Somos la ciudad nueva
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Somos la ciudad nueva

19 de noviembre de 2018

Hay una ciudad nueva que queremos contar. No. No es eso. Contarla es poco. Contarla, solamente, no es lo nuestro. Hay una ciudad nueva que queremos ayudar a parir. ¿Cómo? Agitándola. ¿Cómo? Dándoles voz a los agitadores.

La Plata dejó de ser, hace mucho tiempo, la ciudad de las diagonales. Dejó de ser la ciudad planificada por los liberales de la generación del ’80, sacralizada hasta la momificación. No dejó de ser esa ciudad porque haya decidido sepultar sus tradiciones. Dejó de serlo porque hay nuevas ideas, otros conceptos, valores diferentes o, en todo caso, la aceptación de su interpelación como práctica inseparable del ejercicio de la libertad.

La ciudad nueva incorporó ideas, miradas, praxis nuevas. Armónicas con las fundacionales algunas, disruptivas otras.

Las ideas, las miradas, las praxis de aquellos fundadores y de las élites que se arrogaron durante décadas su herencia fueron criticadas y confrontadas por las de los peronistas de los frigoríficos, las de los hippies y los bohemios de los sesentas, las de la JP de los setentas, las de los pibes de la UES secuestrados, torturados y desparecidos por los genocidas; las de Rocambole y los ricoteros autogestivos y los Moura glamorosos y libertarios y los poetas del Bulevar del Sol; las de la Coordinadora en la primavera alfonsinista de los ochentas, que tuvo aquí brotes tan fuertes como en pocas otras ciudades; las de Hebe, Estela, Chicha y Adelina y los HIJOS de los desaparecidos; las de los pibes de La Cámpora que se ofrecieron para la liberación ante la tolosana Cristina; las de los Bochaton y los Pángaro y los Moretti y los Soto y los Él Mató.

Por debajo de esas élites, que tienen el culo pesado, los intereses grandes, el dedo índice siempre enhiesto para señalar y algunos voceros siempre dispuestos a vetar y tachar, bulle la ciudad nueva.

Bulle en la Universidad, en los centros de estudiantes, en los garajes donde se rockea, en las fábricas de cerveza, en los centros culturales, en los institutos de investigación, en las asambleas de inundados.

La ciudad nueva bulle en la militancia feminista de las pibitas que deconstruyen a sus madres y a sus padres. En el lenguaje que habla con e para redimir siglos de opresión y en cada pañuelo verde que reclama la patria potestad sobre el propio cuerpo y el fin del machismo asesino.

La ciudad nueva bulle en cada mano que sostiene cada celular que contiene y hace fluir un mundo que es inasible con esa misma mano pero que es tan real como las nuevas relaciones sociales y las nuevas maneras de comunicarse, informarse, entretenerse y hacer y consumir cultura.

La ciudad nueva bulle en cabezas y corazones afiebrados que la hacen y la deshacen a la velocidad de un terabite, en una metamorfosis multidireccional jamás vista por la Humanidad.

Y la ciudad nueva bulle en la ciudad que sufre: el hambre, el desamparo, el abandono, la marginalidad, el barro, la violencia. La ciudad nueva bulle -grita de desesperación- en Johana.

Hay una ciudad nueva y queremos lidiar con ella. Con su caos y con su prepotencia. Con sus contradicciones y sus conflictos, que la sacuden y no la dejan quedarse quieta -no la dejan morir.

Hay una ciudad nueva. Queremos contarla mientras la agitamos. Desde adentro.

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