La sala del Tribunal Oral Criminal N° de La Plata contuvo el aliento cuando Horacio Riciti, viudo de Catalina Meza Ferreyra —la mujer de 62 años asesinada en su casa de calle 40 en 2017—, subió al estrado para declarar por el crimen de su esposa.
Revivió el horror de encontrar a su pareja asesinada en su casa de La Plata. Pablo Pérez, uno de los acusados por el crimen, enfrenta el juicio en libertad.
La sala del Tribunal Oral Criminal N° de La Plata contuvo el aliento cuando Horacio Riciti, viudo de Catalina Meza Ferreyra —la mujer de 62 años asesinada en su casa de calle 40 en 2017—, subió al estrado para declarar por el crimen de su esposa.
Su voz, cargada de 8 años de duelo, tembló al reconstruir aquellos 45 minutos que le arrebataron a su compañera de vida. "Salí a caminar... cuando volví, ya era tarde", dijo mientras el acusado, Pablo Sebastián Pérez, lo miraba desde el banquillo, en libertad por una decisión de la Cámara de Apelaciones.
El juicio oral por el asesinato en el marco de un robo que conmocionó al barrio La Loma comenzó con el relato desgarrador de Riciti: la casa revuelta, los policías en la puerta, el ascenso al primer piso donde encontró a Catalina "atada de pies y manos, como desmayada". El pañuelo que la ahorcó, los 900 dólares robados —los ahorros para visitar a su familia en Paraguay— y la ambulancia que llegó demasiado tarde. "Ella solo quería volver a su tierra", murmuró mientras la fiscal Leila Aguilar escuchaba con atención.
Los vecinos, aquellos que llamaron a la Policía Bonaerense al escuchar ruidos aquella noche de octubre, hoy son testigos mudos en las carpetas. Pero los oficiales que declararon después recordaron lo nítido: los ladrones entraron por una ventana del primer piso usando una escalera del Renault Clío en el que huyeron.
Uno fue capturado al instante (Gerardo Nievas Torres, ya condenado); Pérez, en cambio, logró escapar hasta ser detenido en 44 y 211. El auto, secuestrado y lleno de pruebas, fue otro acusado silencioso en la audiencia.
Mientras Nievas cumple su pena, Pérez enfrenta el juicio en libertad, una decisión que Riciti no comprende. "Ella no tuvo ninguna oportunidad", dijo clavando la mirada en el acusado.
Fuera del tribunal, los vecinos de La Loma hablan de Catalina como si el tiempo no hubiera pasado. "Era la señora que saludaba siempre, la que cuidaba sus geranios", dice una mujer. Adentro, en cambio, el silencio fue absoluto cuando Riciti recordó a su esposa. El juicio continuará con más testimonios, pero ahora la justicia tuvo un rostro: el de un hombre que perdió todo en tres cuartos de hora.
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