En un aula cualquiera de la facultad de Derecho, un viernes anochecido, un grupo de jóvenes senegaleses actúa: uno hace de sí mismo, vendedor ambulante, con su manta tirada en la vereda y relojes, anteojos, símil crocs por doquier. El otro es un agente de Control Urbano: lo apura, le dice “tengo que llevarme su mercadería”, “esto es venta ilegal”, y otras frases del estilo. Discuten, argumentan y contrargumentan, quizás, con algún error sintáctico en el medio: usan las herramientas del Teatro del Oprimido para aprender español.
“Este es un trabajo que se viene haciendo de manera interdisciplinaria y es algo que rescatamos todo el tiempo. No es solo una clase de idioma, sino que tiene que ver con cómo intercambiar culturalmente teniendo como premisa que el acceso al lenguaje es un derecho ciudadano. Como el Estado no lo brinda, nosotros tratamos de suplir esta carencia de derechos”. Juan Recchia es profesor de Literatura Latinoamericana en la facultad de Humanidades de la UNLP y a la vez da clases de español para senegaleses todos los viernes en la facultad de Derecho. Él, como Eugenia Flores y Guadalupe Barrios Rivero, participa desde 2015 del taller “Ñu ngui wax – Clases de español” (“Estamos hablando” en wólof). Tamara Paganini, Bárbara Pschunder y Guillermo España, todos provenientes del campo de la sociología, vienen llevando adelante esta iniciativa desde el 2012.
La elección del espacio no fue casual: la facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales está en pleno centro de la ciudad, abierta hasta tarde y queda cómoda a los senegaleses, que terminan su jornada laboral cerca de las 20 y asisten al taller, todos los viernes, hasta las 22. El grupo original –Tamara, Bárbara y Guillermo- se encargó de coordinar con el Espacio Migrante de la facultad para el dictado de las clases; realizó estudios y relevamientos y generó material que pronto mutó en materia prima para las clases de español, fuertemente enfocadas en las particularidades de la comunidad senegalesa. En 2015 se sumaron Eugenia, Guadalupe y Juan, todos del paño de la literatura y la enseñanza del idioma. En 2017 “Ñu ngui wax” se conformó en proyecto de extensión de la facultad de Humanidades, lo que permitió contar con más recursos y trazar un objetivo de cara al 2019: producir cuadernillos de didáctica y enseñanza de español para senegaleses y distribuirlo en ciudades de todo el país.
La migración, la cuestión laboral y la religiosa son tres ejes centrales sobre los que trabajan en clase. “El lenguaje es la herramienta para vender, es una herramienta pragmática y esto es interesante porque marca mucho las actividades de la clase. En general el término ‘alfabetización’ remite más a un proceso de escritura, pero acá lo que ellos necesitan es la oralidad. Además hay toda una cuestión cultural, porque ellos hablan wólof, que es una lengua antigua, anterior al Estado-Nación de Senegal, y es ágrafa”, explica Juan.

Ágrafa significa que es no-escrita: esta lengua, generalizada y de fácil acceso en todo Senegal, se contrapone con el francés, que es el idioma oficial/colonial/institucional al que solo acceden quienes pueden ingresar a las escuelas de enseñanza occidental. El árabe –oral y escrito- es otro de los idiomas que utilizan los senegaleses, pero exclusivamente para cuestiones religiosas: no es un dato menor, ya que ésta forma parte de sus vidas de una manera en que los argentinos ni si quiera podemos imaginar. Los musulmanes no solo son abstemios sino que no fuman cigarrillos ni ninguna otra sustancia. Tienen un calendario diferente y festividades como el Ramadán, que consiste en realizar ayuno 40 días desde que sale hasta que se esconde el sol.
“No todos saben francés, porque quienes llegan acá son de clases sociales mezcladas en términos de poder adquisitivo. Surgió un problema inicial: ninguno de nosotros hablaba wólof y tampoco árabe. ¿Por dónde arrancamos? No había un lenguaje puente como puede ser el inglés, por eso el punto de partida fue trabajar con los más avanzados, los que hace varios años vivían acá y habían adquirido ciertas capacidades lingüísticas. Ese fue el punto inicial”, relata Juan en diálogo con 0221.com.ar.

Así fueron construyendo, clase a clase, temas y aprendizajes: cómo pedir medicamentos en una farmacia, cómo ir a una guardia pública, cómo charlar del clima o contar los beneficios de tal o cual reloj, cómo actuar si un agente de Control Urbano quiere llevarse la mercadería sin acta oficial. Y otras tantas cosas más. A través de sus celulares, usando los caracteres del francés, fueron socializando la lengua wólof y adaptándola a las épocas 2.0.
Los más “viejos” ayudaron a los más jóvenes, y pronto surgió la idea de hacer una formación de formadores: el taller de wólof para platenses/argentinos va por su segundo año, está dictado por senegaleses y se realiza los miércoles de 18 a 20 en la casa Hermanos Zaragoza. Es la contraparte -todavía informal, no enmarcada en el proyecto de extensión- del taller de español, aunque los asistentes se mezclen entre sí y fluctúen constantemente. En diciembre cerrarán el año de ambos talleres con una comida y un balance de cara al futuro.
DISCRIMINACIÓN, HOSTIGAMIENTO… Y RACISMO
Aunque las clases se dictan desde 2012, recién este año decidieron visibilizarlas “ante un incremento en la persecución por parte del Estado, ya sea por cuestiones de inmigración, precarización laboral o racismo, sobre todo del gobierno de turno”, explica Juan. “No es algo nuevo pero sí se incrementó mucho en los últimos años. Este año salimos a mostrarnos para generar políticas que contrarresten ciertas versiones estigmatizantes y marginalizadoras de los senegaleses, que aparecen en los medios de comunicación y son reproducidas por las entidades estatales”.

Juan se refiere a las múltiples notas periodísticas de medios platenses que sugieren que los senegaleses son mafiosos, venden droga debajo de los paños o pretenden directamente “robarle” el trabajo a los comerciantes platenses. “En los medios priman o los mitos o la romantización, por ejemplo hacerle la nota al senegalés que llegó a modelar con Susana Giménez. Es la exotización, otra cara de la moneda, y es complejo: toca muchos puntos vacíos que tenemos como sociedad argentina, por ejemplo reconocernos racistas, e implica una reflexión constante”, opina.
Como saben que La Plata no es la única ciudad con migrantes senegaleses, desde el taller comenzaron a articular con otras experiencias, por ejemplo con un grupo de Capital Federal vinculado a la CTEP que trabaja en la zona de Constitución y Once. También abrieron la participación a un grupo de abogados de La Ciega e independientes, que trabajan con casos de migraciones y cuentan con trípticos en wólof que explican los derechos de las personas que ejercen el trabajo informal. “Ellos nos dieron una mano muy grande con algo que estábamos cubriendo de manera informal, en términos de amistad”, dice Juan, y asegura: “La dificultad de no saber el idioma está siempre presente en esta población, y a medida que van teniendo acceso al idioma van pudiendo defenderse cada vez más cuando sus derechos no son respetados”.

Esta vulneración de derechos ocurre en varios frentes. Una tiene que ver con los obstáculos para la adquisición del DNI: “Ellos entraban al país, al menos hasta 2013 o 2014 como refugiados, bajo una categoría en la que no necesitan pasaporte. Y acá se les hace imposible conseguir documentos, es una cuestión principalmente de 'raza' tal como la formulan los autores Rita Segato y Anibal Quijano, porque no pasa lo mismo con inmigrantes de otras nacionalidades”, indica Juan.
Otra vulneración, que se desprende de la primera, se relaciona con el trabajo. Aunque muchos comerciantes y políticos hablen de “competencia desleal”, la realidad es que los senegaleses insisten todo el tiempo en que quieren trabajar: “No están en contra de pagar impuestos pero para ser monotributistas, por ejemplo, tienen que estar documentados”. Algunos pudieron sortear este problema consiguiendo un trabajo en la UOCRA, que de una manera u otra logró formalizarlos. Otros, con menos suerte –como Bamba, que cayó detenido por estar vendiendo en plena calle 7- se organizan en una incipiente Asociación Senegalesa platense.
¿POR QUÉ MIGRAN LOS SENEGALESES?
Es una pregunta que alguna u otra vez todos los platenses se han hecho. “Hay una cuestión cultural, está bien visto que en familias numerosas el varón de determinada edad vaya a trabajar a otro país. Lo ven como una formación en términos de comercio, en el ejercicio de la propia independencia y el poder ayudar a la familia. No es solo que vienen para juntar plata y mandarla. Por eso también comparten características etarias: van desde los 23 o 24 años hasta los 30 y pico”, explica Juan.

0221.com.ar pregunta por algo inevitable: la política, que en tiempos de hostigamiento y Códigos de Convivencia hechos para perseguir la venta ambulante parece más necesaria que nunca. Pero la respuesta no es tan fácil. Los senegaleses reclaman por sus derechos, marchan y exigen, pero a la vez rezan. Rezan por su salud, por la salud de su familia, por el trabajo. “Tienen otra forma de concebir lo que nosotros llamamos la lucha política por los derechos. Es un mundo que buena parte de nuestra sociedad desconoce, y de ahí salen las especulaciones: del desconocimiento”.
Más allá del objetivo 2019 de crear material educativo formal, desde el taller de español para senegaleses ya activan las redes sociales –la más reciente es Instagram, donde comparten cuadros e imágenes en wólof, escrito con caracteres en francés, y también en español- y llaman a los y las platenses a participar del taller de wólof. Es una suerte de promesa de integración y derechos en épocas álgidas de individualismo. Juan lo define así: “La experiencia cercana es acercarse, y como ellos están en la calle simplemente hay que ir a hablar. Eso es lo que ellos reivindican todo el tiempo con sus fiestas, como el Gran Magal, son las propuestas que ellos hacen: hay que establecer la palabra”.