jueves 15 de febrero de 2024
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A 38 AÑOS

Misterio, horror y el crimen perfecto: el caso de Oriel Briant que sacudió a City Bell

Fue uno de los femicidios más brutales, cuando el término siquiera se conocía. Sospechosos, falsas pistas y una historia todavía abierta.

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El 13 de julio de 1984, a la altura del kilómetro 75 de la ruta 2, Oriel Briant fue encontrada asesinada de 37 puñaladas en el cuerpo y tres balazos en la cara. La descuartizaron y nunca se supo la verdad. El caso conmocionó a la sociedad, fue portada de todos los diarios e hizo subir el rating a los noticieros de tevé. Nadie podía salir de su asombro. 

Encontraron su cuerpo en un bosque, cerca de la ruta. La última vez que la vieron había sido el 10 de julio de 1984. Su cuerpo apareció tres días más tarde. Vestía un camisón y un par de medias. La acuchillaron, balearon y descuartizaron. Se acusó a su ex pareja, Federico Pippo, pero nada pudo probarse. Se habló de pornografía, venganzas políticas y hasta de grupos parapoliciales. Nunca hallaron al culpable.

A 38 años del femicidio, sólo el asesino sabe qué pasó. O los asesinos. Si siguen vivos. O si están lúcidos y recuerdan cada detalle. O pudo pasar que hasta perdieron la memoria -como le ocurrió al cuádruple femicida Ricardo Barreda, que terminó con demencia senil- de lo que ocurrió en el momento en que Oriel Briant era atacada en su casa y asesinada sin piedad. ¿Con qué motivos? ¿Cuál fue el móvil? 

Fue tapa del medios locales por un largo tiempo, desde que Oriel Briant había desaparecido

Nadie más sabe la verdad de uno de los casos más emblemáticos de la historia policial argentina, que sigue impune. Y, lo más probable, es que nunca se devele quién o quiénes fueron los autores.

Pasaron 38 años, pero aún perdura el enigma en torno al crimen de Aurelia Oriel Catalina Briant, una profesora de inglés de City Bell querida por sus alumnos, de una familia de clase acomodada, con cuatro hijos. En la memoria de los platenses el hecho todavía sigue fresco, cuando recuerdan cómo los diarios de la época lo reflejaron en sus tapas y con coberturas diarias hablando sobre el enigma de quién había matado a la joven, esa muchacha rubia, bonita, de aspecto angelical. ¿Quién había sido el que le propinó 37 puñaladas en el cuerpo, tres balazos en la cara y la descuartizó?

Por entonces se habló de las sospechas sobre su ex marido, Federico Pippo, de su entorno, hasta de una secta, de una trama de espías y de videos sexuales que se comercializaban. Pero todo quedó en la nada.

Los forenses hablaron de la “furia destructiva” del asesino, que había mutilado la cara, los pechos, el vientre, las piernas y la vagina de Oriel. El informe de los peritos indicó que se trató de una muerte por apuñalamiento, previa larga tortura y con particular ensañamiento en el aparato genital.

Fueron tres disparos calibre 32 –uno en la cola y dos en la cara, según la investigación del legendario periodista policial Enrique Sdrech– y 37 puñaladas. Tres días antes del macabro hallazgo, un vecino que pasó por la puerta donde ella vivía escuchó el llanto desgarrador de un niño que pedía por su madre.

Era Christopher, por entonces de tres años, que vestía piyama y decía que su mamá no había vuelto de hacer los mandados. Ese fue el comienzo –o el final– de la historia: Oriel había sido secuestrada cuando dormía y el niño había quedado solo.

Sus otros tres hijos –Martina, Tomás y Julián– habían pasado la noche con su padre, Federico Pippo. Oriel se había separado de ese hombre al que había conocido en la facultad: ella estudiaba Profesorado de Inglés y él estudiaba Letras. Además de dar clases de Literatura, él era policía bonaerense y fue cesanteado después del asesinato. Lo detuvieron dos veces, pero salió en libertad por falta de pruebas. No llegó a estar un año detenido. En una de sus salidas criticó a la Justicia y dijo: “Creo en Dios”.

CHARLY, SHAKEASPEARE..¿Y UN AMOR?  

“¿Sigue interesando el caso?”, pregunta Bruno Casteller, quien fue fiscal del caso. Se sorprende que se mantenga el interés por el femicidio de Oriel. No porque lo considere un hecho menor, sino por los años transcurridos.

“Tomé el caso al reintegrarme después de varios días que la investigación estaba iniciada. Se cometieron errores muy grandes desde que encuentran el cuerpo. Sobre todo la preservación de la escena del crimen. En este caso ingresaron un montón de personas, se pisoteó todo lo que eran pruebas que eran fundamentales y no fue posible lograrlas después como las marcas de las ruedas del móvil que trasladó el cuerpo a ese lugar. La investigación en esa época estaba a cargo del juez, no como ahora en manos del fiscal”.

Oriel era profesora de inglés y tenía cuatro hijos

Dice Casteller que durante todo el trámite de la causa trató de lograr superar los defectos de la investigación pero no lo consiguió. “Muchas medidas pedidas por mí no fueron concedidas por el juez y apeladas tampoco por la Cámara. Fueron varias pero una de ellas es la comparecencia  del amigo de Pippo que logró un permiso para salir del país y no volver nunca más”.

El ex fiscal se refiere a Charly, un discípulo y amigo de Pippo, que era profesor de Literatura. Pippo lo elogiaba delante de sus otros alumnos, por su “belleza griega capaz de ser admirada por las deidades egipcias”, según contó un testigo de las clases.

Pippo estaba a cargo de la cátedra de Literatura Española de la Universidad de La Plata. Ahí hablaba de Cervantes y García Lorca, entre otros. También admiraba a Keats, Shakespeare, Ibsen y Borges, aunque no formaban parte de su cátedra. Cuando Oriel estaba embarazada de cuatro meses de su último hijo, Pippo viajó con Charly a Europa durante un mes. Los rumores de una posible relación entre profesor y alumno ocuparon espacio en los medios.

Cuando le tocó declarar ante el juez Julio Desiderio Burlando (padre del famoso penalista Fernando Burlando), Charly declaró que una vez Federico le había dicho que estaba harto de Oriel. Charly fue detenido y cuando lo trasladaban en patrullero, una mujer se le acercó y le gritó “¡asesino degenerado!”.

“La voy a liquidar, contraté gente para que haga el trabajo”, le habría dicho Pippo, según Charly. Burlando ordenó la detención de Pippo. Aunque después en el careo con Pippo, se desdijo. Una de las hipótesis era que Pippo se había enamorado de Charly y juntos habían tramado el asesinato. Es más, Sdrech cita en su libro un escrito de uno de los peritos que intervino en el caso. Por entonces se incurría en una aberración: considerar a la homosexualidad como un factor desencadenante para matar o provocar una reacción funesta.

Familiares despidieron a Oriel en el cementerio local

“El autor del homicidio -escribió por entonces el perito- es un ser sexualmente reprimido, que un día da rienda suelta a sus represiones y se vuelve altamente peligroso. La señora Briant fue objeto de su odio ancestral a la mujer por parte del sujeto que vio en ella a todas las mujeres y desató su salvajismo como una forma de vengarse. El ensañamiento con la zona genital de la profesora refuerza sus características homosexuales del matador. Para un homosexual, la visión de los genitales femeninos produce horror y reactiva en él el temor infantil a la castración”.

Los peritos dijeron que se trató de una muerte por apuñalamiento, previa larga tortura y con ensañamiento en el aparato genital.

A 38 años del misterioso asesinato, Casteller recuerda: “Sobre el hecho podría haberse logrado establecer pruebas que posibilitaran una base para fundar la acusación. Incluso no permitieron que se hicieran algunas medidas y se me intimó en el expediente de la causa para que la cerrara. Sin las pruebas suficientes resolví no acusar y pedí el sobreseimiento para Pippo. Está decisión fue avalada por el Fiscal de Cámara que en esa época obligaba al juez a cerrar el caso. A pesar de la conformidad del Fiscal de Cámara el Procurador de la Suprema Corte provincial dictó una resolución que ponía en duda mí actuación. Yo ante esto me presenté ante la Suprema Corte pidiendo se me sometiera a juicio político por mí actuación y la Corte desechó mí pedido”.

Casteller admite que el caso “provocó toda clase de supuestos”, desde filmaciones, películas y otras publicaciones que “provocaron el fracaso sobre la base de que Pippo fuera acusado”.

DEFENSA DEL HIJO

“Mi papá no fue el asesino. Me lo enloquecieron, pobre. Se dijeron muchas cosas, que mi mamá era subversiva, que era informante, creo que nunca se va a saber quién la mató. Para mí fue un crimen político. La tragedia nos destrozó”, dijo Julián Pippo en una nota al programa 70-20-Hoy, que conducía Chiche Gelblung.

Julián tenía seis años cuando asesinaron a su madre y según él dormía con su padre, Federico Pippo -el principal sospechoso- cuando ocurrió el hecho.

“Para nosotros era el culpable, pero las actas y otros procedimientos se hicieron mal y eso llevó a la nulidad”, dijo una fuente que participó en el expediente.

El caso conmocionó al país. Uno de los periodistas que más lo siguió fue José de Zer, de Nuevediario. Entrevistó a Denisse, la hermana de Oriel.

“No tomaba drogas ni pastillas. Siento que esto es un problema de venganza por el ensañamiento contra su cuerpo. Es un psicópata sexual el que la mató. Ella era sumamente ingenua, cuando la vida la golpeaba siempre buscaba otra oportunidad. Yo le decía: ‘nunca vas a crecer’”.

De Zer consiguió entrar en la casa de Oriel, que estaba separada de Pippo. “Este es el interior de la casa de la profesora Oriel, quien el día de su desaparición y posterior asesinato atendió el teléfono, que sonó a las 10.30 de la noche. Luego pasó a su dormitorio, se desvistió, y se acostó a dormir mientras que en el otro dormitorio dormía su hijo menor. Horas más tarde sonó el timbre de la puerta, Oriel se levantó a abrir pero a mitad de camino la detuvieron y la introdujeron en un coche”, relató De Zer.

Tiempo después entrevistó a Pippo, quien lucía un saco gris, camisa blanca, pantalón al tono y zapatos lustrados. Mientras fumaba con elegancia, ante una pregunta de De Zer, respondió. “Tengo mucho miedo, me siento totalmente perseguido. Mi familia también es perseguida y buscan un culpable dentro de ella. Todo esto supera toda ficción”.

Denisse, la hermana de Oriel, habló por primera vez entrevistada por José de Zer

“Se habla de un pacto de sangre de los Pippo”, se animó a preguntar De Zer. “¿Pacto de sangre de los Pippo? No somos una familia por múltiples razones. Nos queremos mucho, pero no estamos muy unidos”.

Por falta de pruebas, pese a ser el principal sospechoso, el profesor de Literatura Federico Pippo fue sobreseído. Murió a los 68 años, en una abandonada soledad. 

Luego se refirió al crimen de su mujer como un “momento en el que ocurren los hechos que nos tienen acá reunidos”. No se mostró dolido ni nervioso, como si estuviera ante sus alumnos de Literatura.

“Oriel había sido una hermosa mujer, plena de vitalidad y sensualidad. A su atracción física se sumaban su ternura y una simpatía sin rodeos, por lo que aún a sus 37 años, despertaba la admiración de muchos hombres quienes la consideraban maravillosa”.

Eso escribió Sdrech, que siguió el caso para Clarín. Entrevistó a más de 50 personas vinculadas al caso. Hasta publicó un libro, “37 puñaladas para Oriel Briant”.

El primer detenido fue un vidriero que había comenzado a salir con Oriel. Cuando lo fue a buscar la policía, intentó matarse con un cuchillo que –misteriosamente– apareció en la guantera de su auto. Sobrevivió. Lo liberaron y murió cuatro años después del hecho. “El chacal homicida fue detenido e intentó matarse con cuchillo”, tituló Crónica sobre ese episodio, aunque el hombre no tenía nada que ver con el asesinato.

BRUJERÍAS

El brujo Guillermo lo miró fijo a Enrique Sdrech, sentado frente a él en un sillón, en una casa tipo chorizo convertida en templo, y le vaticinó:

-El crimen que usted investiga jamás se va a resolver.

Sdrech tomó nota en su cuaderno. Era 1984 y el mítico periodista policial estaba obsesionado con el misterioso asesinato de Oriel Briant. El ex marido de la víctima, Federico Pippo, siempre fue el principal sospechoso. Estuvo preso pero lo liberaron por falta de pruebas.

Federico Pippo con los cuatro hijos que tuvo con Oriel Briant: Martina, Tomás, Julián y Christopher

Antes del femicidio, Pippo estuvo sentado en el mismo sillón que Sdrech. El brujo le pidió que escriba su nombre. Al ver el trazo de las letras, le dijo:

-Señor Federico, su problema son las mujeres.

Pippo lo corrigió:

-Mi problema es una mujer.

Había ido a ver a ese vidente porque estaba por separarse. Lo acompañaba su madre, Angélica. El brujo le dio una receta a ese hombre de mirada fría que parecía desesperado: que se bañe con ruda, alcanfor y romero.

-Sabía que algo malo iba a pasar, pero nunca supe qué —le dijo el brujo a Sdrech.

Nunca pudo predecir lo que vendría poco tiempo después: el asesinato, las detenciones, inocentes acusados, supuestos culpables libres.

Tampoco pudo percibir el destino que le esperaba a Pippo: la muerte en la miseria y la soledad.

El brujo Guillermo declaró que la madre consultaba brujos y curanderos para hacerle daño a Oriel. “La odiaba. Le encontraron fotos de Oriel pinchadas. Y una vez me dijo a mí, durante una consulta, que su hijo a veces desvariaba y que quería matar a todos”. 

SECTAS, ESPÍAS Y DICTADURA

Mientras Burlando sostenía que el asesino había sido Pippo, otras líneas investigativas resultaron insólitas. Una hablaba de que Pippo y Charly pertenecían a la Secta Moon. Una testigo, de hecho, declaró que Pippo hacía vestir a Oriel con túnica y que la hacía fumar de una boquilla larga y dorada, además de pedirle que se dejara el pelo largo. “Parecía una sacerdotisa”. Esa pista se reforzaba con los rituales sexuales y sangrientos de las sectas. Hasta se habló de las similitudes con el crimen de Sharon Tate, asesinada por el clan Manson en 1969.

Varios sospechosos y pistas falsas: una constante desde el comienzo del caso

Mientras el juez Burlando sospechaba de Pippo, otras extrañas líneas de la investigación apuntaban a sectas, mafia italiana y hasta ajuste de cuentas por “la pesada” de la dictadura militar.

Otras pesquisas se refirieron al “factor Malvinas”. Aunque se estaba en democracia, se sabía que los padres de Oriel eran ingleses y habían trabajado en la embajada británica. Charly también se había desempeñado en esa sede diplomática. Hasta se sospechó que Oriel podía haber sido espía y por eso la mataron. “La venganza de la que hablan los hijos y habló Pippo a sus allegados es que los espías argentinos la sentenciaron a muerte. Y que una vez terminada la guerra la iban a matar. Y los antecedentes de violencia que tenía Pippo en perjuicio de Oriel, les vinieron bien para incriminarlo”, se publicó en la prensa como conclusión de esta disparatada teoría.

Una nueva pista se refirió a la posibilidad de que Pippo trabajara para un comisario de activa participación en la dictadura militar y Oriel hubiera sido asesinada por presuntos contactos con Montoneros. También se habló de la mafia italiana. Y del origen siciliano de los Pippo, que eran definidos por la prensa como un clan o “La pesada de los Pippo”. Incluso se habló de un castillo en Lobos donde había muñecos diabólicos y supuestamente se hacían sacrificios de animales. Llegó a hablarse de una siniestra conspiración de los Illuminati.

Una información obtenida por Julián Axat refiere que Pippo fue discípulo de Carlos Disandro, y tuvo alguna participación en las formaciones del CNU, la Concentración Nacional Universitaria, una temible organización terrorista ultraderechista. Su vínculo, se cree, era el Indio Castillo y Juan José Pomares. En ese marco, de acuerdo al análisis de Axat, en 1975 se da una oscura coincidencia: el asesinato, a manos de la CNU, de una bella mujer como Oriel Briant: María Luisa Corica. ¿Oriel fue víctima de esta agrupación? ¿El parecido físico tenía que ver? ¿O sabía algo que podía desenmascarar a alguno de sus miembros?

Lo cierto es que lo más concreto en la causa fueron las denuncias previas que Oriel hizo en la comisaria de City Bell contra Pippo por violencia de género. “Un día me llamó y me dijo: ‘Vení rápido porque Federico me está matando a golpes’”, declaró la madre de la víctima. En diciembre de 1980, según consta en otra denuncia, Oriel salió de su casa gritando que su marido la había perseguido con un cuchillo.

La relación entre los dos había terminado. Antes de separarse, dormían en cuartos separados. Él no le quería dar un centavo, ni siquiera para comprar alimentos o para sus hijos. Ni siquiera quería pagar la luz. Decía que no la usaba, que no veía televisión y que por la noche leía a la luz de una vela.

En el expediente figuraba que cuatro testigos habían declarado otros episodios de violencia. En uno de ellos, Pippo habría dicho: “Que esta no se haga la loca porque tengo gente de la Policía que la va a hacer reventar”.

Nadie podía imaginar el brutal desenlace: 37 puñaladas y tres disparos

“La voy a matar a patadas”, “Si tengo un cuchillo, se lo clavo mil veces”. Esas eran otras de las frases que habría pronunciado el sospechoso. Otra testigo dijo que Oriel le había contado que la había amenazado con un cuchillo para violarla. Otra, que tenía moretones en los brazos porque Pippo le pegaba y hasta llegó a amenazarla con una cuchilla delante de sus hijos.

Hasta un vidente, Guillermo, declaró a la prensa que la madre de Pippo consultaba brujos y curanderos para hacerle daño a Oriel. “La odiaba. Le encontraron fotos de Oriel pinchadas. Y una vez me dijo a mí, durante una consulta, que su hijo a veces desvariaba y que quería matar a todos”.

Un dato clave reactivó la causa y llevó otra vez a Pippo a la cárcel. Los muebles de Oriel, que habían desaparecido, fueron encontrados en el stud del primo de Pippo. Federico fue detenido junto a su hermano Esteban, su primo y su madre. “Esteban y Angélica aparecieron en mi stud en un Renault 12 en el que iba una mujer rubia, vestida en camisón y medio dopada. Les pedí que se fueran”, declaró el primo de Pippo. Pero a los pocos días se desdijo.

Por entonces, una testigo fue amenazada por dos presuntos linyeras que le golpearon la puerta con la excusa de buscar ropa y comida pero en realidad le apuntaron con dos armas.

Los Pippo pasaron un año en prisión, pero fueron absueltos porque los testigos se rectificaban y las pruebas de desvanecían. “El juez se maneja con el dicen que dijo que le dijeron”, sentenció Pippo en una entrevista que le dio a José de Zer.

Un brujo, un vidriero, sectas, espías, dictadura militar. Inocentes acusados, supuestos culpables libres. Nada le faltó al caso. 

UN TENEBROSO VIDEO

“El film del crimen de la profesora Briant, que contiene sádicas y aberrantes escenas, se habría rodado en una estancia bonaerense”, tituló el diario La Razón del 29 de agosto de 1985.

La nota, firmada por Guillermo Patricio Kelly, no era ningún invento. Hubo una denuncia hecha por un hombre de nacionalidad alemana que vivía en la Argentina que decía, palabras más, palabras menos, que Oriel fue secuestrada y filmada y que esa película pornográfica fue vendida por un millón de dólares a un enigmático personaje que vivía en una mansión de Chicago.

“En el rodaje habrían intervenido entre doce y quince artistas sexuales. El rapto y la puesta en escena costó 80 mil dólares. Se filmaron escenas de sexo en medio de un ritual satánico”, consignó La Razón.

Los investigadores llegaron hasta Charles Ray, un as en robar fichas en los casinos de Montecarlo, que habría sido el nexo con los rufianes que compraron el supuesto video.

Eso no fue todo. El 1 de enero de 1985 un avión se estrelló contra la nevada ladera del Pico Illimani, a unos 80 kilómetros de La Paz. El denunciante, que a esa altura era considerado un demente por los pesquisas, aseguró que una de las pasajeras llevaba el video pornográfico. Y que por orden de alguien poderoso, se contrató a una decena de escaladores expertos para que llegaran antes que los peritos oficiales y pudieran rescatar la cinta. Pero esta pista, más cercana a una historia inverosímil de ciencia ficción que a la realidad, se desvaneció con el tiempo.

Los hijos de Oriel y Federico sufrieron el infierno en carne propia. Primero, el crimen de su madre. Luego, la detención del padre.

Como ejemplo: Christopher vio cómo se llevaban secuestrada a su madre. Y también vio cómo la Policía se llevaba a su padre. “No me dejes, papito”, dijo llorando.

El periodista Facundo Bañez hace diez años logró una entrevista exclusiva con Pippo, a quien descubrió cuando iba al kiosco a comprar tres cigarrillos. Unos años antes lo habían internado en el psiquiátrico de Melchor Romero porque apareció caminando en medio de la calle, entre los autos, insultando y citando frases de escritores griegos y rusos. Pensaron que era un ciruja, pero era Pippo.

Pippo apareció caminando en medio de la calle, entre los autos, insultando

“Yo no la maté, pero no importa lo que piensen. Se habló demasiado ya, todo porque era una Briant, por supuesto. Te aseguro que si era una Pérez no se hablaba nada”, le dijo Pippo a Bañez. Antes de cerrar la puerta, repitió lo mismo que cuando salió en libertad: “Creo en Dios”.

Era una cáscara de sí mismo. Tenía barba y pelo blanco. Cara huesuda y ojos saltones que parecían a punto de estallar. Una especie de fantasma absorbido por el fantasma de Oriel. Como una burda copia de los espectros de Shakespeare, el autor que analizaba en algunas de sus clases.

Poco después de esa entrevista, los medios le golpearon la puerta. Pero no volvió a abrirla. Lo último que se supo de él es que murió a los 68 años, el 6 de junio de 2009, solo, pobre y en una pieza a la que nunca llegaba la luz del sol.

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