viernes 23 de febrero de 2024
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Asombro y crítica

El relato de un viajero inglés: La Plata, una ciudad incomprensible

Deslumbrado por el pabellón nacional en la Exposición Universal de 1889, el crítico de arte y periodista inglés Theodore Child viajó el año siguiente a la Argentina.

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Cualquiera que visite la República Argentina recibe la viva recomendación de que no deje de ir a ver la ciudad de La Plata: es una de las maravillas del mundo, dicen, una ciudad que no tiene todavía diez años de existencia y posee ya numerosos palacios y una población de sesenta mil habitantes.

Naturalmente, consejo recibido, consejo seguido. ¡Cochero, a la estación central! Se saca el boleto, subimos al tren y se parte con la esperanza de ver grandes cosas.

La línea atraviesa la Boca y Barracas, a lo largo de terrenos anegadizos en donde habitan, en galpones y cabañas de madera, seres humanos cuyaya vida se reparte entre la miseria y el trabajo duro; pasa por Quilmes, que es una pequeña ciudad bien diseñada, rodeada de villas y de jardines, y después de una hora y media de tren a través de una zona llana y carente de interés, se llega a la monumental estación de La Plata, la nueva capital de la provincia de Buenos Aires

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La estación es un vasto edificio de estuco blanco inmaculado. La admiramos y seguimos. Desayuno en el Café de París, que forma parte de un hotel suntuoso, todo flamante, con un inmenso comedor cuyas paredes exhiben superabundancia de espejos y adornos de estuco; el techo, todo pintarrajeado, está sostenido por columnas que imitan el mármol. Lo admiramos mientras comemos.

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La estación de ferrocarril

La estación de ferrocarril "19 de noviembre", el primero de los edificios que impactó al visitante inglés.

Terminando el desayuno, me veo en la obligación de visitar la ciudad. Está dividida en cuadrados y en estrellas; tiene calles amplias, avenidas muy anchas e inmensos bulevares sembrados de altos postes telegráficos y de columnas, más altas todavía, para la luz eléctrica. Todas estas calles están surcadas por innumerables rieles de tranvía bordeadas de palacios totalmente nuevos cuyo estuco inmaculado brilla y en los que se ponen de manifiesto los gustos eclécticos de los arquitectos.

Cada uno de estos palacios ocupa, con el jardín que los rodea, una hectárea de terreno. Todos son de estilo diferente: el corintio está al lado del Renacimiento italiano, el dórico junto al compuesto. Su diversidad es tal que derrotaría a Vitruvio; que se me juzgue por una enumeración incompleta: Palacio de Gobierno de la Provincia; Ministerio de Instrucción Pública; Jefatura de Policía; Dirección de Obras Públicas; Dirección General de Escuelas; Cámara de Diputados; Senado; Tribunales; un teatro, un observatorio, un museo, un palacio del gobernador, la entrada monumental a una cosa que no existe, especie de triple arco de triunfo a cuya espalda se extiende una plantación de altos eucalíptos de aspecto fúnebre, que deberá ser un día el Bois de Boulogne de París o el Palermo de La Plata.

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En la ciudad se encuentran también casas, muchas de ellas desocupadas, comercios que parecen desiertos, un enorme mercado, veintitrés plazoletas y plazas, monumentos sin número, fuentes en cantidad; por último, una catedral de proporciones colosales, cuyos muros se han tragado ya millones de ladrillos, aunque todavía no se alza más que tres metros sobre el nivel del suelo.

Esta catedral es el único edificio de La Plata que está sin terminar por falta de dinero; todos los demás están terminados y llenos de empleados y de funcionarios, que viven a expensas del presupuesto. El cuerpo de bomberos tiene también su palacio; lo forman cuarenta hombres, a los que se ha provisto de uniforme y cuyas funciones equivalen a una sinecura.

Ciudad con pretensiones

La Plata tiene la pretensión de ser una ciudad modelo y de poseer todo lo más nuevo y más perfecto que produce Europa. ¿Está justificada esa pretensión? Oid y juzgad. Mientras yo me encontraba en la ciudad, se supo que en París se construían bombas para incendio capaces de proporcionar mil litros por minuto. Naturalmente, los bomberos de La Plata deberían tener una de estas bombas. La municipalidad dio las órdenes correspondientes y una casa belga envió el aparato, que llegó a La Plata en el momento que yo estaba allí. Pero, poco tiempo después, conozco al representante de la casa belga que envió la bomba. ¿De qué me entero? Simplemente, de esto: si toda el agua que circula en las calles de La Plata pudiera localizarse para alimentar al aparato, sólo podría proporcionar quinientos litros por minuto. “Así se hacen las cosas en La Plata”, agrega con una sonrisa irónica.

Absolutamente desolado en el aspecto de esta gran ciudad de casas dispersas, en que cada calle termina bruscamente en una llanura abierta y desierta. Allí hay de todo, dirán, sí, de todo… salvo habitantes y una razón de ser. La cifra oficial de sesenta mil almas es tan falaz como la mayor parte de las cifras inscriptas en los cuadros estadísticos de la República Argentina; con mucho, hay aquí cuarenta mil habitantes, si se cuenta la multitud de empleados que llegan en tren y se vuelven; evitan el aburrimiento de las noches en La Plata quedándose en Buenos Aires o en los alrededores de la ciudad. Por lo tanto, cuando cae la noche, las calles vacías de la ciudad monumental se iluminan brillantemente con su luz eléctrica; incluso, las elevadas columnas y los globos deslumbradores continúan a lo lejos en la llanura circundante, donde no hay una casa, donde no hay siquiera un esbozo de ruta ¿Por qué?, pero ¿por qué? A cada instante, uno se pregunta por qué esto y por qué aquello, cuando pasea por esta ciudad incomprensible en donde parece haber soplado un viento de locura. ¿Por qué, por ejemplo, la ciudad se construyó a cinco kilómetros del puerto, proyectado al mismo tiempo que ella e inaugurado con gran pompa y discursos a discreción en marzo de 1890?

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El Gran Mercado de la ciudad, construido en 1885.

El Gran Mercado de la ciudad, construido en 1885.

La única explicación que ha podido darse a esta anomalía es que los promotores de la fundación de la ciudad poseían terrenos en el lugar en que se construyó la ciudad, mientras que no tenían ninguno en absoluto más cerca del río; algunas almas caritativas prefieren admitir, sin embargo, que, al elegir el emplazamiento actual, tuvieron por objeto dejar lugar en abundancia para un desarrollo concomitante de la ciudad y el puerto.

Las potencialidades del puerto

El puerto, denominado Ensenada, está situado sobre el Río de La Plata, a unos nueve kilómetros de la ciudad y junto a la desembocadura del río Santiago; se comunica con la ciudad por una línea de tranvías; varios ramales lo unen a su vez con las grandes líneas ferroviarias.

La ruta, que sige la pampa, está absolutamente desprovista de interés. Una vez que queda atrás el bosque de eucaliptos y el museo, la zona es llana y sin árboles; nada atrae la mirada. Cuando se han recorrido unos tres kilómetros, se ven los mástiles de los buques que parecen surgir en medio de praderas en que pacen las ovejas. Más adelante, a medida que continúa la marcha, se advierte que estos barcos a vela y estas gabarras están anclados en el Dique, pequeño puerto provisto de lindos muelles de madera de reciente construcción, con un depósito para mercaderías y dos o tres casas de madera. De este puerto parten dos canales rectilíneos que atraviesan la pampa y llegan al río.

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Canal Oeste del Puerto La Plata

Canal Oeste del Puerto La Plata

El camino sigue uno de estos canales hasta llegar a un laberinto de cañas, madera, hierro galvanizados, de galpones y casuchas de todo tipo, de pilas de rieles y travesaños de hierro, de montones de ladrillos y de materiales de construcción. En este dédalo, se termina por distinguir diversos canales. Uno de ellos, bordeado de lindos muelles provistos de grúas hidráulicas sobre una de las orillas, es lugar de amarre para los buques que se hacen a la mar y de descarga para las mercaderías que traen; sobre la otra orilla se extiende una llanura verdeante, cubierta de sauces, y que termina a la distancia en un montículo arbolado, sobre el que se proyectan las curiosas siluetas de las dragas y las excavadoras, en apretado grupo.

"La Plata parecería tener un solo destino posible: convertirse en una ciudad de funcionarios" "La Plata parecería tener un solo destino posible: convertirse en una ciudad de funcionarios"

Algunas de estas máquinas estan ociosas, mientras otras se encuentran en reparación después de haber funcionado largo tiempo. A cierta distancia, se ve una línea interminable de pilares de piedra y enrejados de hierro, que forman el cercado actual de esto, que apenas puede ser considerado como una promesa de grandeza futura. Por último, un poco más lejos, se encuentra un dique inmenso y magnífico, rodeado de muelles de piedra.

En buena hora,´pero, ¿dónde está el río?, nos preguntamos al pasar por los muelles y pasar por delante de los cimientos enormes de depósitos de construcción. El puerto parece estar en medio de una llanura y todos los canales, naturales y artificiales, parecen dirigirse al interior de la pampa. Después se descubre la clave del misterio: en frente del puerto se encuentran las islas bajas que ocultan completamente el río y el canal principal de entrada pasa entre dos orillas de aspecto verdeante que recuerdan a los polders de Holanda.

Todo esto parece extraño, se diría absurdo, pero personas expertas afirman que el puerto de La Plata es excelente y, en el peor de los caso, superior al de Buenos Aires. Los hombres de mar parecen condenar casi por unanimidad al puerto de Buenos Aires, porque no se puede entrar sin dificultad y sin peligro, y porque sus dársenas, tanto la norte como la sur, apenas ofrecen un refugio insuficiente cuando el viento sopla con violencia. Sólo la experiencia y el tiempo decidirán si esta desconfianza está justificada, si, como piensa muchos, los promotores del puerto de Buenos Aires tuvieron por principal objetivo la expropiación de sus propios terrenos y sólo consideraron como necesidad secundaria la construcción de un abra bien dispuesta. Sea como fuere, el puerto de La Plata parece muy conveniente y todo tiende a probar que su importancia aumentará con rapidez. Ya se anuncia que, con toda probabilidad, será adoptado por muchas de las grandes compañías transatlánticas.

El puerto de La Plata se construyó con planos de un ingeniero danés T. A. Waldorp. Las obras se iniciaron en 1884. Se entra en este puerto por un canal exterior de cuatro kilómetros y medio de largo y trescientos metros de ancho, formado por dos espigones o empalizadas construidos con veinte mil estacas y trescientos mil metros cúbicos de piedras. Este canal desemboca en el lecho profundo del Río de La Plata; su profundidad alcanza siete metros en el centro.

"La Plata es hija del titanesco capricho de una provincia imprudente" "La Plata es hija del titanesco capricho de una provincia imprudente"

A continuación, los navíos penetran en un canal interior dividido en varias secciones y que tiene una longitud total de tres kilómetros y medio, mientras que el ancho varía de ciento cincuenta a ciento ochenta metros, con una profundidad uniforme de siete metros. A cada lado del gran dique hay un canal lateral, con prolongaciones, gracias a las cuales las goletas costeras pueden aproximarse a la ciudad y descargar en el Dique, que ya hemos mencionado. Estos inmensos trabajos están a punto de terminarse, con la instalación de todas las máquinas hidráulicas necesarias y la construcción de almacenes y galpones de proporciones gigantescas. Se estima que en dieciocho millones de dólares oro el costo total del puerto de La Plata, que sin duda es una obra de por sí notable.

Interrogantes sobre el futuro

En cambio, es de temer que la monumental ciudad permanezca en el estado de curioso ejemplo de extravagancia provincial. Además, en América del Sur la creación de una ciudad no es en absoluto una cuestión tan sencilla y tan lógica como en los Estados Unidos; como no existen en América del Sur fábricas que ocupen millares de obreros ni tampoco enormes molinos, no hay ninguna necesidad de ciudades industriales. Las ciudades comerciales, por otra parte, se fundan y crecen donde son necesarias, como lo prueba Buenos Aires y Rosario. No hay villas pastoriles, dado que la industria ganadera ni siquiera exige ciudades, mientras que la industria agrícola tiene sus mercados a lo largo de los ríos y de las líneas ferroviarias. En la nueva organización económica de la República, los centros de negocios comerciales y agrícolas (que proporcionan a los puertos importantes con qué alimentar su actividad) son las únicas ciudades cuya existencia tiene razón de ser: su creación y desarrollo son normales. Así se explican la pobreza y la inactividad de las trece antiguas capitales de las provincias federadas, en las que la vida política es el único antídoto contra el marasmo y la ruina. A esta industria política, monopolio de los criollos y plaga de la República, La Plata debe su creación.

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Sin embargo, cuando se quedaron sin capital, las autoridades de la provincia de Buenos Aires concibieron, en 1882, el singular proyecto de reemplazar esta capital por otra y, en lugar de elegir cualquier centro nuevo y próspero, Chivilcoy, por ejemplo, resolvieron crear de un manotazo una ciudad completa y magnífica, como si tuvieran a su disposición la varita de un hada. Era un acto de locura, pero después de haber entregado su capital a la República, la provincia de Buenos Aires no podía resignarse a la humillación de carecer de una capital provincial en relación con la riqueza del estado más populoso y más opulento de la confederación. Consecuencia: el 19 de noviembre de 1882 se coloca la piedra fundamental de La Plata.

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En el texto Les republiques hispano-americaines Child plasmó sus impresiones sobre La Plata y otras ciudades de latinoamérica.

En el texto Les republiques hispano-americaines Child plasmó sus impresiones sobre La Plata y otras ciudades de latinoamérica.

Tres años más tarde, el 19 de noviembre de 1885, la nueva ciudad tenía 26637 habitantes; en 1887, población se estimaba en cincuenta mil y en 1890, según los documentos estadísticos relativos a la provincia de Buenos Aires publicados por el diario La Prensa, había entre cincuenta mil y cien mil pobladores entre ellos personas provenientes de todos los grandes países de la tierra, con una enorme mayoría constituida por partes más o menos iguales de italianos y argentinos. Estas cifras, sin embargo, son con seguridad exageradas.

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La catedral, aún inconclusa fue una de las construcciones que más llamó la atencion a Theodore Child

La catedral, aún inconclusa fue una de las construcciones que más llamó la atencion a Theodore Child

De todos modos, la fundación de La Plata y su construcción con una rapidez rayana en lo prodigioso constituyen uno de los fenómenos sociológicos más extraordinarios de nuestro siglo. Pero el porvenir de la ciudad no puede ser industrial ni comercial, ni tampoco podrá convertirse en centro de agitación política, pues la vida política de la provincia todavía está concentrada en Buenos Aires, la capital nacional. Hasta ahora se había especulado mucho, aquí, con los terrenos y las construcciones, pero la crisis ha detenido todo. Por lo tanto, La Plata parecería tener un solo destino posible: convertirse en una ciudad de funcionarios, pero por desdicha éstos, como lo hemos constatado, no quieren habitar en ella y toman a la mañana y a la noche, de ida y de vuelta, el tren de lujo de la Compañía del Sur. A todo esto ¿qué hacer? Nada, sino resignarse, a pesar de los palacios, de las calles modelo y de los vastos espacios, a la existencia monótona y vegetativa, característica de Córdoba y Mendoza.

Capricho e imprudencia

¿Y el nuevo puerto? El nuevo puerto está, por ferrocarril , a una hora y media del corazón de la capital y, si prospera, cosa que parece probable, será motivo para que se desarrolla una nueva ciudad, para alojar una población compuesta de empleados y obreros que trabajen en los muelles. Pero no impedirá que Buenos Aires mantenga su supremacía comercial y la ciudad monumental improvisada en un abrir y cerrar de ojos no adquirirá más razón de ser que la que tiene actualmente.

En verdad, La Plata es hija del titanesco capricho de una provincia imprudente, a la que Inglaterra abrió demasiado la bolsa para prestarle, sin reflexiona, capitales que no reportaron nada a la comunidad. En verdad, además, La Plata es un instructivo ejemplo de esa pasión inmoderada por las empresas gigantescas y de esa tendencia a forzar la marcha del progreso que han caracterizado a los argentinos durante los úiltimos diez años, y que, comibnadas con la corrupción y la inmoralidad tradicionales en política, han desembocado en una crisis económica y una revolución.

* El presente texto fue escrito en 1890 y corresponde al libro Les répibliques hispano-américains y fue traducido para integrar el volumen La Plata vista por los viajeros compilado por Pedro Luis Barcia

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Begum es un segmento periodístico de calidad de 0221 que busca recuperar historias, mitos y personajes de La Plata y toda la región. El nombre se desprende de la novela de Julio Verne “Los quinientos millones de la Begum”. Según la historia, la Begum era una princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal. La leyenda indica que parte de los rasgos de esa urbe de ficción sirvieron para concebir la traza de La Plata.

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