martes 11 de junio de 2024
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Escritor de fuste

Gabriel Báñez, una de las mejores plumas de todos los tiempos

Juan José Becerra homenajea a su amigo Gabriel Báñez, uno de los narradores platenses más reconocidos a nivel internacional. Su obra, su personalidad y otros aspectos del que también fue periodista y que construyó una literatura que vivía y respiraba en La Plata.

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Gabriel Báñez (1951-2009) nació en La Plata y fue, entre otras cosas, uno de los novelistas platenses más prestigiosos y prolíficos. Sus obras, aunque algunas reconocidas y premiadas tardíamente, fueron bien recibidas por la crítica a nivel nacional e internacional. Entre ellas: La cisura de Rolando, Parajes, El Capitán Tresguerras fue a la guerra, Hacer el odio, Góndolas, El curandero del cuarto oscuro, Paredón, paredón, Los chicos desaparecen, El circo nunca muere, Octubre amarillo, Virgen y Cultura.

Como periodista, colaboró en diversos medios y dirigió durante años el suplemento literario de El Día. Fue director de La Comuna Ediciones, la editorial municipal. “Quizá no sería ocioso decir que Báñez era La Plata (y el mundo entero) como Arlt era Buenos Aires (y el mundo) o Benedetti, Montevideo (ídem)”, dijo el escritor y periodista Miguel Russo.

En esta nota, Juan José Becerra recuerda a Báñez a partir de los textos que escribió sobre él.

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Gabriel Báñez, periodista y escritor platense.

Gabriel Báñez, periodista y escritor platense.

Gabriel Báñez fue un escritor de carácter, soberano, retobado y solitario. Es lo que me sale decir después de escribir su nombre y, muchas veces, después de pronunciarlo. Y si no lo recuerdo como escritor sino como amigo mayor, con todas las ventajas y desventajas que trae el trato entre dos personas nacidas en distintos países de tiempo, el nombre me trae de él la voz, que es lo que mejor sobrevive de las personas que se van, y una calidez de anfitrión de todas las conversaciones que tuvimos.

Busqué para esta ocasión lo que había escrito sobre él durante los años en que nos vimos, y recordé que para conocerlo le propuse entrevistarlo. Es un tic (y un TOC) de los escritores juniors hacer mafia con los escritores seniors para encontrar rápidamente la anuencia de la iniciación. Pero la voluntad de promocionar lleva facones bajo el poncho. Lo que quiere el escritor junior es que el senior lo reconozca como un par, y que se vengan abajo los andamios de la jerarquía. Subir y colgarse de él, lo que sólo pude lograrse si el escritor senior baja.

Entrevisté a Gabriel e, inmediatamente, le pedí que presentara mi primera novela. La presentó, se descompuso, lo internaron. Aparentemente, lo sacó del brindis un malestar digestivo. Durante años hablamos del tema con variantes. Yo le decía: “te asustaste, ¿no?”; y él me contestaba: “sí, ¿viste?, y al final no era para tanto”. Siempre así. No recuerdo una sola conversación con él que no haya sido un cuadro de comedia.

No encontré esa entrevista. Mejor para mí, que la recuerdo como quiero: él, con su polera negra, fumando Particulares, moviendo las manos como encima de una bola de cristal y chasqueando la lengua para luego meter en el aire vacío, muy seriamente, alguna barbaridad.

Sí encontré una reseña de Cultura, una historia que hace de la burocracia cultural un mineral poético, en la que el hijo de puta, con mi nombre y apellido, describe a alguien que se la pasa en el psicoanalista para que su vida avance… hacia atrás (escribo esto y me río, y recuerdo con exactitud cuánto lo quise).

Y también encontré dos presentaciones, porque a los escritores seniors les gusta que los presenten los juniors. Una, de Virgen, que se publicó en Clarín; y otra, de La cisura de Rolando. La primera fue con Luis Chitarroni, en el Centro Cultural Islas Malvinas; la segunda, con Miguel Russo, en el subsuelo de la librería Yenny de calle 50, tres meses ante de que nos dejara el regalito.

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Juan José Becerra, Gabriel Báñez en el centro y Miguel Russo, en la presentación de

Juan José Becerra, Gabriel Báñez en el centro y Miguel Russo, en la presentación de "La cisura de Rolando".

Encontré dos textos más. Uno, escrito para Los Inrockuptibles unos días después de que se fuera, y no logro entender de dónde saqué las fuerzas. Pero si lo pienso bien, nadie que escriba sabe de dónde saca la fuerza para hacerlo. Son fuerzas que deberían guardarse para otra cosa, ¿no? El otro, para el diario El Día, en un aniversario de su muerte.

Lo que más lamento, aunque en algún lugar debo tenerlo y un día aparecerá, es no haber dado con un comentario que hice de El circo nunca muere para El Cronista. Ahí tiene que haber alguna prueba ya no del estremecimiento que Gabriel, como escritor, me hizo sentir como lector. Es otra cosa, algo verdaderamente pesado y precioso que no tiene nada que ver con los libros, sino con la belleza y el terror de vivir.

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Una reseña de la novela

Una reseña de la novela "Cultura", por Juan José Becerra.

Presentación de la novela La cisura de Rolando, por Juan José Becerra. Año 2009:

Lo único que tiene sentido es lo que no funciona, lo que falla, lo incompleto, lo que no se entiende. Es un principio bañeciano que sostiene una idea general sobre la literatura: la literatura es imperfección. Se hace con la imperfección y su horizonte -no importa dónde esté-, es lo imperfecto. La cisura de Rolando es la prueba de este principio. Pero aquí la falla es biológica. Hay una cisura en Rolando, una rotura de la perfección funcional (una abertura imperceptible que en los hechos se manifiesta como un abismo) a la que Gabriel Báñez le da un tratamiento artístico.

La habilidad del habla, una habilidad naturalizada por el hábito, se pierde de golpe mientras se va construyendo una habilidad mayor: la de la escritura, un artificio más refinado que el de hablar (hablar, habla cualquiera), un arte, que a su vez comienza a naturalizarse de un modo monstruoso. ¿Qué ocurriría si todos fuésemos mudos? Sencillamente, evolucionaríamos hacia un nuevo arte del sentido, un arte del silencio en el que todos los hombres del mundo serían escritores, por lo que el sentido no se daría por supuesto: habría que buscarlo.

Lo que ocurre con Rolando es que siente el silencio. Lo siente como un expresionismo luminoso pero incomunicable. El arte de la escritura se convierte en un arte de la introspección, una lectura de la profundidad personal y, al mismo tiempo, en una refutación del habla como instrumento del sentido.

Pero pasemos a las máquinas que fallan. En la máquina que falla, Báñez retoma un tópico desdeñado de la literatura argentina: el de los inventos bizarros de Roberto Arlt, fórmulas impracticables, desechos mecánicos, en los que se apoya un sueño tristísimo de gloria: el que antecede (y lo antecede toda la vida sin alcanzarlo nunca) al batacazo, es decir al milagro como producto del azar pero también de la voluntad.

Pero de La cisura de Rolando no nos importan las relaciones entre las máquinas que fallan respecto de las máquinas que andan –no nos importan sus rendimientos ni sus consumos ni sus prestaciones-, sino entre aquellas que lo hacen para los otros y estas otras que lo hacen para uno. Los inventos de Báñez son moralmente superiores a los de Arlt porque allí donde los últimos persiguen la gloria (y, ni qué decirlo, fracasan), los primeros son dispositivos románticos de supervivencia individual (y triunfan a medias).

Frente a la megalomanía del invento propio pensado para la posteridad, los recursos tecnológicos que utiliza Rolando ya han sido inventados. ¿Cuál es la gracia, entonces? ¿Hay muchas gracias? ¿No hay ninguna? Hay una sola: el uso. Porque así como reconoce las propiedades exteriores de esos recursos: amperímetros, antenas, radios, baterías, trasmisores de código Morse (un lenguaje sonoro que sin dudas emula el de una arritmia cardiaca), ese reconocimiento sólo sirve para producir un malentendido, un desvío y una fuga hacia una zona de comprensión donde cada máquina fallida, como cada frase de la novela, solo tiene sentido por lo que, aún y sobre todo funcionando mal, puede decirle a su usuario de sí mismo.

La cisura de Rolando es una novela encantadora acerca de dos esferas de sentido irreconciliables: el interior y el exterior, pero no del mundo sino del cuerpo, el único mundo en el que verdaderamente vivimos. Sus dos bloques son muy claros. Se trata de dos experiencias complementarias de escritura, una incursión y una excursión, dos mitades de una misma materia narrativa que libran una guerra íntima menos para decidir un dominio sobre la historia que una identidad sobre el narrador. Hay dos Rolandos: el que habla (el Rolando superado) y el que solamente escribe. ¿Son los herederos más bien melancólicos de Ibáñez, los dos narradores de Cultura –su la novela anterior- que, como vimos, terminaron formando un solo esquizofrénico?

Más se quiere decir, menos se dice. Mejor decir las cosas en silencio. Más se quiere decir, menos se dice. Mejor decir las cosas en silencio.

La enfermedad de Rolando es un misterio que, mientras dura, es un arte vital narrado en el tono de una comedia de aprendizaje. Si el vacío ontológico que consiste en vivir pierde el ruido-placebo del lenguaje hablado (si un accidente o una cisura destapa ese hueco) esa verdad se manifiesta como lo que es: un silencio mortal, una música de la nada. Por lo tanto la cura, automática, insondable, es un falso regreso que Rolando experimenta como quien regresa de una guerra que ha perdido para preguntarse: ¿hablar? ¿Para qué?

Hay muchos grandes momentos en La cisura de Rolando, cuya división separa cada vez con mejor definición visual y verbal sus dos bloques narrativos en una primera parte artística –allí vemos el arte insuperable de escribir sin saber-, y en una segunda que se repliega o regresa hacia las vulgaridades del habla, lo que no necesita del arte para ser dicho sino de la decisión de decir. Elijamos uno: aquel en el que Rolando siente que puede haber algún progreso en él y que su rotura podría soldarse con el empleo más o menos sostenido de una voluntad. Entonces, intenta pronunciar su nombre. Aquí la transformación, contra las expectativas de un principio modesto de cura, no es la de un avance sino la de un retroceso brutal que va del lenguaje hablado (la palabra) a la interjección preverbal, es decir al hombre bestia: Rolando, Releeendeee, yeeeee… Más se quiere decir, menos se dice. Mejor decir las cosas en silencio.

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Gabriel Báñez, de antejos, en el borde derecho. En el centro de la imagen, Juan Gelman.

Gabriel Báñez, de antejos, en el borde derecho. En el centro de la imagen, Juan Gelman.

Texto en homenaje a Gabriel Báñez a un mes de su fallecimiento, publicado en Los Inrockuptibles. Año 2009. Por Juan José Becerra:

EnVirgen, la novela de Gabriel Báñez que fue finalista del Premio Planeta de 1997, se cuenta una historia de amor suspendido por la santidad o la perversión. Sus protagonistas son el sacerdote Benzano y una mujer judía que produce milagros. El vehículo de ese amor es la correspondencia escrita –lo que en asuntos de amor configura una correspondencia burlada- sobre un rumor políglota de fondo, el de los frigoríficos preperonistas y su fuerza ascendente similar a la de una inundación.

Esa novela es, sin dudas, un regreso de Báñez a un relato muy breve y hermoso llamado El circo nunca muere, publicado por Almagesto en 1992, donde puede verse una de las escenas de amor más impresionantes de la literatura en la que se mezclan, con la solidez de una aleación, la belleza y el horror del amor eterno como ejercicio de taxidermia, es decir como construcción de una imagen que nunca morirá si se la sabe mantener contra las calamidades del tiempo. Pero ese mantenimiento no responde a los protocolos de la necrociencia dedicada a darle apariencia de vida a lo muerto sino a un trabajo de artesanía –de voluntad enfermiza y sabiduría sin método- que no puede no fracasar, aunque arrastre en su caída un pequeño triunfo: el de tener a mano la momia en lugar del cuerpo que se ha ido.

Pero la eternidad es más resistente al tiempo que las momias, y en Virgen ocurre un truco lírico (el truco consiste simplemente en decir lo que ocurre) por el cual el sacerdote Benzano se vuelve eterno en el instante de su muerte. Eterno y, siguiendo de un modo romántico la convención de que la muerte es una fuga o una purificación de alguna especie, también libre, porque los tormentos del amor –la tortura de tener que soportar una experiencia basada en un imposible: la coincidencia- ya no tendrán lugar sino como literatura, a la que en ciertos casos, si no en todos, ¿por qué no darle el nombre de taxidermia?

Para Gabriel Báñez la literatura ha sido una máquina de embalsamar, pero nunca lo fue en el sentido de las funciones maquinales como fenómenos de perfección sino de falla. Más afines a las performances milagrosas del científico loco que en su laboratorio hace funcionar con desechos incompatibles unidades técnicas que nadie puede explicar cómo es que se mantienen en pie cuando se las ensambla –el modelo Frankenstein-, las máquinas literarias de Báñez están llenas de hilachas. Son caretas que, de un modo intencionado, muestran su elástico, la prueba del artificio, el dispositivo demiúrgico y el teatro al que, inexplicablemente, le tenemos fe.

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Si la momia se va abriendo camino en el lugar del cuerpo amado, montando a su vez un esquema más genérico aún en el que lo inmortal se ubica en el sitio de las cosas mortales (dada la fugacidad de todas las duraciones, una cosa desaparece con la misma velocidad con que desaparecen los hechos), la versión ideológica de estos golpes de sentido es la que reconoce en el espectáculo culto la fuerza que usurpa al arte y lo desplaza a un gueto de oscuridad e intrascendencia.

En su novela Cultura (2005), Gabriel Báñez ajustó cuentas entre el mundo del arte, un mundo de locura extendido hacia la incomprensión –el Mal del Poeta Loco, quien entrega su vida a un lenguaje lo suficientemente refinado y extremista como para que no lo entienda nadie-, y el mundo del show cultural, plagado de falsos artistas, gestores, burócratas y siglas museológicas. Con lo que tenemos que el asunto sigue siendo –no se trata de una denuncia sino de una sensación vital- la representación, y acaso el más allá paradójico de la representación: su triunfo como verdad.

Los libros de Báñez son una serie de escenografías y escenas encadenadas, todas vistas desde atrás por el resquicio de una cuarta pared invertida. El efecto de lectura es el que produce ya no el teatro humano (una tragedia vista como comedia) sino los ensayos de ese teatro en sus versiones más bizarras y sinceras. En ellos, además de la escena y la escenografía, también se ve la maquinaria que las pone en movimiento, como ocurre con esos magos cuyos espectáculos simultáneos son los de la magia y el truco (se trata de la transmisión simultánea de una ilusión y una verdad). De fondo, una risa, pero una risa negra, sepultada, que no se manifiesta del todo o se manifiesta como drama, y de la que Báñez ha sido su especialista y su víctima.

Es otra cosa, algo verdaderamente pesado y precioso que no tiene nada que ver con los libros, sino con la belleza y el terror de vivir. Es otra cosa, algo verdaderamente pesado y precioso que no tiene nada que ver con los libros, sino con la belleza y el terror de vivir.

Ahora que Gabriel Báñez murió habrá que decir que las lecturas de un suicidio están en todos lados, y el texto en ninguno. La escena final es tan horrible –y tan prolongada- que más vale pasarla por alto y verlo a Báñez manejando su moto chopera, con anteojos de nieve y campera de cuero luego de hacer una parada técnica en mi casa (disculpen, pero a todas las historias las escribe alguien) y seguir, pateando al paso a un perro con unos enormes borceguíes de skinhead, ¿hacia adónde? Hacia la torta de su cumpleaños número cincuenta, donde su imagen –extraída tanto de Easy Rider como de Tom de Finland- quedará inmortalizada en una capa de fondant, luego en una foto y más tarde –ahora- en el recuerdo.

Como de costumbre, con el dolor regresa la comedia. Y en ella, Gabriel Báñez reina como cheff en apuros. El rissotto no alcanza el punto justo (lo pasa) y la cocción se desliza hacia los umbrales de una baba. En el mismo living en el que tiempo después lo encontraron, el cocinero impregna de insultos la materia que no ha podido dominar y golpea el metal de la olla con una cuchara de madera: “este arroz puto y la concha de su hermana”. La escena, siempre la escena. Pero ya no la del cheff sino la del cheff fracasado (o fracasando y, esta vez sí, encontrando un punto justo), muy superior en calidad teatral, y en literatura, a la que podría esperarse de alguien que solamente cocina bien.

Una despedida a la altura de Gabriel Báñez deberá seleccionarse con cuidado. Que sea, entonces, en su Torino Grand Routier ’82, color naranja, impecable, quemando nafta ultra en -¿1993?- los albores del GNC. Otra máquina, pero nunca una máquina convencional sino una máquina que no tiene nadie, y en la que artefacto y usuario –el ente biónico- nos dan la imagen de que ambos, con apretar un botón o subir una palanca, podrían pasar a la dimensión que merecen.

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Texto publicado en el diario El Día, a diez años de la muerte de Gabriel Báñez. Por Juan José Becerra:

De golpe una luz cae sobre la memoria y me doy cuenta que falta Gabriel Báñez. Para reparar esa desgracia entro a cuentomilibro.com y lo veo otra vez vivo, alardeando de su timidez del modo extrovertido con que lo hacen los grandes actores que se someten al martirio de las ruedas de prensa. Digamos que disfruta de su fobia. En ese presente que no muere cuenta en qué consiste su última novela, La cisura de Rolando (2008).

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Báñez en su estudio, fumando.

Báñez en su estudio, fumando.

El recuerdo, artificial y concreto, no está en mí sino en YouTube. Pero después de verlo y, sobre todo, después de estremecerme con su voz de oro y los chasquidos estratégicos de su lengua que detienen las frases y las dejan en suspenso para luego retomarlas con una "salida", comienza la deriva del recuerdo natural, una antología de escenas que hoy son unas y mañana serán otras y, en conjunto, nunca dejan de luchar entre sí para darle a los fantasmas la sobrevida que merecen.

Para Gabriel Báñez la literatura ha sido una máquina de embalsamar, pero nunca lo fue en el sentido de las funciones maquinales como fenómenos de perfección sino de falla.

Los recuerdos, como los sueños, son pura actualidad (pura actualidad inventada), y su idioma es el presente del indicativo. De modo que entro a Carrefour en el año 2007 y me cruzo en la góndola de los productos congelados con Gabriel Báñez. Tiene -así lo recrea la prosa realista del recuerdo- un jean azul, una camisa gris topo, borceguíes, una campera verde de guerrero y anteojos de presbicia. Tiene el aspecto del tipo que sale de una trinchera o se prepara para entrar en ella. Me dice: "¿vos podés creer que tengo diabetes? No puedo comer nada. ¡La puta madre que lo parió!". Discutimos en el registro de comedia terminal que le gustaba imponer a las conversaciones. Le digo que no puede ser que no pueda comer nada, y me contesta: "¡Si no puedo comer lo que quiero entonces no puedo comer nada!".

Comer todo o no comer nada. En medio de estos polos drásticos, un desierto inane sin oasis ni espejismos que pudieran atraer la atención de Gabriel Báñez. El inconveniente que había detectado, y del cual la alimentación regimentada cumplía la función de emergente bobo, era el del resquebrajamiento de la soberanía personal. Se entiende perfectamente el drama en un escritor de carácter que le dio a su literatura la dimensión de un todo. Por lo que el problema, del que no se veía que surgiera un plan B (el plan B del acto soberano es el escarnio de la obediencia), parecía de orden estrictamente literario y tal vez consistiera en la imposibilidad ya no de comer todo sino de escribir todo, y no olvidemos que escribir es decidir.

¿Qué quiere decir que alguien es un escritor de carácter? En primer lugar, que escribe de adentro hacia afuera, y luego que desdeña por desconfianza los ecosistemas literarios de su época, que asume una posición de indiferencia imperturbable respecto de lo que hace y de lo que los otros dicen que hace, que habla sin pudores la lengua naturalizada de la infancia porque la considera una lengua de la verdad personal, que excava en los pozos ciegos del origen y que concibe la literatura como una fuerza de la vida. Si bien es conocida su hermandad literaria con John Fante, en quien vio un gemelo artístico e ideológico, el sujeto Báñez, su manera de percibir los fenómenos, de destruir los lugares comunes y de no dejarse llevar por el confort y el rendimiento social del pensamiento "bueno", tiene mucho del espíritu de incorrección y la soledad del anarquista que puede encontrarse en Norman Mailer.

Sin embargo, en Cultura (2006) escribe quizás por primera vez de afuera hacia adentro porque detecta en el ambiente un fraude que le parece indignante, y que es el del dominio de la cultura por parte de los burócratas y los falsos artistas. Contra la unidad artificiosa y megalómana del narrador clásico, que concentra en una sola voz la autoridad del relato, Gabriel Báñez cuenta los delirios de una ciudad (La Plata) que enloquece por exceso de arte malo mediante los protocolos de la esquizofrenia, que es una máquina de dos cabezas que mira con cuatro ojos y escribe a cuatro manos.

Recuerdo la sonrisa plena de Gabriel Báñez cuando hablamos de ese libro. De lo que dijimos no recuerdo absolutamente nada pero podría inventar que se habló de quién era quién en esa historia. Báñez estaba loco por un personaje inspirado en una persona que asolaba el Pasaje Dardo Rocha como una tormenta de vanidad, y que se consideraba a sí mismo un gran artista, cosa que pretendía refrendar con un sistema complejo de accesorios y relaciones, dejándose una barba a lo Macedonio Fernández, soltando de su boca grandes nombres propios e ideas trilladas y fumando una pipa de Magritte. "Perfecto. Es un gran artista. Ahora, ¿me querés decir dónde está su obra? Es puro work in progress", decía Báñez, para quien la obra, precedida por la entrega total a la obra, era poco menos que todo.

En ningún otro libro como en Cultura se ve a Gabriel Báñez atacar con tanto sentido de la justicia poética este tipo de farsa. De hecho puede verse en la novela un artefacto duchampiano llamado "La máquina de narrar", inspirado en el falso artista que aparece con el nombre de El Novelista Ético, al que Báñez le concede el éxito inexplicable que deriva del equívoco. Por encima de estas calamidades, como mirando el mundo desde un drone, Báñez manda a actuar a esa fuerza superior llamada escritura, la palabra con la que le gustaba definir a la literatura viva, para exterminar la boludez.

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Copia de una de las tantas notas hechas por Becerra sobre Báñez.

Copia de una de las tantas notas hechas por Becerra sobre Báñez.

Es increíble hasta qué punto un escritor como Báñez puede seguir estando entre nosotros si lo leemos o recordamos algo así como la identidad de su espíritu que, aún temblorosa, se afirma cada tanto para decirnos algo que no sabíamos. Esa presencia es incluso más poderosa que la noticia de su muerte que -también cada tanto- tiene la oscuridad desesperante de algo que está pasando siempre, un poco en el sentido en que las pesadilas ocupan todas las extensiones del sueño cuando se manifiestan como imágenes "paralizadas".

Los libros de Báñez son una serie de escenografías y escenas encadenadas, todas vistas desde atrás por el resquicio de una cuarta pared invertida.

Vuelvo a verlo a Gabriel Báñez hablando de La cisura de Rolando en cuentomilibro.com. Algo se me retuerce por dentro y se me da por insultarlo en voz baja ("pedazo de pelotudo, ¿por qué hiciste eso?"). Sin ningún derecho, por supuesto, excepto los que dan la pena y el sentimentalismo, su vehículo histórico. Hay un poder absoluto en la última escena de su vida, una soberanía máxima que lo hace grande. Como él mismo dijo de David Foster Wallace con una soltura que hiela la sangre: "Se ahorcó. Así de sencillo". Pero sería una arrogancia de necrófilos pensar que esa última escena es de una grandeza mayor que la de sus libros, donde a su manera se abren paso entre la niebla de un nihilismo costumbrista las chispas de la felicidad.

En el final de Virgen (1998), hay una situación de felicidad extrema, una especie de nieve eterna que por fin cristaliza en las cumbre de la vida: "Bernardo miraba las boyas sereno, vacío, sin una sola mueca de duda o turbación. Al contrario, parecía iluminado. Así de perfecto fue ese día de pesca: el lanzó las líneas tres, cuatro veces, siempre sonriente, siempre callado, y luego, a media tarde, se quedó absorto y tranquilo en el vaivén de los tres corchos blancos. Cuando Sara lo fue a tocar ya estaba frío y dulcísimo, rígido como un paisaje".

No hay felicidad sino es en contacto con la catástrofe que en Bañez tiene un nombre aparentemente optimista: porvenir. La idea es fatalista pero hermosa, y no vamos a encontrar a nadie que sea capaz de refutarla.

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