En esa casa vivían Francisco y su mujer Irma Irene, un abuela, Natividad Gómez; y los seis hermanos. Luis César, quien desapareció en Mendoza en abril de 1977; Miguel Ernesto; Francisco Bartolomé, Panchito; Víctor Leonardo; Emilio Fernando, el Taka; y la única hermana, Mónica Lucrecia.
Francisco López Muntaner, su pequeño hermano Emilio, la mamá Irma Irene y Luis, el mayor a quien secuestraron y asesinaron meses más tarde en Mendoza
—¿Qué recuerdos tenés de Francisco siendo vos un hermano menor?
—Teníamos bastante complicidad los tres hermanos que estábamos más próximos en edad: Pancho, Víctor y yo. Nos llevábamos cinco años entre los tres. Compartíamos el barrio, los amigos. Yo era el más chiquito. Jugábamos en la canchita de fútbol, íbamos a pescar, a cazar. Vivíamos a tres cuadras de donde empezaba todo el campo. A Pancho le gustaba mucho ir a pescar. Después de los 14, 15 años empezó a ir con un grupo de jóvenes y con el padre de alguno de ellos, que eran viejos pescadores. Iban para Bavio, tomaban el tren en Meridiano V y él llevaba la caña que le habían regalado mis viejos para un cumpleaños. Lo recuerdo como un pibe alegre, que transmitía vida. Era muy solidario con sus hermanos. Particularmente a mí siempre me ayudó mucho en el colegio, a mi hermana, a mi hermano también. Y siempre tuvo una vocación desde el punto de vista de la solidaridad. Siempre preocupado por ayudar a los amigos nuestros que vivían en situaciones peores a las que nosotros vivíamos.
Los Lopez Muntaner eran parte de una familia numerosa de Altos de San Lorenzo. Panchito es el de polera azul de la derecha
—¿Qué otras cosas le gustaban?
—El fútbol por ejemplo, Pancho era de Gimnasia y Esgrima de La Plata. Él estaba enojado porque toda la familia era de Estudiantes, mis viejos y los hermanos más grandes. Pero él y después los mas chicos fuimos del Lobo. El padrino le regaló el equipo de Gimnasia y andaba recontento con esa camiseta y cuando iba a la canchita. También le gustaba la música. Escuchaba rock nacional, sobre todo los discos que traían mis hermanos más grandes: Almendra, Sui Generis, Pescado Rabioso. Y folklore. En mi casa el folklore y el tango estaban muy presentes: el tango por mis viejos y el folklore por mi abuela, que se había criado en el campo y siempre andaba recitando o cantando alguna milonga o alguna zamba. Y después le gustaba mucho dibujar y lo hacía muy bien. De hecho, por eso se incorporó al Bachillerato de Bellas Artes, para seguir la carrera de dibujo. Ese era uno de sus sueños. Dibujaba cualquier cosa. Sobre todo imágenes gauchescas, el Martín Fierro. También dibujaba mucho las tapas de los discos. Tengo la imagen de él dibujando una calavera con las velas prendidas del disco Instituciones de Sui Generis. Su carrera, si uno proyecta lo qué quería hacer, estaba muy ligada al dibujo.
Panchito tomando la Comunión
Un espíritu solidario, la militancia y el vínculo con Claudia Falcone
—¿Cómo aparece la política en su vida?
—Eso fue un legado familiar. El espíritu solidario, el espíritu de lo colectivo, de estar ayudando al prójimo, al otro, es algo que mis viejos siempre inculcaron. Mi viejo trabajaba en YPF, no tenía una militancia sindical, pero convivía con lo que había significado ser empleado de YPF y era peronista. Mis viejos, los dos, eran peronistas. Por lo tanto, la discusión política estaba siempre en la mesa. Mis dos hermanos más grandes ya militaban dentro de la universidad y dentro de la Juventud Trabajadora Peronista. Entonces, cuando se juntaba toda la familia los domingos, en los asados, la discusión política siempre estaba. Y ahí aparecía en Pancho esta idea de no solamente estar oyendo, sino también de participar con un criterio propio en esas charlas que se hacían después de almorzar o durante el almuerzo.
—¿Cómo fue pasando de escuchar esas discusiones a militar activamente?
—Creo que estuvo influido por mis viejos, por mis hermanos y también por lo que le pasó a toda esa generación: esa idea de cambiar las estructuras políticas, sociales y económicas, de cambiar el mundo. Ahí Pancho empieza a participar más orgánicamente dentro del centro de estudiantes o de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Había un compromiso militante social que, aparte de pelear por las reivindicaciones concretas de los estudiantes secundarios, también se extendía a tratar de ayudar a los más humildes, a los más pobres en su territorio. Recuerdo reuniones en casa en las que vi a Claudia Falcone. Planificaban e iban a hacer reconstrucción de casas, limpieza en una villa que teníamos en el fondo de la 17. Estamos hablando de 1975 y 1976. Fue un plazo muy corto en el que creo que se vivió muy intensamente. Con esto te quiero decir que él empieza a militar en los años más duros, con la violencia instalada y enseguida fue golpe militar.
Panchito de pelo largo, en los años de la escuela secundaria
—¿Recordás algo de esa militancia que haya quedado especialmente grabado?
—Me acuerdo de haber visto varios “miguelitos” en el fondo de mi casa, que habían armado para una movilización. Eran clavos doblados para que se pincharan las cubiertas de las camionetas de la policía.
La madrugada del secuestro
La parada de la patota en Altos de San Lorenzo en la casa de calle 17 Nº 2123 fue tal vez una de las última de una larga madrugada en la que se llevaron a al menos seis estudiantes secundarios o recién egresados, quienes nunca volvieron a aparecer. Faltaba poco para amanecer cuando seis uniformados con ropa del Ejército y los rostros cubierto quisieron ver a los hijos de Irma. Según el testimonio de la mujer, vio cómo se llevaban a Panchito mientras al menos cinco autos esperaban en esa calle de barrio de trabajadores.
La casa de donde fue secuestrado Francisco López Muntaner en Altos de San Lorenzo. Tiene una baldosa de la memoria
—¿Cómo recuerdan en tu familia los días previos al secuestro?
—Yo recuerdo la preocupación después del golpe de Estado. Creo que, como mucha gente, no estábamos muy conscientes de que los militares venían a desarrollar un plan sistemático de desaparición de personas. Y sí recuerdo la preocupación de mi hermano más grande (se refiere a Luis, quien en abril del año siguiente también fue secuestrado) en una de las últimas reuniones, porque ya empezaban a desaparecer compañeros que estaban muy cerca de él. Les transmitía a mis viejos el tema de tener un poco más de cuidado y también de cuidarse en el caso de mi hermano.
—¿Cómo viviste el momento en que se llevaron a tu hermano?
—Yo me despierto con los ruidos. Dormíamos en el departamento con mis padres y mi hermana, y al lado estaban mis otros dos hermanos con mi abuela. Entran golpeando la puerta. Se anuncian, según el relato de mi mamá, como miembros del Ejército Argentino. Había tres encapuchados, uno no, y había más gente atrás. Nosotros nos quedamos en el departamento. A la media hora viene mi mamá llorando que se habían llevado a Francisco.
El rostro de Panchito se multiplica en las marchas por La Noche de los Lápices
—¿Qué había pasado en la otra casa?
—Lo reconstruimos con lo que vio mi abuela, que se había despertado y vio por una de las puertas de atrás algo de lo que pasaba. Y por mi hermano, que dormía con Pancho, quien contó que habían entrado cuatro o cinco personas encapuchadas. Una estaba sin capucha, era una persona más o menos pelirroja o rubia, de pelo muy corto. Era el que hablaba. Se había identificado como miembro del Ejército y le preguntaba a mi hermano dónde estaban las armas. Pancho le decía que no tenía. Hasta que le dice: “Mirá, lo único que tengo, el arma que está dentro del ropero”, que era una pistola de aire comprimido que le habían regalado porque le gustaba salir a cazar. Mi mamá dice que entendió que Pancho lo estaba cargando y se puso más violento. Entonces le dijo que se vistiera, que se iba con ellos. Mi mamá preguntó adónde lo llevaban. Le dijeron que le iban a hacer algunas preguntas y que, si contestaba lo que querían, pronto lo iba a tener de vuelta. Y si no contestaba, tendría que atenerse a las consecuencias. Ahí lo encapuchan, le atan las manos, revisan toda la casa, sobre todo la cama y el ropero, y se lo llevan en un Falcon. Después los vecinos nos contaron que habían ido tres autos y unas diez personas.
Le preguntaba a mi hermano dónde estaban las armas, Pancho le decía que no tenía hasta que les dijo: 'lo único que tengo, el arma que está dentro del ropero' y era una pistola de aire comprimido que le habían regalado para cazar Le preguntaba a mi hermano dónde estaban las armas, Pancho le decía que no tenía hasta que les dijo: 'lo único que tengo, el arma que está dentro del ropero' y era una pistola de aire comprimido que le habían regalado para cazar
—¿Cómo comenzó la búsqueda?
—Como todas las madres, mi mamá salió a buscarlo. Primero a las comisarías, después a todo contacto que se pudiera tener con el Ejército. Había un vecino que tenía un familiar dentro del Ejército, pero después dijo que no podía hacer nada. Hubo mucha solidaridad de los vecinos. Uno de ellos se levantaba muy temprano para ir a trabajar y vio cuando llegaron los tres autos y pararon en la puerta de mi casa. Después vino la búsqueda por las morgues. Mi mamá fue acompañada por vecinas que conocía porque tenía el almacén y que tenían una relación muy buena con ella. La acompañaron mucho para buscarlo por todos lados. Hasta que se encuentra con una señora del barrio a la que hacía poco le habían secuestrado un hijo que estaba en el servicio militar. Con ella siguieron buscando hasta que se encuentran con el grupo de madres, con Elva Falcone, la mamá de Claudia.
—¿Vos no pudiste ver a Pancho en el momento que se lo llevan. ¿Cuándo fue la última vez que los viste?
—Lo vi la noche anterior. Veníamos de un cumpleaños de un vecino y habíamos estado jugando, escuchando música, cenando. Pero la última imagen fuerte que tengo de él es de ese día o del anterior. Yo estaba en la primaria y tenía que presentar un trabajo: una historieta con dibujos. Como no la había terminado, él estuvo hasta última hora ayudándome a hacer el dibujo de un cuento de sapos. Me enseñaba cómo se dibujaba en perspectiva, que era algo que él estaba aprendiendo en el Bachillerato. Yo tenía que dibujar una ronda de sapos en donde el sapo que soñaba les contaba a todos los demás. Estuvimos como hasta las doce de la noche. Esa fue la última imagen que tengo de Pancho ayudándome.
Emilio López Muntaner, el "Taka", hablando de Panchito, su hermano menor
AGLP
El legado de lo pibes y los desaparecidos anónimos
—¿A 50 años, qué significa para vos hablar de La Noche de los Lápices?
—A veces siento que es un poco injusto, porque hubo miles de estudiantes secundarios desaparecidos, que están en el anonimato, que no se los conoce. Nosotros tuvimos la suerte, a partir del libro (La Noche de los Lápices de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez) y de la película de Héctor Olivera, de que este hecho haya tenido tanta relevancia, lo que permitió, a lo largo de estos 50 años, que todos los 16 de septiembre se conviertan en un gran debate dentro de la sociedad y fundamentalmente dentro del movimiento estudiantil. Pero siempre planteo hay que reivindicar a los 30.000 desaparecidos y a los miles de estudiantes secundarios que no solamente no han tenido una tumba, como mi hermano y estos seis compañeros, sino que ni siquiera han sido nombrados.
Hay que reivindicar también a los miles de estudiantes secundarios que no solo no han tenido una tumba, como mi hermano y estos seis compañeros, sino que ni siquiera han sido nombrados Hay que reivindicar también a los miles de estudiantes secundarios que no solo no han tenido una tumba, como mi hermano y estos seis compañeros, sino que ni siquiera han sido nombrados
—¿Qué les dirías a las nuevas generaciones cuando pensás en Francisco y en aquella generación?
—Me parece que lo más importante es que esta generación, lamentablemente o para bien, puso la vara muy alta en materia de compromiso social y de compromiso político, por ser grandes militantes populares. Queda el ejemplo, el mojón y el faro para las nuevas generaciones. Para no estar trabajando permanentemente en el individualismo, en lo material, sino comprometidos con la construcción de un proyecto de país con inclusión, donde todos los estudiantes puedan estudiar, puedan trabajar y puedan tener una vida digna.