Para 2021 ya había cumplido los 25 años de prisión efectiva que exigía en ese entonces su pena y reclamaba salir en libertad. Ese año, la Justicia de Mercedes analizaba otorgarle salidas transitorias y citó a sus dos hijos para saber qué pensaban de esa posibilidad: “Dijimos rotundamente que no”, recordó ante la prensa Franco Iribarren, cuando se conoció la noticia de la fuga. Con su padre prófugo, temía por su vida y la de su hermana gemela: “Lamentablemente, somos la única familia que le queda”, aseguró y agregó: “Tenemos miedo, está comprobado que es un psicópata”.
En 2021 la Justicia de Mercedes analizaba otorgarle salidas transitorias y citó a sus dos hijos para saber qué pensaban: "Dijimos rotundamente que no", recordó su hijo
Iribarren sostiene que la declaración de su hijo ante la Justicia -no la de su hija, “con ella, nunca un problema”- le impidió recuperar la libertad y está convencido de que las palabras de Franco estuvieron influidas por su exesposa, a quien conoció a fines de los 80. Cuando formó pareja, todavía se desconocían las muertes de sus padres y hermanos, a quienes los vecinos imaginaban viviendo en Paraguay, porque eso respondía él cuando le preguntaban. En abril de 1992 nacieron sus hijos y, dos años después, se separó. Según cuenta, siguió viéndolos incluso después de que lo apresaran, hasta que en 2010 o 2012 -no recuerda con precisión- las visitas se interrumpieron y no atendieron más sus llamadas.
—Yo me llevaba bárbaro con mis hijos hasta que empiezo a hacer la sucesión de mis abuelos y la mamá de los chicos empieza una guerra conmigo para heredar en nombre de ellos, que eran menores, y los pone en mi contra.
Decidido a demostrar que podía tener “una vida normal, sin molestar a nadie”, aprovechó que desde 2023 le autorizaron salidas de estudio y planeó su fuga. El 28 de agosto de 2024 salió de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) con su perra Sari -que había criado en la cárcel desde cachorra- su celular y dinero que, según afirma, le prestó un amigo. Tomó un taxi hasta Florencio Varela, luego otro hasta Capital Federal y, allí, otro hasta San Genaro, en Santa Fe, donde compró un auto viejo y siguió hasta Santiago del Estero.
el carnicero de giles, padres
El padre y la madre de Luis Iribarren, junto a su hermana menor
En el camino, pasó a 300 kilómetros de San Andrés de Giles, donde viven sus hijos y su exesposa, y siguió de largo. Aunque debería haber descartado su celular desde el principio, no lo hizo, solo cambió el chip, según dice, para demorar el rastreo, a sabiendas de que el Servicio Penitenciario Bonaerense tenía su número de IMEI, el código único de identificación del móvil.
—Podría haber tirado el celular y comprado otro, pero no lo hice porque quería que quedara un registro —explica Iribarren—. Quería demostrar que si estoy afuera no voy a matar a nadie, que no soy un monstruo, como dice mi hijo.
Quería demostrar que si estoy afuera no voy a matar a nadie, que no soy un monstruo, como dice mi hijo Quería demostrar que si estoy afuera no voy a matar a nadie, que no soy un monstruo, como dice mi hijo
La disputa por el campo familiar de Tuyutí
El campo de Tuyutí, una localidad rural de San Andrés de Giles lindante con Mercedes, pertenecía al abuelo y al padre del Carnicero de Giles, Luis Juan Iribarren, quien se dedicaba a trabajar esas tierras hasta que fue asesinado a los 49 años. Su esposa, Marta Langevin, de 42 años al momento de su muerte, era directora de un colegio local. En ese campo vivía el matrimonio junto a sus dos hijos menores: Marcelo y María Cecilia, de 15 y 9 años al morir, respectivamente. El mayor, de 21, no vivía con ellos. Había sido criado por sus abuelos paternos en su casa de San Andrés de Giles porque -según explica- cuando nació, sus padres trabajaban mucho.
A pesar de la enorme extensión del campo familiar, unas 64 hectáreas -que al precio promedio actual en la zona tendrían un valor de 650 mil dólares-, Iribarren asegura que siempre dio pérdidas.
—Papá tomó muchas malas decisiones en los últimos tiempos y hacía malos negocios. Se metió con usureros y, como no podía pagarles, lo iban a amenazar. Varias veces entraron con armas, los golpearon y los amenazaron de muerte— recuerda ante 0221.com.ar.
Él mismo asegura haber presenciado una de esas golpizas. Según afirma, las deudas se amontonaron porque las tierras se inundaban, las vacas del tambo producían poco y la familia había sacado un crédito en el banco para comprar un tractor que se terminó pagando “cinco veces su valor”, tras sucesivas devaluaciones del gobierno dictatorial de 1976.
Cuando sus padres y hermanos desaparecieron, en 1986, él estaba haciendo el Servicio Militar Obligatorio en Junín. Recuerda que un fin de semana en que estaba de descanso se acercó al campo de Tuyutí luego de que un vecino le indicara que hacía varios días que no se veían movimientos. Encontró a los perros atados, con hambre; la puerta cerrada con llave y la casa en orden.
—Hice la denuncia en la comisaría de San Andrés de Giles y el comisario me preguntó si había sangre, alguna cosa rara, algún testigo o síntoma de violencia y yo le dije que no. ‘Entonces se fueron, la gente se va, viajan, son adultos, se pueden ir’, me respondió.
—¿No te preguntaste qué le podría haber pasado a tu familia? ¿O te llamaron para avisarte que estaban bien?
—No, no, no, nunca volví a tener contacto. Si alguien me preguntaba, le decía que hablaba con ellos por teléfono, que estaban bien, como para que no preguntaran, porque no tenía ganas de que me hicieran preguntas. Tampoco quería escarbar mucho por otra cuestión. Hay un tema familiar que… bueno, otro día te cuento, porque explica un montón de cosas, pero la verdad que todavía no estoy preparado.
Sin buscar una respuesta ante lo que describe como la desaparición de su familia, Iribarren continuó con su vida y según cuenta, nueve años después, encontró el cadáver de su tía Alcira, de 63, pero esta vez, en lugar de llamar a la policía, lo escondió en el fondo de la casa.
—No sabía qué hacer, estaba realmente desesperado. No podía ir a denunciar porque los que supuestamente me tenían que cuidar me estaban buscando para matarme.
Sin buscar una respuesta ante lo que describe como la desaparición de su familia, Iribarren continuó con su vida y, nueve años después, dice haber encontrado el cadáver de su tía y lo escondió en el fondo de la casa
A lo largo de 23 minutos, el Carnicero de Giles historiza los motivos de ese temor. En ese relato sostiene que, en 1985, con 20 años, había incursionado en el periodismo como corresponsal de San Andrés de Giles para un diario de Mercedes; publicó notas denunciando la corrupción policial hasta que un día varios efectivos destrozaron la redacción y abandonó el oficio; abrió un negocio de materiales eléctricos con dinero que recibió tras la muerte de su abuelo; formó pareja, tuvo hijos, se separó y se mudó a la casa de su tía; se deprimió y pensó que retomar aquella investigación -sin un medio dónde publicarla- iba a levantarle el ánimo; se infiltró en la banda de policías corruptos y con el tiempo se fue “perdiendo”; cometió delitos, “mayormente estafas”, hasta que quiso salir pero lo amenazaron de muerte; igual se fue y entonces apareció su tía muerta; el vecino sintió olor y llamó a la Policía, que lo obligó a confesar todos los crímenes y, cuando pidió ayuda en el juzgado de Mercedes, se dio cuenta de que formaba parte de la misma mafia, que hasta el día de hoy lo mantiene preso.
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Iribarren sostiene que una mafia policial y judicial lo mantiene preso
Su tía Alcira era la siguiente en la línea de sucesión de la parte del campo que pertenecía a su abuelo. Era soltera, sin hijos y padecía cáncer en etapa terminal. Iribarren la recuerda “como una hermana mayor”, “una segunda madre”.
—¿En qué cabeza cabe que voy a matar a una persona a quien quiero y que le quedan 15 días para fallecer de muerte natural? La sucesión ya estaba iniciada, ella iba a heredar todo y yo lo hubiera heredado de ella, pero como murió de forma violenta y me tuve que hacer cargo, ya no pude heredar. Si yo la hubiera querido matar, arruinaba toda la sucesión.
Finalmente, hace siete u ocho años, no recuerda con claridad, hizo una sesión de derechos de posesión del campo, por una suma “muy baja” que se fue agotando porque “en la cárcel hay muchos gastos”. Su hijo, en cambio, declaró ante los medios que Iribarren había estafado a varias personas desde la prisión, simulando la venta del campo que no está a su nombre.
Los planes fallidos del Carnicero de Giles
El 8 de septiembre de 2024, tras once días de rastreo de la División Búsqueda de Prófugos de la Policía Federal Argentina, Iribarren fue detenido en Santiago del Estero y las proyecciones que había hecho, tanto para si su plan funcionaba como si fracasaba, se derrumbaron.
Si todo salía bien iba a poner una pyme de turismo rural en esa provincia para la cual ya había creado una cuenta de Instagram con varias publicaciones que ofrecían cabalgatas. No le asustaba que algún turista pudiera reconocerlo, en cambio, suponía que tal vez lo descubrieran “en algún control policial”, a los seis meses o al año de la fuga. Para entonces ya habría demostrado que podía “tener una vida normal y que no iba a ir a San Andrés de Giles a molestar a nadie”.
Si su plan fallaba, imaginó que lo iban a devolver a la Unidad 26 de Olmos junto con su perra Sari y que, a lo sumo, le quitarían las salidas transitorias.
Contra todos sus pronósticos, fue trasladado a la Unidad Penal Federal N° 6 de Rawson, “una estructura antigua que incumple la mayoría de los estándares”, según describe la auditoría de 2022 que realizó la Procuración Penitenciaria de la Nación. Instalaciones eléctricas inseguras y precarias; mobiliario escaso y en mal estado; pocas duchas e inodoros; paredes y techos con filtraciones y moho, fueron algunos de los problemas reportados.
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Celdas pequeñas y sin baño, paredes derroidas por la humedad y escases de mobiliario en el penal de Rawson.
Y también lo separaron de su perra, que quedó en un refugio en Santiago del Estero.
—Sari se tuvo que quedar, con todo el dolor de mi alma. A veces me despierto de madrugada y me pongo a pensar en ella. Está esperando a que yo salga para irla a buscar —, lamenta Iribarren.
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Luis iribarren junto a su perra Sari, que quedó en Santiago del Estero.
En el penal de Rawson ya no tiene internet para publicar documentos en la plataforma Scribd, como solía hacer, criticando a la justicia de Mercedes, al igual que en sus videos de TikTok. Tampoco puede estudiar, como en La Plata, donde se recibió de abogado en 2022 y siguió estudiando Periodismo y Economía. Las visitas de su actual esposa, a quien conoció estando preso, son más espaciadas. La última, en febrero. Y sigue sin hablar con sus gemelos. Dice que quiere contactarse con su hija, pero su hijo siempre interfiere.
El Carnicero de Giles pasa sus días leyendo “lo que haya”, generalmente novelas policiales de Agatha Christie. Ante la llegada del frío, pidió el traslado hacia otro penal porque las secuelas pulmonares de la tuberculosis que sufrió hace varios años -advierte- podrían matarlo. Considera que una cárcel en Chaco o Formosa estaría bien, porque el clima es cálido y estaría “más cerca de casa”.
carnicero de giles atrapado en santiago del estero
Al ser detenido, el Carnicero de Giles creyó que lo devolverían a la cárcel de Olmos
Cuando se le pregunta si se arrepiente de haberse fugado, Iribarren toma aire y demora unos segundos.
—No, porque yo tenía que hacer algo para salir en libertad. Sí, obviamente, estaba más cómodo en La Plata, saliendo todos los días ¿no? Pero igual era necesario darle un corte, porque por más que tuviera la condena cumplida el juzgado de Mercedes nunca me iba a dar la libertad. Esto se me está complicando un poco, pero de a poquito estoy haciendo otras cosas que van a pasar ahora.
El Carnicero de Giles afirma que todavía no puede contar cuáles son sus planes. Solo adelanta que son “estrategias judiciales” que “van a producir cambios” en su persistente búsqueda por recuperar la libertad.