sábado 10 de febrero de 2024
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CLÁSICO PLATENSE

Estudiantes, Gimnasia y el ocaso de la fraternidad

Hoy se juega la edición 164, y en esta crónica se repasan hitos de lo que ya no existe: la sana rivalidad entre pinchas y triperos.

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Hacia finales de 2009 la Universidad Nacional de La Plata recibió a Alejandro Sabella en condición de invitado a dar una entrevista pública. El evento estaba destinado a los alumnos de la carrera de Periodismo, congregó a cientos de jóvenes y fertilizó el terreno para que Sabella hablara de esto y aquello, lo obvio, lo más previsible en la agenda futbolera y también de temáticas que no por incómodas el director técnico estaba dispuesto a eludir. Por ejemplo: la creciente degradación de la convivencia de colores antagónicos. Para el caso, no era indispensable demasiada perspicacia. En concreto, las palabras conllevaban a una tácita alusión al complejo vínculo entre los hinchas de Estudiantes y Gimnasia, viceversa.

Por aquellos días también, si la memoria no traiciona al autor de estas líneas (si fechar el episodio implica un desliz cronológico, lo mismo daría), Juan Sebastián Verón había formulado dichos análogos. Palabras más, palabras menos, el por entonces futbolista de la camiseta número 11 dijo lo siguiente: “No me gustaría que se confunda rivalidad con odio. No me gustaría que La Plata se convierta en Rosario. No quiero entrar a un restorán y que me preocupe si el dueño es hincha de Estudiantes o Gimnasia”.

Hoy se juega la edición 164 con el Lobo de local

La alusión a Rosario no implicaba, por cierto, ninguna segunda intención ni propósitos malsanos. Es más: cualquier rosarino futbolero capaz de discernir con honestidad admitirá que la rivalidad entre hinchas de Central y Newell`s roza fronteras que oscilan entre lo caricaturesco y lo trágico. Declinar comprar en el kiosko de al lado porque el vendedor es “de la contra”, desaconsejar a los hijos entablar relaciones con “indeseables” de la vereda de enfrente, hasta cercenar de raíz posibles romances que habían empezado a mostrar su cara más sonriente hasta que llegó la pregunta más temida y la más inevitable: “¿De qué cuadro sos?”.

En Rosario (con el debido respeto a la bella Rosario y a los entrañables rosarinos, nada personal) que Cupido pierda por goleada es de lo más natural. Pero no vayan a creer que La Plata es un lecho de rosas. Qué va. Cierta pureza, inocencia, empatía o como se le llame, que durante décadas y décadas fue constitutiva de la ligazón entre Pinchas y Triperos ha ido descascarándose hasta perderse en dispersas insularidades o concebida como un hábito demodé, medio pavote o indigno de la forma en la que deben vivirse el fútbol y el clásico.

Verón: “No me gustaría que se confunda rivalidad con odio. No me gustaría que La Plata se convierta en Rosario”

Burlas, repulsas, desconocimiento del otro hasta los lindes propios de la bajeza. “Imposible entablar un diálogo civilizado por las redes. A cada paso te cruzás con un terrorista del teclado”, nos dice Javier Verde, hoy alejado de las lides periodísticas pero hasta hace un puñado de años un espléndido comentarista que por Radio Provincia nos ilustraba con igual ecuanimidad y agudeza de los partidos de unos y de otros.

Se ve que Sabella, el Sabella de aquella charla de finales de 2009 en la Facultad de Periodismo, ya había pescado por dónde se perfilaban los últimos aullidos de una moda desdichada y patética, porque sus últimas palabras, dirigidas a jóvenes en su mayoría seguidores de los dos clubes más grandes de La Plata, tuvieron el sello de un severo y a la vez tierno maestro de la vida misma: “Deberíamos ser magnánimos. Recuperar la capacidad de ser magnánimos. Respetar a nuestros rivales, reconocer sus méritos, valorarlos y, si cabe, por qué no disfrutarlos”.

Alejandro Sabella en una charla antológica en Periodismo

Sabella puso la vara muy alta y nuestro ex colega, Javier Verde, evoca hoy con un dejo de nostalgia un aniversario de estos días: el 9 de marzo último se cumplieron 47 años de un extraordinario clásico jugado en 57 y 1 que Estudiantes ganaba por 3-1 con deslumbrantes tareas de Juan Ramón Verón y Miguel Ángel Benito, hasta que en el tramo final, cuando la suerte de Gimnasia parecía sellada, sendas apariciones de Carlos Della Savia sellaron un vibrante 3-3.

Vibrante e inolvidable también: en una clínica de La Plata esa mañana había nacido Juan Sebastián Verón y su padre, la Bruja mayor, pudo ir a conocerlo recién después de haber terminado el partido. ¿Protagonista central de la demora? Carlos Salvador Bilardo, que por entonces era el director técnico de Estudiantes.

Futbolero de los que no abundan (“veo mucho fútbol y si es del Ascenso, mejor"), Verde atesora de un modo especial el domingo 9 de marzo de 1975. ¿Por qué? Esa tarde su padre hincha de Estudiantes lo llevó por vez primera a ver un clásico de La Plata.

Crónica del clásico antológico de 1975

A primera mirada, el acontecimiento reviste una curiosidad que consumada hoy sería motivo de pullas: acompañó a su padre a la tribuna de 115, a la izquierda de La Techada, pero todavía no tenía muy claro cuáles colores le tiraban más. Si los albirrojos o los albiazules. De hecho, confiesa que en la década de los 80s, los sábados iba a ver a Gimnasia en la B y los domingos a Estudiantes en la A.

Hoy Verde es un definido y fiel hincha del Lobo que evoca a aquellos años con una cierta nostalgia. Y sin concesiones: “Creo que el hincha de Estudiantes perdió la humildad que tenía: ahora mira al resto desde arriba del hombro. Y Gimnasia perdió lo último que le quedaba: su popularidad en la calle”.

En realidad, desde cierta perspectiva el encono o el abierto odio entre Pinchas y Triperos es un oxímoron: una contradicción en sus propios términos. Flagrante y, por qué no, tirando a absurda.

Lo que funda, persiste, hizo notar un intelectual francés a comienzos del Siglo XX. ¿Cómo entonces no vivir relajadamente el hecho de que Estudiantes haya derivado de una escisión de Gimnasia y que al tiempo Gimnasia volviera a jugar al fútbol a raíz de una escisión de Estudiantes?

Aceptemos, cómo no, que el célebre aserto de “todo pasado fue mejor” suele encerrar una suerte de necedad de principios que de puro prejuiciosa se niega a toda variación en el horizonte cultural.

A lo largo de 91 años de profesionalismo, los jugadores que vistieron ambas camisetas se cuentan por decenas y algunos hasta han sido legendarios

Pero, con el debido respeto, las presentes líneas no serán el caso. No hay aquí una letanía escrita, una insustancialidad enojosa, torpe, bobalicona, sino el legítimo derecho de abogar por la recuperación de un valor o, mejor, de valores por los cuales vale la pena perseverar.

Cuando en 2016 el lateral Sebastián Dubarbier firmó contrato con Estudiantes vivió una experiencia inusual: ¡en las redes sociales era igual de rechazado por los hinchas del club al que recién llegaba y por los hinchas del club donde había dado sus primeros pasos!: los de Gimnasia.

INTRUSO PARA UNOS, TRAIDOR PARA OTROS

En rigor, ese aparente conflicto de tintes escandalosos, fuente de disgustos, de encrucijadas, de repulsas sin retorno, es un fenómeno que no debe de tener más de tres décadas. Esto es, en la rueda de la historia supone una relativa novedad. Que no se avizore una vuelta de tuerca vistosa, otra, susceptible de reponer “un tiempo que fue hermoso” (Charly García dixit) puede ser interpretado como un terreno yermo, irrecuperable, pero hay batallas dignas de ser dadas aun cuando las posibilidades de triunfo sean exiguas.

Los hinchas de hoy se ríen de la fraternal convivencia de los hinchas de ayer, pero a poco de examinar sus bravatas, sus filípicas, sus provocaciones, son los hinchas de hoy (muchos de ellos, la mayoría, acaso, para no generalizar) los que asemejan a personajes guionados por Pedro Saborido e interpretados por Peter Capusotto.

El saludo fraternal se fue diluyendo con el paso del tiempo

A lo largo de 91 años de profesionalismo en la Argentina, los futbolistas que vistieron ambas camisetas se cuentan por decenas y algunos de ellos han sido legendarios. Eduardo “Monono” Domínguez, por caso, cuando jugaba para Gimnasia le hacía goles a Estudiantes y cuando jugaba para Estudiantes le hacía goles a Gimnasia. Héctor Antonio, “El Cochero”, que le decían, fue ídolo de la hinchada de Estudiantes y ya en el último tramo de su carrera también ídolo de la hinchada de Gimnasia cuando brilló en el célebre Lobo de 1962.

Pero el testimonio más luminoso es el de Ricardo Infante, Beto Infante, octavo en el ránking de los máximos goleadores de la historia del fútbol argentino y emblema de Estudiantes, que ya en el último año de su carrera, cercano a los 37 años, cumplió la promesa que le había hecho a su padre Tripero y se calzó la camiseta de Gimnasia en el campeonato de 1961. Si hasta así ataviado salió en la tapa de la prestigiosa revista El Gráfico.

Ricardo Infante en la tapa de El Gráfico

El Gonnet Paleta Club, tierna invención del entrañable doctor Emmerich, era frecuentado por el mismísimo Beto Infante, el tucumano Ramón Aguirre Suárez, Hugo Marcelino Gottfrit, Monono Domínguez, Héctor Zapa y los hermanos Bayo, Daniel y Diego, entre muchos.Si recuperar la fraternidad suena a consigna, a mantra, a ruego, mucho antes de las palabras de Sabella que encabezan estas humildes líneas salió a campo traviesa un verdadero pionero de la hermandad de Pinchas y Triperos: el doctor Ricardo Emmerich, médico pediatra, gimnasista hasta los tuétanos y caballero sin par, que en el fondo de su casa fundó un club donde cada viernes en torno de un asado bien regado circulaban evocaciones, anecdotarios, en fin, afinidades cifradas y atesoradas más allá de la disparidad cromática. (Referido sea, de paso: cuando en octubre de 1968 Estudiantes ganó la Copa Intercontinental en Old Trafford, el entrenador Osvaldo Zubeldía declaró: “Dedicamos la victoria a la ciudad de La Plata”).

Monono y Daniel Bayo despuntaban el vicio de cantar unos bien entonados tangos (sublime la versión de “Garganta con arena” del ex número 5 de Gimnasia y River), pero el plato fuerte de la noche era una suerte de sketch improvisado entre Diego Bayo y Zapa.

Resulta que en un clásico platense antológico, se presume que a finales de los 50s o comienzos de los 60s, Bayo andaba especialmente inspirado, y Zapa, un mediocentro tosco, áspero, de pocas pulgas, en determinado momento perdió la paciencia.

-Me hiciste volar de una patada. ¡Me tiraste contra el alambrado, Héctor!
-¿Y qué querías, Diego? ¡No te podía agarrar ni con un lazo!

Y se abrazaban Bayo y Zapa, el Tripero y el Pincha. Y reían como niños.

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Begum es un segmento periodístico de calidad de 0221 que busca recuperar historias, mitos y personajes de La Plata y toda la región. El nombre se desprende de la novela de Julio Verne “Los quinientos millones de la Begum”. Según la historia, la Begum era una princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal. La leyenda indica que parte de los rasgos de esa urbe de ficción sirvieron para concebir la traza de La Plata.

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