martes 31 de marzo de 2026
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VANGUARDIA ARTÍSTICA

Emilio Pettoruti, el platense que llegó a ser el pintor argentino más cotizado del mundo

Fue autodidacta y precursor del arte abstracto. Durante casi dos décadas dirigió el Museo Provincial de Bellas Artes, que desde 2007 lleva su nombre.

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-No soy cubista ni futurista; soy Pettoruti.

Así respondía Emilio Pettoruti cuando se lo intentaba encasillar en una corriente artística. Reconocido como uno de los pintores más importantes de América Latina, fue un decisivo impulsor de la modernización del arte en la Argentina del siglo XX, según la opinión de especialistas y academias tanto en el país como en el exterior. 

Nacido en La Plata, el 1 de octubre de 1892. Hijo de José Pettoruti y Carolina Casaburi fue el primero de doce hermanos. Cuando nació, su padre lo bañó triunfalmente en vino y organizó ocho días de festejos. Los Pettoruti y los Casaburi eran inmigrantes italianos que se dedicaban al comercio y a la importación de fiambres, quesos y vinos, y habían llegado a la ciudad de las diagonales en 1885, tres años después de la fundación.

Emilio Pettoruti en 1935 (Archivo personal)

Emilio vivió su infancia en la cuadra de 3 entre 53 y 54, manzana en la que su familia tenía varias propiedades, entre ellas, el almacén Roma. El mismo era regenteado por su abuelo paterno José Pettoruti.

De chico corría al escuchar las campanas que alertaban la rauda salida de los bomberos. El cuartel estaba emplazado a media cuadra de su casa y ofrecía un espectáculo inigualable al salir a toda carrera en carros tirados por caballos, que no pocas veces volcaban al girar por calle 53. Siempre recordó de aquella etapa infantil sus paseos por el Bosque y la curiosidad que le despertaba el Museo de Ciencia Naturales.

Autorretrato

Estudió en la Escuela Italiana, fundada en 1896 para enlazar la propia cultura del país de origen con la necesidad de integrarse a la comunidad. Allí los maestros advirtieron sus condiciones artísticas y decían que se distraía mucho haciendo dibujitos durante las horas de clase. Empezó a pintar de forma autodidacta incentivado por su abuelo materno, José Casaburi, quien le regaló los primeros útiles para la tarea y, luego, le pidió que pintara una figura en un muro del patio de su casa. El chico, que por entonces tendría 11 años, hizo un canasto con flores amarillas que dejó a todos maravillados; tanto que la obra se mantuvo durante décadas custodiada por el “Nonino”, que no perdía oportunidad para profetizar que su nieto tendría destino de “gran artista”. “Tenés que inventar las flores y no copiarlas”, le repetía el abuelo, quien también lo orientó para descubrir el arte del Renacimiento así como para comenzar sus estudios con maestros como Atilio Boveri y Emilio Coutaret. Suele apuntarse que con éste último aprendió sobre el uso de la perspectiva. A medida que fue creciendo, el joven accedió a las ideas de pensadores como el filósofo, historiador y crítico de arte francés Hipólito Taine o el crítico y sociólogo inglés John Ruskin que influyeron directamente en su concepción del arte.

No tardó su obra en conocerse. Sus primeros dibujos fueron exhibidos en el salón del diario platense Buenos Aires y publicados en revistas de módica tirada como La Ciudad y Rayos de Sol. Tenía 19 años cuando en 1911 participó por primera vez de una exposición en la que se presentó con una caricatura sobre la figura del diputado conservador Rodolfo Sarrat, amigo de la familia. Por ese tiempo trabajó para la decoración de las vidrieras de la sucursal platense de tienda Gath & Chaves y el Bazar X.

A mediados de 1913 y siguiendo la tradición del viaje iniciático de los artistas, obtuvo una beca del gobierno de la provincia de Buenos Aires para la que fue recomendado por Cesáreo de Quirós y que le permitió instalarse en Europa. A partir de allí, y sin medias tintas, se relacionó con las vanguardias y sus referentes.

En la escuela las maestras se quejaban por que el futuro artista se distraía durante las clases haciendo dibujos

Contra la opinión del supervisor de la beca, el pintor Ernesto de la Cárcova, que le había propuesto que fuera a París, el artista se radicó en Florencia donde se anotó en la Real Academia de Bellas Artes. En noviembre de ese año Pettoruti fue a la inauguración de la Esposizione Futurista “Lacerba” y lo que allí vio lo marcó definitivamente. “Acababa de cumplir los veintiún años y mi formación artística era nula. Copiaba un Fra Angelico en el Ufizzi cuando me alcanzó aquel impacto. Es cierto, yo amaba los clásicos, pero no tenía prejuicios. Porque atravesaba esa edad en que se comprenden, aprenden y asimilan sin tardanza muchas cosas aparentemente contradictorias”, escribió en el libro autobiográfico Un pintor ante al espejo, publicado en 1968.

Cuando a mediados de 1914 se desató la Primera Guerra Mundial el gobierno suspendió todas las becas en el extranjero e instó a los becarios a regresar. Sin embargo, con el apoyo de su familia, Emilio permaneció en Europa. Ese año incursionó en el collage con  Il grappolo di uva (Racimo de uvas) -obra que se encuentra a préstamo en el Museo Reina Sofía de Madrid- y pintó su obra llamada Diseño abstracto, un trabajo que lo ubicó como pionero en el mundo del arte no figurativo. En 1916 logró montar su primera muestra individual en la Galleria Gonnelli, promotora de pintores de la vanguardia futurista.

En esos años sobrevivió como pudo. Hasta llegó a coser bolsas de arpillera rellenas de arena para las trincheras. Entre tanto, visitó numerosas muestras, museos y bibliotecas donde se abocó a estudiar a los maestros. También tomó clases con el suizo Alberto Giacometti y concurrió a talleres de vitraux, mosaicos y frescos. Se volvió habitué de las reuniones que encabezaba el poeta Filippo Tomasso Marinetti, autor del manifiesto futurista, en el café Delle Giubbe Rosse; recorrió Nápoles, Pompeya, Munich, Hamburgo y Berlín; admiró los mosaicos de Ravenna y los vitrales de Murano; y entabló relaciones con artistas como Giacomo Balla, Carlo Carrá, Enrico Prampolini, Giorgio De Chirico, Alberto Sartoris, entre otros. Durante un tiempo vivió en Roma y allí tuvo un retorno a la pintura clásica con obras como Mujer en el café y El filósofo. En aquellos años también conoció las obras de grandes exponentes del cubismo como Pablo Picasso y Juan Gris, Pettoruti admiraba a Gris y siguió su línea incorporando el color como planos.  

"El lápiz del maestro" de 1936. Oleo prototípico de la obra del artista.

Durante sus viajes se alojó más de una vez en la casa del escritor y político peruano José Carlos Mariátegui, a quien había conocido en Roma, y al que hizo un retrato que actualmente se encuentra exhibido en el Museo de Arte de Lima.

Imbuido en la renovación del arte europeo por las diversas vanguardias, Pettoruti consiguió desarrollar un estilo muy personal donde echó mano a las formas geométricas características del cubismo, así como a la exaltación del movimiento del futurismo conjugados con los valores de armonía, equilibrio y color propios del Renacimiento.

Alguna vez el profesor de historia del arte Angel Osvaldo Nessi, amigo del artista y uno de los principales estudiosos de su vida y obra, observó que “el orden de la pintura de Pettoruti, es el orden de La Plata”. Nessi le dedicó varios trabajos entre los que se destacan El atelier Pettoruti: Un taller de dibujo, pintura y composición abstracta en Buenos Aires, 1947-1952 (1963) y Pettoruti. Un clásico en la vanguardia (1987). Junto al crítico Jorge Romero Brest llegó a confeccionar un catálogo razonado de la obra que había titulado Todo Pettoruti que aún permanece inédito. Hoy existe un Fondo de Archivo Ángel Nessi que, entre otras cosas, comprende textos, manuscritos, fotografías, ficheros y correspondencia entre ambos.

REGRESO A LA ARGENTINA

En 1916 Pettoruti conoció en Florencia al talentoso artista Oscar Schutz Solari, que aún no había adoptado el nombre de Xul Solar. Desarrollaron una entrañable amistad y compartieron varios viajes. En 1924 decidieron volver juntos a la Argentina y aquí terminaron por convertirse en los máximos exponentes de la vanguardia renovadora del arte en América Latina.

Desde hacía tiempo Pettoruti quería exponer en el país aunque sabía que sus trabajos podían provocar cierta revulsión: el escenario del arte plástico argentino estaba dominado por el costumbrismo. Su representante, Léonce Rosenberg, no logró convencerlo de que desistiera de la idea. Veía que su propuesta sería indigerible en el escenario del arte plástico argentino, dominado también por el naturalismo.

Así las cosas la inauguración el 13 de octubre del `24 de una exhibición en el Salón Witcomb sobre la calle Florida de Buenos Aires, en donde se presentaron 86 de sus obras -entre pinturas, dibujos, mosaicos y diseños para teatro de títeres-, provocó un verdadero escándalo. Algunos asistentes llegaron, incluso, a escupir los cuadros y todo el episodio generó una gran repercusión mediática que alimentó una ácida polémica. La reprobación llegó a las páginas de los principales diarios de la época. Sólo desde la revista literaria Martín Fierro, dirigida por el poeta Evar Méndez y ligada al grupo Florida, valoraron la obra Pettoruti.

Uno de sus defensores fue Xul Solar con quien el artista platense compartía la idea de que para impulsar cambios en el gusto, primero había que instalar una discusión. Pero también intervenir en la trasmisión y la recepción como momentos constitutivos del hecho estético. En adelante, sus cuadros tuvieron que ser expuestos con la protección de vidrios por precaución. En esa época hasta un grupo de pintores conocidos como el grupo “La Chacota” armó una muestra para contribuir al escarnio.

Aquellas reacciones adversas, empero, operaron como un boomerang. El gobernador cordobés Ramón José Cárcano compró la pintura Bailarines para sumarla a la colección de esa provincia pese a las cuestionamientos que lo señalaron por despilfarrar fondos públicos. A ello se sumó el interés de notables familias patricias, que adquirieron sus cuadros por decenas. En realidad, la controversia terminó por dar cauce a una renovación en la mentalidad de la plástica en el ambiente local.

“Esa polémica ayudó a resquebrajar un posicionamiento frente a las artes plásticas argentinas y mirar en pos de la renovación del lenguaje artístico de toda la región”, asegura hoy la doctora en Historia del Arte Mercedes Reitano, estudiosa de la figura de Pettoruti y directora del Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano de La Plata (MACLA). Reitano, que también es docente de la Facultad de Artes de la UNLP y rectora de la Universidad del Este, apunta el dato poco conocido de que Pettoruti tenía la costumbre de pintar en penumbras. “Fue un artista extraordinario que desplegó en su obra una fuerte identidad en la que se combinan las vanguardias modernas con el clasicismo. Lo que, a mi juicio, determina su perdurabilidad”, sostiene Reitano. Y resalta que “tiene la gran virtud de haber sido el primer pintor argentino en internacionalizar su obra, lo que abrió esa posibilidad a muchos otros artistas”. En efecto, aún hoy Pettoruti sigue siendo el artista argentino más cotizado con una obra voluminosa y pinturas comercializadas en millones de dólares.

Los arlequines, figuras típicas de las obras de Pettoruti

Su versatilidad se releva en las páginas del suplemento de arte del diario Crítica donde convocado por Natalio Botana, Pettoruti escribió  durante los primeros meses de 1927 una columna semanal sobre arte, desplegando una de sus facetas menos comentada. Los autores May Lorenzo Alcalá y Sergio Alberto Baur compilaron esos atrículos en el libro Pettoruti. Critico en Crítica.

MUSEO DE BELLAS ARTES

En ese tiempo el artista ejerció la docencia de la Escuela Superior de Bellas Artes, aunque lo hizo durante un breve período. En diciembre de 1930 habían pasado dos meses del golpe de Estado que derrocó a Hipólito Yrigoyen y en la provincia había ocupado el cargo de gobernador el abogado de origen alemán, Carlos Meyer Pellegrini. Fue entonces que el ministro de Gobierno, Clodomiro Zavalía, ofreció a Emilio Pettoruti asumir como director del Museo Provincial de Bellas Artes.

El museo había sido creado el 29 de abril de 1922 a instancias del Círculo de Bellas Artes, un colectivo de artistas y amantes de la plástica, y desde entonces estaba bajo la dirección de la pintora Ernestina Rivademar. La situación de la institución dejaba mucho que desear: no contaba con presupuesto adecuado y el edificio donde funcionaba estaba muy deteriorado. A eso había que sumar que en los últimos ocho años sólo se habían hecho tres exposiciones y ni siquiera había un inventario de las obras. Su propósito fue transformar el lugar en un centro de estudio de la pintura, escultura, grabado y dibujo con proyección latinoamericana.

Pettoruti, que en esa etapa vivía en un departamento ubicado en 11 entre 57 y 58, diseñó una campaña de difusión a través de los diarios de la época y entró en contacto con los intendentes de los distritos bonaerenses. En eso estaba cuando el 27 de enero de 1932, luego de un recambio de autoridades en la provincia, el nuevo interventor federal de facto, Raymundo Meabe, dispuso su cesantía y nombró en su lugar a su amigo, el profesor de guitarra criolla Luis Verón. Su desplazamiento fue cuestionado en la prensa y, finalmente, Meabe aceptó reincorporarlo.

Con la colección acrecentada gracias a donaciones que él mismo procuró para el museo y nuevas compras realizadas en una exposición en la que se conmemoraron los 50 años de la institución, Pettoruti comenzó a organizar muestras rotativas. Así, cada tres meses, cambiaba los cuadros de la sala mientras iba configurando un espacio permanente para lo que consideraba que eran obras fundamentales. También se ocupó de dar a conocer la renovación y actualización del acervo del museo entre diversas instituciones del país y el extranjero y dio vida a una biblioteca especializada.

Pettoruti en una conferencia en Azul. (Archivo de "Caras y Caretas")

Los fines de semana se llevaban adelante actividades culturales diversas, desde conciertos de piano a funciones de títeres para niños. Si bien el museo empezó a recibir mayor cantidad de visitantes, el artista se lamentaba que era infrecuente la visita de profesores y estudiantes de Bellas Artes.

En 1934, en medio de sus días entregado a la renovación del Museo, Pettoruti conoció a la poeta y crítica de arte chilena María Rosa González, con la que contrajo matrimonio en 1942 después de que la escritora se mudara a la Argentina con sus tres hijos.

El siguiente paso fue proyectar el museo hacia toda la provincia con actividades de difusión del arte. Así nació el “Primer Salón de Arte en Tandil”, realizado en 1938, donde llegaron a exponerse más de 300 obras. Le siguieron, en años sucesivos, eventos en Lobería, Bolívar, Olavarría, Pehuajó, Rojas, Mar del Plata. Muchas veces, para estas movidas se apelaba al tren donde se había acondicionado un “vagón de arte”. Otra iniciativa valorada fue la exposición “20 artistas brasileños”, expuesta en el museo en agosto de 1945, con la que apuntaba a trabajar una integración e intercambio con los países del continente para la cual Pettoruti consiguió el auspicio del Ministerio de Educación y del Ministerio de Relaciones Exteriores de Brasil.

En su gestión al frente del Museo Provincial de Bellas Artes ideó un espacio dinámico y abierto a Latinoamérica

Si bien Petto, como solían llamarlo, ya era conocido en Europa un hito en la internacionalización de su obra fue la posibilidad de exponer en California, Estados Unidos, en 1944. Para entonces, y con la ayuda estratégica de importantes galeristas, sus obras comenzaron a generar interés entre los coleccionistas.

En mayo de 1946 fundó la Escuela de Artes Plásticas Altamira, donde se dedicó a la docencia junto a Jorge Larco, Raúl Soldi y otros artistas y críticos.

CESANTÍA Y EXILIO

Con la llegada del peronismo al poder su labor al frente del museo provincial tuvo un agrio final. En 1947 Pettoruti se negó a firmar una adhesión al gobierno que era condición para los funcionarios por lo que el gobernador Domingo Mercante lo dejó cesante. En su lugar fue nombrado Atilio Boveri, uno de sus primeros maestros.

Ese mismo año se ahogó su esperanza de obtener un reconocimiento en la primera edición del Premio Dr. Augusto Palanza al que fue especialmente invitado a participar. Meses después, durante la deliberación del jurado del Salón Nacional de 1948, el ministro de Educación y Cultura, Oscar Ivanissevich, lanzó una ataque furibundo contra referentes del modernismo. Distinguió formas “normales” y “anormales” en el arte, siendo las primeras, dijo, las que apuntan a “determinar el bienestar y la felicidad y no la repugnancia”. Asimismo, se refirió a los deberes del artista como “hijo de su pueblo” y condenó con dureza a aquellos “deformadores” que producen “obras antiestéticas”. Si bien el ministro propuso rechazar una obra presentada por Pettoruti, algunos artistas que formaban parte del jurado, entre ellos Raúl Soldi y Cesáreo de Quirós, se opusieron, por lo que la pintura fue finalmente aceptada. Durante la inauguración de la muestra Ivanissevich reservó un párrafo para Pettoruti al que consideró cultor de “un arte degenerado”.

"La inglesa" o "La rubia"; 1917

Tras su salida de la función pública Pettoruti montó su atelier en la calle Charcas al 1700 en Barrio Norte. El lugar no sólo funcionó como espacio de aprendizaje y ejercitación, sino que allí se promovieron encuentros y muestras en las que era común que participaran personalidades de la cultura y el arte nacional e internacional. Entre los primeros alumnos que concurrieron están Amalia Castro, Mónica Soler Vicens, Alejandro Vainstein, Alicia Dufour y Máximo Theulè.

Hacia fines de 1953 Pettoruti se radicó en París aunque en los años siguientes volvería con frecuencia a la Argentina. En ese tiempo realizó exposiciones por diversos países y recibió numerosas distinciones. Por entonces llegó a ser considerado uno de los diez pintores más importantes del mundo. En 1956 le otorgaron el Premio Continental Guggenheim de las Américas y ese mismo año -a poco del derrocamiento de Perón- fue designado miembro de número de la Academia Nacional de Bellas Artes.

Recién en 1962 en su país natal parecieron dispuestos a reconocer su talento. En el Museo de Bellas Artes, en Buenos Aires, se ofreció una muestra en homenaje al pintor y en la sede de la Academia de Bellas Artes lo aclamaron de pie en su sede.

En 1967 el Fondo Nacional de las Artes le otorgó el Gran Premio y adquirió algunas de sus obras para destinarlas al Museo Nacional de Bellas Artes.

RECUERDOS DE SU CIUDAD

Con frecuencia Emilio Pettoruti volvía al país y aprovechaba para visitar en La Plata a sus hermanos, con los que compartía reuniones y comidas. En 1968 Pettoruti presentó el libro Un pintor ante el espejo, en el que resumió sus memorias y su siempre nostálgico y amoroso recuerdo de su ciudad.

“Varias son las ciudades que amo, ya sea por su belleza o por las bellezas que atesoran, los recuerdos que más traen o lo mucho que les debo en el desarrollo de mi vida: entre ellas y en primerísimo término se encuentra Florencia, luego Roma, Milán, Munich, París, Buenos Aires; pero existe una sobre todas a las que me siento ligado por lazos de profundo afecto y recuerdos que me son muy caros: es La Plata, la ciudad más joven de mi país, de planta urbana cuadrada cruzada por diagonales abiertas, emplazada en una llanura sin fin sobre la margen del río más ancho del mundo, con aguas espesas de deslumbrante color óxido o plata de tonalidades cambiantes. Los colores y las formas que retuve cuando niño, las llevé conmigo por donde quiera fuesen mis pasos y están en mis telas”, escribió.

En 1969 Pettoruti fue homenajeado por dos instituciones platenses: la Universidad Nacional de La Plata le otorgó el doctorado Honoris Causa y el Club Estudiantes de La Plata lo designó socio honorario y “Creador de Belleza”.

Cuando empezó la década del 70, Pettoruti pensó en regresar al país. Preparaba aquel viaje cuando un ataque renal lo depositó en la cama de un hospital parisino donde, después de un mes de internación, murió el 16 de octubre de 1971. Dos semanas antes había cumplido 79 años. Sus restos fueron repatriados por sus hermanos a bordo del buque Lago Traful y, por su expreso pedido, fue cremado y sus cenizas lanzadas al Río de La Plata frente a la costa de Ensenada.

Pettoruti en el atelier.

Alejandro Pettoruti, sobrino de Emilio, dice que su tío es uno de los pocos pintores del mundo que llevó un registro sobre su obra con una minuciosidad difícil de imitar con fotografías y datos sobre la fecha y la técnica. Ese mismo rigor metódico aplicó en la gestión del Museo Provincial de Arte donde, sostiene, “dejó una huella trascendente”.

Con el objetivo de promover la difusión de la obra del autor, funciona desde fines de 1987 la Fundación Pettoruti, con sede en la Ciudad de Buenos Aires.

LOCALIZACIÓN DE SUS OBRAS

Hay obras de Pettoruti en todas partes. Desde el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori y el Museo Nacional de Bellas Artes hasta el MOMA de New York o el Museo Nacional de Bellas Artes de Chile. A ello se suman varias colecciones privadas diseminadas en distintos puntos del planeta.

En medio de las obras de reparación el monolito que recuerda a Pettoruti en 10 y diagonal 74.

En medio de la pandemia uno de sus trabajos, llamado Libro en blanco, pintado en 1946, quedó retratado como fondo de la fiesta que el presidente Alberto Fernández y un grupo de amigos celebraban el cumpleaños de la primera dama Fabiola Yañez en plena cuarentena. Después se supo que la pintura es propiedad del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Alejandro Pettoruti, sobrino del artista, repasa las huellas que pueden encontrarse en la ciudad. Hay una placa en la casa de su infancia que, precisa, tiene dos errores: “No está bien escrito el apellido y dice que allí nació cuando en realidad nació en la esquina de 3 y 54, en una casa que también era de la familia. Además, en la plazoleta de 10 y diagonal 74 se erigió un monolito inaugurado en 1972 ubicado próximo a la casa del abuelo materno, que impulsó la vocación del artista. Originalmente había placas que fueron robadas y ahora incluye dos réplicas de sus trabajos en cerámica".

En tanto, una obra con mosaico llamado Primavera -de 2 metros por 1,50- hecho por Pettoruti en 1914, engalana una de las paredes del hall de acceso al rectorado de la Universidad Nacional de La Plata. Hay una anécdota sobre esta obra reflejada reiteradamente en la prensa. Cuenta que el pintor vio en la vidriera de un bazar un jarrón azul del tono que estaba buscando para la túnica de un personaje. De inmediato, entró a comprarlo. Mientras el vendedor buscaba la manera de envolverlo, Pettoruti le dijo que no se hiciera problemas, y ante la perplejidad del comerciante y el escándalo del público, le indicó que rompiera el jarrón para luego explicarle que usaría los pedazos para su obra.

En el Pasaje Dardo Rocha, existe otro trabajo en cerámica montado sobre una estructura móvil que pertenece al Museo de Arte Municipal (MUMART), donado al conmemorarse el centenario de la ciudad.

Por último, en el Museo Provincial de Bellas Artes que lleva su nombre y que este año celebró el centenario de su fundación, hay un puñado de cuadros entre los que se destacan El túnel viejo y, el más conocido llamado El lápiz del maestro, que fue adquirido por el presidente Agustín P. Justo y luego cedido al museo. Esa pintura se encuentra hoy en préstamo en el Centro Cultural Néstor Kirchner.

El museo se llama oficialmente Emilio Pettoruti desde que en 2007, durante el gobierno del peronista Felipe Solá, y luego de una puja que pretendía asignarle el nombre del dibujante costumbrista Florencio Molina Campos, con el que desde la década del 90 se había bautizado al Salón Trienal. En noviembre de ese año, la Legislatura declaró (por ley 13.754) a Pettoruti ciudadano ilustre bonaerense postmorten.

Pettoruti solía decir que los colores y las formas de La Plata, su ciudad natal, estaban en sus pinturas

El actual director del Museo Provincial de Bellas Artes, Federico Ruvituso, reivindica la figura de Pettoruti no sólo por su aporte al mundo del arte mediante sus obras sino por su “adelantada visión dinámica y aperturista con la que gestionó el museo”.

“Fue uno de los artistas más importante que tuvo el país, introductor del modernismo pero a la vez uno de los directores más importantes, celebrados y longevos del museo, donde estuvo 17 años con una impronta de apertura a América Latina muy diferente de lo que había en ese momento. Llevó adelante un museo dinámico y moderno, adquirió gran cantidad de obras para el acervo bonaerense y la historia del arte argentino en general”, remarca. 

Federico Ruvituso, director del Museo que lleva el nombre de Pettoruti con una de sus obras: Paisaje italiano de 1917 (Foto Telam)

Según el funcionario: “Llevó adelante una verdadera refundación del museo y, precisamente por eso, más allá de su destacada labor como artista me interesa subrayar su más invisibilizada labor de gestión, que es más inusual en artistas de esa envergadura. Tanto por la dedicación y el tiempo en el que sentó las bases de un tipo de museo, que hoy siguen vigentes y guían nuestra propia gestión”, asevera Ruvituso.

Otro platense ilustre, el poeta Francisco López Merino, señaló que las pinturas de Pettoruti, "despiertan en la memoria ecos verlerianos, melódicas sugestiones de balada". Bajo esa música en los oídos se siguen percibiendo sus obras de La Plata hacia el mundo.

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