sábado 25 de noviembre de 2023
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Biografía

Héctor Delmar, el caballero del fútbol

Un repaso la historia y el perfil del empresario que cambió su vida para convertirse en cinco veces en presidente de Gimnasia
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Nacido en una casa modesta de Ensenada en 1927 Héctor Delmar se erigió en un empresario audaz e innovador que hizo de su tienda, la Casa Delmar, toda una referencia para el mundo de la moda, incluso más allá de los límites de La Plata. Cacho, como todos lo llamaban, era un verdadero gentleman hábil para los negocios y catador insuperable de texturas y terminaciones decidió cambiar radicalmente su vida para entregarla a Gimnasia.

Pero volvamos un poco en el tiempo. En 1971, la muerte de su padre cargó la suerte de la empresa familiar en sus hombros y Cacho se supo rodear para enfrentar el desafío: Poco a poco, su esposa Nélida Amado empezó a tener presencia en el local y a intervenir en algunas decisiones, al igual que Graciela, la hija mayor del matrimonio que también concibió a Ana María y a Marcelo. “Desde chica, nada me gustaba más que ir al negocio, incluso cuando todavía vivía mi abuelo. Ayudaba con el empaque o hacía pequeñas labores en el taller. Recuerdo cómo papá se comprometía con el trabajo al mostrar las telas y explicar su procedencia, o puesto a seleccionar botones o el forro para un traje”, rememoró Graciela.

Una de las marcas registradas del negocio eran los desfiles que se convirtieron en verdaderos shows con gran convocatoria. Era común que se produjeran aglomeraciones frente a las vidrieras de la tienda para ver pasar a las modelos que venían desde la Capital Federal para subirse a la pasarela del renombrado salón platense, cuyo prestigio otorgaba un status dentro del circuito de la moda que ayudaba a consolidarse a las nuevas figuras.

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Atravesaron esa vereda, en las primaveras inundadas por un espeso y dulce aroma a tilo, altas figuras del modelaje como Susana Giménez –que por entonces descollaba en el exitoso programa televisivo Matrimonios y algo más–, Karin Pistarini, María Marta Lagarrigue, Chunchuna Villafañe, Mirta Massa, Carmen Yazalde, Raquel Satragno, Mora Furtado, Vilma Berlín o Evelyn Scheidl. “Vine muchas veces a desfilar a lo de Delmar. Llamaba a las que estábamos en el esplendor. De él siempre tuve la imagen de sus ojos azules, que fueron ojos clínicos para la moda, y de su mujer recuerdo que siempre andaba con su chignon y con los hijos pequeños alrededor”, evocó Scheidl, Miss Argentina y finalista de Miss Belleza Internacional en Japón en 1971. Otras modelos que pasaron por La Plata y alcanzaron notoriedad fueron Delfina Frers, Ginette Reynal, Andrea Frigerio, María Amelia Ramírez, Ana María y Monona Soria, Blanca Isabel Álvarez de Toledo, Adriana Costantini, Laura Ocampo y la platense Teresa Calandra. Los hombres sobre la pasarela eran menos. Entre ellos se lucían figuras como el croata Ante Garmaz, Carlos Iglesias o un jovencísimo Víctor Laplace.

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La familia de la tienda. Los tres primeros (desde la izq): Alberto Delmar (hermano), Cacho y Fangio.

La familia de la tienda. Los tres primeros (desde la izq): Alberto Delmar (hermano), Cacho y Fangio.

Hubo también descubrimientos propios, como el de Stella Maris Coustarot, conocida como “Teté”, que un día entró al negocio como clienta y salió con una invitación para incursionar en el modelaje. Oriunda de General Roca, Río Negro, había sido elegida Reina en la primera edición de la Fiesta Nacional de la Manzana en 1966, con apenas 15 años, y en 1969 ganó el concurso Miss Siete Días, organizado por la popular revista de Editorial Abril. Sin embargo, estaba en La Plata para estudiar periodismo y no se le cruzaba por la cabeza dedicarse a la moda. Sin dudarlo, Cacho y Nélida le propusieron que participara de un desfile y la contactaron con Cristina González, una destacada mannequin de ese momento, para que le enseñara lo básico. Así fue como Teté accedió a subir a la pasarela.

Nacido en un hogar humilde de Ensenada en 1927, Héctor Delmar convirtió a su tienda, la Casa Delmar, en toda una referencia para el mundo de la moda

Aquel debut tuvo un bonus que en cierto punto predecía un futuro estelar: la colección fue presentada por el locutor Fernando Bravo, con quien dos décadas más tarde Coustarot conduciría Siglo XX Cambalache, uno de los ciclos más exitosos de la televisión argentina. “Delmar estaba al mismo nivel que las tiendas de cualquier gran capital del mundo. Su organización era de lo mejor y me quedó un vínculo de por vida con su maravillosa familia”, rememoró Teté consultada para esta biografía.

También la estrella televisiva Mirtha Legrand era una defensora entusiasta de “la sedería Delmar”, de la que siempre destacaba la calidad de sus productos. Desde comienzos de la década del 70 y durante muchos años presenció los desfiles organizados en La Plata. Eran frecuentes sus visitas a la ciudad para concurrir a la parroquia platense Nuestra Señora de la Victoria con la imagen de María Rosa Mística, de la que es devota. Más de una vez lo hizo acompañada por Nélida. En esas oportunidades, Cacho no perdía ocasión para hacerle algún obsequio que la diva siempre agradecía frente a las cámaras en la siguiente emisión de su programa. “Al excelente amigo Cacho me lo presentó Teté. Siempre estaba sonriente, con su encantadora y elegante señora”, recordó Legrand.

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Cacho y Favaloro, Liguilla Pre Libertadores 1992.

Cacho y Favaloro, Liguilla Pre Libertadores 1992.

Empresario de alto vuelo

La pujanza de la tienda de ropa había llevado a Héctor Delmar a erigirse en uno de los más importantes representantes del sector comercial de la ciudad, con fuerte incidencia dentro de espacios sectoriales y nucleamientos de empresarios. Desde 1972 y durante largos años presidió la Cámara del Vestir, entidad que los Delmar habían contribuido a fundar poco después de inaugurar su tienda; también era uno de los principales referentes de la Asociación de Amigos de Calle 7 y tenía una activa participación en la Cámara de Comercio de La Plata. A ello sumaba una amplia red de contactos derivados de la actividad de beneficencia, que mantenía a través de la Fundación, y otras acciones solidarias que alcanzaban entidades como la Casa Cuna e Instituto de Puericultura –-que hoy lleva el nombre de Noel Sbarra–, el Patronato de Liberados, el Hospital Horacio Cestino de Ensenada, la Asociación Pro Rehabilitación Infantil La Plata (Aprilp), la Sociedad Pro-Ciegos “Luis Braille” o el Club de Leones.

Desde 1978 la Casa Delmar proveyó los uniformes a las azafatas de los vuelos internacionales y de cabotaje de Aerolíneas Argentinas

Influyente y respetado, con capacidad de activar resortes allí donde hiciera falta Cacho encontró una oportunidad cuando, en 1977, un viejo amigo del colegio Nacional, el ingeniero Raúl Tizio, que trabajaba en Aerolíneas Argentinas casi desde su creación en 1950, le comentó que se esperaban grandes cambios en la línea aérea del Estado a raíz de la organización del Mundial de Fútbol. En aquel momento, las autoridades militares buscaban que el certamen se convirtiera en una vidriera para contrarrestar las denuncias que circulaban en el exterior sobre las violaciones a los derechos humanos llevadas adelante por el régimen. A través del Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78) se habían planificado importantes obras de infraestructura que contemplaban la construcción de estadios, el mejoramiento de rutas y el otorgamiento de créditos blandos para el sector hotelero, además de una profusa acción publicitaria. En ese contexto se diseñó un plan de modernización para Aerolíneas Argentinas, empresa estatal que se encontraba intervenida. Su presidente era el brigadier Amilcar San Juan y su administrador general y responsable operativo, el vicecomodoro Juan Carlos Pellegrini, ambos nombrados en octubre de 1975 por un decreto del gobierno peronista. San Juan y Pellegrini promovieron la realización de reformas en aeropuertos e instalaciones comerciales e impulsaron la actualización de la flota de aeronaves. En tal sentido, se insistió en la necesidad de sumar dos aviones Boeing 747 -–más conocido como “Jumbo”– de la Serie 200 con capacidad para 350 pasajeros cuya incorporación se hallaba en carpeta desde la gestión anterior. Una de las aeronaves sería comprada y la otra alquilada. Todas las medidas iban a ser acompañadas por un cambio en la imagen corporativa.

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Sentada en la tribuna, de anteojos gruesos, como un espectador más.

Sentada en la tribuna, de anteojos gruesos, como un espectador más.

Cuando Cacho se enteró de la iniciativa le sugirió a Tizio que la renovación debía contemplar un cambio en los uniformes del personal: se había entusiasmado con la posibilidad de vestir a una de las más grandes empresas de la Argentina. Para entonces la Casa Delmar ya hacía los uniformes de numerosos colegios, cooperativas, bancos y comercios, pero este era un desafío de otra envergadura y complejidad. Sin pérdida de tiempo comenzó a organizar la logística que le permitiera elaborar una propuesta de excelencia. Se reunió con proveedores de telas y diseñadores y contó con la inestimable colaboración de su gran amigo Elio Ribetto. Tizio se ocupó de presentar a Delmar como oferente ante la compañía, y avaló su seriedad y capacidad para hacerse cargo de las necesidades de la empresa. También contribuyó en el acercamiento el abogado Gualberto Mostajo, que era amigo de la familia y en ese momento se desempeñaba como Asesor General del Gobierno de la provincia.

El desafío consistía en trabajar con telas especialmente resistentes, anti-manchas y que permitieran afrontar las distintas exigencias de un vuelo. Cacho propuso un cambio que dejara atrás el tradicional azul marino para combinar el turquesa –que en alguna revista de la tienda se menciona como “azul vedette”– con un naranja a tono con el color de los asientos de los Jumbo. Así, a fines de marzo de 1978 se anunció que la Casa Delmar de La Plata había sido seleccionada en un concurso de “diseño, modelaje y realización” para proveer uniformes a las 500 azafatas de los vuelos internacionales y de cabotaje, según se informó oficialmente.

Para completar lo requerido –tapados, tailleurs, delantales, cardigans, vestidos, blusas y boinas–, Delmar convocó a varios proveedores, entre ellos al titular de la firma de telas Max Juda, Roberto Juda, y al fabricante de impermeables Patrick Noher, dueño de la empresa Red Star y activo dirigente de River Plate. El viernes 16 de junio, en pleno Mundial de fútbol, se realizó en el Hotel Plaza de la Capital Federal la presentación de la colección “Look 78”. Junto a los directivos de la línea aérea se hicieron presentes el secretario de Hacienda, Juan Alemann; el titular del EAM 78, general Antonio Merlo y otras autoridades gubernamentales.

Cacho no se quería perder la ocasión de disfrutar el Mundial. que se disputaba en el país. Entusiasmado, compró un abono para asistir a varios partidos e incluso adquirió paquetes para regalar a empleados del negocio. Llevó a su familia al estadio José Amalfitani, donde jugaron Brasil, España, Suecia y Austria, y también obviamente al Monumental, donde Argentina enfrentó a Hungría, Francia e Italia, además de vencer en la final a Holanda. Cuando Argentina se jugó la clasificación ante Perú, en Rosario, fueron todos a ver la transmisión en directo en el Cine Gran Rex.

La familia también asistió a la cena de premiación, realizada en el Hotel Plaza de Buenos Aires. En esa época los Delmar tenían un departamento sobre la calle Marcelo T. de Alvear que daba al ingreso vehicular del hotel, donde pocos días antes se había realizado la presentación de los nuevos uniformes de Aerolíneas Argentinas. Así, con la naturalidad de quien conoce el terreno, Cacho, sus hijos y su esposa ingresaron a la cena sin invitación formal. Marcelo todavía conserva el talón de una de las entradas del partido en que se definió el campeonato con las firmas de casi todo el plantel obtenidas durante esa velada. La anécdota revela hasta qué punto a Delmar siempre le interesaba estar donde ocurrían las cosas, y muchas veces lo lograba. Acostumbrado al roce social, echaba mano a su simpatía y a su forma de manejarse con deferencia y amabilidad, dotes que convertía en la llave con la que abría todas las puertas.

Ese mismo año Héctor Delmar recibió con satisfacción la condecoración de la Ordine al Mérito della Repubblica italiana, un reconocimiento destinado a distinguir los valores humanos. En esta ocasión habían premiado la ayuda prestada a inmigrantes de esa nacionalidad en la Argentina. “Con mi padre lo hacíamos por un sentimiento”, solía decir Cacho con sencillez. El diploma, que le fue entregado el 27 de diciembre de 1978, lleva las firmas del presidente italiano Sandro Pertini y su jefe de Relaciones Exteriores, Giulio Andreotti. Era la misma distinción con la que el gobierno italiano había distinguido a su padre en 1969.

Las autoridades de Aerolíneas Argentinas decidieron, al poco tiempo, ampliar el contrato y Delmar comenzó a confeccionar los uniformes para los comandantes y auxiliares de vuelo, así como la indumentaria para el personal de tierra e, inclusive, los empleados del área comercial que se desempeñaban en las agencias oficiales en distintos puntos del país y de Uruguay.

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Cacho obsequia un reloj a Estudiantes en una fiesta albirroja. Lo recibe Luis Ferella, otro presidente de cuna ensenadense.

Cacho obsequia un reloj a Estudiantes en una fiesta albirroja. Lo recibe Luis Ferella, otro presidente de cuna ensenadense.

Cacho, Nélida, Graciela y varios empleados del negocio llegaron a viajar por todo el país para tomar las medidas de los uniformes. Por entonces, Aerolíneas tenía alrededor de 5000 empleados y el contrato obligaba a Delmar a habilitar un local en la Capital Federal para recibirlos allí. “Nos exigían que hubiera un lugar en una zona accesible de Buenos Aires donde los empleados pudieran probarse la ropa, y mi papá decidió alquilar un espacio muy bien ubicado donde también pudiéramos vender”, explica Graciela.

Así, en primer término, se inauguró un local sobre la calle Rodríguez Peña entre Alvear y Quintana, pleno barrio de Recoleta, al que llamaron Delmar Boutique. El trabajo fue en aumento y al poco tiempo nació un segundo establecimiento, ubicado muy cerca, en Libertad entre Arenales y Juncal. Lo llamaron Delmar Center y era un sitio mucho más amplio, con oficinas y un generoso sector de probadores donde se concentró la atención al personal de la línea aérea. El contrato con Aerolíneas contemplaba la entrega de pasajes como parte de pago, lo que hizo que los viajes de Cacho y toda la familia por el mundo se multiplicaran. Tiempo después se sumó la provisión de la mantelería de a bordo y se consiguió replicar el acuerdo con Líneas Aéreas del Estado (LADE), una línea de fomento de la aviación nacional con una operatoria básicamente concentrada en los destinos locales menos frecuentados.

Antes de aceptar el ofrecimiento para asumir como presidente de Gimnasia Cacho habló con su amigo René Favaloro. Acordaron que el médico integraría el Jurado de Honor como gesto de acompañamiento

Fue una etapa de gran expansión para la empresa familiar en la que Cacho pasaba de un desfile lleno de encanto y distinción a la mesa de Mirtha en la televisión, y de allí a una feria de moda en Milán o en París. La firma que de adolescente había contribuido a fundar junto con su padre estaba en boca de todos y sus creaciones aparecían en las principales revistas de la época.

En medio de esa gran bonanza el prominente empresario platense, ciudadano del mundo, amante de la familia y de la buena vida, iba a dar un inesperado golpe de timón que sellaría su destino para siempre con el club Gimnasia y Esgrima, en el que durante su infancia y adolescencia había cosechado amistades profundas, disfrutado del básquet y donde también se había forjado como persona.

Crisis institucional

Mientras Cacho Delmar disfrutaba del reconocimiento social y el éxito de sus negocios, Gimnasia y Esgrima La Plata, el club de sus amores, atravesaba una crisis institucional sin precedentes desde 1979.

Gimnasia no sabía cómo salir de la crisis, promediando 1983 había cambiado cuatro veces de entrenador y la situación era compleja en lo político, agravado con la renuncia del presidente Norberto Sánchez, “Coco” renunció el 20 de julio de 1983. El barco sin timón quedó en manos primero de Alejandro Breccia y luego de Mario Milazzo, que aguantó hasta el 6 de octubre sin haber conseguido reunir ni una sola vez a la CD y también presentó su dimisión”, describe el periodista López, que con respaldo de la prensa de la época resalta un escrito en el que Milazzo formalizó su alejamiento —era el tercer presidente renunciante–: “Comprenderán que el único medio de superar las dificultades por las que momentáneamente atraviesa Gimnasia es la mancomunión de esfuerzos que tan afanosa y desinteresadamente intenta consolidar un grupo de caracterizados socios, a cuya prédica adhiero y apoyo entusiastamente”.

Por entonces la prensa local exponía con crudeza la situación de Gimnasia: “Lo que preocupa, y mucho, es el aspecto económico, donde parece que el club está haciendo agua a la luz de los últimos acontecimientos. Huelga de empleados, levantamiento de las concentraciones del plantel profesional de fútbol, atraso en el pago de los sueldos y otras dificultades del mismo tenor indican que, de no encontrarse una salida al problema, pueden llegar contratiempos mucho más complicados todavía. Los jugadores quieren cobrar, los empleados también, y las recaudaciones y los ingresos por el cobro de cuotas societarias no son lo suficientemente importantes como para aventurar una solución a corto plazo. Está en discusión una asamblea. También están próximas las elecciones. Pero hasta el momento todo sigue en veremos, sin nada concreto, mientras el club avanza a los remezones”, publicó el diario El Día el 12 de septiembre de 1983.

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Julio Delmar, Fangio y Cacho.

Julio Delmar, Fangio y Cacho.

El club quedó en un virtual estado de acefalía lo que obligaba, según los preceptos estatutarios, a la renovación de autoridades en un plazo que no podía superar los 30 días. En el interín asumió provisoriamente la conducción el médico del plantel, Hugo Barros Schelotto, a la sazón el vocal con mayor antigüedad societaria, encargado de hacer cumplir el estatuto y dar a Gimnasia una nueva conducción. La situación obligó a la dirigencia de la entidad a dejar de lado sus constantes rencillas y divisiones internas para buscar una urgente salida de unidad, que solo se vislumbraba como posible apelando a figuras de renombre por fuera de la institución. Así, se barajaron varios nombres, entre los que surgió el de Héctor Delmar.

Un par de hechos singulares que vivieron los Triperos en la cruzada por la unidad tenía sitio de reunión en el subsuelo del colegio Sagrado Corazón gracias a las gestiones del profesor de Educación Física, Pedro Adgi Romano, coordinador del movimiento Levántate y Anda. “Allí, el 11 de octubre las palabras se convirtieron en un compromiso rubricado por escrito al que adhirieron cuatro agrupaciones dispuestas a ceder egoísmos y con las firmas estampadas de los ex presidentes Carlos César Tejo, Laureano Durán, Oscar Venturino, Jorge Tittarelli y Francisco Gliemmo. Junto a sus nombres se aclaró que ninguno actuaba guiado por “aspiraciones directivas de corte sectorial o político”.

El texto, titulado "Bases para la integración de la familia gimnasista", comienza así: “Ante la prioritaria necesidad de revertir la actual situación institucional en lo deportivo, económico y social, quienes componemos las distintas corrientes de opinión y participación política acordamos esta Integración convencidos que sólo el esfuerzo mancomunado de todos nos permitirá consolidar y proyectar a nuestra institución hacia el futuro de grandeza que todos aspiramos”. Para eso, se reconocía como imprescindible “dejar de lado impulsos agresivos y personalistas que no construyen sino que disocian, desintegran y conducen al quebranto institucional”.

Héctor Delmar
Una calle interna del estadio en el bosque hoy lleva su nombre.

Una calle interna del estadio en el bosque hoy lleva su nombre.

A continuación, se aseguraba: “No podrá haber deportes profesionales de jerarquía sin una consolidada institución que los respalde. Para colocar al fútbol –máximo de estos deportes- en el lugar que corresponde a una Institución como la nuestra, afectando recursos genuinos sin comprometer los bienes patrimoniales para ese objetivo, tendrá que tomar conciencia la inmensa legión de simpatizantes gimnasistas, que el día en que se transformen en asociados serán factor decisivo y desencadenante en lograr el equipo de fútbol que nos brinde las satisfacciones largamente añoradas”.

En la plomiza tarde del sábado 16 de octubre Gimnasia enfrentó a Quilmes en el Bosque y volvió a perder. Ese día, el grupo que se autodenominó como la “comisión de apoyo” salió a recaudar dinero entre los presentes para pagar a jugadores y empleados. Entre otros, el reconocido socio Oscar Montesino y el expresidente Tomás Sessa recorrieron los jardines y tribunas con cajas de cartón para la colecta y repartieron un volante en el que se invitaba a colaborar y a participar de la asamblea a realizarse en el Polideportivo el 7 de noviembre, en la que, según los reglamentos, debía proclamarse un nuevo presidente. “Gimnasia nos llama no sólo para alentar a nuestros equipos sino para sostener a nuestro club en un momento crítico. Demostremos una vez más el temple y fortaleza moral que nos distingue como gimnasistas de corazón: ¡Arriba Gimnasia!”, arengaba el panfleto.

“Estábamos realmente en un punto de quiebre –recordó Gliemmo, uno de los dirigentes más activos en aquellos días–. Quedar al borde de jugar en la C nos sirvió para consensuar entre las dos corrientes importantes del momento.” A su vez, José Luis Alardi, abogado y directivo del Banco Platense, agrega: “Si no cerró el club fue gracias a que hubo una rápida reacción, porque corríamos el riesgo de ser intervenidos por Personas Jurídicas”. Barros Schelotto, quien en aquella instancia hasta llegó a poner como garantía la escritura de su casa para cubrir un compromiso, resumió: “Todo era producto de un muy mal manejo administrativo”.

El final del certamen cayó con la contundencia del martillazo de un rematador: Gimnasia terminó último en la Zona A y sólo consiguió retener la categoría gracias al nuevo sistema de promedios y a los puntos obtenidos en 1982. La consigna cada vez más excluyente era poder investir a un presidente de extracción gimnasista que fuera prenda de unidad y que se hubiera mantenido al margen de la vida política del club. Se pensaba en el perfil de un profesional, un empresario o un comerciante, pero lo cierto es que, casi sobre la fecha límite, el candidato no aparecía.

A cuentagotas se filtraban nombres de algunos de los tentados, pero siempre después de que habían rechazado el ofrecimiento. Así, se supo que tanto el médico y funcionario bonaerense Alberto Poli como el ingeniero y empresario de la construcción Oscar Maiocchi se habían excusado por falta de tiempo, y que el letrado José María Martocci respondió que podría colaborar pero no en la conducción. Poco a poco, se fue haciendo fuerte un grupo que apostaba por Héctor Delmar, convencido de que su capacidad de liderazgo y gestión podría transformarse en un salvavidas para la institución.

“Yo me animo”

A esta altura, Cacho era un empresario avezado y con influyentes relaciones que acumulaba 45 años como socio y tenía entre sus pergaminos el haber dado su aval en 1968 para respaldar la compra de Estancia Chica, además de su permanente actividad solidaria en favor de entidades de la ciudad. Otro atributo que todos siempre le ponderaron era no tener enemigos declarados. Su nombre ya había sonado alguna vez en los corrillos del club a fines de 1980 cuando una asamblea multitudinaria aceptó la renuncia de Sessa, quien junto a toda la comisión directiva dimitió a poco de haber asumido la conducción del club y, semanas después, en su lugar fue elegido Coco Sánchez.

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Así fue como, en la mañana del jueves 27 de octubre de 1983, tres días antes de las elecciones nacionales que iban a consagrar a Raúl Alfonsín como el primer presidente constitucional después de la dictadura, Cacho recibió en su oficina de Casa Delmar a un grupo de personas a quienes unía su amor por Gimnasia. Llegaron con puntualidad a la hora acordada y, uno a uno, entraron al despacho del fondo del local, acomodándose en los asientos alrededor del escritorio del dueño de casa.

Encabezaban la comitiva el ingeniero Francisco Gliemmo y el técnico industrial Magin Manasanch: los seguían el arquitecto Jacinto “Gianni” Ranalletta, los comerciantes José Simoncelli y Abel González y Adgi Romano. Completaban el grupo cinco abogados: Francisco “Pancho” Terrier, José Martocci, Carlos “Lito” Altuve, Leopoldo “Polo” Russo y Hugo Mazzoni. Todos eran socios caracterizados y su objetivo era formalizar la proposición que ya le habían hecho a Cacho en privado: liderar una lista de unidad que tomara las riendas del club para sacarlo del pozo en que se encontraba.

Durante más de dos horas hablaron de la crítica situación que atravesaba el club, la fragilidad de las finanzas, la posición en la tabla y las debilidades del plantel conducido por Rosl, que no lograba repuntar. Todos conservaban en sus retinas al Lobo del 62 y a la llamada “Barredora” del 70, las últimas campañas futbolísticas realmente trascendentes, y estaban convencidos de que la capacidad de liderazgo y gestión de Delmar podía transformarse en un salvavidas para una institución a la deriva. Cacho advertía la dimensión del desastre pero, a la vez, se entusiasmaba con el desafío. Movió las fichas como un hábil ajedrecista y pidió cinco días para responder. Era el tiempo necesario para que algunas personas de su confianza tomaran contacto con los libros contables de la entidad.

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Gabriel

Gabriel "Colo" López, autor del libro.

Pero había otro asunto no menor: el resultado de las elecciones nacionales que se realizarían ese domingo. Varios testimonios coinciden en señalar que escucharon a Cacho supeditar su aceptación al veredicto de las urnas. Una noche, durante una cena en la parrilla El Chaparral, que regenteaba Francisco “Verdura” Saggio en la esquina de la cancha, Cacho soltó una frase que en esos días había repetido ante diferentes interlocutores: “Si me acompañan, yo me animo”. No obstante, se encargó de puntualizar que estaba convencido de que si el peronismo llegaba al poder su apellido podía ser una traba para Gimnasia. Si bien no había tenido militancia partidaria, nunca había ocultado su simpatía por la UCR e incluso había apoyado económicamente varias campañas de candidatos radicales a través de la empresa. En buena medida gracias a su padre, también tenía vínculos con importantes referentes de la Unión Cívica Radical como Ricardo Balbín, Anselmo Marini, Antonio Tróccoli e Ideler Tonelli. Con este último existía una relación muy cercana ya que su familia había sido durante años vecina de los Delmar a metros de la sede tripera. Su abuelo, Agapito Garganta, era muy amigo de Julio ya que ambos defendían las ideas de los republicanos y participaban en el Club Español. “Cacho me dijo que para terminar de decidirse ponía sobre la mesa el resultado de las elecciones”, rememoró Hugo Mazzoni, integrante de la agrupación gimnasista 3 de Junio y conspicuo dirigente platense del partido fundado por Leandro N. Alem.

En medio de esas cavilaciones, al “señor Héctor”, como lo llamaban en el negocio, le vino a la mente algo con lo que machacaba su padre: “No se pueden llevar a cabo y bien dos tareas al mismo tiempo”. También puso en la balanza otras cuestiones, desde los riesgos a que expondría a su empresa hasta el impacto en lo familiar: sus hijos crecían y el 7 de abril de 1983 su hija Ana María, casada el año anterior con el abogado Fernando del Castillo, había dado a luz a María Josefina del Castillo, su primera nieta.

Cacho accedió a que un fotógrafo de Gaceta ilustrara el cónclave y esa misma tarde la noticia estaba en boca de todos. Fue, en realidad, un paso calculado: la repercusión en los días subsiguientes también sería un termómetro que lo ayudaría a tomar la decisión. Según la crónica del vespertino, presentada como “primicia exclusiva”, se estaba ante el “casi seguro” futuro presidente mens sana.

“A los que me entrevistaron les insistí sobre la posibilidad de que vaya otra persona; pero me dijeron que no, que la unidad puede ser factible con mi presencia”, declaró Delmar a los periodistas. La “otra persona” en la que pensaba era nada menos que el afamado cardiocirujano René Favaloro. Pero su viejo conocido de la época del Colegio Nacional no estaba en condiciones de sumarse al gobierno del club debido a la sobrecarga de trabajo que afrontaba en el Sanatorio Güemes de la ciudad de Buenos Aires, donde en aquel tiempo tenía su base de operaciones. En esas horas y por pedido de su primo Polo Russo, René fue el encargado de llamar a Héctor para terminar de convencerlo. Conversaron largamente y acordaron que el médico integraría el Jurado de Honor como gesto de respaldo y acompañamiento.

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Delmar junto a Diego Maradona, en la entrega de un obsequio.

Delmar junto a Diego Maradona, en la entrega de un obsequio.

El periodista Osvaldo Tomatti, que firmaba en El Día como “Mercurio”, lo escribió así en una de sus siempre sabrosas columnas del tradicional matutino platense el 6 de noviembre de 1983: “A Cacho Delmar lo puso contra las sogas el Dr. René Favaloro, su amigo, y lo obligó a aceptar”.

El domingo 30 de octubre por la noche Delmar celebró el regreso de la democracia con el triunfo de la fórmula radical Alfonsín-Martínez, que había conseguido imponerse con un resultado categórico del 51,7 por ciento de los votos al binomio justicialista Lúder-Bittel. El radicalismo también había ganado la gobernación bonaerense y la intendencia de La Plata. “Era el empujón que le faltaba. Esa misma noche terminó de diseñar su grupo de colaboradores y comenzó a preparar el anuncio de la decisión que cambiaría su vida para siempre y lo transformaría en presidente de Gimnasia y Esgrima La Plata. Ese mismo 1983 coincidió con el nacimiento de Josefina, la primera nieta. ‘¡Tenemos que ascender rápido!’, se le oyó decir con ese optimismo arrollador que lo acompañó hasta el último de sus días”, responde López, que remata con esta anécdota: “Al salir de la tienda con los principales integrantes de la futura Comisión Directiva, ya entrada la madrugada, la calle estaba alfombrada de papelitos que habían quedado de los festejos del triunfo radical. “Este es el mejor augurio para tu presidencia”, auguró Terrier sonriente. La noche quedaba atrás y arrancaba nuevamente la esperanza de la Democracia”.

Un par de gestos que quedaron en la historia y que sirve para comprender cabalmente el “estilo Delmar” fue la visita de cortesía que el lunes 28 de noviembre él y varios integrantes de la CD tripera hicieron a sus pares de Estudiantes en la propia sede de la entidad albirroja, que por entonces presidía el escribano Raúl Correbo.

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Liderando una asamblea dentro del Polideportivo de calle 4.

Liderando una asamblea dentro del Polideportivo de calle 4.

Estudiantes es un club amigo, tenemos el mismo tronco familiar y consideramos que podremos hacer muchas cosas juntos en materia deportiva y para beneficio de la ciudad”, declaró Cacho. Esa noche, en que los directivos de ambos clubes confraternizaron en un marco distendido como pocas veces ha ocurrido en la historia, Delmar sorprendió a muchos al comentar que también era socio vitalicio del Pincha.

Correbo, titular de Estudiantes entre 1981 y 1986, reveló que él también había ido días antes a la sede de Gimnasia para saludar a Delmar, aunque el encuentro nunca trascendió. Tiempo después, al recordar aquel momento, el dirigente pincha le confió a Cacho que en el trayecto hasta la sede de calle 4 había perdido algunos dirigentes y él reconoció, risueño, que le había pasado lo mismo. En esa época la disparidad de nivel entre los equipos platenses se había tornado abismal. Mientras Estudiantes ostentaba un bicampeonato consecutivo en Primera División que le había valido la participación en Copa Libertadores de América, Gimnasia había quedado último en la divisional de ascenso. La imperiosa necesidad de acortar esas diferencias marcaba la dimensión del reto.

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