Basta con observar la lista de los nombres de las escuelas para comprobar con facilidad que también en este espacio el reconocimiento resulta desigual entre hombres y mujeres. Hay nombres de varones en la mayoría de los locales escolares; incluso abundan nombres de acontecimientos y de fechas importantes, pero muy pocas mujeres aparecen en la nominalidad de los establecimientos educativos del país.
La Plata no escapa a esa regla, claramente emparentada con una cultura social en la que al menos por dos siglos predominó la idea de que "detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer", pero detrás.
Actualmente, los nombres de las escuelas son elegidos por la comunidad. En esa selección participan directivos, docentes, estudiantes y, en algunos casos, los vecinos que se graduaron allí o guardan algún lazo afectivo con el establecimiento en cuestión. Se elevan tres nombres a las autoridades educativas, cada uno de ellos con el argumento que lo vitaliza y, de no mediar inconvenientes, el área educativa acepta uno de ellos.
Hasta hace algunos años, los platenses identificaban su colegio por el nombre. La membrecía se expresaba a partir de esa seña: "Yo voy al Vergara", decía una y otro, "al Benito Lynch" o "al Estrada". El Normal 1 -hoy convertido en una unidad académica- era el Mary O. Graham. Alguien podrá objetar que tal recurrencia era más frecuente en relación a las escuelas de mayor matrícula o a las que se ubican en el Casco Urbano o solo en referencia a las secundarias, y tal vez tengan razón. Pero, en buena medida, los nombres identificaban mejor a las escuelas que sus números.

El tiempo, sin razones únicas, hizo que tal nombradía cambiara y con ello ocultó, para una desprevenida historia, las razones por las cuales una determinada persona o un acontecimiento específico marcara para siempre la puerta de entrada de un colegio.
Todos reconocemos con bastante facilidad a Domingo Faustino Sarmiento como "el padre del aula", pero pocos saben que Juana Manso (1819-1875), escritora, traductora, periodista y maestra, es considerada "la madre del aula", fundamental en la innovación de métodos pedagógicos y también en el servicio docente de los sectores más desfavorecidos o marginados.
En nuestra ciudad hay varias que llevan nombres de mujeres. Por mencionar algunas, podemos citar a Juana Zorrilla de San Martín, Alicia Moreau de Justo, Juana Gorriti, Elina Tejedor, Alfonsina Storni, Magdalena Güemes de Tejada. En fin, como toda antología esta también es arbitraria. Y aunque son muchos los nombres de mujeres, no se equilibran en la relación de cantidad con los nombres de los varones.

Vamos a tomar uno de ellos para recordarlas en su día. Se trata, en este caso, menos de valorizar la función docente de la mujer que de tratar de poner en evidencia el valor de ejemplo que tiene el nombre de una escuela, en cuanto a que si conocemos su origen, este puede inspirar y estimular a la formación de los estudiantes y también a toda la comunidad que se vincule con el lugar.
Elegimos a la Escuela Especial N° 524, de 132 entre 39 y 40, en cuya entrada se alza el nombre de Helen Keller, la primera persona sordomuda en graduarse de una universidad en el Radcliffe College en 1904.

Había nacido un 27 de junio de 1880, en Alabama, Estados Unidos. Casi a los dos años de edad padeció una congestión cerebral que le ocasionó la pérdida total de la vista, de la audición y del habla.
Al promediar su infancia, Helen pergeñó un sistema de comunicación independiente para poder comunicarse con su familia, habilidad que fue perfeccionado con el paso del tiempo: a los 7 años había desarrollado unas setenta señas diferentes según sus inquietudes. Acaso la forma de comunicar esas inquietudes abonó en su familia la necesidad de profundizar el aprendizaje de la chica y para ello contrataron a una docente de 20 años de edad, Anne Sullivan. Fue ella quien le enseñó Braille, lenguaje de signos, y a escribir.
Tras las clases domiciliarias, Helen y Anne decidieron emprender el método Tadoma, que consiste en comunicarse a través del contacto de los dedos con los labios del interlocutor. Así, a partir del manejo de las vibraciones labiales, Helen aprendió francés, alemán, griego, latín, geografía y matemáticas. La experiencia, sin dudas extraordinaria para la época, impulsó a las mujeres a extender su trabajo a otros ámbitos y, con despliegue teatral, donde Anne traducía las expresiones de Helen, disertaron en diferentes conferencias.

Ambas entendieron que para ayudar a otros, era imprescindible ir un poco más allá y Helen publicó su libro, que hoy es un clásico: La historia de mi vida (1903). Y, claro, no es una vida cualquiera, porque Helen se convirtió en una vigorosa líder en defensa del sufragio femenino, los derechos de los trabajadores, el socialismo y otras causas, además de ser una figura activa de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, tras cofundarla en 1920. Luchó por los discapacitados del mundo y creó el Helen Keller International, una organización sin fines de lucro para la prevención de la ceguera, en 1915. Falleció un 1° de junio de 1968.
Diversas escuelas especiales llevan su nombre en la geografía argentina y también en la de otros países. Keller no fue ni más ni menos que otra de las mujeres que sembraron con su esfuerzo y compromiso por la educación. Aquí, en este país, sabemos de muchísimos casos parecidos. Algunos ejemplos se repiten día a día, en el silencioso paso de los días. Nuestra tarea es reivindicar públicamente la de ellas.