sábado 18 de mayo de 2024
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Miradas

La segunda fundación de La Plata

Guiado por escritos de viajeros, pensadores y antiguos habitantes de la ciudad, el escritor y lingüista Pedro Luis Barcia rescata en este texto la nacionalización de la Universidad como una segunda fundación de la urbe creada por Dardo Rocha

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Así como Buenos Aires tuvo dos fundaciones, las de don Pedro de Mendoza y la de Juan de Garay, La Plata también las tuvo. La primera, el 19 de noviembre de 1882, cuando en ceremonia augural Dardo Rocha coloca la piedra fundamental de su sueño visionario. La “segunda fundación” ocurre en 1905, con la decisión del Ministro de Instrucción Pública, don Joaquín V. González, de crear, sobre la estructura de la Universidad Provincial, de otras instituciones y con nuevos aportes, la Universidad Nacional de La Plata.

Al hablar de “las dos fundaciones” lo hacemos, incluso, apoyándonos en el testimonio mismo de viajeros que visitaban la capital provincial y que advirtieron dos momentos de auge en la evolución de la ciudad, con un interregno de estancamiento depresivo: un arrollador entusiasmo y una concreta realización de obras en los cinco primeros años de la vida ciudadana, aproximadamente. Luego, decae ese empuje de arranque y su fervor se entibia, casi se paraliza su crecimiento, y se agrava todo con la crisis económica de 1890. La ciudad languidece en su vitalidad, se detiene su desarrollo edilicio, muestra signos de abandono y decadencia.

Después, el segundo momento de dinamismo, aunque no con el mismo vigor inicial, se da gradualmente desde 1905, pero, en realidad, sólo comienza a advertirse de manera algo más firme cinco años después. El proceso se irá afirmando insensible pero continuamente hasta lograr una suerte de reflorecimiento, que hace pensar en un esperanzado provenir para “el futuro del pueblo latino”, como fraseó Samiento.

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Dr. Juan José Dardo Rocha caminando en 1916 a la edad de 77 por la rambla de Mar del Plata en compañía de su hija Jacinta Edelmira Haydée Donata Rocha Arana,Imagen Roberto Abrodos.jpg
Dardo Rocha, el artífice del nacimiento de La Plata, aquí durante un paseo junto a su hija Jacinta.

Dardo Rocha, el artífice del nacimiento de La Plata, aquí durante un paseo junto a su hija Jacinta.

Los viajeros testimoniaron estos momentos y los cifraron en formas designativas que, por su índole gráfica, condensan la visión que de la ciudad tuvieron. A la etapa inicial de la evolución platense corresponden dos tipos de nominaciones para la flamante capital. Un orden designativo proviene del campo mítico.

Es curioso verificar cómo los primeros viajeros coincidieron en tomar de la mitología grecorromana paradigmas para sindicar el índole de la empresa fundacional. Una de las primeras asociaciones relaciona a Rocha con Cadmo: “Rocha, el Cadmo platense”. Aunque parezca excesiva, la alusión esta cargada de sentido. El oráculo délfico ordenó al hijo de Agenor fundar una ciudad, y por un indicio divino le indicó en qué sitio habría que levantar Tebas. Y en ella reinó Cadmo, desposado con Harmonía, bajo el auxilio de los dioses y la asistencia celebrante de las Musas convocadas para la boda. “La Plata, nueva Tebas”, dirá Resasco varios años después.

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Vista como una ciudad nacida por arte de magia, la crisis financiera de 1890 frenó su crecimiento y comenzó a hablarse de ciudad sin habitantes.

Vista como una ciudad nacida por arte de magia, la crisis financiera de 1890 frenó su crecimiento y comenzó a hablarse de ciudad sin habitantes.

De igual manera, con referencia al mito fundador, Carlos Guido Spano escribía a Rocha felicitándolo en carta por la empresa iniciada: “Con motivo de la edificación de nuestra futura capital se ha recordado la fábula del músico tebano, a los sones de cuya lira de oro alzarse los muros de la ciudad de Epaminondas y de Píndaro. Si usted no posee el mágico instrumento, tiene la inspiración vencedora y realiza el prodigio”. La sugestiva relación merece retraer el mito. Zeto y Anfión, gemelos hijos de Zeus y de Antíope, fueron designados para la construcción de las murallas tebanas. Ambos hermanos se asociaban en la tarea, pues en tanto el forzudo Zeto cargaba las piedras sobre sus espaldas acercándolas al sitio de la edificación, Anfión, con el son prodigioso de su lira, las atraía y colocaba en su sitio en la muralla. De igual manera, en el nacimiento de La Plata, se aunaron el trabajo y la levitadora fuerza del ideal.

Una nueva y prestigiosa asociación mítica vincula en las crónicas de los viajeros el nacimiento de La Plata, completa en todos sus detalles, ya en el proyecto de la mente de Rocha, al alumbramiento de Palas Atenea, armada con su égida y lanza, de la cabeza de Zeus, o del muslo del dios, en versión menos dignificante. La Plata nació de Rocha como Atenea de Zeus. Pero en estas aproximaciones valen mucho las diferencias: al nacer, la diosa “ojizarca”, como traduce Leopoldo Lugones, profirió un estruendoso grito de guerra que resono por todo el orbe, La Plata, símbolo de la reconciliación, nació proclamando un himno de paz.

Otra comparanza con lo mitológico se apunta en uno de los primeros visitantes E. J Clemens, en 1885, quien graciosa y clásicamente alude al traspaso de la capital de la provincia a otra ciudad como “to remove the provincia Lares and Prenates”, con clara reminiscencia de la Eneida virgiliana. Esto dará pie, cuando el cincuentenario de La Plata, a que Arturo Capdevila llame al fundador “un nuevo Eneas, el Eneas de un voluntarioso éxodo”, evocando siempre la empresa del héroe latino en procura de un nuevo asentamiento para los hijos de la perdida Troya.

Junto a estas nominaciones plenas de connotaciones clásicas, cabe advertir otra línea designativa que vincula la ciudad al plano de lo mágico y de lo maravilloso, emparentado, por cierto, con lo mítico. Florencio Escardó escribía en 1886: “La Plata ya trasciende con aureola de Catai”, “maravilla improvisada”, “pueblo surgido con rapidez mágica”, “la encantada La Plata”, coincidente. Turner hablará también de “una ciudad encantada en la llanura, que surgió como por arte de magia”, “la ciudad de las hadas”. Emilio Daireaux la llamará “la ciudad creada como por arte de magia”. Lo reafirma Angelo de Gubernatis: “surgida casi por encantamiento por voluntad de un mago, que fue en esta ocasión un senador, doctor Dardo Rocha”, a quien menciona también como “nuestro taumaturgo”. Resasco dice que ella “ha nacido por arte de encantamiento” y Ward que “se ha levantado por encanto en medio del desierto”.

En este mismo marco de alusiones abundan las epxresiones de los viajeros: ciudad mítica, legendaria, prodigiosa, hija del encantamiento, ciudad soñada, improvisación brillante, obra portentosa, ciudad de prodigios.

Las formas expresivas que en las páginas de los visitantes se orientan a recordar su origen y la forma de su creación son tales como: “la ciudad oficial”, “la ciudad decretada”, “la ciudad política”, que habrá de encontrar con el correr del tiempo, una última formulación humorística en un autor platense, Ignacio Anzoátegui: “La Plata no es una ciudad, es un decreto”.

Du ausencia de lenta gestación en el tiempo, propia de todo asentamiento civil, ha generado las designaciones de “ciudad nueva”, “ciudad flamante”, “ciudad sin historia”, “sin pátina”, “ciudad más joven que sus habitantes”, “ciudad que no tuvo infancia”. El hecho de su improvisación y su vertiginoso surgimiento hicieron que se la asocie a Washington, a Chicago, a Bello Horizonte, a Versalles, una de las evocaciones más reiteradas en los libros de viaje.

El diseño de su trazado le ha merecido las nominaciones de “ciudad geométrica”, “de calles numeradas”, “de contenidos límites”, “damero urbano”, “ciudad de las diagonales”, en fin, “Ciudad del Dios Términus”.

DEL MITO A LA FRUSTRACIÓN

Cuando llega la mala hora del estancamiento, de la paralización del proceso urbano se la ve como imagen del fracaso, del sueño frustrado, del inútil esfuerzo desmesurado: “megalópolis”, “caso de megalomanía argentino”, “locura grandiosa”, “empresa insensata”, “víctima de Némesis”. Se acentúa la incuria, el abandono de calles y edificios, el enorme muñon de la Catedral como emblema de su estado. Es entonces cuando surgen y se reiteran las calificaciones de “necrópolis”, “ciudad muerta”, “ciudad sin habitantes”, “cuidad abandonada”, “esqueleto de ciudad”.

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Con Dardo Rocha como rector, la Universidad Provincial fue inaugurada el 18 de abril de 1897 en el edificio del ex Banco Hipotecario, en 7 entre 47 y 48.

Con Dardo Rocha como rector, la Universidad Provincial fue inaugurada el 18 de abril de 1897 en el edificio del ex Banco Hipotecario, en 7 entre 47 y 48.

Sumemos a la visión que los viajeros nos han dejado, el doble testimonio en dolida prosa y en poesía elegíaca, fr uno de sus más fieles amadores, uno de quienes más ha hecho por animar la cultura platense: don Rafael Alberto Arrieta: “Al comenzar mi adolescencia nos trasladamos a La Plata. Era en principios de siglo; la ciudad de fabulosa creación parecía mostrar en todo la sorpresa y la decepción de su fracaso. En las calles anchas, rectilíneas y desiertas crecía el pasto; los palacios de Estado y las mansiones particulares mostraban señales de incuria, casi de prematura vejez; el escaso movimiento urbano de ciertas horas del día cesaba con el crepúsculo y las noches eran calladas y misteriosas. Construcciones interrumpidas y huecos abandonados acentuaban la desolación. El gran bosque, anterior a la ciudad, mantenía su extensión virginal poblada de inmensos eucaliptos y de intrincados pabellones; salvo en horas determinadas de jueves y domingos, cuando la sociedad platense concurría al paseo central, la sociedad devolvía a los pájaros su dominio selvático. Para ir de mi casa al Colegio Nacional, situado en la parte opuesta y donde empezaba el suburbio descampado, debía cruzar diariamente la Plaza Moreno, vasta extensión poblada de cicutas, con dos o tres enderos, que tenía enfrente los muros de la Catedral, detenidos antes de cerrar la gran ojiva del pórtico. Un cerco de tablas y chapas de cinc rodeaba la mandana. Mis distantes impresiones ante aquella tremenda mofa de un sueño ambicioso, hallaron expresión muchos años después en el siguiente soneto:

Muralla ciega, zócalo gigante,

la catedral naciente y detenida

en la oscura raíz del arbotante

era la mole que nació sin vida

Allí miraba la ciudad herida

su malogrado pedestal de atlante,

la pesantez total de su caída,

el signo icáreo de un iluso instante…

Alrededor del colosoal cimiento,

la soledad en ruina sollozaba

con las rapsodias fúnebres del viento

Mi adolescencia la altitud miraba.

Y dos torres aéreas elevaba

hacia la cruz austral del firmamento.

RESURGIMIENTO

Sarmiento, en su primera reacción negativa frente al entonces solo proyecto platense, había señalado que llegaría en breve lapso si se la fundaba, el momento elegíaco para la ciudad en que se lloraría sobre sus calles y edificios con la voz de Rioja, los célebres versos: “Estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora/ campos de soledad, mustios collados,/ fueron un tiempo itálica famosa…” El mismo alumbrado eléctrico, orgullo de La Plata, dicen los cronistas, acentuaba su aspecto fantasmal. Pidámosle un título a Gabriele D’Annunzio: La cittá morta. El recién citado Arrieta recuerda el eco del asentimiento que en la ciudad produjo una asociación ocasional que estableciera, en una disertación, entre La Plata y dos títulos rodenbachianos: Bruges-la Morte y Le regne du silence.

Y, en un tercer momento, advertimso, por fin, el resurgimiento paulatino, el despertar del letargo de la ciudad, que se transformaba de ciudad política en ciudad universitaria, que cambiaba sus sueños de rápida prosperidad material por la aplicación estudiosa.

El anuncio de la “segunda fundación” fue realizado en la ciudad el último domingo de mayo de 1905, en el salón de la Biblioteca en los altos de la Legislatura. Joaquín V. González, dijo aquella tarde: “Desde hace algunos años observo las manifestaciones de vida de esta ciudad llena de interés y de atractivo para el simple viajero (...) Mi pensamiento vaga hace tiempo por esta ciudad, como buscando un hogar presentido, y él, es, acaso, éste que vamos a levantar para todos los espíritus que en la peregrinación de la vida sólo tienen reposo en los valles d ela ciencia (...) La Plata será también, de hecho, una ciudad universitaria, como ya lo es, en la convicción popular”.

Con la nueva empresa, la ciudad cambia su signo y recobra vitalidad. Se adelantan entonces nuevas nominaciones, como de rebautismo: “El Oxford argentino”, para Lugones; “La Atenas argentina”, para Menacho; “el templo de Minerva”, que predijera Gubernatis o “la Salamanca de Iberoamerica”, como la designara Ricardo Levene.

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Como ministro de Instrucción Joaquín V. González nacionalizó la universidad y según Barcia dio paso a la

Como ministro de Instrucción Joaquín V. González nacionalizó la universidad y según Barcia dio paso a la "segunda fundación" de La Plata

La utopia proyectada fue reciamente combatida. La fe, el empuje dinámico, el optimismo y la potencia creadora se impusieron en un clima de adversos vaticinios y de profecías desastradas. Rocha sacó de su manga toda una ciudad para la provincia decapitada. El día de gracia, 19 de noviembre de 1882, se mostró a los visitantes “el espejismo de una ciudad”, como dice Daireaux. Pero esa irrealidad cobraría formas y se impondría en el espacio. El campo raso, el bañado, el cardal se trasmutarán, como por arte de escamoteo escenográfico de decoración teatral, en avenidas, suntuosos edificios y magníficos palacios.

La Plata es una obra de Melusina, la legendaria artífice de construcciones que eran edificadas durante la noche por ejércitos de obreros que se esfumaban con las luces del día. Y donde había por la tarde sólo terreno yermo, alzábanse a la mañana siguiente sorprendentes mansiones y templos. Pero las arquitecturas mágicas de Melusina solían tener un defecto oculto, que las hacía peligrar en su estabilidad, como esos puentes del diablo en los que siempre falta una piedra. Y cuando la consistencia de la obra construida peligra, aparece la figura de un nuevo Eupalinos, que remodela y conforma la obra existente en función de otro destino, adoptando su proyecto al medio. A través de personajes ficticios, ésta es en esencia la historia de La Plata.

Las etapas del proceso que antes hemos trazado pueden seguirse trashojando las páginas de los viajeros que visitaron la ciudad a lo largo de un cuarto de siglo. Ellos han condensado en significativas comparaciones, asociaciones y calificaciones aspectos parciales y visiones sintéticas de La Plata que se les ofrecía a sus pupilas. Paso del tiempo, mutaciones de la ciudad y diversidad de miradas. La hilada ordenación de esas formas designativas que hemos rescatado nos ofrece una sarta que enhebra las nominaciones denostadoras y las ponderativas que nuestra ciudad les ha suscitado. En ocasión de esta jubilosa centuria, repasémoslas realizando el viaje lectivo, en correspondencia con ello que, año tras año, leyeron la ciudad.

(*) El presente texto forma parte del apartado “Estudio preliminar” que prologa una compilación de textos incluidos dentro del libro La Plata vista por los viajeros (1982) de Pedro Luis Barcia

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Begum es un segmento periodístico de calidad de 0221 que busca recuperar historias, mitos y personajes de La Plata y toda la región. El nombre se desprende de la novela de Julio Verne “Los quinientos millones de la Begum”. Según la historia, la Begum era una princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal. La leyenda indica que parte de los rasgos de esa urbe de ficción sirvieron para concebir la traza de La Plata.

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