domingo 24 de mayo de 2026

JU-FRUT, la fábrica de jugos populares de Villa Elvira

Fundada a comienzos de los '80, se hizo conocida por la venta de productos naturales y la golosina "piqui-piqui". Crónica de su nacimiento, furor y silencioso final.

Asomado entre copas de árboles y cables de tendido eléctrico, el viejo cartel de JU-FRUT resiste el paso de los años. El emblema de lo que fue una prospera fábrica de jugos naturales sigue ahí, en lo alto de la esquina de 6 y 75, como parte del escenario típico de Villa Elvira, junto con la Primaria N° 84, el Santuario de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa y la emisora Radio Futura.

—Nunca lo sacamos, todo el mundo me dice por qué no lo sacan, pero no, queda para el recuerdo —señala con orgullo Stella Candreva, de 63 años.

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Menuda, de discretos lentes de aumento y con el pelo oscuro recogido en una tirante cola de caballo, la mayor de las Candreva se distingue por la dulzura y el volumen bajo de su voz, que se contrapone a la entonación más explosiva y jovial de su hermana Fernanda, de 59.

—Hoy en día, si a ella o a mi nos traen en un taxi, cuando preguntan a dónde vamos, decimos a la fábrica de jugo —acota Fernanda, ilustrando la importancia que tuvo ese lugar para el barrio.

01. Cartel de JUFRUT en 6 y 75. Foto de Nicolás Guillones.
El cartel oxidado, aún resiste.

El cartel oxidado, aún resiste.

Entre comienzos de 1980 y la primera mitad de los '90, las familias Candreva y Pirrone se embarcaron en la aventura de producir jugos naturales. Un experimento que surgió de casualidad y dio paso a un próspero negocio. Su expansión benefició a la familia en una época de recesión económica y le dio trabajo a varios vecinos y vecinas que pasaron por allí durante aquellos años. De la fábrica hoy sólo queda el cartel y el recuerdo de los nostálgicos en publicaciones alusivas de Facebook: “Estaban buenísimos y tenían pulpa”, “El de frutilla era espectacular”, “Los más ricos, en bidones de cinco litros”.

Las dos hermanas transitaron su adolescencia como parte del plantel de JU-FRUT, brindando atención al público, tomando pedidos y haciendo repartos. Fueron sus padres, Ada Pirrone y Miguel “Tito” Candreva, quienes pusieron en marcha el negocio junto a sus tíos María y Américo.

Hay algo en la forma de hablar y de recuperar los recuerdos que permite inferir una profunda relación de simbiosis entre ellas. A lo largo de la conversación, Stella y Fernanda se complementan, se corrigen, dejan espacio para que la otra responda, hablan por encima cuando lo creen necesario, se confirman mutuamente la sucesión de hechos que dieron origen al emprendimiento.

Hoy abren las puertas de la casa de su infancia, donde alguna vez funcionó el salón de ventas de la juguería, para contar la historia detrás del éxito de sus productos. El espacio, recientemente devenido en una pastelería de gestión familiar, fue testigo del nacimiento, furor y silencioso final de la pequeña fábrica familiar.

Amor y paz en Villa Elvira

Según el relato de Stella y Fernanda, el inicio de todo hay que ir a buscarlo al pueblito de Mongrassano, en Italia. Ricardo Candreva llegó a Argentina desde allí unos pocos años después de la Primera Guerra Mundial. Fue obligado a migrar porque su familia temía el estallido de una nueva guerra. Tenía 15 años cuando dejó Europa, viajando de polizón en un transatlántico, con apenas “un pan bajo el brazo”.

Consiguió trabajo en el trolebús, pudo establecerse en Villa Elvira y se casó con Miguelina Masselli, otra migrante italiana proveniente de Pietracatella, con la que tuvo dos hijos: Miguel y Américo.

Terminada la Segunda Guerra, la familia de Vicente Pirrone experimentó el mismo temor que los Candreva habían sentido años atrás: tampoco querían perder a su hijo en otra posible guerra. Vicente migró desde su Mongrassano natal. Al llegar al otro lado del Atlántico, lo primero que hizo fue ir al encuentro de su paisano Ricardo, que lo recibió con los brazos abiertos y lo hospedó como si fueran parientes.

De la fábrica hoy sólo queda el cartel y el recuerdo de los nostálgicos en publicaciones alusivas de Facebook

El joven encontró suelo fértil en Argentina. Trabajando como albañil, pudo radicarse en El Dique y traer a sus hermanas, Ada y María, lejos de los problemas de aquella Europa convulsionada. Pronto floreció el amor entre María y Américo. Para sorpresa de todos, algo semejante ocurrió ente Ada y Tito. Desoyendo las objeciones de la familia, las dos parejas pasaron del noviazgo al matrimonio.

—Al principio decían que era una cosa rara, los papás no querían... ¿cómo se iban a casar dos hermanos con dos hermanas? —comenta Stella—, pero el amor fue más fuerte. Se casaron en 1960.

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Ricardo Candreva cedió parte de su terreno para que los recién casados construyeran sendas casas donde criar a sus hijos. Estaban una al lado de la otra, conectadas por una puerta entre los dos patios internos: Tito y Ada, con sus hijas Stella y Fernanda, sobre la esquina de 6 y 75; y al lado, bajando para 74, María y Américo, con sus hijos Ricardo y Eduardo.

—Éramos dos familias de cuatro, pero en realidad era una familia de ocho, porque siempre vivimos juntos. Comíamos al mediodía juntos, nos separábamos solo en la cena —describe Fernanda.

Tito trabajaba en la empresa pública Entel, mientras que Américo hacía lo propio en Indeco, una fábrica multinacional de cojinetes. Entre los dos financiaron la apertura y puesta en marcha de una rotisería, que se instaló en la esquina de 6 y 75, y era atendida por sus esposas e hijos.

En el barrio nadie recuerda que la rotisería tuviera nombre, todos se referían a ella como “los Candreva”. Gustavo Zurbano, un vecino ilustre de Villa Elvira, dice que “fue de las primeras con concepto de rotisería. Tenía un innovador spiedo que para el barrio era un objeto traído de la NASA”.

Entre los productos que se comerciaban en la rotisería figuraba un jugo natural producido por una fábrica de la región. Se compraba en grandes bidones y se fraccionaba para su venta al público. Cierto día, Américo volvió de hacer el aprovisionamiento de jugo y formuló una propuesta entre signos de pregunta:

—¿Y si lo hacemos nosotros?

Es que Américo le había puesto especial atención al proceso de producción del jugo y le pareció que era algo posible de replicar en una escala más modesta. La sugerencia fue recibida con entusiasmo.

Fueron a prueba y error. Los primeros litros que se vendieron fueron elaborados en una licuadora doméstica, de manera absolutamente artesanal. Después se adquirieron dos exprimidoras eléctricas. La fruta, mayormente naranja y pomelo, se cortaba y exprimía a mano, el envasado en bidones de cinco litros también era manual.

La bebida ganó popularidad entre los clientes habituales de la rotisería. Dejaron de tercerizar el jugo para hacerlo ellos mismos. Entonces hubo que ponerle un nombre. Stella se jacta de que la idea de ponerle JU-FRUT, un acrónimo para “jugos de fruta”, se le ocurrió a Tito. Américo respaldó la iniciativa.

Entre las dos familias no daban abasto. Ambos matrimonios, las hijas, los hijos y hasta la abuela Miguelina, todos participaban del proceso productivo, comercialización y limpieza. Se incorporó a gente del barrio para mantener el ritmo frente a la creciente demanda.

Gustavo “el Tano” Pescetta fue recomendado por doña Miguela, una vecina que se dedicaba a llenar y tapar los bidones. Todo era a mano, artesanal, con división de las tareas y de los tiempos según el eslabón de la cadena. El Tano tenía 17 años y vivía a unas pocas cuadras de allí. Según lo recuerda, su ingreso coincidió con el momento en que JU-FRUT comenzó a tomar más vuelo: “No había competencia. Estaba Langré y JU-FRUT, no había competencia de jugos”.

02. Miguelina, Tito y Ricardo, de fondo la cámara frigorífica. Archivo de Stella Candreva.
Miguelina, Tito y Ricardo.

Miguelina, Tito y Ricardo.

Era comienzos de la década de los '80 y los Candreva-Pirrone tenían en marcha un producto cuya demanda crecería hasta desplazar a la propia rotisería que le había dado su origen.

La clave del éxito

Es una cálida tarde de septiembre de 2025 en La Plata. Javier Coradazzi atraviesa los pasillos de la Facultad de Periodismo y Comunicación social repartiendo saludos a estudiantes y colegas no docentes. Algunas señales distintivas en su llavero, la carcaza del celular y el equipo de mate, permiten saber una o dos cosas sobre su persona: es peronista y pincharrata. Es, además, director de Servicios Generales de esta Casa de Estudio, y hoy se dispone a recapitular en torno a uno de los primeros trabajos que tuvo: operario en JU-FRUT.

Calienta el agua, prepara la yerba, pero no llega a cebar ni un sólo mate, enseguida conecta con los recuerdos de aquella época y se larga a relatar. Era el año 1985, tenía 15 años, habían salido con un amigo a buscar trabajo, llevaban los clasificados del diario El Día. No tuvieron suerte en ninguno de los lugares a los que fueron, pero en la vuelta a casa pasaron por la puerta de JU-FRUT y, “así, de caradura”, se animaron a preguntar.

—En este momento nos hace falta una persona —le dijo María, cuando lo entrevistó en la fábrica familiar—, vos preguntaste primero, pero antes me gustaría hablar con tu mamá.

03. Pomelos y naranjas se compraban en el Mercado Regional de 520 y 116. Archivo Stella Candreva.
La materia prima del producto.

La materia prima del producto.

Dicho y hecho. Al otro día Javier volvió acompañado de su madre, y tras “negociar” con Ada y María, empezó a trabajar en la fábrica de jugos. Para ese entonces JU-FRUT ya contaba con mayores equipos, un plantel extendido y una línea de producción bien ensamblada. El negocio crecía con prosperidad.

Dos veces por semana Javier se hacía un viaje al Mercado Regional de 520 y 116 para comprar naranjas y pomelos, entre 30 y 40 cajones por vez. La pulpa de otras frutas como durazno, ananá y frutilla, eran compradas a productores de Entre Ríos. En el patio de Tito habían instalado unos piletones para lavar la fruta y dos máquinas industriales, que habían reemplazado a las primitivas exprimidoras eléctricas.

—Lo primero que hice fue acarrear bidones —cuenta Javier—. La fábrica tenía unos tanques gigantes donde se preparaba el jugo, y había una persona sentada en cada tanque que los iba llenando, los tapaba y los dejaba a un costado. Entonces venía otro compañero, juntaba cuatro bidones y de ahí los llevaba a otro espacio, donde estaba la cámara.

Nadie pudo establecer, en los '90, por qué dejó de funcionar la fábrica

En efecto, la cámara frigorífica, donde se preservaba la materia prima que llegaba del mercado y los jugos naturales ya envasados, se encontraba en el patio de Américo, al fondo. La parte delantera era ocupada por el salón de ventas. Todo estaba concentrado en el mismo lugar, a pocos metros de distancia.

A la comercialización directa le sumaron reparto. El propio Américo se había encargado de promocionarlo en distintas panaderías y confiterías bailables. Fernanda enumera: “Desiré, La Primavera, La Española. Todas las panaderías de la ciudad empezaron a comprar el jugo”. Cada mañana cargaban los pedidos en una camioneta F-100 y salían a repartir. Los fines de semana había uno o dos repartos extra, en general por la tarde, exclusivamente para cubrir la demanda de los boliches nocturnos.

06. Los Candreva- Pirrone de festejo en el salón de ventas de JUFRUT. Archivo de Stella.
Los Candreva, en un brindis en el salón de ventas.

Los Candreva, en un brindis en el salón de ventas.

Si bien se trataba de una bebida que destacaba por su carácter natural, tanto las hermanas Candreva, como Javier y el Tano coinciden en una misma hipótesis para explicar el éxito de JU-FRUT: no tenían competencia, en la región no había otra marca de jugos que pudiera hacerles sombra, y la gaseosa era un producto caro, su consumo todavía no estaba instalado en la mesa de los platenses.

—Explotó. Empezaron a vender 100-200 bidones por día. No dábamos abasto, tuvimos que cerrar la rotisería. Fue algo tremendo —reconoce Fernanda.

Promediando la década de los '80, se introdujo un nuevo producto: el jugo concentrado para diluir, en su única presentación de botellas de litro y medio. Otro batacazo para los Candreva. En un momento donde el presidente Raúl Alfonsin anunciaba la vuelta a una economía de guerra, la venta de jugos hacía posible que se compraran dos propiedades cercanas, que funcionaron como depósitos, y una quinta en la zona más campestre de Villa Elvira.

—Ellos tenían una casa quinta muy linda, así que cada tanto se armaba un asadito allá con la familia. Íbamos todos para allá y la pasábamos muy bien. En verano estábamos de 7 a 19, doce horas trabajando. Parece que no, pero con el tiempo y en la diaria se crean lazos, es inevitable —reflexiona Javier.

Algo de lo que dice Javier alude a la otra cara de la moneda: JU-FRUT atravesaba por completo la vida de la familia. Fernanda reconoce que llegó a detestar los jugos y el olor a fruta. Stella dice que no tenían vida privada, que la casa estaba siempre con las puertas abiertas. En Navidad y Año Nuevo, no llegaban a hacer el brindis por la cola de gente que se formaba para comprar el producto.

Pasaron varios veranos sin vacaciones porque esa era el momento donde más se vendía.

Nuevos sueños

Es una tarde gris y lluviosa de fines de octubre. Las gotas frías caen copiosamente del cielo sobre el barrio de Villa Elvira. Hay poco movimiento de gente en las calles y la mayoría de las casas mantienen las persianas bajas. El hogar de los Candreva es una excepción. Hace poco abrió sus puertas “Sizigia. Aromas de herencia”, la pastelería donde Stella, Fernanda y sus hijos apuestan a hacer lo que les gusta y devolverle la vida al lugar donde funcionó JU-FRUT.

—El otro día cuando inauguramos —cuenta Fernanda — vino gente llorando, entraban hasta la puerta de la cámara y decían “ay, cuántos recuerdos”. Claro, si este era el lugar de reunión del barrio.

10. La cámara frigorífica devenida en cocina de Sizigia. Foto de Nicolás Guillones.
La cámara frigorífica devenida en cocina.

La cámara frigorífica devenida en cocina.

Aquella cámara frigorífica, donde se almacenaron toneladas de fruta y litros de jugo, hoy se reconvirtió en la cocina de Sizigia. Allí se elaboran diversas delicias de raíz italiana, entre las que sobresalen turdillis y cannolis.

JU-FRUT siguió produciendo jugos naturales y concentrados hasta los primeros años de la década del ´90. En esa misma época sumaron el “piqui-piqui”, un jugo helado que se consumía directo de un sobre plástico, similar al Naranjú. Llegó a ser muy popular entre los más chicos, ya que se comerciaba como golosina, a un precio de regalo.

Todo era a mano, artesanal, con división de las tareas y de los tiempos

En 1992, tras el fallecimiento de Tito y con el aumento de la competencia, no sólo de otras marcas de jugo sino también de gaseosas, los productos fueron perdiendo margen de ganancia. Por otro lado, cada uno de los hijos de los matrimonios Pirrone-Candreva se habían formado profesionalmente y le dieron prioridad a sus carreras: Stella se recibió de contadora, Fernanda como arquitecta; Ricardo se formó en medicina y se mudó a San Luis; Eduardo, por otra parte, estudió periodismo en la UCA y fundó Radio Futura.

08. Stella Candreva. Foto de Nicolás Guillones.
Stella Candreva.

Stella Candreva.

Nadie pudo establecer con certeza en qué momento de esa primera mitad de los ´90 dejó de funcionar JU-FRUT. Solamente sucedió. Así es la explicación oficial, sin más argumentos.

Para el Tano, sin embargo, la respuesta se encuentra en el contexto neoliberal que impuso el menemismo:

—Los noventa arruinaron a todo el mundo, empezaron a entrar otras marcas. Encima, los que nos vendían la materia prima para hacer el jugo, pusieron su propia marca. Había mucha competencia y no podías competir con los precios porque a ellos les salía más barato hacerlo.

Previo a aquella época, Omar Palermo era viajante de comercio. Luego de probar el jugo, sacó la dirección del envase y se fue hasta 6 y 75 para sumar el producto a su catálogo de distribución. Según lo recuerda: “Trabajaba para Canale y no podía llevar a mis clientes cualquier cosa. El jugo por donde lo mires era excelente, sin lugar a dudas. Lo que no supe fue porque cerró, si eran tan buenos”.

Terminante, Stella cuenta que era impensable seguir adelante con el emprendimiento o, incluso, la posibilidad de vender la marca: “Éramos una gran familia, no una empresa”.

A la hora de ofrecer un balance, el Tano y Javier acuerdan sobre una de las mayores virtudes que tenía trabajar con los Candreva: el ambiente familiar. Codarazzi se explaya: “Creo que esta cuestión de una descendencia italiana, por más que había chicos que no lo eran. Todos teníamos algún vecino tano de los auténticos, de los llegados, y eso ayudaba a que haya una convivencia bastante buena”.

09. Regina, Santino, Stella, Lorenzo y Azul en Sizigia. Foto de Nicolás Guillones.
La nueva generación con la pastelería de fondo

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—Los tanos somos así. Así nos enseñaron —afirma Stella.

—Este barrio es como una mini Italia —completa Fernanda—. La gente que se fue quedando en este barrio se ayuda. Se ayudaban entre ellos porque estaban en un lugar donde no se hablaba la misma lengua y tuvieron que adaptarse, para mi eso formó un lazo.

Al cierre de la conversación, parece que a Stella y Fernanda se le vienen todos los recuerdos encima, como oleadas de emoción que traen consigo lejanos ecos desde el otro lado del Atlántico. Las lágrimas brotan de sus ojos cuando les toca nombrar el legado de sus padres.

—Esfuerzo. Amor de familia. Honradez —resume Stella.

—Que los sueños se pueden cumplir —dice Fernanda concluyente.

Y, luego, ambas sonríen.

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