lunes 20 de mayo de 2024
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Jorge Williams

El señor de las serpientes

Fue el encargado del serpentario del zoológico de La Plata cuando se inauguró en 1978 y dio vida a una carrera que en Argentina no existía. Hoy, ya jubilado, es uno de los herpetólogos más reconocidos en el país y luce con orgullo su distinción como Profesor Emérito de la UNLP.

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—Jorge, venite ya para el zoológico que se escapó la pitón —le avisaron aquella mañana del 23 de febrero de 1981.

Jorge pensó que le estaban haciendo una broma. Agarró sus cosas y se dirigió como un rayo al serpentario que comandaba desde hacía algunos años para comprobar con sus propios ojos el comienzo de una novela que solo por un milagro no terminó en tragedia. Llegó y efectivamente el monstruo de cuatro metros que mataba a sus presas por asfixia enrollándose en sus cuerpos, no estaba por ningún lado. Hoy, casi medio siglo después, el herpetólogo que se jubiló hace cuatro meses recuerda con gracia aquella anécdota, tan solo una de las tantas que protagonizó en aquel lugar al que los medios presentaban como “la niña mimada” del paseo del Bosque, un rincón lleno de misterios que cautivó y aterrorizó a los visitantes.

Jorge Williams nació en Lomas de Zamora pero La Plata lo adoptó desde muy chico y nunca más se fue. En 1971 ingresó a la Facultad de Veterinaria de la UNLP y tras varias idas y vueltas terminó sus estudios en el Instituto Terrero. Ahí se convirtió en profesor de Ciencias Naturales, aunque siempre estuvo ligado a la universidad pública: hace muchos años propuso crear la cátedra de Herpetología en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo y con el paso del tiempo logró el reconocimiento de sus compañeros y de las autoridades, cuando lo nombraron Profesor Emérito. Es autor de once libros, de decenas de artículos de divulgación científica y de informes técnicos en el ámbito público y privado, fue director del Jardín Zoológico de nuestra ciudad en 1991 y viajó por el mundo para conocer y contribuir con su experiencia en este tema que lo apasiona desde que tiene uso de razón.

Jorge se sorprendió por la invitación para hablar de cómo nació el serpentario del viejo zoológico de La Plata. Pero con mucha amabilidad accedió a contar los detalles de una historia que inició con una bicha -así les dice- enroscada en su cuello.

Así se formó el señor de las serpientes.

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Jorge Williams comenzó su relación con las serpientes como guía del zoológico, a principios de los setenta.

Jorge Williams comenzó su relación con las serpientes como guía del zoológico, a principios de los setenta.

LA BICHA EN EL CUELLO

Al final de uno de los primeros días de cursada en la Facultad de Veterinaria de la UNLP, en 1971, Jorge fue sorprendido por el profesor Pablo Videla, que charló con los alumnos para comentarles acerca de una convocatoria especial. Recién llegado de Estados Unidos, quería implementar un novedoso cuerpo de guías en el zoológico, algo inédito en Argentina, y para eso necesitaba estudiantes de esta carrera. A la mañana siguiente había casi 300 postulantes, entre los que se encontraba Williams. Esta fue su puerta de entrada a este paseo en pleno corazón del Bosque.

Videla era a la vez veterinario de los circos que por aquel entonces venían a La Plata con animales, y por esos días uno de ellos dejó tras su paso dos boas de aproximadamente tres metros -una de las vizcacheras y otra curiyú, que es pariente de la anaconda-. Las recibió el docente y a Jorge lo impactaron.

Las serpientes habían quedado guardadas en un recinto oscuro del zoo delimitado por alambrados y con muy poca luz. Los testigos de los comienzos de esta historia así describen esos momentos fundacionales. "No sabíamos cómo manejarlas, empezamos a investigar de a poco e intentamos mejorar el ambiente en el que estaban", cuenta Williams. Había una cuota importante de inconsciencia porque el desconocimiento para relacionarse con estos animales salvajes les podría haber jugado una mala pasada.

Videla bautizó "Bufanda" a una de las boas y se le ocurrió que sería una buena idea que alguno de los nuevos guías del zoo la paseara enroscada en su cuello. Y ese fue Jorge, que además también tenía un micrófono con el que anunciaba por altoparlantes el evento. Así lograba reunir a un gran número de visitantes que se deslumbraba al apreciar un espectáculo inédito.

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Jorge fue el encargado del serpentario desde su inauguración en 1978 hasta que se fue, en 1982. Después siguió ligado al zoológico.

Jorge fue el encargado del serpentario desde su inauguración en 1978 hasta que se fue, en 1982. Después siguió ligado al zoológico.

Ese primer contacto con una serpiente hizo que aquel joven estudiante de Veterinaria -que al poco tiempo se iba a cambiar a Naturales- decidiera meterse de lleno en el mundo de los reptiles, algo que impulsó definitivamente Carlos Santiago Grisolía, un autodidacta que terminó siendo su maestro.

"Grisolía en ese momento era el tipo que más sabía de víboras en La Plata, y cuando a mí me contrató el zoo en 1976, el director me aconsejó ir a Medicina para acompañar a Carlos en la cátedra de Toxicología, ya que eso me iba a servir", recuerda Jorge. Y así fue, pasó varias horas al día aprendiendo para conocer a las serpientes. Mientras, Grisolía diagramaba el serpentario, trabajo que le habían encomendado en el zoológico, que por aquel entonces dirigía Hernán Vega de la Llosa y dependía del Ministerio de Asuntos Agrarios de la provincia de Buenos Aires.

El lugar elegido para construir este nuevo paseo fue un edificio de granito negro que existía desde la década del treinta y que a mediados de los setenta funcionaba como pequeño museo con animales taxidermizados a cargo de Pipi, una señora muy bajita que se ocupaba de su día a día. Era un espacio oscuro al que había que reformar, tarea que concluyó en octubre de 1976 con un doble ambiente: por un lado el serpentario y por el otro un acuario, este último comandado por un acuarista particular que al poco tiempo se dejó de ocupar de los peces y se fue.

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El serpentario era presentado por los medios de La Plata como

El serpentario era presentado por los medios de La Plata como "la niña mimada del zoo".

En su edición del 29 de octubre de ese año, el diario Gaceta habló de "un mundo de víboras habilitado en el zoo local", en una nota en la que contó que "el serpentario es desde hoy 'la niña mimada' del zoo y tiene como función albergar a distintos tipos de reptiles de nuestro país y de otras partes del mundo. Allí las serpientes lucen toda su belleza y colorido en habitáculos especialmente diseñados para tal fin".

LA NIÑA MIMADA DEL ZOO

La novedad de contar con un serpentario fue narrada durante los días posteriores a su inauguración en las páginas de los medios de La Plata. Aquel periódico hizo además una descripción de los animales que vivían en “la niña mimada del zoo”: "Las variedades actualmente en exposición suman once y han sido concedidas por el Instituto Malbrán y la cátedra de Toxicología de la Facultad de Medicina de La Plata. Figuran entre ellas, la cobra, de gran importancia desde el punto de vista científico, ya que su veneno se usa para combatir enfermedades cardíacas y en especial la endocarditis infecciosa. También se incluyen en el staff culebras, boas, lagartos overos, yararás. Ofidios que por su tamaño y vistosidad constituyen un espectáculo digno de ser apreciado, razón por la cual se da por descontado que han de acaparar la curiosidad de los visitantes".

Mientras tanto, Jorge Williams organizaba junto a otros estudiantes y docentes de la UNLP un viaje a Tucumán para participar del Congreso Latinoamericano de Zoología. Alquilaron un micro destartalado que los llevó y los trajo en una excursión disparatada que solo pudieron soportar por ser veinteañeros, recuerda hoy a la distancia el protagonista de esta historia.

En la tierra de las empanadas se encontró con el doctor José Miguel Cei, herpetólogo y docente italiano muy respetado quien cuando se enteró que el contingente era de La Plata se volvió loco: "¡Ustedes tienen la obligación de rescatar la colección de herpetología del Museo!". Jorge no tenía la menor idea de lo que le hablaba. Pero al poco tiempo lo comprendió.

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Los primeros contactos de Jorge Williams con las serpientes fueron a comienzos de la década del setenta.

Los primeros contactos de Jorge Williams con las serpientes fueron a comienzos de la década del setenta.

Antes, Cei había estado en la capital bonaerense intentando investigar un material muy valioso de finales del siglo XIX pero le fue imposible porque el lugar estaba lleno de frascos sucios y podridos, cubiertos de hongos y totalmente inaccesible. Williams se enteró de esto semanas después cuando averiguó a qué se había referido el italiano. Se contactó con quienes estaban a cargo de la Dirección de Zoología y Vertebrados y le confirmaron la existencia de aquella colección que se había comenzado a clasificar en la época del perito Francisco Pascasio Moreno -director del Museo de la UNLP a principios del siglo XX- y luego se abandonó. "Les dije que estaba dispuesto a ayudarlos para terminar ese trabajo; al principio no querían, hasta que me dieron un trapo y un balde, y así empecé".

Esa colección había sido fundada por Julio Koslowsky, un naturalista viajero lituano que recorría la Argentina y los países limítrofes "para buscar cacharros de indios o animales para las colecciones de los museos que recién se fundaban", explica Jorge, que decidió continuar ese trabajo para completar una línea de tiempo que en ese momento cumplía casi un siglo. Como iba todos los días y demostraba tener compromiso, las autoridades del Museo le ofrecieron un sueldo. Entonces su vida consistió en ir a la mañana al zoológico y a la tarde al Museo, algo que le imposibilitaba el normal desarrollo de sus estudios. "Recuerdo a una profesora que me dijo que no me hablaría más si no conseguía un título, entonces ahí fue cuando ingresé al Instituto Terrero, ya que me coincidían los horarios con mis trabajos. Me reconocieron varias materias aprobadas en la UNLP y así fue como me recibí de profesor de Ciencias Naturales", agradece hoy.

La primera etapa del serpentario fue administrada casi en su totalidad por Carlos Grisolía, que había organizado el acondicionamiento del lugar y además gestionado la llegada de todos los animales. Menos de dos años después se fue del zoológico para continuar trabajando en el ECAS, algo que coincidió con el cierre del acuario. Entonces Vega de la Llosa le hizo a Jorge la pregunta de su vida: ¿Te animás a inaugurarlo?. Se refería al nuevo serpentario, al definitivo, al que ocuparía el 100% de esa construcción que todavía existe.

Y eso ocurrió la tarde del 15 de julio de 1978.

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La tarjeta de invitación para la inauguración del serpentario, el 15 de julio de 1978.

La tarjeta de invitación para la inauguración del serpentario, el 15 de julio de 1978.

“Las autoridades del Jardín Zoológico y de la Asociación Cooperadora invitan a usted a la inauguración de la segunda parte de su Serpentario, que se llevará a cabo el día 15 del corriente a las 10.30 horas. La Plata, julio de 1978”, dice la tarjeta que todavía conserva Jorge. En la tapa hay un dibujo de una serpiente en color rojo, con su lengua bifurcada afuera.

"Me pusieron a cargo a mí con otras personas que venían también del grupo de guías, así que más que compañeros de trabajo éramos amigos; nos juntábamos a la noche e íbamos a bailar y a tomar algo", cuenta quien tuvo la responsabilidad de comandar a las víboras en aquel cambio de década.

"En aquel momento yo me había hecho muy amigo de Esteban, que tenía el mismo cargo que yo pero en el zoológico de Buenos Aires, y hacíamos las gestiones para intercambiar animales", recuerda Williams. De esa manera se renovaba el serpentario platense a finales de los setenta. Aunque también había especies que llegaban del extranjero: "Una vez me llamó la persona que estaba a cargo de la compra y venta en la dirección del zoológico para decirme que había dos cajas para nosotros en Ezeiza. Fuimos en un camión sin tener idea de qué se trataba; cuando llegamos vimos que eran dos cajas enormes, que por supuesto cumplían las normas IATA, las cargamos y las trajimos a La Plata. Las abrimos y adentro estaban las bolsas que se movían".

Esa encomienda había incluido cuatro pitones chicas de dos especies distintas, dos ejemplares de una especie del sureste de Estados Unidos, una mocasín de agua -una víbora venenosa-, dos cobras de monóculo, y algunas más. "Hoy visto en perspectiva fue una locura total porque si nos llegaba a morder cualquiera de esos bichos venenosos, fuiste... acá no hay suero antiofídico; en Argentina solo hay para cobras", dice quien comandó aquella tarea que todavía tiene presente con lujo de detalles porque una de esas cobras le dio tanto trabajo que una vez que la colocó en su box, tuvo que salir a tomar aire frente al lago para aflojar la tensión. El destino quiso luego que esa serpiente pasara el resto de su vida en el zoo porteño, en un intercambio por tres cascabeles que vinieron a las diagonales.

LA VUELTA AL BOSQUE EN 85 DÍAS

En una entrevista publicada por el diario El Día el 25 de agosto de 1978, a tan solo un mes y una semana después de su rol como encargado del serpentario, a Jorge le preguntaron "qué hay de cierto sobre esa conocida leyenda del sapo que rodea con un hilo de baba a la serpiente dormida y esta luego al despertarse no puede salir de ese círculo y muere", a lo que él respondió sin vueltas: "Es solo una leyenda". En los medios todavía se presentaba a esta atracción del zoo como un lugar misterioso y tenebroso, sin sospechar aún la historia que tendrían para contar tres años más tarde.

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Una escena de todas las semanas en el serpentario de La Plata a finales de la década del setenta.

Una escena de todas las semanas en el serpentario de La Plata a finales de la década del setenta.

Para ese entonces ya había veintitrés especies diferentes, entre las que se destacaba una pitón de más de cuatro metros que había sido donada por el zoológico de Japón. El resto provenía en su mayoría del interior de nuestro país, aunque también había culebras capturadas en City Bell y algunas yararás encontradas en Punta Lara tras una histórica crecida del río Paraná. Además de con una cascabel, una curiyú -prima de la anaconda que medía más de dos metros-, una boa arco iris y otras boas de las vizcacheras, las serpientes convivían con sapos, escuerzos, y algunas tortugas y lagartos.

Con una temperatura controlada entre los 25 y 30 grados, el lugar era extremadamente silencioso excepto las mañanas de los jueves y viernes, y las jornadas completas de los sábados y domingos, que era cuando se abrían las puertas para los visitantes, quienes debían abonar un extra para poder entrar. Generalmente los lunes, los reptiles necesitaban paz para comer lo que los cuidadores les daban, una dieta basada en animales vivos como gusanos, lauchas, ratas, gallinas, conejos y peces, todos criados en el bioterio de arriba.

"Su inauguración marca un verdadero acontecimiento a partir del cual se podrán hacer estudios, en base a una concienzuda investigación cuya meta es registrar y observar la adaptabilidad de los ofidios a las condiciones que impone el cautiverio", escribía el diario Gaceta a finales de los setenta. Así fue creciendo en popularidad este rincón del zoológico platense bajo las órdenes de Williams, el señor de las serpientes que tres años después de inaugurar la atracción, fue el protagonista del capítulo más terrorífico de esta novela.

El 23 de febrero de 1981 lo llamaron del serpentario para avisarle que no encontraban a la pitón de cuatro metros. Lo que podría haber sido el inicio de una historia escrita por Stephen King, estaba ocurriendo en el zoológico de La Plata. Y Jorge no lo podía creer.

"Se dijeron tantas pavadas...", dice hoy mientras muestra las tapas de los diarios con los títulos anunciando la aparición del animal, nada más y nada menos que 85 días después de su escape.

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La tapa del diario Gaceta el día después de la aparición de la pitón. Jorge todavía conserva un ejemplar.

La tapa del diario Gaceta el día después de la aparición de la pitón. Jorge todavía conserva un ejemplar.

El animal más grande del serpentario vivía en la pecera de una de las esquinas. Era la más espaciosa de todas y contaba con una pequeña puerta que conducía a un pasillo detrás. A las tapas de esos boxes se las trababan colocándoles algo encima, más teniendo en cuenta que las serpientes son como las tortugas, compara Jorge: "Con sus cabezas insisten golpeando puertas y ventanas; y nosotros ya habíamos visto a la pitón hacer eso hacia arriba". Aquel día de finales de febrero a alguien se le olvidó trabar el único lugar por el que el animal podía salir. Y salió.

"Primero empezamos a buscar adentro, en todos los ambientes y recovecos, en las bolsas de viruta, revolvimos absolutamente todo y no encontramos nada. Entonces salimos y seguimos buscando en los alrededores. Y nada", recuerda quien en aquel momento tuvo que coordinar los pasos a seguir con Miguel Nievas, director del zoo, ya que se venía lo inevitable: "Enseguida se empezó a correr la bola en toda la ciudad".

"Se buscó por todos lados, trabajaron los Bomberos y la gente de Obras Sanitarias, hasta que empezamos a buscarla por el Bosque. Aunque yo pensaba que si la pitón se había ido por el arroyo que cruza de punta a punta el zoo y desemboca en 122, no la encontrábamos más", dice Jorge, repitiendo que la serpiente, si bien era un animal muy grande y que por supuesto a uno lo asustaba, era tímido y no iba a hacer nada si no se lo molestaba. "El temor era que por ahí matara de un infarto a algún viejito que fuera a sentarse en un banco del Bosque. No teníamos la menor idea de dónde podía estar".

Mientras los medios relataban el día a día de la búsqueda y el misterio se agigantaba cada vez más, a Jorge lo llamaban de distintas provincias del país para pedirle que devolviera la pitón. Lo acusaban de habérsela robado. "Me acuerdo de una mujer que le quería hacer juicio al zoo porque decía que la pitón le había comido el caniche; también dijeron que la habíamos largado por cuestiones políticas, que la habíamos robado nosotros, todo un sinsentido".

Los días pasaron y las posibilidades de encontrar a la serpiente fueron disminuyendo, al punto de que se dieron por vencidos. “Hubo un momento en que la habíamos dado por perdida. Iba a pasar a ser uno de los grandes misterios de La Plata”, confiesa el hombre que 85 días después de la desaparición iba a estar en la tapa de todos los diarios.

La mañana del lunes 18 de mayo, la pitón apareció.

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Jorge Williams en el Rastrojero al momento de la captura de la pitón de 4 metros, tras 85 días desaparecida, el 18 de mayo de 1981.

Jorge Williams en el Rastrojero al momento de la captura de la pitón de 4 metros, tras 85 días desaparecida, el 18 de mayo de 1981.

Habían pasado dos meses y medio. Jorge Williams recuerda que estaba trabajando en el Museo y afuera todavía era de noche, cuando de pronto llegó corriendo y desesperado el intendente de ese edificio con la noticia milagrosa: "¡Vení que apareció la pitón!". Salieron apurados en dirección a la pequeña calle que va del Museo al Observatorio. Ahí estaba la serpiente que había sido traída de Nueva York en noviembre de 1980.

"A los pocos metros había una estructura de cemento, una especie de glorieta con una puerta en donde se guardaban todas las herramientas de la gente que se ocupaba de limpiar el Bosque. La bicha seguramente estuvo todo el tiempo metida ahí adentro y a ninguno se nos ocurrió pensar en eso", reflexiona quien se encargó de capturarla en esa mañana otoñal. "La pitón apareció cruzando la calle, la vieron dos no docentes que iban a trabajar al Museo. Se tuvieron que bajar del auto para mover lo que creyeron era una rama, pero cuando se acercaron, se movía. Se dieron cuenta de que era la pitón, entonces llamaron a la gente del zoológico. Por suerte era una mañana fresca, la serpiente estaba aletargada, lo único que quería era irse. Me ayudé con un palo, agarré su cabeza, la capturamos, la subimos a un Rastrojero viejo y la llevamos al zoológico", completa.

“Aproximadamente a las 7.15 de hoy, empleados del Museo de Ciencias Naturales, encontraron a la pitón reticulada, sobre el asfalto de la calle, donde tiempo atrás, se tomaban las pruebas prácticas a quienes fueran a obtener la licencia de conducir. Los señores, Oscar Mario Colombier, Luis Amoreo y Albino Chichi, técnico de imprenta, mayordomo y técnico de preparados del Museo local, respectivamente, sorpresivamente avistaron lo que parecía ser una gran rama tendida sobre el pavimento; pero al comprobar que el objeto avistado poseía movimiento propio, se acercaron al lugar mencionado y con inusitada sorpresa, verificaron la presencia del reptil”, comenzó la crónica del diario Gaceta, que puso en tapa una foto de la pitón y otra de Jorge Williams, ya en el serpentario.

La noticia fue una bomba en la ciudad y la región y de esta manera terminó una novela que podría haber sido trágica.

DESPUÉS DEL SERPENTARIO

Raúl Ringuelet, un profesor muy reconocido en Ciencias Naturales, se contactó con Jorge a principios de los ochenta de una manera peculiar, y sin saberlo, eso iba a marcar su destino profesional para siempre.

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Jorge Williams se jubiló hace cuatro meses y ahora recuerda con una sonrisa aquel episodio que mantuvo en vilo a toda la ciudad. Foto: AGLP.

Jorge Williams se jubiló hace cuatro meses y ahora recuerda con una sonrisa aquel episodio que mantuvo en vilo a toda la ciudad. Foto: AGLP.

"Empecé a hablar con él, le caí bien. El tipo sabía de todo, me acuerdo que un día me empezó a hacer varias preguntas sobre ranas, culebras, serpientes, y yo respondía. Un amigo que se enteró me dijo que en realidad me estaba tomando examen. Y así fue, Raúl me terminó ofreciendo un cargo en el CONICET, que era más alto del que yo tenía. Y eso me convenía más que sumando mis dos sueldos, entonces renuncié al zoológico y desde ese momento hasta hace cuatro meses, trabajé ahí", relata Jorge su despedida del serpentario. Eso ocurrió en 1982.

Pero de alguna u otra manera siguió estando ligado: fue vocal y secretario de actas de la nueva comisión en el zoo hasta que la Municipalidad "la borró de un plumazo a mediados de los ochenta", y además quienes integraban la cátedra de Zoología y Vertebrados del Museo de Ciencias Naturales de la UNLP le pedían año tras año que brindara clases especiales sobre serpientes. Jorge solicitaba un permiso en el zoológico y se llevaba alguna víbora: "Lo hice durante varios años, los alumnos estaban chochos pero era muy arriesgado, hoy no haría eso".

En 1991, durante el último tramo de la intendencia de Pablo Pinto, Jorge Williams fue designado como director alterno del zoológico, cargo que ocupó hasta diciembre, cuando asumió la primera gestión municipal de Julio Alak. Ese fue su último contacto con el paseo platense inaugurado el 16 de octubre de 1907.

“Con el paso del tiempo, en un momento me di cuenta que siempre estuvo en las facultades de todo el país esta materia madre que es Zoología y Vertebrados, en donde se estudian desde peces hasta mamíferos, junto con otras materias específicas que son optativas, pero que no existía Herpetología. Entonces hice una propuesta para crear esa cátedra. Me pidieron que hiciera un programa tentativo, lo hice, lo presenté, y cuando ya estaba resignado porque habían pasado cinco años, fueron los mismos estudiantes quienes empezaron a pedir la materia. Y ahí fue cuando la Facultad decidió crear la cátedra”, cuenta orgulloso el herpetólogo. “Evaluaron mi propuesta, la enviaron al exterior, estudiaron mis antecedentes y publicaciones, el comité especial la aprobó y así empecé como profesor adjunto, ya que no había un titular”, completa.

Herpetología comenzó a enseñarse en 1993 y todavía continúa vigente. Algunos años atrás, a Jorge lo reconocieron como Profesor Emérito de la UNLP. Tan solo uno de los legados del señor de las serpientes.

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