Por Máximo Randrup
Gráficos: Sergio Sandoval
Por Máximo Randrup
Gráficos: Sergio Sandoval
Cuando faltaban menos de cinco minutos y el seleccionado nacional no rompía la igualdad, el periodismo argentino ya tenía los dos chips a disposición: el del éxito y la gloria, por si alguna pelota entraba; el de la derrota y el fracaso, por si los nigerianos aguantaban el empate. Dos opciones, bien extremas: elogiar a los salvadores, como finalmente se hizo con Messi y Rojo; acribillar a jugadores (especialmente a Messi), cuerpo técnico, AFA y todos los que rayen.

Alexander Medina habló tras el empate de Estudiantes ante Independiente Medellín por Copa Libertadores, analizó el partido y marcó errores y falta de eficacia.
Romper con esa dinámica puede resultar sano. No era el apocalipsis hace un par de días, tampoco es la panacea esta clasificación agónica. Existen, aunque vendan menos, los grises. Es evidente que Argentina cometió errores groseros, antes y durante el Mundial, justamente los que hicieron que coquetease con la eliminación. Como también es cierto que al comienzo del último encuentro de la fase de grupos mostró un notorio progreso.
Durante 33 minutos, los del principio contra Nigeria, Argentina dejó de ser un conjunto de nombres para convertirse en un equipo. Incluso, en uno serio. Una versión mejorada, con tres ítems destacados.
Para empezar, el funcionamiento colectivo lució ensamblado: los futbolistas dejaron de ser meros individuos para conformar un todo. Movimientos en bloques, que permitieron que la selección sea una estructura corta (con las líneas juntas) y balanceada (hubo equilibrio entre ataque y defensa). Un 4-3-3 bien marcado en ofensiva, que a la hora de retroceder mutaba velozmente hacia un envase cauteloso. Banega fue el eje de ese andamiaje: con toques cortos y precisos, ofició de pegamento y unió las diversas piezas.
En segundo orden, la solidez. En el segmento mencionado, Armani fue –casi– un espectador y esa firmeza tiene explicación: el retroceso de Argentina no presentó fisuras. La traslación de ataque a defensa combinó rapidez con desplazamientos premeditados. Di María, por la banda izquierda, bajaba a posición de mediocampista; Banega se cerraba para acompañar a Mascherano en la contención; Enzo Pérez se tiraba aún más hacia la derecha. ¿La conclusión? Un 4-4-2 rocoso, que neutralizó cada avance rival: en ese tramo del juego, Nigeria no fabricó ninguna situación de gol.
Por último, la verticalidad. En los primeros 33 minutos del último cotejo, el seleccionado nacional logró transformar posesión de pelota en peligro para su adversario. Pudo, por primera vez, ser profundo. El elenco de Sampaoli dejó de ser timorato y evolucionó hasta volverse uno bien incisivo. Banega, a los pases cortos, les adosó otros tres que parecieron lanzas y Messi colaboró con otra daga.
Vale el repaso. Primero Banega habilitó a Tagliafico, con un toque del centro a la izquierda, y el remate del defensor salió desviado. La segunda fue el gol: bochazo quirúrgico de Banega a Messi y la doble clase del Nº 10 (una cátedra de dominio y definición). En la tercera Messi interpretó la diagonal de Higuaín, lo asistió desde la derecha y luego tapó el arquero. El último pase entrelíneas fue el de Banega para Di María, desde atrás de mitad de cancha, que finalizó con una infracción al borde del área (y el tiro libre de Messi en el palo). Cuatro estocadas que evidenciaron que Argentina puede ofrecer más que una tenencia monótona.
Hasta acá, en la Copa del Mundo, la selección fue un desfile de nombres y sistemas (no repitió formación ni dispositivo táctico). Sin embargo, en un fragmento del último partido, demostró que puede ser un equipo de jerarquía. Durante 33 minutos, Argentina fue una estructura uniforme y, sobre todo, localizó un socio para Messi. El desafío, de acá en adelante, será conseguir que lo exhibido en ese pasaje se convierta en su matriz. En su identidad.