Pasaron casi 60 años y Arturo recuerda con claridad sus gritos para que el Indio bajara la música. "Se quedaba hasta tarde, se mandaba unas fiestas bastante importantes. No sé qué música escuchaba, en ese momento, para mí, eran ruidos molestos", cuenta con una sonrisa.
El recuerdo del veterinario es que el Indio Solari llevaba un ritmo muy distinto al de los estudiantes. "Carlitos vivía a altas horas de la noche, durante el día no lo veías ni por casualidad", cuenta. Y agrega: "No era un tipo que se enemistaba con nosotros. Donde le pegabas el grito, él bajaba la música. Se daba cuenta que nos molestaba y no había mayores problemas".
Arturo recuerda con mayor precisión a José Solari, el papá del Indio. "Lo vi más veces a él porque salía a la mañana. Salía temprano a tomar aire, a estar ahí, cuando yo salía para la facultad. Ya era un padre adulto, teníamos charlas de vecindario, del clima, nada más", dice.
Romero tiene una imagen de su vecino como alguien bohemio, descontracturado, ruidoso. "Hablando mal y pronto, Carlitos era un vago, porque no hacía nada más que rascar la guitarra y escuchar música", dice. "Después, el tipo supo canalizar su veta artística en la música y lo hizo de forma excelente".
Arturo Romero se recibió de veterinario en 1972. Tenía 23 años. Consiguió su objetivo y regresó a sus pagos. Trabajó de su profesión durante toda su vida. Se involucró en política. Fue concejal entre 2009 y 2013 por la Unión Cívica Radical (UCR). Cuatro años después de que se fue de la casa de calle 41, Carlitos, su vecino, inició su camino en Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
La calle, el barrio, la escuela
Como reconstruyó 0221.com.ar en otra nota, el Indio Solari publicó Recuerdos que mienten un poco junto al periodista Marcelo Figueras. Allí se recuerda como un nene “dañino” que transitaba entre ese pasillo donde estaba su casa, en 41 entre 7 y 8 y la plaza de 7 y 38.
“Hablo de un mundo completamente distinto, donde ni siquiera existía la televisión: la única que había estaba en la vidriera de la sodería, cuando había una pelea de box se juntaban cincuenta en la vereda. Andábamos todo el día en la calle, salíamos del colegio y volvíamos a la noche. Era una calle menos peligrosa que la de hoy. Armábamos batallas con los del barrio de la plaza Olazábal, con escopetas-honda que fabricábamos con palos o a los cascotazos. Nos tirábamos como snipers con rifles de aire comprimido”, recuerda.
Las peleas con los pibes de las calles cercanas eran un clásico. “Le presentábamos batallas campales a otros barrios. Nuestra fortaleza era una obra en construcción, que conservaba los moldes de madera que se usaban para el hormigón. Ahí iban a atacarnos los de la plaza Olazábal y nosotros les tirábamos con escopetas de aire comprimido, con cascotes...”.
Foto del libro "Recuerdos que mienten un poco", mejorada con ayuda de la IA
Los recuerdos se suceden en el libro como escenas sueltas. Salta de una directora de escuela que vivía en el barrio y los pibes volvía loca, al lechero que llegaba por la calle 41 con su carromato lleno de tarros, bajaba y entraba por los pasillos de los departamentos para hacer su reparto puerta a puerta: “Nosotros aprovechábamos su ausencia para pegarle al carro. El caballo se asustaba y se iba al galope. Entonces reaparecía el gallego, con dos tarros en las manos, gritándonos: Hijos de puta, coño, mientras corría al caballo que se le iba a la mierda”.
O a las tapitas de gaseosas rellenas de pólvora en las vías por las que iba el tranvía, el cual una vez o al tranvía que una vez descarriló. “Éramos pichones de terroristas, sí. Muchos de aquellos amigos murieron a los pocos años, por culpa de la represión. Así pasó mi niñez: haciendo daño”.
“Una vez Dios me castigó”, dice el Indio. Y recuerda la noche en que un taxista lo atropelló mientras jugaba a las escondidas. “Calle 41, ya era de noche. Contaba un amiguito y yo me mandé a la calle, para esconderme en la vereda de enfrente. Justo pasaba en contramano un taxi, con las luces apagadas. Y me quedé así”.
“Debe ser que andaba por ahí un muchacho del barrio: el novio de una vecina, que era policía o estudiaba para policía. Él paró al taxista y me subió al auto, para llevarme a un hospital. Me tapaba la boca con un pañuelo porque sangraba. Los chicos que jugaban conmigo no entendían nada, vieron que de repente me tapaban la cara y me subían a un coche”, relata Solari.
La anécdota deriva en un mal entendido tragicómico. Una amiga de Carilitos entró a su casa al grito de “se lo llevan a Carlitos, se lo llevan a Carlitos”. Mi viejo sale a la calle, no ve nada. Cuando vuelve a casa, busca a mi vieja y tampoco la encuentra por ningún lado... porque estaba abajo de la cama”. “Pobre vieja. Tan pronto escuchó Se lo llevan a Carlitos, le agarró una tara, era algo sobre lo que no tenía control, la dimensión del asunto le pasó por encima”, agrega.
La foto escolar en la Escuela Nº 33 de 8 y 38
“Yo empecé a ser mal alumno muy temprano”, dice y recuerda que estaba marcado por ser de los más “quilomberos” en la Escuela Primaria Nº 33 de 8 y 38. “Me aburría completamente, lo único que me gustaba era dibujar. Una profesora me aprobaba siempre porque hacía unos frisos maravillosos, romanos o lo que carajo fuera, y porque dibujaba más o menos bien. Y esa cosa del caballerito también ayudaría. Pero este caballerito también se rateaba, de vez en cuando”.
“A la secundaria no fui casi nunca. Me hacía amigo de los celadores, que me bancaban hasta donde podían. Y entonces tenía que cambiarme de colegio”, dice el Indio y apenas recuerda cuáles fueron las escuelas de La Plata a las que concurrió. “Cursé en varios lugares. Había una nocturna a la que iban todos los que estaban perdidos, pero yo no quise entrar. La tentación era que ahí había muchos amigos. Pero, para mí, la noche estaba para salir”, dice.
Así pasó por el industrial Albert Thomas, por el Bellas Artes y el Normal 3. El relato del Indio no esquiva su iniciación sexual y habla de un extraño viaje en moto a Punta Lara con el “cafiolo” de turno. “Varias generaciones de platenses deben haber debutado en lo del Negro Silva. Si ibas con uno o dos amigos, estaba bien, la cosa era no armar una cola de diez personas en la calle”.
Pero más allá de esas cuestiones terrenales, la etapa de la secundaria fue la del acercamiento al mundo de las ideas, de la lectura, de la intelectualidad. Y por supuesto a la música. Cuenta el Indio que La Plata era un lugar privilegiado para eso. Y el recuerdo lo lleva a The Beatles. “Cuando los escuché, la reacción fue instantánea. Hasta física diría. Yo me enteré tempranamente de su existencia. La Plata era un lugar de privilegio, donde llegaba al instante lo que valía la pena del mundo entero”.
“La Plata era un lugar especial, en esa época” y avanza con una radiografía social profunda: “Tenía su parte careta, de gente que vivía en una nube de pedos, convencida de que formaba parte de una aristocracia aunque carecía de la antigüedad y de la prosapia necesarias. Mentalidad de casta, bah”, cuenta y adelanta un sentido para una palabra que años después reconfiguraría el sistema político nacional.
Aparece en cuadro una de las esquinas emblemáticas de la ciudad: la de 7 y 49. “Me acuerdo de ir a La París, con tres o cuatro amigos, después de tomarnos unas pepas. La París era la confitería más pituca de La Plata, sus sandwichitos eran legendarios. Nosotros nos sentábamos en pleno salón y pedíamos jarras de agua, una tras otra. Y nadie nos decía nada, lo único que podían suponer era que estábamos un poco entonados. Ni siquiera te metían preso, porque por entonces no tenían forma alguna de probar que habías consumido algo prohibido. ¡Lo que fabricaban por entonces en las universidades de California era pura novedad!”.
La ciudad “bullía culturalmente” e “invitaba a las experiencias nuevas”, dice el Indio de una ápoca en la que la escuela secundaria pasaba a ser pasado definitivamente y de a poco asomaba el clima de época que desembocaría en el encuentro con los hermanos Beilinson, los ensayos en los subsuelos del viejo Pasaje Rodrigo y los primeros Lozanazos, los míticos shows en el teatro de 11 entre 45 y 46 que dieron la puntada inicial a la leyenda de Patricio Rey.
Los primeros pasos del Indio Solari en Los Redondos
El primer recital oficial de Los Redondos se realizó el 6 de enero de 1978 en el bar Polaco de la ciudad de Salta. La historia de la banda había comenzado en 1976. Aunque intentaron realizar una presentación a fines de 1976, aquella experiencia fue suspendida. Durante 1977, el grupo comenzó a desarrollar espectáculos en espacios reducidos donde mezclaba música, teatro, poesía y performances.
La llegada de la banda al norte argentino estuvo vinculada a una serie de circunstancias personales y económicas. Skay Beilinson y Carmen "Poli" Castro se instalaron temporalmente en Salta después de atravesar momentos de tensión y allanamientos en La Plata durante los primeros años de la dictadura.
El primer recital oficial de Los Redondos se realizó el 6 de enero de 1978
La primera presentación oficial se realizó el 6 de enero, en el local ubicado sobre la calle Deán Funes 82; a pocos metros de la plaza principal de la ciudad. El propio Indio Solari recordó aquella primera presentación en Salta como una experiencia caótica, aunque fundamental para el futuro de la banda.