martes 24 de marzo de 2026

Arrancó en La Plata el juicio por una balacera en la puerta de un céntrico boliche que todavía es un misterio

La Justicia inició el debate por un violento episodio ocurrido en 2022. Una pelea entre ebrios, varios disparos, un herido y una confusa trama en La Plata.

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La Plata duerme, pero el estruendo de un disparo puede sacudir hasta el asfalto más acostumbrado al silencio. La madrugada del 10 de octubre de 2022, en la puerta del boliche Retro Bar, ubicado en 49 entre 6 y 7, le puso el broche de cierre a una noche que terminó mal.

Una pelea entre borrachos, una retirada y un regreso cargado de plomo fueron parte de la escena registrada aquella jornada, que terminó con una pierna atravesada por una bala y una Justicia que hoy atraviesa un largo camino al juicio oral en curso.

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En el banquillo del Tribunal Oral Criminal (TOC) IV se sentó Joaquín Andrés Garay, acusado de "abuso de arma en concurso real con lesiones graves agravadas por el uso de arma de fuego". El acusado llegó al proceso en libertad y con una falta de mérito.

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Al frente de la acusación se encuentra el fiscal Mariano Sibuet, en la defensa el penalista Ricardo Callaba, un hombre que no parece sorprendido por los laberintos de la causa; y la jueza Carolina Crispiani condujo la primera audiencia. El procesos, sin embargo, más que un juicio parece el intento de armar un rompecabezas sin saber cuántas piezas faltan.

Un relato que se desarma

La víctima, Hugo Fernández Gatti, entró a la sala con una herida en la pierna y otra, quizás más profunda, en la memoria. Cuando le preguntaron por el tirador, dudó. Primero dijo "no sé quién tiró", luego "yo creo que fue él" y finalmente "no estoy seguro". En su voz no hubo firmeza, apenas un eco de aquella noche. El miedo, la confusión o tal vez las sombras de la madrugada mezcladas con el alcohol le nublaron el recuerdo, o bien lo aferraron demasiado fuerte como para dejarlo salir con claridad.

La Justicia, esa maquinaria que camina sobre alfileres, ya dividió el expediente. La parte que llegó al juicio tiene nombre y apellido: Joaquín Garay. La otra, esa que apenas tiene unas hojas, descansa en un cajón desde 2023. Allí están las fotos de la casa del presunto autor del disparo. Un tirador sin nombre o con nombre, pero sin impulso penal. La pista existe, pero nadie la corre. La causa duerme y el Estado también.

Balas que no saben de dónde vinieron

La reconstrucción de los hechos parece un juego de espejos. Testigos que vieron disparos desde atrás del auto, otros que juran que fue desde adelante. Algunos que no vieron nada. Otros que lo vieron, pero no con un arma. La única certeza: hubo disparos y la bala se incrustó en la pierna de un hombre. Lo demás es un bosque de dudas.

La defensa se movió con sigilo. En la primera audiencia aportó un elemento que podría cambiar el curso del juicio: un audio. En él, supuestamente, el verdadero tirador confiesa su autoría. "Yo tiré", habría dicho. El mensaje salió del celular de Garay secuestrado en la instrucción, pero el aparato no aparece en los efectos que llegaron a la etapa de debate. ¿Dónde está el teléfono? ¿En qué armario del Poder Judicial quedó guardado ese audio? ¿Quién fue el responsable de que no llegara a tiempo? Más preguntas que respuestas.

En la primera la defensa audiencia aportó un elemento que podría cambiar el curso del juicio: un audio en el que, supuestamente el verdadero tirador confiesa su autoría y asegura "yo tiré".

La defensa pide ahora que ese mensaje sea incorporado como prueba. La Fiscalía lo busca, pero el rastro se diluye en los pasillos de un fuero penal colapsado y plagado de cajas sin inventariar. Si ese mensaje confirma lo que Callaba dice el juicio podría dar un giro, pero para eso hay que encontrar primero la prueba y, luego, lograr que alguien la escuche con atención.

Justicia en estado líquido

Los testigos declararon bajo la misma confusión que inunda toda la causa. Nadie pudo decir con claridad de dónde salieron las balas. Nadie vio al tirador con el arma en la mano. Nadie, salvo una grabación ausente, parece tener una verdad definitiva.

Garay llegó al juicio en libertad, pero con el peso de un señalamiento que parece más un reflejo de lo que se cree que de lo que se vio. Su abogado se muestra confiado, como si supiera que en esta trama los errores de la instrucción pesan más que los disparos, que la falta de rigor puede absolver donde la prueba no convence.

El fiscal Sibuet encara el desafío con la seriedad del caso, pero también con la mochila de una causa incompleta. Debe sostener una acusación sobre una víctima que no puede afirmar quién le disparó y sobre un escenario donde cada testigo ofrece una versión distinta. ¿Alcanza con eso para condenar? La jueza Crispiani deberá decidirlo.

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El próximo jueves 19 de junio se reanudará el debate. Quizás para entonces aparezca el celular, el audio, o algún testimonio que logre atravesar el muro de la duda. Tal vez no. En todo caso, el proceso continúa.

Mientras tanto, el pub siguió funcionando, pero ya con otros nombres. La ciudad sigue durmiendo y los disparos de aquella noche se diluyen como la música de un boliche a las cinco de la mañana. El hecho está probado: hubo una pelea, hubo una retirada y luego, balas. Pero... ¿quién apretó el gatillo? Eso es lo que se juzga. Eso es lo que nadie puede decir con certeza. En esa duda late, como un corazón errático, el drama de muchos juicios penales en la Argentina: una verdad esquiva, una instrucción desprolija y la sospecha de que, a veces, el juicio no busca justicia, sino cerrar un expediente.

Lo demás es silencio. Los hechos no son ni buenos ni malos: son los hechos, y deben ser contados.

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