domingo 26 de abril de 2026
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Abelardo Gilabert

El psiquiatra que peleó por los derechos humanos en Melchor Romero

Dos protagonistas de la experiencia de derribar los muros en el hospital "Dr. Alejandro Korn" recuperan la figura del psiquiatra que lo dirigió durante cuatro años, período en el que impulsó transformaciones de fondo con voluntad y convicción ideológica, con apoyo oficial pero sin respaldo legal.

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Por Javier Biasotti y Enrique Pérez Balcedo*

Veintidós años antes de que en 2010 en el país se sancionara la Ley Nacional de Salud Mental N.º 26.657 que promovió la desmanicomialización, en Melchor Romero —localidad entonces semirrural, a once kilómetros del centro platense— esa estrategia humanizante para que las personas con padecimientos psiquiátricos accedieran a vidas más dignas fuera de los muros hospitalarios dejó de ser teoría y se volvió práctica comunitaria y concreta.

El impulsor fue Abelardo Gilabert, psiquiatra porteño que, al asumir la dirección del Hospital General de Agudos y Crónicos “Dr. Alejandro Korn” el 1 de marzo de 1988, puso en marcha una planificación precisa y desafiante frente a los modelos de atención tradicionales, basados en el encierro compulsivo “del diferente” y en el uso habitual de electroshock y sobremedicación para su control.

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Lo novedoso fue que Gilabert construyó, con trabajo de hormiga y paciencia de orfebre, los consensos para desarrollar su plan. Inspirado en su colega italiano Franco Basaglia en Trieste, tejió una red comunitaria basada en los propios trabajadores, a quienes involucró en los cambios. No impulsaba un delirio, sino un camino de retorno a la vida en sociedad —con derechos y obligaciones— para centenares de personas hasta entonces relegadas en un depósito de escoria humana.

Ese fue su diferencial: vencer la creencia de que “si viene a cerrar el manicomio nos vamos a quedar sin trabajo”, sumándolos al cambio al jerarquizar su labor y fortalecer su compromiso. Rescató de la anomia al romerense común, dando sentido a su tarea cotidiana y alentándolo a romper moldes. Fue una batalla diaria contra la comodidad sindical, las corrientes médicas aferradas al aislamiento y la medicalización, e incluso contra sectores de la sociedad platense poco afines a transformaciones de fondo.

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Gilabert saludado por el ministro de Salud bonaerense, Floreal Ferrara, en el acto de su asunción al frente del hospital de Melchor Romero. (Centro de Documentación

Gilabert saludado por el ministro de Salud bonaerense, Floreal Ferrara, en el acto de su asunción al frente del hospital de Melchor Romero. (Centro de Documentación "Pensar en Salud" Universidad Nacional de Lanús)

Inició las transformaciones con un equipo de no más de diez personas —entre psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales y algún enfermero— para atender a casi tres mil pacientes, en un hospital con cerca de mil trabajadores. Al comienzo se apoyó en enfermería, mantenimiento y granjas productivas, entonces encuadradas como “laborterapia”, término que cuestionaba con acidez por su cercanía a lo que llamaba “laburo terapia”: una forma de explotación sin retribución.

También criticó con dureza a la élite médica, sin distinción ideológica, al plantear algo concreto: debían trabajar y dejar de limitar su presencia a dos o tres horas diarias. Y predicó con el ejemplo: en una vieja “Renoleta” provista por el Ministerio de Salud bonaerense, llegaba al hospital alrededor de las 8.30 y rara vez regresaba a la Capital Federal antes de las 18, en tiempos en que aún no existía la autopista.

Perfil de un transgresor

Nacido en 1940 y formado como psiquiatra en la UBA, antes de llegar a Romero Gilabert ya había sido profesor titular de la cátedra de Psicología de la Comunidad de la Universidad de Buenos Aires, docente en residencias psiquiátricas de hospitales municipales de Buenos Aires, alumno de Enrique Pichón Rivière, asesor del Departamento de Psiquiatría Social del hospital “Araoz Alfaro” de Lanús y jefe de consultorios externos del hospital “Pirovano”. También fue fundador de la Agrupación de Trabajo Multidimensional Interdisciplinario, miembro titular de la Asociación Mundial de Psiquiatría y de la Sociedad de Análisis Filosófico.

Tras dejar la conducción de la experiencia romerense, continuó vinculado al hospital a través de la Fundación Kliniké, que se hizo cargo de los talleres productivos y de las acciones de rehabilitación. Mantuvo además actividad académica y frecuentes disertaciones, y retomó el ejercicio profesional en consultorios externos del Hospital “General Belgrano” de San Martín.

Foto 6 bis Golabert al piano
Gilabert pianista integró una banda de jazz. Abrió el manicomio a recitales y alentando la formación de coros  con pacientes. (Imagen de Facebook del Hospital

Gilabert pianista integró una banda de jazz. Abrió el manicomio a recitales y alentando la formación de coros con pacientes. (Imagen de Facebook del Hospital "Dr. Alejandro Korn")

Militante del peronismo, también desarrolló su faceta musical como pianista del grupo “La patrulla infernal”.

Un balance de su plan de acción en Melchor Romero puede consultarse en su libro “El manicomio: ¿una institución para los locos?”, editado por Ediciones Cinco al finalizar su gestión. Allí Gilabert no solo expuso los pasos necesarios para alcanzar la apertura hospitalaria, sino que también realizó una revisión crítica de lo actuado. Fiel a su enfoque, abrió las páginas a responsables de distintas áreas del nosocomio para que narraran sus propias experiencias dentro del trabajo interdisciplinario.

Un pueblo dentro de otro

El proyecto fue posible porque había una red latente que Abelardo Gilabert supo activar. De lo contrario, no se podría haber construido en tan poco tiempo. Como discípulo de Enrique Pichón Riviere supo poner en manifiesto aquellas virtudes que estaban en la comunidad, haciendo circular la palabra y valorando el rol de todos los actores sociales.

Foto1 Frente del hospital (segunda opción)

Interpretó con claridad que el Hospital de Melchor Romero era un pueblo dentro de otro pueblo, con todas las miserias, virtudes, posibilidades y limitaciones.

Gilabert se autodefinió como “psiquiatra comunitario” al iniciar la gestión en una institución con alrededor de 2800 pacientes. Necesitó pocos meses para identificar con claridad la magnitud de la complejidad del lugar.

Según pudo determinar, unos 2500 pacientes correspondían al área psiquiátrica con características definitivas o estables, entre los pacientes denominados agudos o crónicos. Pero además estaba el hospital general polivalente, ya que representaba una concepción de avanzada, incluyendo las actividades de medicina general y cirugía, en un hospital psiquiátrico.

Según decía por entonces Gilabert: “Se concibe como un amplio hospital psiquiátrico en el seno del cual funciona un hospital general. En ese sentido, el hospital general sostiene las necesidades de una comunidad psiquiátrica y las de una comunidad extrahospitalaria, que recurre también a él. Desde el punto de vista de la psiquiatría tiene importancia porque no es un servicio de psicopatología dentro de un hospital general, y tampoco es un servicio de clínica en un hospital psiquiátrico. Es un hospital psiquiátrico y otro hospital general que trabajan en el ámbito de una comunidad”.

“Tengo que cumplir con una función con la que me siento comprometido ante toda la comunidad de Melchor Romero, la intra hospitalaria y la extra hospitalaria, división que no podemos dejar de hacer aunque vayamos hacia la unificación o apertura entre ambas comunidades”, decía en mayo de 1988.

El impacto de los cambios

La gestión de Gilabert fue como una piedra que impactó en un estanque congelado y movió el agua con oscilaciones que duraron más de 25 años. Anticipó muchos de los cambios en materia de salud mental que posteriormente se iban a generalizar en el país.

Para entender ese shock, es necesario advertir la potencia devastadora de la cronificación sobre los seres humanos. Walter Miceli, que por entonces era enfermero de la sala Bayle y años más tarde sería vicedecano de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, describió así la situación que observaba en la institución: “Con el ingreso de un nuevo interno, termina una identidad… como el muerto que está en el cementerio, el loco tiene un cuidador (enfermero)”. “El enfermero termina siendo otro habitante de este cementerio viviente”, describió Miceli. Y esa era la percepción para la mayoría de los empleados del hospital: pasar treinta años de su vida repitiendo acciones de supuesta asistencia a personas que llevaban cuarenta años de su vida internados, para llegar a una jubilación convencidos de que su vida laboral no había tenido sentido, ya que no habían protagonizado cambio alguno. La falta de motivación acentuaba ese malestar.

Abelardo Gilabert comprendió que el sufrimiento era tanto de pacientes como de empleados. Y si se hablaba de “empleados” era casi como hablar de “romerenses”, porque difícilmente había en ese momento alguna familia de Melchor Romero sin un familiar que haya estado o estuviera vinculado al hospital.

Foto 8 empleada en taller de rehabilitación
La enfermera rehabilitadora Estela “Chiquita” González, en plena clase de tejidos y bordado para pacientes mujeres. (Imagen La Barraca)

La enfermera rehabilitadora Estela “Chiquita” González, en plena clase de tejidos y bordado para pacientes mujeres. (Imagen La Barraca)

Entonces se puso en marcha un conjunto de dispositivos que transformaron el hospital de una forma inédita en dos años. Se impulsaron actividades artísticas, culturales, deportivas, de formación y profesionalización; en síntesis, de inserción comunitaria.

El disruptivo director abrió muchos frentes simultáneos. Comprometió al Poder Judicial. Habilitó una oficina de Curaduría Oficial de Alienados. Un verdadero contralor sobre las condiciones del lugar. Mantuvo activos los vínculos anteriores del hospital con sectores tradicionales: las monjas de la “Congregación Hijas de la Misericordia”, que además de gestionar el Colegio “Madre de la Divina Gracia” en la localidad tenían fuerte arraigo en el hospital; la Curia; los espacios académicos de la psiquiatría. Tensionó la relación con quienes no aceptaban los cambios, pero incorporó en el proyecto a quienes sí, sin importar su procedencia. Fortaleció una red comunitaria integrando a las decisiones a las instituciones zonales, a las cooperativas y ONG´s de Melchor Romero. Mucho antes de lo que después serían los proyectos de descentralización hospitalaria, con los consejos de administración en la década del ´90.

También estableció la metodología de la asamblea: se realizaban reuniones en su despacho con trabajadores, con pacientes internados y con vecinos. Con los médicos y con las religiosas En ese ámbito el director tomaba contacto directo con la realidad.

Convencer para superar rechazos

Las resistencias fueron muchas al comienzo. Desde el ámbito médico, que era muy criticado por Gilabert por la deficiencia de atención a los pacientes internados; por los sectores gremiales, que temían que los cambios afectaran las condiciones laborales. También había tensión con los jueces que obligaban a internar. Frente a ellos hubo que buscar muchos argumentos para evitar internaciones y lograr altas judiciales. Más de una vez los jueces iniciaron acciones contra las autoridades hospitalarias por no internar a las personas que ellos decidían.

A ello debe sumarse que Gilabert no callaba ante las realidades de abusos, como los robos frecuentes en el hospital, el maltrato a pacientes, la falta de cumplimiento de horarios. Pero él había llegado para el desafío que le planteó el paciente Isaac Lang –un escritor avezado- en una de sus obras: “Quién le pone el cascabel al gato?”.

No recibió meras críticas, sino que más de una vez los reaccionarios pasaron a la acción directa. Hubo atentados. Cierta vez fue provocado intencionalmente un corte de luz generalizado atrofiando con ácido sectores del tendido eléctrico. Se extendió casi un mes y afectó al edificio de la dirección del hospital.

Entonces Gilabert redobló la apuesta. Estableció que todas las audiencias con funcionarios judiciales y ministeriales se hicieran desde el atardecer hasta la noche, en penumbras e iluminados con velas. Como en los tiempos en que dirigía el hospital el alienalista Estanislao Bejarano.

Foto 8 pacientes en la granja productiva
Pacientes faenando lechones para su comercialización a través de la Asociación Cooperadora. (Imagen La Barraca)

Pacientes faenando lechones para su comercialización a través de la Asociación Cooperadora. (Imagen La Barraca)

Hay que sumar que tampoco eran apropiadas las condiciones para las comunicaciones telefónicas. Sólo cuatro líneas de ingreso al conmutador y otras dos líneas directas.

El trabajo productivo de la tierra, en el inmenso predio de 180 hectáreas, fue resignificado. Reemplazó al ocio, con otro sentido. Empezó el cultivo de huertas, el trabajo en granja, la cría de animales, pero con una finalidad de rentabilidad para los pacientes. No más laborterapia, sino dignificación por medio del trabajo retribuido. Gilabert supervisaba la evolución física del ganado del hospital y la calidad de los cultivos. También el uso racional de psicofármacos y otros actos médicos.

Fue fortalecida una Asociación Cooperadora, con Elsa Rozas de Viviani como motor incansable y luego por Héctor “Negro” Sampedro, un vecino del pueblo caracterizado por su persistente trabajo y contribución a las instituciones locales, como el Club Romerense.

En otros frentes del proyecto, Gilabert respaldó y potenció todos los caminos que llevaban a la apertura de la institución. Fue organizado el Hospital de Día, respetando los pasos dados por la experiencia anterior de la Sala Albina con la doctora Mercedes Flores.

También se logró consolidar el proyecto de la Casa de Pre-Alta, en 56 entre 9 y 10 –en pleno microcentro platense–, que ya existía al llegar Gilabert al cargo. Avanzó en la cesión de un gran predio para que los empleados pudieran construir el barrio impulsado por la mutual AMEBS; mejoró las condiciones del servicio de alimentación, incorporando incluso productos de la propia huerta; fue creado un Jardín Maternal para sumar a la guardería de los hijos de empleados; y revolucionó los aspectos de capacitación al establecer en el Hospital un Centro de Formación Laboral en convenio con la Dirección General de Cultura y Educación.

Foto 6 portada libro

Todo el trabajo institucional se hacía en red. Creación de comités, trabajo multidisciplinario, intersectorial. Mediante la creación de comités interdisciplinarios se buscó fortalecer la atención en crisis, evitar que los pacientes pasaran a salas de crónicos y ser más dinámicos en las externaciones.

Hubo un proceso de profesionalización de prácticas, por medio de las escuelas de enfermería, las residencias médicas, los asesoramientos profesionales, y una valoración de lo empírico que se enmarcara en el proyecto. Caducó la división “profesionales/no profesionales” y pasó a hablarse de “personas que viven y trabajan en el hospital”. Todos con la misma posibilidad de palabra, responsabilidad y toma de decisiones.

La cuenta regresiva

Un exhaustivo trabajo diplomático le permitió a la gestión de Gilabert y sus colaboradores iniciar una baja drástica del número de camas, y por lo tanto, del hacinamiento. En su oficina un gran cartel tenía un número que a diario cambiaba mostrando la disminución. En esa cifra se veía el achicamiento del manicomio.

Fue necesario fortalecer la tarea de las Trabajadoras Sociales y el área de Rehabilitación, en donde por primera vez fue designada una mujer como directora asociada, Lilian Vallarino. También tomó impulso la oficina de gestiones judiciales (Oficina Pericial), y se estableció un trabajo más allá de las fronteras inmediatas. Es que había muchos pacientes de otras provincias y localidades remotas. Fue necesario un meticuloso trabajo de búsqueda y restitución de identidades para que pudieran volver a sus pueblos, a sus familias.

Ana Di Loretto, entonces a cargo de la Sala Morel, describió así la situación del momento: “Para poder salir de este lugar se necesitan tres tipos de alta: la médica, la judicial y la social, teniendo ésta última una importancia relevante porque es lo que caracterizará su reinserción en la comunidad. La ausencia de esta alta social es lo que hace que una institución para la cura se convierta en un asilo”.

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Gilabert y la periodista Mona Moncalvillo en el lanzamiento de la revista

Gilabert y la periodista Mona Moncalvillo en el lanzamiento de la revista "La Barraca".

Las acciones de comunicación institucional que se impulsaron estuvieron dirigidas a ese cambio social y a esa lucha contra el estigma. De repente aquel lugar siniestro que era el hospital psiquiátrico, se reconvertía en un espacio de salud integral a partir de la creatividad, el arte, la recreación, el derecho a un futuro, el deporte, los árboles; la vida misma.

Abelardo Gilabert acompañó en Romero un movimiento comunitario de salud mental, con la convicción de dar derechos a quienes la sociedad marginaba. Y la experiencia se hizo con adversidad en materia legal y social. Muchas acciones como las salidas de pacientes a eventos, la participación en viviendas comunitarias, el trabajo remunerado o la salida paulatina del manicomio, se hicieron sin el acompañamiento de una ley que ordenara los procesos. Todo el riesgo fue asumido por un grupo de jóvenes profesionales comprometidos con el proyecto: psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, enfermeros, administrativos, etc.

Comunicación y territorio

Para que la experiencia fuera exitosa debía sostenerse en un entramado comunicacional interno y externo. Nos movilizaba la consigna de “derribar los muros para que salgan los de adentro y los de afuera dejen de temerle al adentro”. Cuando alguien decía que era de Romero, la respuesta habitual era: “¿vivís ahí? ¿Del lado de adentro o de afuera?”. Un prejuicio persistente, una suerte de supremacismo del casco fundacional platense que impulsaba la rebelión. Por eso nos sumamos con fervor a derribar los muros de la segregación social.

Tras el triunfo electoral de septiembre de 1987, el peronismo vivía un clima renovador con la llegada de Antonio Cafiero a la gobernación bonaerense. Y cuando el ministro de Salud, Floreal Ferrara, impulsó políticas comunitarias a través de los ATAMDOS —Atención Ambulatoria y Domiciliaria de la Salud—, la atención primaria dejó atrás el asistencialismo para priorizar la prevención y la promoción, convocando a centenares de jóvenes del campo sanitario a sumarse con compromiso y entusiasmo.

Gilabert contaba con el total respaldo de Ferrara para impulsar sus reformas de fondo. Apenas el titular de Salud lo designó al frente del hospital mediante el decreto 1333/88, publicado el 13 de abril de ese año, los que esto escriben le acercamos un proyecto para la creación de un Área de Comunicación Social que reproducía las tradicionales misiones y funciones que por entonces desempeñaban las oficinas de Prensa ministeriales, a las que sumamos un componente de recreación y expresión artística para los pacientes internados. Bastó una breve charla para obtener su aval. Gilabert ubicó nuestra oficina a metros de la suya. Entre las propuestas, y según la usanza de la época, planteamos “generar una síntesis de prensa diaria para los profesionales”, hecha con recortes y fotocopias de diarios de circulación masiva. El director se horrorizó: “Si los médicos quieren informarse, que compren diarios. Hagan ese trabajo para los pacientes: incluyan política, deporte, cultura y actualidad para acercarlos a la vida cotidiana. Y, muy importante, sumen avisos clasificados con pedidos de trabajo, para que vean que afuera hay un mundo laboral posible”. Así dejó en claro la prioridad de la gestión.

Una revista como puente

Un hito de la gestión de Gilabert en su vínculo con la comunidad fue la revista La Barraca. Su lema —“realizada por la gente que vive y trabaja en el Hospital Alejandro Korn de Melchor Romero”— definía su alcance y sentido de pertenencia. Pese a las dificultades, publicó cuatro números entre 1988 y 1992, con apoyo del Ministerio de Salud bonaerense y la DIEBO, que los imprimió para su distribución gratuita. En blanco y negro —con tapas a color— y diseño simple, su valor diferencial fue dar voz, en igualdad de condiciones, a pacientes internados y externados, funcionarios y miembros del equipo de salud.

En sus páginas, trabajadores de distintas áreas del nosocomio expresaban sus visiones sobre la institución, y, más significativamente, los propios pacientes encontraron un espacio para plasmar vivencias, deseos, reclamos y producción creativa en forma de textos literarios e ilustraciones. Su circulación alcanzó relevancia nacional, en el marco de una estrategia de comunicación orientada a abrir el manicomio, derribar los muros de la opresión y la marginalidad, e invitar al “afuera” a perder los temores infundados en torno a la locura.

En su etapa preparatoria, “La Barraca” fue mirada con recelo, incredulidad o escepticismo por trabajadores y pacientes, pero una vez publicada, todos querían participar en sus páginas. Con absoluta libertad editorial, Gilabert dejó hacer y rara vez sugirió temas específicos.

El 27 de octubre de 1988 se realizó su presentación en un teatro del hospital colmado de público, en una conferencia abierta a la comunidad en la que participó junto a la periodista Mona Moncalvillo. En paralelo, en el mismo espacio, se inauguró la Primera Muestra de Artistas Plásticos Internados.

Más tarde, en el extenso espacio verde hoy ocupado por un barrio, más de cinco mil personas —entre “los de adentro” y “los de afuera”— disfrutaron de un concierto de Teresa Parodi, reciente ganadora en el Festival de Cosquín. Tras conseguir el teléfono de su casa y “a la manera de una botella al mar”, le propusimos que participara. No había presupuesto para su cachet. “De ninguna manera voy a cobrar, chamigo. Voy a cantar para esa gente que lo necesita”, respondió. Nunca antes se había realizado un evento cultural de tal magnitud en la región de Melchor Romero.

Tiempo después ocurrió lo mismo con el Cuarteto Zupay, en el pico de su popularidad. Un llamado a uno de sus integrantes, Pedro Pablo García Caffi bastó para que aceptara presentarse un domingo por la tarde ante miles de platenses. Pacientes y cuerdos, sin distinción, conformaron el auditorio. Los muros seguían cayendo, y otros artistas populares como Marián Farías Gómez, Julio Lacarra y el músico surero Alberto Merlo participaron desinteresadamente en jornadas multitudinarias. Este último fue número central de un encuentro que incluyó doma y jineteada, en un formato similar al de Jesús María, pero dentro del hospital y con miles de visitantes.

En ese contexto se pusieron en marcha talleres creativos y artísticos para que hombres y mujeres empujados al aislamiento y al anonimato pudieran expresar sus habilidades literarias, plásticas, teatrales, deportivas, entre otras. Trabajadores del nosocomio y personas del afuera consustanciadas con la propuesta se incorporaron rápidamente, ampliando la oferta de actividades: talleres literarios, dibujo, pintura, teatro, psicodrama, cine, kermeses, competencias deportivas, entre otros. Todo sumaba a la meta expresada en el título de tapa del segundo número: “La alegría se instala en nuestro hospital”, ilustrado con la fotografía de dos pacientes bailando.

Como resultado de ese impulso creativo, se editó el libro de poesías “Señales desde un Taller Protegido”, que bajo la coordinación de Rolando Grilli reunió textos de pacientes internados. En su presentación participó Vicente Zito Lema —escritor, dramaturgo, periodista, filósofo y docente—, por entonces director de la revista Crisis.

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Primer número de la revista “La Barraca”, un objeto de culto que puede consultarse en la biblioteca de la UNLP

Primer número de la revista “La Barraca”, un objeto de culto que puede consultarse en la biblioteca de la UNLP

La gestión encabezada por Gilabert instaló la toma de conciencia sobre el respeto a la dignidad y los derechos de las personas con padecimiento mental. En las administraciones siguientes, hubo dificultades presupuestarias, en especial después de 2001. Volvieron las graves denuncias por carencias edilicias y operativas, producto de la adversidad financiera.

Pero la evolución en las actividades humanas que se había logrado, no tuvo vuelta atrás. En 2010 sería sancionada una ley de salud mental que respalda esa clase de acciones impulsadas por Gilabert en Melchor Romero para la transformación de la vida de miles de personas empujadas hacia la marginación social. Las “prácticas manicomiales” más profundas habían quedado en el pasado. Perdieron vigencia. Como respuesta, surgieron salidas inteligentes para nuevos cambios en salud mental. Ese es el mayor legado de Gilabert.

(*) Licenciados en Comunicación Social (UNLP)

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