Comenzaré diciendo que este no es un perfil, no es una semblanza, no es una crónica; es un pedazo de corazón que intenta ser palabras de despedida para quien no se irá del todo.
El 7 de mayo falleció Eduardo Painceira. Lalo, Conejo, Rabito, Pablo Mujica, periodista, escritor, artista plástico, militante, cristiano, apasionado pincha y un largo etcétera que habitó su despedida física.
Comenzaré diciendo que este no es un perfil, no es una semblanza, no es una crónica; es un pedazo de corazón que intenta ser palabras de despedida para quien no se irá del todo.
¿Cuántos mundos, cuántas épocas, cuántas diversidades puede convocar un solo hombre en esa despedida? ¿Cuántas generaciones, cuántas ciudades pueden habitar una sala?
No sorprende que al velorio (anunciado hasta las 13.30 del miércoles 8 de mayo en Osácar), siguieran llegando compañeros y compañeras pasada la hora.


En la habitación contigua, su cuerpo, maquillado en un cajón. En la sala, Lalo en boca de todos; en vida, en abrazos, en reencuentros. Su frontera se expande. Fuimos marcados por esa vida generosa, sin cálculos ni medida, pero con método. Y como -se sabe- nadie cambia al final, elegimos creer que estos son sus últimos pasos -logrados- para esa despedida: “Que Susana tenga un feliz cumpleaños. Poder despedirme de los míos, en casa, a mi modo. Terminar el libro sobre nuestro insilio…”
¿Se habrá enterado, de alguna sutil manera, de que su Pincha salió campeón y la ciudad fue una fiesta el día en que Susana sopló las velitas de cumpleaños junto a él, Carolina y Luz, sus hijas adoradas? ¿De que se nos fue el día en que nació “la compañera Evita”?
Lalo Painceira, el hombre sin dobleces, pone el cuerpo hasta el final y trasciende el límite. Tiene 84 años, muchas vidas. Y cada uno de los presentes en esa sala recuerda un fragmento de alguna de todas ellas. Un mosaico inabarcable, difícil de componer.
“Sigo fiel al apotegma ‘Siento, luego existo’”, afirma en su última página de El Blues de la Calle 51 (Ediciones EPC, 2013) sobre los ‘60 -esa bisagra del SXX- en La Plata. Él es su hijo pródigo dentro del colectivo vanguardista que estalla la ciudad cuadriculada: El Grupo Sí.
Lalo pinta aquella ciudad: “A La Plata la juzgábamos conservadora y pequeñoburguesa (...) como una gigantesca oficina pública abierta solo para trámites y largas esperas. Para nosotros, también sus habitantes adoptaban esa grisura oficinesca al caminar por sus calles, cuyos nombres ignoraban porque lo que vale es el número.
(...) Bastaba atravesar el espejo de Alicia, romper los límites de lo posible, para ingresar a mundos llenos de luz, color, poesía, movimiento, música y también dolor, angustia, rebeldía. (...) Cruzaré el espejo utilizando ese pretexto, esa primavera que sentimos brotar de manera arrebatadora en la pintura platense de 1960 haciéndose visible para una ciudad pensada desde el orden y que paradójicamente, siempre acunó rebeldías”.
“Nuestro Lalo”, como lo pinta en el prólogo de El límite de un conejo (Eme, 2018) Carlos Vallina, un testigo de esos años y compañero de Cine en la Facultad de Bellas Artes -donde Lalo se desempeñó como alumno-, es “aquel joven pintor, que posaba con sus brazos cruzados, junto a los artistas de un grupo que sacudió la morfología del mundo plástico, se transformó en estudiante de cinematografía, activo protagonista de la maduración de la amada escuela de cine que juntos caminamos. Allí, Lalo descubrió su afán testimonial, la correspondencia entre su interioridad y el mundo real. (...) De allí la cultura como periodismo, el arte como crónica, la realidad como política, la militancia como encuentro”.
Y Lalo se pinta: “Todavía hoy, cuando camino por 51 entre 7 y 8 y miro anhelante esas puertas cerradas que cubren un ‘Capitol’ muerto y no reconozco nuestro bar, ese, en donde desembarcábamos cada atardecer. (...) Quiero confesarles que a veces yo también querría estar todavía pintando, porque siento que fue una mutilación innecesaria abandonar la pintura y dejarla allá, en una parte remota de mi alma, en ese sitio que carece de retorno. (...) No me arrepiento del camino recorrido y que ustedes conocen. Involucrarse fue parte constitutiva mía. Diría que cada glóbulo me lo reclamaba como buen hijo adoptivo de Sartre y de los ‘60. (...) Aún sigo siendo una orgullosa y pertinaz polilla romántica”.
“¿Qué edad tenés? Le respondí (yo era un chiquilín que no había cumplido los 25) y me contestó de inmediato. ¡Andate a la puta madre que te parió! Y lanzó una carcajada. A tu edad creo que todavía estudiaba teatro. Vos sos periodista, dirigiste una obra, fuiste asistente de Gandolfo y Fernández, estudiaste cine y encima pintaste…¿Te das cuenta? Sos un viejo. Un joven viejo y consumido. Hiciste todo. ¿Qué te queda ahora? (...) Pero me quedaban cosas por hacer, y por una de ellas precisamente ahora estoy preso".
El intercambio epistolar es con un reconocido director de teatro de Buenos Aires en la Unidad 9 de La Plata, donde Lalo había sido encarcelado como preso político. Lo narra en El límite de un conejo, libro que inicia una noche de 1971 durante la dictadura de Lanusse cuando diez policías de civil lo emboscan en una escalera sin luz junto a otros dos militantes de una organización de izquierda.
La redada los lleva a Coordinación Federal en el barrio porteño de Montserrat donde son torturados y trasladados como presos políticos a varias dependencias carcelarias. Painceira, como si fuera una clase de vida -y toda una definición como periodista- logra salvar la de sus compañeros. El "dato" dicho es tan poderoso como el no dicho en ciertos contextos límite, como el de tortura.
“Tengo que callar, para cuidarlos a ustedes, hermanos, que son los que me contienen. Sólo cuando dejan de picanear me interrogan ¿Así que te la das de cristiano si sos bolche? Zurdito. Trotsko. Y seguramente ese gordo volverá después de torturarnos esta noche, a su aspecto bonachón y retornará a su barrio, a su familia, a sus hijos y será amable con todos. Un buen vecino, un buen padre, un buen marido, un buen torturador hijo de puta. (...) Pero no les cuento nada. Nada. Sólo aullidos, insultos. No informar es ganar la batalla porque aún estando preso podemos ganar”, escribe.
“Lalo es la parte de mi vida de la cual estoy orgulloso. Militamos juntos, él con sus dientes salidos de Rabito, y yo con mi pelo largo de Hippie. Se lo llevaron a cinco cuadras de mi casa, no dijo nada durante esos diez días incomunicado”, recuerda Enrique “Hippie” Masllorens, quien lo conoció en aquella época.
“A Lalo lo conocí en el estudio de Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, que eran muy amigos suyos. Teníamos gustos comunes, la música por ejemplo. Y compusimos un montón de temas de los que no ha quedado nada porque hubo que tirar todo. Lalo es mi hermano, es el hombre que más he querido. Un humanista, un cristiano en términos filosóficos”, se emociona.
Cuando fueron liberados, los obligan al exilio en Perú y Chile hasta el retorno de Perón y la victoria de Héctor Cámpora en Argentina en 1973. Para entonces ya comparte vida y militancia con Susana Biamonte, su eterna compañera.
En el inicio está todo, dicen. Y al de ellos, Lalo lo cuenta así:
“Llamaron a la puerta de calle y cuando se abrió apareció recién llegada de Lima, una compañera peronista que a los pocos meses cambiaría mi vida totalmente, desde entonces hasta hoy, transcurrido algo más de 45 años”.
Y: “Un momento para mí inolvidable de esos primeros pasos que caminamos juntos ocurrió después de un almuerzo. Al finalizar la comida, de repente ella clavó la mirada detrás de unos cortinados pesados y oscuros donde asomaba un piano. Se paró y marchó directamente para apropiarse de él. Se sentó en la butaca e interpretó para nosotros, los únicos comensales que quedábamos en el local, ‘La Cumparsita’. Yo estaba en su bolsillo”.
Y: “Hubo una noche especial porque fue como una revelación. Sobre nuestras cabezas se desplegaba un cielo colmado de estrellas, realmente maravilloso y nerudiano (porque don Pablo y Federico se repartieron los astros: el chileno las estrellas y Lorca la luna). En un instante, bien hacia el este y a lo lejos, pero muy lejos, sobre la mismísima cordillera, se desató una tormenta eléctrica con rayos, truenos y refucilos que la iluminaban de golpe y por segundos, como si un fotógrafo celestial disparara un flash para captar la imagen de ese espectáculo único que nos regalaban los Andes. Fue algo de una belleza indescriptible porque en el instante de luz, se recortaban los picos de las altas montañas que se tornaban azules o grises y las dibujaban de manera casi imperceptible, una línea blanca, pero de un blanco luminoso. Brillante. Nos quedamos en silencio, angelizados, conmovidos por ese regalo. (...)
La recuerdo ahora y a mis casi 80 puedo asegurar, sin faltar a la verdad, que en todos aquellos días compartidos logramos detener el tiempo”.
En su larga trayectoria como periodista Painceira comparte redacción con, por ejemplo, Paco Urondo en la revista “Juan”, o militancia y proyecto de país con, por ejemplo, Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, quienes además fueron sus abogados.
Entrado en el siglo XXI, Lalo participa en "Octubres", una agrupación territorial, y hace su programa de radio en 221 Radio FM llamado “La Palabra Justa”.
Publica como autor Dar la Vida. La resistencia de la calle 30 sobre el ataque de fuerzas conjuntas a la casa que hoy es espacio de Memoria en La Plata, fundado por Chicha Mariani, de donde secuestraron a Clara Anahí Mariani Teruggi.
Trabaja hasta jubilarse, durante décadas, en el diario El Día de la ciudad donde sus artículos se diferencian del resto, por sensibilidad, compromiso de vida y calidad en la pluma.
El periodista Oscar Jalil lo recuerda durante su paso por el diario en la década de los ‘90 como su jefe y guía sensible: “Estábamos en una especie de entrepiso entre la redacción y la parte de fotografía, lejos del bullicio. Lalo dirigía varios suplementos. Y tenía esa consigna no dicha: agitar la cultura en un diario netamente conservador. Apoyaba el teatro independiente, la escena pictórica de la ciudad. Pude ver en vivo las reuniones con sus viejos compañeros del Grupo Sí, me fui enterando de a poco de su militancia política, de que estuvo preso, de que se exilió a Perú.
Incluso me enteré de un dato curioso: en su juventud fue parte del Instituto Di Tella y hasta participó de algunas experiencias lisérgicas. Cuando me lo contó me pareció, además de asombroso, muy divertido”.
“En El Día, Lalo era como una oveja negra, por debajo iba mechando la autogestión, la independencia cultural. Se daban grandes discusiones con los críticos de cine Amilcar Moretti y Alejandro Castañeda, y en esa tensión estaba la virtud de Lalo”, lo describe.
Y lo valora: “Lalo fue muy paternal en algunos aspectos, muy riguroso en otros, serio a la hora de trabajar. En pleno menemismo para la cultura platense fue esencial. Todos los artistas que exponían sabían que iban a hablar con un igual. Sabía de cine, sabía de música, sabía de pintura, sabía de literatura, un editor con mucha sensibilidad”.
Alejandro Salamone quien trabajó en El Día durante más de veinte años junto a Lalo, posteó luego de su muerte: “Con Lalo teníamos que investigar, escribir sencillo para que todo el mundo entienda. Siempre con eso que llevaba adentro de ayudar a los que recién empezaban, por así decirlo ‘a los más débiles’, en una profesión que se devora todo y a gran velocidad; él estuvo siempre cerca de los humildes.”
En “Los caminos de la libertad” (https://www.lapulseada.com.ar/los-caminos-de-la-libertad/ ) Carlos Sahade, quien compartió años en la redacción de La Pulseada, lo entrevista mano a mano. Lalo dice: “El periodismo nunca fue objetivo porque nadie es objetivo. Cuando iba a cubrir un hecho entrevistaba a la gente a la cual le creía, la que padecía lo que estaba ocurriendo. No al funcionario. No al doctor. El periodismo militante como Rodolfo Walsh, su hija Vicky y tantos otros, venía a equilibrar un periodismo que siempre mostró la cara de los patrones, de los dueños de los diarios, del patrón-empleador, donde se disfrazaba cierta objetividad tocando las dos campanas. En el diario en el que trabajaba se hacía eso. A mí no me censuraron ninguna nota, pero como dijo (Marshall) McLuhan, el mensaje es el medio. Tu nota puede generar algo, pero el mensaje es el medio. Su línea editorial. Tuve la suerte de jubilarme cuando la línea que predominaba era la defensa de la democracia”.
En 2005 se jubila de El Día. El 12 de abril de 2002 nace La Pulseada.
“Presentan una revista de la Obra del Padre Cajade”, anuncia el título del diario El Día dos días antes. “Será distribuida por una red de desocupados de 16 instituciones solidarias de La Plata, Berisso y Ensenada. (...) se trata de ‘una revista mensual de interés general, pensada para pensarnos en estos momentos decisivos para el futuro de nuestra democracia. (...) Para encontrarnos en algunas certezas, para compartir interrogantes y reconocernos en una búsqueda común: la de construir una sociedad más justa y solidaria. (...) cuenta con un staff integrado por Carlos Fanjul, Oscar Jalil, Carlos Sahade, Ana Cacopardo, Mario Cajade, Ingrid Jaschek, Diana Pazos, Pablo Antonini, Verona Demaestri, Sabina Crivelli y Daniel Mapelli. Son colaboradores permanentes Gabriel Báñez, Sergio Pujol, Juan Becerra y Pablo Mujica. (...) En la tapa, el rostro y la alegría cargada de esperanza de ‘la Negri’, una de las nenas del hogar”.
Había implosionado el 2001. Ahora Rabito sería Pablo Mujica, para eludir firmas incompatibles en medios antagónicos.
Número 1. Pablo Mujica abre el juego con la entrevista principal e ineludible a Carlos Cajade y pregunta: “¿Desde la Iglesia, no corrés peligro de aislarte del mundo?”
Cajade responde: “Soy fruto de una generación que mantenía ideales sociales como naturales a su propia cultura y que hoy tiene 30 mil desaparecidos. (…) en materia económica, Occidente es fundamentalista. En casa le llamamos irónicamente ‘economía religiosa de libre mercado’ ya que es como un Dios al que no se le puede discutir. Hay que cumplir sus dogmas aunque aplicarlos implique que los niños se mueran de hambre o habiten en la calle y no en una casa digna. Caso contrario, el fundamentalismo te excomulga”.
La inquietud es personal y viene de lejos. Lalo se había preguntado, antes, si su propia vocación era la religiosa. Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde lo conocían mucho a Carlos Mugica y organizaron un encuentro: “Lo conocí en una charla privada y prolongada en un café histórico ubicado en Pueyrredón y Las Heras. Charla de la que salí encendido porque Mugica transmitía ese fuego. Fuego que nada menos que el amor hasta las últimas consecuencias, de todo cristiano por su pueblo”.
Lalo concluye que “hubiera sido un pésimo cura, pero seguí siendo cristiano”. Evoca a Mugica entre los ejemplos de cristianos que lo conmovieron, también a Carlitos Cajade.
“Él siempre decía que encontrarse con Carlitos le había cambiado la vida. Para él era un Jesús de este tiempo”, dice Antonio “Tony” Fenoy, coordinador del Colectivo de Teología de la Liberación “Pichi Meisegeier” en el que, también, participó Lalo.
Lalo recuerda que en 1984 llega la información a El Día de que había un cura que aloja a los chicos de la calle: “Ahí conocí a Carlitos y lo publiqué. A partir de ese entonces, cada problema que había en los barrios que él asistía, me llamaba para que hagamos una nota. Esos conflictos eran siempre por necesidad de agua, una familia sin vivienda o cualquier elemento básico que se necesita para vivir”.
Con esta primera nota en La Pulseada sobre Cajade, Lalo busca que “se difunda cómo era Carlitos, que se conozca esa veta de praxis, esa militancia que tenía, ese compromiso con el más pobre, el más humilde, el enfermo, el abandonado, con el que vive en los márgenes de la ciudad de clase media. También con esa nota intenté que se visualice su veta espiritual, porque Carlitos pertenecía a la comunidad de curas de Schöenstatt, parte fundamental de su fe”.
En las reuniones previas, cuando la revista aún sin nombre se estaba gestando, y todos sosteníamos un sueño a cuatro colores (“porque tiene que ser linda, gustarle a los chicos”, decía el cura), Cajade habla de Kentenich en una larga mesa de La Modelo. El fundador de la obra de Schoenstatt, para quien hay que tener “el oído en el corazón de Dios y la mano en el pulso del tiempo”, hace nacer sin saberlo, por asociación nuestra, el nombre de La Pulseada.
Por entonces, nosotros, jovencísimos y deseantes periodistas, llegamos impuntuales a cada reunión. “En otra época eso te costaba la vida”, sentencia Lalo y argumenta sostener aún esas estrategias básicas de anti seguimiento. Los jovencísimos no dimensionamos entonces la profundidad de sus palabras.
Luego de jubilarse, se dedica de lleno a escribir y participar políticamente. Ya no firma con seudónimo. Da testimonio. En total, deja tres libros: Dar la vida: la resistencia de la calle 30; El blues de la calle 51 (publicado por Ediciones EPC de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social) y El límite de un conejo. Y un cuarto que se publicará de forma póstuma sobre el insilio, palabra que no existe en el diccionario pero que refiere a las secuelas que dejó el terrorismo de Estado.
En otros tiempos fue vital el silencio. En sus últimos tiempos Lalo subraya la importancia de la palabra. En la entrevista que le realiza Gabriela Pesclevi desde Radio Futura para el ciclo “Un libro ocupa mucho espacio” lo dice así:
“Desde que salí de la cárcel, es como si mantuviera el silencio como algo fundamental en la construcción de mi persona. Porque hay que bancarse el silencio, el impuesto y el autoimpuesto, porque te aferrás a una fe que habías perdido”.
Martina Dominella, parte del equipo de realización, cuenta que a pesar de las dificultades físicas que ya tenía al hablar, él insiste en que era muy importante dejar testimonio. Las tomas son muchas y la edición hace su magia y foco en lo que él tiene para decir.
“Hay partes (de El límite…) que me cuesta leer, porque me emociono. Esto es algo que tenía que sacar. Es esa memoria que tiene que hacer el pueblo argentino, tiene que sacar toda esta represión, todo esto afuera. Y resistir. La memoria produce dolor y también encuentro”, afirma Lalo.
“Lalo fue una persona sencilla y extraordinaria. Nos conocimos en La Pulseada pero cuando en 2006 empezamos a hacer el Seminario de Teología de la Liberación en la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo y luego en la Facultad de Trabajo Social de la UNLP, él participó mucho. Estaba admirado por Rubén Dri, Vicky Daleo pero fundamentalmente tenía un aprecio especial por Alejo García y por fray Antonio Puigjané”, recuerda Tony Fenoy.
“A veces discutíamos, sobre todo por la Iglesia, porque como todo convertido (del ateísmo) tenía cierto fanatismo y, como yo soy muy crítico de la institución, él a veces me moderaba un poco. El amor por Carlitos Cajade nos ponía siempre en la misma vereda”, dice.
En su trabajo como periodista, Lalo tenía una formación integral. Sabía de cine, sabía de música, de pintura, de literatura. Un editor con mucha sensibilidad.
Tony tiene largas charlas de fe con él en los últimos tiempos de su enfermedad: “Enterarse le pegó muy fuerte. Le costó aceptarla. Cuando la aceptó, empezó a preparar para la partida. Ahí charlamos mucho. Él estaba feliz con la vida que había vivido, plena, de compromiso, de búsquedas. Vivió de manera existencialista y la fe vino a completar un círculo. No estaba arrepentido de nada de lo que había hecho. Se fue en paz, pero con el dolor de dejar a Susana y a sus hijas. Se fue sin deudas, aunque con la tristeza de ver el país en este momento, eso lo tenía mal. No podía entender”.
Cajade decía: “Esta es la gran pulseada: de la vida contra la muerte; de la verdad contra la mentira; de la justicia contra la injusticia; de la alegría de la dignidad contra la amargura del sometimiento; de la esperanza de un país para todos contra la tristeza de que siga siendo sólo para algunos”.
Painceira y Cajade parecen comulgar, esta vez a contraluz.
Recuerda Lalo de su paso por la cárcel: “Atesoro de manera entrañable la imagen de otro compañero peronista que todas las tardes, a una hora exacta, se subía al camastro superior y aferrado a los barrotes para no caerse, se trepaba hasta la ventana y espiaba hacia afuera. Allí, en una esquina prefijada a través de los abogados, en una parada de ómnibus, estaba su compañera que no podía visitarlo por razones de seguridad. Él se quedaba trepado, mirándola, hasta que ella se iba. No había señas ni nada porque su compañera no lo veía. Para él bastaba eso, contemplarla, y a ella, saber que detrás de ese muro vigilado y de los barrotes de aquella ventana lejana y en lo alto, él la estaba mirando. Hoy, el solo recuerdo de esa imagen, entibia mi alma”.
Leeremos, Lalo, tu próximo libro sobre el insilio, como trepando a la ventana desde el camastro superior para extrañarte un poco menos. En esta época de emociones grises, en esta disritmia del tiempo, nos entibiás el alma Lalo, porque escribís con luz.


En pleno auge por los hongos, el naturalista ítalo-argentino fue uno de los primeros científicos en estudiarlos. A poco de cumplirse 166 años del nacimiento, su conexión con La Plata está desde los tiempos de la fundación.
Begum es un segmento periodístico de calidad de 0221 que busca recuperar historias, mitos y personajes de La Plata y toda la región. El nombre se desprende de la novela de Julio Verne “Los quinientos millones de la Begum”. Según la historia, la Begum era una princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal. La leyenda indica que parte de los rasgos de esa urbe de ficción sirvieron para concebir la traza de La Plata.