—¿Cómo te presentamos? ¿Trapito, cuidacoches, lavautos?— le pregunté antes de despedirnos. Sé que hay reparos con las definiciones y bueno, no quería cometer un desatino.
Escapó hace muchos años de la pobreza de su ciudad natal en Corrientes, trabaja como cuidacoches en las calles de La Plata y enfrenta con valor su enfermedad.
—¿Cómo te presentamos? ¿Trapito, cuidacoches, lavautos?— le pregunté antes de despedirnos. Sé que hay reparos con las definiciones y bueno, no quería cometer un desatino.
—Cuidacoches...— respondió Gustavito con la frente en alto.

Lidia Cantero vivió en el Hogar con el padre Carlos Cajade y luego se convirtió en educadora. Recuerda el dolor por su muerte y cómo los pibes tomaron la posta.
Nació en La Plata, se fue de su casa de adolescente y mendigó hasta que le ofrecieron trabajo. Hoy, labura en un prestigioso negocio de City Bell.
Gustavito es Oscar Gustavo Rojas, un hombre de 57 años que conoce las calles de La Plata como las palmas de sus manos porque hace más de tres décadas que vive bajo este cielo, primero en una quinta de Lisandro Olmos, después en Berisso, ahora en una pensión cerca de Plaza Olazábal y en algún que otro momento en veredas y refugios precarios de por ahí.
Nació en Santa Lucía, una pequeña ciudad en el oeste de la provincia de Corrientes ubicada entre el río Santa Lucía y el Paraná. Se vino para las diagonales en 1991 y desde ese momento se ganó la vida de diferentes maneras, tuvo dos hijos, una adicción al alcohol y desde 2022 lucha contra una mielofibrosis, un cáncer de médula poco común que lo desafía todas las mañanas cada vez que abre los ojos y se prepara para afrontar un nuevo día.
"Me fui de mi provincia por la situación económica, llegué a La Plata para trabajar por tres meses en la cosecha de tomate y me quedé para siempre", cuenta. Tiene que interrumpir la charla varias veces porque la gente que pasa frena y lo saluda. 'Hola Gustavito', 'hola Negro', 'qué facha', 'ahora sos famoso', 'adiós Gustavito', 'qué tal Gustavito', 'chau Gustavito'. Y sigue: "Después formé mi familia y ahora tengo dos hijos grandes y cuatro nietos".
En septiembre de 2022 casi muere. Las semanas previas a esa primavera había empezado a sufrir un dolor de piernas que al principio no le preocupó. Pero comenzó a sentirse peor con el paso de los días: perdía el conocimiento con regularidad y hasta se quedaba dormido cuando viajaba en micro, por eso más de una vez abrió los ojos muy lejos de donde tenía que bajarse, sin entender nada. "Un viernes me acosté después del mediodía para mirar televisión y me desperté el domingo a la tarde", recuerda.
Toda la gente que lo conocía lo notaba mal y le insistía para que fuera a ver a un médico. Pero Gustavo se negaba. 'Ya va a pasar', decía. Y mientras tanto se seguía levantando a la madrugada para ir a la cuadra de 9 entre 53 y 54 a cuidar y lavar coches hasta la noche, momento en que volvía al parador para gente en situación de calle en el que vive hasta estos días.
Una trabajadora del Anexo de la Cámara de Diputados bonaerense le sacó un turno en el Hospital San Martín para que le hicieran una extracción de sangre. "Al otro día me levanté y me sentía peor; cuando fui al hospital me subí a un taxi y le pedí al chofer que me llevara porque no veía nada", dice y todavía se sorprende porque por más que haga el esfuerzo, no recuerda absolutamente nada de ese viaje: "No me preguntes por dónde agarró ni cuánto me cobró porque no tengo registro".
Llegó, se sentó en la vereda y sintió que se moría. "Pensé que era lo último, quería respirar y no podía, le pedí a Dios que me ayudara. Una persona me compró una botella grande agua en el kiosco y me la tomé entera de un saque; eso me reavivó, entré y me hicieron la extracción", sigue. Tampoco se acuerda qué le dijo la médica que lo atendió. Y eso fue lo que motivó a la gente que lo quiere a llevarlo a que se internara para que un grupo de profesionales estudiara a fondo su caso.
Le pusieron suero, le hicieron un lavado de estómago por sus viejos problemas con el alcohol y comenzaron los estudios para averiguar qué tenía. Pensaron que era una úlcera sangrante, pero no. Le hicieron una tomografía, le encontraron el hígado graso, el vaso sanguíneo que bombeaba en falso, y continuaron los análisis. Ahí fue cuando lo vio una doctora que lo encaró con sinceridad: "Si vos no venías ayer, no pasabas de esta noche". Tenía el 15% de sangre en su cuerpo y los médicos no entendían cómo hacía para poder caminar.
Permaneció un mes recibiendo sangre todas las semanas y todavía no podían comprender cómo era que a la tarde perdía medio litro, todos los días. Siguieron los estudios, ahora en Hematología, previo a una punción de médula, un procedimiento doloroso que lo hizo llorar, recuerda: "No pude caminar durante tres días, creí que me quedaba paralítico, mis hijos me ayudaban para llevarme al baño". Y luego le hicieron un estudio similar, pero en el pecho: "No podía ni tragar ni comer". "Hasta acá llegamos con vos, vení mañana que te va a atender otro oncólogo y te va a explicar bien qué es lo que tenés", recuerda. "¿Qué tengo?", preguntó Gustavo. "Una enfermedad que no tiene cura", le respondieron.
Los detalles de su enfermedad se los dieron a su hijo y él fue el encargado de anoticiarlo. "Tenés un cáncer de médula, se llama mielofibrosis, hay un caso de cada diez y te tocó a vos", le dijo Leandro. Pero Gustavo no entendía, o no quería entender: "Para mí era como si me hubiesen dicho que me dolía la cabeza y entonces tenía que tomar una aspirina".
Hasta que con el tiempo, cayó. Y su vida se transformó, acomodándose entre el trabajo en la calle y los controles, que fueron constantes: transfusión de sangre todas las semanas en el San Martín y estudios regulares de los médicos, algo que continúa hasta el día de hoy. A la oncóloga la ve los martes y, según repite, "así voy a seguir, luchando".
Pero Gustavo no tiene recursos para solventar un tratamiento que está comenzando a complicarse. Tiempo atrás le habían recetado una vacuna "que es buenísima y me hace bien", pero el Ministerio de Salud ya no la entrega. Se trata de un remedio oncológico que cuesta más de 300 mil pesos si se aplica con regularidad como se debe, y Gustavo no puede afrontar el gasto. Mientras tanto, desde hace varias semanas intenta tramitar la pensión por discapacidad pero las trabas burocráticas a las que se enfrenta son un golpe extra a su padecimiento diario.
Ahora está cansado y dolorido, pero siempre con empuje y optimismo. "Necesito ayuda", dice. "No tengo pensión, no tengo nada, vivo de esto", agrega mientras señala a uno de los autos que cuida durante esta mañana de sol, y por los que no pide nada a cambio: "La gente me da lo que puede, si puede".
Y para quienes puedan dar una mano, Gustavo dijo que un amigo que vive en la cuadra en la que él trabaja puso su alias disponible, "para que me ayuden con lo que puedan". El alias es Nicorlamberti.