La casa de Paco y Pepa, hoy
Ese título poco dice si no se sabe que Pepa era Josefa Bogetti y Paco Francisco Pastor, madre y padre de la entonces no conocida Hebe Pastor de Bonafini. Allí, Hebe nació un 4 de diciembre de 1928 y se crió en esa barriada obrera que se fue ampliando a los alrededores del canal, en lo que eran los primeros años de una ciudad de La Plata fundada no mucho tiempo antes y que, a través de su puerto vecino, comenzaba a crecer.
A la casa se entraba por la calle 48 bis, y para el fondo se extendía larga y angosta hacia lo que antes fuera uno de los márgenes del canal, que a veces inundaba esos terrenos con las crecidas del río. En esa casa Hebe vivió su infancia y su juventud. Francisco Pastor, su padre, trabajaba en la fábrica de sombreros “Basso Imperatori”, que quedaba justo enfrente de la casilla mitad de chapa y mitad de madera, que el propio Paco había construido. A su familia la completaba el hermano menor de Hebe, Walmer, más conocido como el Negro, que había nacido tres años después que ella.
Una postal del barrio en estos tiempos
El 26 de marzo de 2022 se presentó en Ensenada Los caminos de la vida (2021), un libro escrito por el periodista Ulises Gorini, que cuenta de manera minuciosa esa primera parte de la vida de Hebe de Bonafini. Su vida antes del secuestro de sus hijos, cuando era Kika, como le decían en su casa, en una etapa que ella recordaba como feliz: “Por sobre todas las cosas, El Dique era alegre. Por la mañana las casas se abrían de par en par. Hiciera frío o calor, las mujeres ventilaban, hacían la limpieza cantando, siempre cantaban tangos, tarareaban zambas y pasodobles”.
Desde muy chiquita Hebe fue diagnosticada con asma, una enfermedad respiratoria crónica que la acompañaría toda su vida y que limitaba a veces su desempeño. Ataques repentinos durante la noche, internaciones en el Hospital Italiano, tratamientos paliativos para poder respirar mejor durante el sueño, fueron una constante en el acontecer cotidiano. Recordaba Hebe: “Todavía puedo sentir esa desesperación de asfixiarme y el caos que los ataques desataban en la familia. Estaba visto que yo era asmática, y lo sería toda la vida a pesar de haberme rebelado a los remedios. Muchas veces por la noche, mientras dormía tranquilamente, me agarraba: terminé en varias oportunidades en el hospital, con carpa y tubo de oxígeno. Se me pasaba y todo volvía a ser normal, salvo que quedaba el miedo”.
Desde muy chiquita Hebe fue diagnosticada con asma, una enfermedad respiratoria crónica que la acompañaría toda su vida y que limitaba a veces su desempeño. Ataques repentinos durante la noche, internaciones en el Hospital Italiano, tratamientos paliativos para poder respirar mejor durante el sueño, fueron una constante en el acontecer cotidiano.
A Kika le encantaba la escuela. “Yo salí la mejor alumna de la escuela y el premio era la bandera”, decía Hebe en una entrevista otorgada en la pandemia a este cronista. “Me gustaba ir a la escuela, mucho, era muy tragalibros. Yo estaba preparada desde temprano, levantada, arreglada, con un portafolio más grande que yo porque me lo había regalado una tía, y un moño así de grande, que me ponía mi mamá en la cabeza”.
Sin embargo, Hebe no pudo avanzar más allá de la escuela primaria. Pese a las aptitudes que le veían sus maestras, y la recomendación de que siguiera su formación en la orientación de magisterio, su educación se vio interrumpida debido a que los padres se opusieron a que la hija siguiera ese recorrido. “Ser maestra era como ser de otra raza”, contaba Hebe. El papel de la mujer en aquel entonces era básicamente el de un ama de casa y futura madre y esposa. “¿Qué vas a hacer cuando te cases y tengas hijos?”, fue la pregunta que le hicieron sus padres. La familia Pastor no era una excepción a las costumbres de la época.
La niña Hebe
A pesar de ver truncada su formación escolar, Hebe nunca dejó de aprender de forma autodidacta, diferentes herramientas que le permitieran desarrollarse por sí misma. Telar en una escuela de monjas, o corte y confección, fueron los oficios que tuvo a mano para generar los primeros pesos que ayudarían a sus padres al principio y a su propio matrimonio después. Siempre tuvo ese impulso que la empujó a cuestionarse su rol impuesto y las diferencias con los varones, que vivió incluso en su propia casa: su hermano el Negro por ser hombre, estuvo obligado a estudiar.
En el libro de Gorini se cuenta que la mejor amiga de Hebe en su adolescencia era Queca Basso, la hija de uno de los dueños de la fábrica de sombreros donde trabajaba su padre. Esa amiga fue la que le señaló por primera vez que un chico la miraba. Se llamaba Humberto Bonafini y sería su primer novio, su primer amor, su marido. Hebe lo cuenta así: “Al principio fue mirarse, cruzar miradas. Asomarse a la ventana cuando sabía que él iba a pasar por la vereda. Animarse incluso a salir, con cualquier pretexto, un mandado, una tarea”. Ella tenía 14 años y el 16 cuando comenzaron el noviazgo, al que se le puso fecha de casamiento cuando Hebe cumplió los 18.
En la casa de Pepa y Paco no se hablaba de política, según cuenta Hebe, pero cuando fue mayor de edad, su padre que era radical la afilió al partido: “Como cuando hacés un hijo hincha de Gimnasia o Estudiantes, lo mismo. A los 18 te hacían radical o lo que fuera”, explicaba Kika, quien recordaba que a ella tampoco le atraía la política, pero confiaba en su padre y por eso aceptó firmar la ficha de afiliación al radicalismo, en 1946. Poco después fue el casamiento, que se llevó a cabo en noviembre de 1949 y la pareja se instaló en el fondo de la casa de “El Dique” donde Paco había levantado una piecita y una cocina.
Pepa y Hebe
Los recién casados tuvieron su primer hijo al año de matrimonio: Hebe estaba pariendo a Jorge Omar Bonafini el 10 de diciembre de 1950. Después del nacimiento reapareció de manera intensa el asma en Kika, tanto, que el médico le advirtió el peligro que corría ante futuros embarazos. Sin embargo Hebe siguió con su deseo de seguir siendo madre y tuvo dos hijos más a pesar del riesgo: Raúl en 1953 y Alejandra en 1965.
La fábrica de sombreros, abandonada hace años
Para Kika parir a sus hijos fue un hecho trascendental. Ella misma lo definió mucho mejor en el libro Historias de vida: Hebe de Bonafini (1985) escrito por Matilde Sánchez, donde así lo decía: “Pensaba en todo el sufrimiento de la vida de la mujer, si las mujeres estaban para limpiar, para cocinar, para hacer todo”. Por eso cuando nació Raúl, su segundo hijo varón, recordó que “estaba eufórica. No era una nena pero no me importaba. Porque siempre a las mujeres les tocó la peor parte”. La maternidad para Hebe significaba una forma de logro personal, lo pensaba como “un vínculo indisoluble, nosotros estábamos unidos para siempre, y eso me gustaba, me hacía sentir alguien fundamental y le daba otro peso específico a todas mis acciones por más cotidianas que fueran”.
Hebe en su casamiento
Parecen palabras que pueden resonar en otras mujeres, en otras madres, pero sabiendo hoy en quién se convertiría Hebe después, cobran un sentido mayor. Ella lo vivía paradójicamente como una liberación femenina: “No me sentía una persona corriente, mediocre con un destino hasta vulgar, mis hijos me hacían sentir diferente, una persona única, irreemplazable. Eran una especie de legado, mi contribución al mundo, a la historia y a la vida. Yo, Hebe Pastor, había agregado al mundo algo que antes no existía. Quién sabe, ellos podrían convertirse en seres importantes o sencillamente en buena gente…no me avergüenza decir que mis hijos eran mi justificación”.
Ya casada y con sus dos primeros hijos, la casita de “El Dique” les resultaba chica, así que construyeron una nueva en el frente del terreno. La Plata era un lugar lejano y poco frecuentado. Kika era la única en su familia que iba de vez en cuando porque “era la que tenía mejor vestido y me animaba a ir en tranvía. Los demás, no salían del barrio”. Por eso, cuando su marido Toto consiguió trabajo en YPF, Hebe se mudó a una casa en la calle 16 entre 64 y 65. Ese trabajo le daba una categoría a nivel social. Trabajaba en una empresa fuerte del Estado, con un sueldo y estabilidad que le permitió la posibilidad de proyectar y conseguir la vivienda propia. En esa nueva casa nació Alejandra, y hasta allí, promediando los años 60, la vida de Hebe era la de una vecina más de la ciudad de La Plata. La rutina se daba maravillosamente para ella, que parecía haber alcanzado su mayor sueño: el de tener su propia familia, su casa y aspirar a que sus hijos tuvieran educación, como ella tanto había deseado. Deseo que se coronó con Jorge y Raul pudiendo cursar la secundaria en el Colegio Nacional, un orgullo platense.
Hebe con sus hijos, desaparecidos en la dictadura
Las discusiones sobre la realidad empezaron a estar en la mesa de los Pastor Bonafini, a medida que los chicos avanzaban en el colegio y en sus intereses por los aires revolucionarios de la década del 60. Hebe abría las puertas de su casa para reuniones, que empezaban a ser más comprometidas cuando Jorge ya en Ciencias Exactas y Raúl en Ciencias Naturales, habían pasado a la facultad y paralelamente a la militancia partidaria de izquierda.
En busca de mayor espacio, la familia siguió mudándose, esta vez hasta el barrio de Tolosa, en una casa que quedaba en 531 entre 9 y 10. Viviendo allí Jorge, el hijo mayor de Hebe, se casó con una hermosa joven entrerriana, María Elena Bugnone. La pareja de recién casados y Raúl militaban en la misma organización. Y Kika ya vivía los días sin dejar de pensar en lo que pasaba en el país y en la ciudad.
La Plata en 1974 no le escapaba a la situación imperante de convulsión y violencia política. Pero Hebe siempre los acompañaba. Se asombraba de la convicción y el esfuerzo que ponían sus hijos en tratar de cambiar la realidad. Estaban convencidos que podrían hacerlo, a tal punto que intentaban influenciar hasta su propia madre sobre cómo pensar en el otro, en la solidaridad. Hebe lo explicaba con sus propias palabras: “A mí me hicieron romper con el individualismo, porque si nosotras hubiéramos pensado cada una en eso de: bueno no, mi hijo no tuvo nada que ver porque fue abogado o mi hijo era médico, o era un trabajador que iba y venía del trabajo, que no hacía otra cosa, ¿qué hubiera sido? una tragedia…todo eso tiene que ver con una forma de pensar en comunidad, la comunidad para ellos tenía una importancia enorme”.
Todavía las circunstancias le depararon unas cuantas amarguras a Hebe, que quizá sin estas cosas en común compartidas con sus hijos, no le hubieran dado la misma fortaleza. Hubo un hecho doloroso y poco conocido alrededor del secuestro de Jorge, su hijo mayor, el 8 de diciembre de 1977. En esos días, el hermano de Hebe había recibido la noticia de que el cáncer con el que venía lidiando entraba en una etapa terminal. Había que avisarles a Pepa y Paco. Jorge se ofreció a hablar con sus abuelos, pero nunca llegó a poder concretarlo. Kika recibió dos golpes tremendos sobre sí misma. Su vida empezó a cambiar ese día, a lo que después se le agregó el secuestro y la desaparición de su hijo Raúl y algunos años más tarde la muerte de Toto, su esposo.
La familia Bonafini
Mucho se ha escrito sobre ella, sobre su historia como madre de Plaza de Mayo y su lucha incansable. Pero menos conocida es esta otra parte de su vida, la de una vecina más de la ciudad en la que vivió siempre, a pesar de que viajaba a Buenos Aires varias veces a la semana. Siempre hizo los mandados, tuvo su jardín impecable lleno de plantas y de flores. Vivió en una casa humilde bajo un estoicismo admirable. Sobrellevando además del asma, una diabetes temprana que mantuvo a raya llevando una rigurosa dieta que jamás rompió. Nunca se escondió detrás de lo que fue su nombre o su figura pública, salía a las calles de La Plata y se saludaba con sus vecinos.
En definitiva, trató de llevar una vida simple, asumiendo lo que después la marcó para siempre: el secuestro de Jorge y de Raúl. La pérdida de dos de sus hijos, con lo que habían significado para esa mujer, que se sentía justificada a través de ellos. Esa niña con asma jugando en el barrio “El Dique”. Esa joven que pensaba que en la familia estaba todo lo que podía pedir. Esa mujer que tuvo que reinventarse para seguir, fue la que reflexionando sobre ella misma dijo, poco antes de morir en noviembre de 2022: “Un a cambia como persona. En el mismo momento que te avisan: mamá, mirá no lo encontramos a Jorge, ya está, ya es otra cosa. Ya no ves más nada, no sabés más nada, no entendés más nada. Tu casa ya se transformó en otra cosa. Y una ahí, recién empieza”.
Un pañuelo a metros de la casa donde nació Hebe
Hebe vivió en “El Dique” hasta los 36 años. Ahí nació, se casó y tuvo a sus dos primeros hijos. Allí cimentó su vida antes de la tragedia: allí latía otra historia que ya había empezado como mujer, mucho antes de convertirse en una de las referentes mundiales en la lucha por los derechos humanos.