Decía que el Indio Solari solía caer al Savoy con el resto de los Redondos, a charlar y comprar en el corte de los ensayos

Llegó a La Plata para estudiar en la universidad, pero eso nunca sucedió. En cambio, agudizó su talento por el póker, algo que había sembrado en la adolescencia. Trabajaba en Buenos Aires, donde comenzó a juntar cierto capital y a enamorarse de los burros. También en esa época se casó con una mujer afro descendiente, con la que construyó una familia.

Hubo una generación de pibes que creció a la vera del Savoy y la templanza de Aníbal fue una parte amable de esos derroteros de infancia y adolescencia. Pipi era del barrio, de 45 entre 5 y 6, solía ir con su padre Julio César -un bandoneonista formidable que supo acompañar a Virginia Luque, María Garay, Rubén Juárez- a comer a Las Espigas, una pizzería modesta y de dudosa higiene que quedaba al lado del Savoy, donde también laburaba Cartucho, uno de los repositores del supermercado. La mamá de Pipi era de las señoras que no compraba en el Savoy, le temía, pero todos los domingos, como un ritual clandestino, él iba con su padre a comprar la carne picada para las hamburguesas casera. Aníbal se quedaba largos ratos charlando con Julio César sobre tango y las actuaciones que veía de él en la tele.

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Aníbal con Pato Cermele, cliente asiduo.

Aníbal con Pato Cermele, cliente asiduo.

Por esa misma época, Aníbal conoció a Ignacio Urcola, el dueño de la panadería Los tres hermanos, que surtía de productos al Savoy. Todos los días, llegaba con pan de Viena, prepizzas, palitos y encontraba a Aníbal en la caja con una sonrisa cálida y una calma notable, aun cuando la cola parecía que iba a arrasarlo. Era un almacenero con un supermercado. Esa es la imagen que retuvieron sus clientes.

Fueron buenos amigos, nunca hablaban de política, pero eso jamás le impidió a Aníbal querer a alguien. En ese entonces, era un jugador empedernido, que “veía dos cucarachas caminando y apostaba cual llegaba primero a la pared”, apunta Manuel, habitué del Savoy. Sólo los burros le encendían o le opacaban la mirada. Ignacio nunca lo acompañó al hipódromo, pero conversaban sobre los caballos que le gustaban, las fijas. “Aníbal creía que el que nunca fue al hipódromo a ver ese espectáculo, no conoció la ciudad de La Plata”, dice Ignacio.

—Aníbal, te hice una canción—repetía la anécdota a propios y extraños, ese maravilloso día en que el Indio Solari, según él, le había confesado la dedicatoria en una de las tantas charlas que tuvieron juntos.

El mito empezaba a rodar en la ciudad. La letra de la canción, “Un pacman en el Savoy”, para los que frecuentaban a Aníbal Bartolomé, llevaba ineludiblemente hacia su figura, aunque ni los Redondos ni ninguna biografía nunca lo confirmarían. “Toda esa batería de risa rubia, de barrio especial/Las nuevas supersticiones, la bobera de un nuevo pac-man/Nuestro pac-man no es de nadie, pero el mono es de él/A veces gana, a veces pierde, como todo jugador”, es uno de los fragmentos que sintetizaba a ese hombre: el barrio, el juego, la risa rubia.

Un tiempo después, Los Redondos grabaron ¡Bang! ¡Bang!... Estás liquidado (1989) y empezaron a escribir una historia definitiva que los trascendió, una épica fundida a la memoria colectiva de héroes de barro, de esos que no precisan certezas.

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"Un pacman en el Savoy": el mito detrás de la canción.

El Savoy, por cierto, empezó a flaquear. Un buen día, una racha fulera lo atravesó hasta desangrarlo. Era algo que podía ocurrirle en cualquier momento. Lo supo desde aquel instante en que juntó sus pocas cosas, abrió ese negocio pequeño y lo sostuvo hasta reconocer al punto final.

—Si toca estar en el infierno, trata de caminar como si fueras la dueña —le dirá uno años después a Yolanda, su último amor.

Y así se fue caminando, a paso lento y firme, hasta dejar definitivamente Diagonal 77.

Lo de Aníbal

—Muchachos, acá está la pizza —dice Aníbal mientras apoya la tabla sobre el mantel de hule bordó flores con celeste y crema—. Tomates, aceitunas, un poco de roquefort y un poco de muzzarella.

—¡Pero, Aníbal! Si pedimos una muza, no tenemos plata para pagar esto.

—No importa, no importa, será en otro momento.

Fin de siglo, principios de los 2000. Calle 5 entre 50 y 51. En la esquina, una parada de taxis; enfrente, el locutorio del Chino Maicol, un coreano al que le gusta cantar cuando no hay nadie descargando música y películas en las computadoras. En La Plata, por aquella época, no existen cervecerías artesanales ni café de especialidad ni panaderías boutique y esa no es zona de locales de grandes marcas ni veredas prolijas ni aroma a perfuminas caras. El Pasaje Rodrigo, la primera galería comercial de La Plata, una obra arquitectónica formidable, de estilo europeo y vitrales franceses, está en ruina; lo sostiene el recuerdo de su valor histórico y las hazañas de haber alojado en su fluir creativo a los Beilinson, la Negra Poli, el Indio Solari, Pepe Fenton, Rocambole y el nieto de su fundador, Basilio Rodrigo. Polvo, escombros y algunos locales modestos. El resto, un barrio a la vera de Diagonal 80 y Casa de Gobierno: la espuma sin brillo de la ciudad plateada.

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Una mesa de amigos, en la vereda.

Una mesa de amigos, en la vereda.

Después del cierre de su supermercado, Aníbal encontró otro territorio fértil para montar su imperio despojado, un local vidriado a la calle donde colocó un cartel con letras en cursiva que dice Ruta 5: Empanadas-Confitería. Mesas muy juntas y sillas de fórmica, plástico o caño plegable, según la época; una barra blanca que sostiene un portarrollos negro de rotisería y una caja registradora en un soporte de madera. A sus espaldas, un par de estantes con botellas de whisky, un gato chino de la suerte, alguna que otra chuchería y una pared donde pegó fotos de caballos de carrera, algunas de fútbol y recortes de diario. Más adelante tendrá un poster de Messi de la final de Clubes cuando el Barcelona le ganó al Santos de Neymar, y otro de Néstor Kirchner.

Para alojar a los fieles que le siguieron la huella en el tiempo y a la nueva generación de su zona céntrica, tiene también una vereda con un par de mesas y un entrepiso al que se accede por una escalera blanca con una baranda de bronce dorada, apuntalada con hierro de las soldaduras. Y aunque todos saben que el negocio se llama Ruta 5, le dicen Lo de Aníbal. Así lo llamarán y quedará marcado para siempre, tal vez como una de las tantas leyendas urbanas de La Plata.

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Clientes habituales de Ruta 5, en la entrada de la pizzería.

Clientes habituales de Ruta 5, en la entrada de la pizzería.

Chola va seguido con la gente de su murga. Aníbal suele prepararles las mesas de arriba que no tienen mantel. Son muchos, los recibe contento, con su delantal o chaqueta celeste y una sonrisa que invita a permanecer sin restricciones. Muchas otras veces, va con Chempes, su novio de entonces, a tomar una fresca entre el bullicio que se imponen los borrachines, los señores de traje que toman whisky y miran las carreras de caballo. ¿Se apuesta en Lo de Aníbal? Nadie lo confirmará, nadie lo negará.

También hay universitarios, laburantes, tacheros, poetas, barrabravas, periodistas.

—Sí, hay lugar, cómo que no, pasen, pasen —el tono habitual en la voz de Aníbal, tan cálida como sencilla.

Es 21 de diciembre y Chola con Chempes y un grupo de amigos van a cenar a lo de Aníbal. Alguien le cuenta que los pibes se casan al otro día.

—¡Qué maravilla! —dice Aníbal con el rostro iluminado y al rato vuelve con un balde de champagne con hielo, unos vasos de vidrio grueso y un Fresita para brindar.

En Ruta 5 se come bien, abundante y barato, como un bodegón. Cocina de fonda para laburantes. Si pedís fideos, viene el plato hondo lleno, sin queso rallado, pero con un poco de muzza esparcida; los sándwiches suele hacerlos con recortes de las prepizzas: nada se desperdicia. Hay café, por supuesto, Aníbal mismo bate el Arlistan en las tazas. Ni platos, ni cubiertos, ni vasos que se parecen a otros, tenedores y cuchillos con mango de plástico, pero los clientes saben que con lo que hay alcanza. También hace delivery: Aníbal tiene de empleada a una chica trans que anda en bici con una camiseta de Estudiantes y sale con la pizza bajo el brazo.

Los sábados y domingos, desde la tarde, la gente se junta a mirar fútbol codificado en la tele. Los baños suelen colapsar y cierto tufillo a amoníaco llega hasta las mesas más cercanas. Afuera a veces se pone bravo, alguna que otra pelea en la vereda de los barras de Gimnasia que Aníbal sale a calmar, mientras se seca las manos en el delantal y todo vuelve a su curso normal.

Es la época de Pablo, un ordenanza que trabaja ahí cerca y que a modo de changa se montó una bicicleta con tubos de PVC a los que llamaba “lanzatorpederas” y en los que cuelga cervezas o vino con hielo y que vende por ahí. Aníbal es compasivo con él, pero alguna que otra vez lo hace laburar para pagar lo que consume en la pizzería.

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En la cocina, uno de sus hábitats.

En la cocina, uno de sus hábitats.

Por momentos las noches se ponen más espesas, y andan los muchachos “mandibuleando”, con las venas abultadas, sentándose en mesas ajenas a contar sus duras penas. Otras, alguien hace estallar la tele o atraviesa el vidrio, pero no pasa a mayores. Muy rara vez cae la policía a hacer razzias y todos marchan afuera menos las mesas de intelectuales, universitarios, a los que los oficiales ni siquiera parece percibir.

Lo de Aníbal: así lo llamarán y quedará marcado para siempre, tal vez como una de las tantas leyendas urbanas Lo de Aníbal: así lo llamarán y quedará marcado para siempre, tal vez como una de las tantas leyendas urbanas

A veces, casi siempre, Lo de Aníbal es sólo un lugar amable y acogedor, donde las personas van a charlar con el anfitrión, a descansar de las miradas prejuiciosas o a buscar un poco de buena suerte para nuevos proyectos. Si las juntadas no pueden hacerse en las casas, el plan b para muchos es Ruta 5, no porque la birra esté barata ni por la empanada de más que se cuela en la docena, sino porque hay algo extrañamente familiar en ese antro de “malandrines”. Es por todo eso y porque hay cierto goce con lo que pueda suceder, con la piña que detone el dominó de buenas o malas anécdotas.

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Con la Bruja Verón, en su pasión pincha.

Con la Bruja Verón, en su pasión pincha.

A la Sociología se le escapan los tipos como Aníbal, pero el escritor Juan Bautista Duizeide, que conoció bien ese mundillo roto y esplendoroso, dice: “Hay una categoría que inventó Foucault en unas charlas radiofónicas, en principio, acerca de las utopías. El término heterotopía: un lugar radicalmente otro, y que a diferencia de la utopía, que no está en ninguna parte, está en algún lugar real. Foucault decía que cada sociedad se define por las heterotopías que genera. Ahora se me ocurre que el único ejemplo en mi vida que conocí de heterotopía real era el bar de Aníbal. Regían otras reglas que no eran las de la sociedad en general, a la que, al fin y al cabo, pertenecía”.

—A ver, Aníbal, te voy a sacar una foto —le propone Pato Cermele, cliente asiduo de Ruta 5.

Es diciembre de 2011, hace dos meses Cristina Kirchner arrasó en las urnas y va por su segundo mandato. El barrio empezó a cambiar hace un par de años, el Pasaje Rodrigo fue restaurado y volvió a su esplendor de origen. En las veredas se ven macetones de cemento, plantas altas, muy bien cuidadas. Los negocios “chetos” brotaron por todos lados como cucarachas: sushi, perfumerías, ópticas de lujo, panaderías clonadas, cervecerías exclusivas y se desterraron los cibers, las ferreterías y los almacenes de la zona. Vaya a saber por qué pactos, Aníbal sostiene su limbo, un oasis lumpen en medio de lo que luego se conocería como “La Plata Soho”. Y aunque las patinadas hípicas y otros detalles fueron deteriorando su salud, la sonrisa y la mirada serena también están intactas.

—Mirame, a ver.

Click. Pato Cermele agarra la cámara.

—Gracias, pibe, es una de las fotos más lindas que me sacaron.

En enero de 2014, se pinchó el contrato del local y Ruta 5 sucumbió ante la gentrificación. “Le soltaron la mano”, dicen lo que saben y también los que no tienen idea. Aníbal pasó a ser, para una gran porción de los platenses, un recuerdo feliz, como las vueltas de la calesita de la infancia con los amigos, entre el vértigo y la risa, esos segundos conquistados a la felicidad.

Un amanecer de primavera

A Yolanda Britez la conoció tarde en su vida, ambos se lamentaban por eso, pero venían de patear tanto la vida, que mejor era ir paso a paso. Fueron prometiéndose amor de un año a la vez. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. En el quinto renovaron por cinco más.

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Armando el arbolito navideño, en su casa.

Armando el arbolito navideño, en su casa.

Aníbal no es el que era: nunca más volvió a apostar, pero también nunca abandonó a los amigos de entonces. Los ve poco, ahora es todo tecnología y ese no es su fuerte.

—Che, déjense de hinchar, no jueguen más —no sermonea, pero se las dice.

Con Yolanda pusieron una casa de cambio de divisas. Laburan todo el día y sin pausa, no perdió esas mañanas:

—Vamos, vamos, Yolankita que de esto vivimos.

Aníbal, que tuvo como único amor a los caballos, ahora le gusta que Indi, la perra de Yolankita, duerma hecha un bollito a sus pies.

—Mi Aníbal, buenazo como un amanecer de primavera —dice Yolanda.

A veces cuesta reconocer a este Aníbal. “Se hizo Arbolito”, comenta la tropa que lo recuerda.

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El último cumpleaños de Aníbal.

El último cumpleaños de Aníbal.

En sus últimos tiempos, Aníbal está entusiasmado con Milei, lo mira en la tele, le gusta su lógica disruptiva, las promesas económicas. “Hay que terminar con los subsidios, invertir en educación, invertir más en salud”, le dice a Yolanda y a los tipos con los que se encuentra en la calle o a los que les vende dólares.

El día que Milei gana las elecciones presidenciales, aunque no bebe alcohol, descorcha un champán. Primero brinda con su pareja y luego baja a hacer un chin-chin con el portero:

—¡Por nosotros, los argentinos de bien!

Si se mete a la panadería a comprar una docena de facturas, sale con dos para repartirlas entre los pibes de la calle. En Navidad, no se sienta a la mesa, si antes no baja a llevarle una bandeja con comida al sereno. En invierno, se cruza enfrente a tapar con una frazada al trapito que duerme en la vereda. Nunca perdió esos hábitos de solidaridad.

Aníbal enferma de forma repentina y aunque lo intentan todo, el 27 de septiembre de 2025 a las 13.15, en el Hospital Rossi de La Plata, custodiado por Yolankita, deja de respirar. Tenía 81 años.

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Aníbal en una mesa larga, una de sus últimas fotos con la familia.

Aníbal en una mesa larga, una de sus últimas fotos con la familia.

El mismo domingo por la tarde, en la casa de sepelios de 57 entre 5 y 6, a pocas cuadras de Ruta 5, Aníbal espera por última vez a los suyos. “Vamos, vamos, muchachos, que haya lugar para todos”, parece decirles.

En la calle, unos pibes sentados en la vereda cantan una de Los Redondos, mientras vociferan el riff más gamer de Beilinson. Se envalentonan y abren la puerta de la sala velatoria.

—Permiso, somos los chicos de la calle —le dicen a Yolankita, que no se separa del cajón. Y haciendo una suerte de reverencia, uno suelta:

—Qué descanses, campeón.

La noticia tarda unos días en llegar, luego de que su familia publique el obituario en el diario. Ya no hay un Savoy ni un Ruta 5 para juntar a la tropa. La mayoría no tiene idea de quién es Aníbal Arsenio Bartolomé y la sección fúnebre no le gusta al algoritmo. Pero el “boca en boca” hace su trabajo y a los días empiezan a caer los mensajes: “Che, se murió Aníbal”.

Y entonces no hay dudas, porque Aníbal así, Aníbal a secas, Aníbal, hubo uno solo.

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Begum es un segmento periodístico de calidad de 0221 que busca recuperar historias, mitos y personajes de La Plata y toda la región. El nombre se desprende de la novela de Julio Verne “Los quinientos millones de la Begum”. Según la historia, la Begum era una princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal. La leyenda indica que parte de los rasgos de esa urbe de ficción sirvieron para concebir la traza de La Plata.

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