miércoles 12 de junio de 2024
la travesía de los Andes
JUNIO DE 1916

El extraordinario primer cruce aéreo de los Andes en un globo comandado por un platense

Tras varios intentos fallidos, Eduardo Bradley -hijo del fotógrafo de los orígenes de La Plata- protagonizó una hazaña que revolucionó la aeronavegación.

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Hace 107 años, un platense hizo historia y subido a un globo cruzó por primera vez por el aire la Cordillera de los Andes.

La opinión pública se maravilló con una hazaña que parecía salida de las aventuras fantásticas de Julio Verne. Los apasionados por la aviación aseguran que esa mañana del 24 de junio de 1916, la Argentina fue noticia en el mundo por dar un paso fundamental en la conquista del cielo.

Los protagonistas fueron Eduardo Bradley -hijo de Tomás Bradley, el fotógrafo que registró con su cámara los momentos fundacionales de La Plata- y el mendocino Ángel María Zuloaga, quienes rompieron la barrera entre la realidad y la fantasía y le pusieron la firma a un vuelo que el propio Bradley dejó plasmado en un libro casi imposible de conseguir, con un ejemplar a resguardo en un rincón de las diagonales.

Así fue la travesía de los Andes en globo.

EL SUEÑO DE NEWBERY

El 1 de marzo de 1914 murió en un campo de Los Tamarindos, Mendoza, el fundador de la Aeronáutica Militar Argentina, aviador, multideportista, hombre de ciencia, funcionario público y, según dicen los estudiosos, el primer ídolo popular del país: Jorge Alejandro Newbery. Tenía tan sólo 38 años y estaba a punto de cumplir su sueño de atravesar la Cordillera en avión, pero aquel trágico miércoles su vida terminó de una manera abrupta, con un sorpresivo accidente aéreo al precipitarse a tierra mientras hacía una demostración en la aeronave con la que se proponía cruzar los Andes.

Ese fue el impulso que llevó a Eduardo Bradley a idear su plan. Y así, el legado de Newbery brilló por el cielo que custodia la frontera entre Argentina y Chile, de la mano del platense que se propuso materializar la fantasía de su ídolo, a quien le dedicó la hazaña de principio a fin.

Eduardo Bradley nació en La Plata el 9 de abril de 1887 (Foto restaurada y colorizada por Ramiro Moscoso).

Además del aroma característico de las páginas anaranjadas y añejas por el paso del tiempo, lo primero que uno encuentra al abrir "La travesía de los Andes en globo" -libro de 1917 escrito por Bradley que atesora la Biblioteca de la UNLP-, es la dedicatoria que el platense y mentor de esta hazaña firmó para quien había fallecido en 1914: "Homenaje a la memoria del malogrado ingeniero Jorge Newbery, fundador de la aeronáutica argentina". Esta historia fue newberiana desde su concepción hasta los 8 mil metros de altura, muy cerca del cielo.

Esto se califica erróneamente como aventura; yo lo califico como hazaña”, define el Licenciado Comandante Mayor Aviador (R) Salvador Roberto Martínez, presidente del Instituto Nacional Newberiano que depende del Ministerio de Cultura de la Nación, y con emoción describe que "la empresa era extremadamente delicada; hacía falta mucha hombría y demasiado valor, cosa que Bradley demostró tener en todo momento. Estaba en juego la vida: Bradley no era temerario, era audaz".

"Jorge Newbery planificó cruzar los Andes para emular al padre de la Patria, José de San Martín quien había hecho la travesía por tierra en una empresa extraordinaria que no tiene parangón en la historia, pero quería hacerlo por aire. Lamentablemente tuvo ese desgraciado accidente y perdió la vida antes de poder concretarlo", cuenta Martínez y agrega que "después de esa muerte de Newbery y pensando en su amigo y mentor, y profundamente dolido por eso -como todo el pueblo argentino-, Bradley se propuso cruzar la Cordillera de los Andes en un aerostato propulsado con hidrógeno".

Newbery ya había imaginado el cruce en globo pero su conclusión fue que sería un viaje irrealizable, tal vez por los inconvenientes para fabricar hidrógeno o por la falta de material adecuado. Hacía varios años que estaba alucinado con todo lo que volaba, influenciado por Aarón de Anchorena, un aristócrata nacido en Buenos Aires en 1877 que fue pionero de la aviación y en 1907 trajo desde Francia el globo "Pampero" con el que en la Navidad de ese año cruzó por aire el Río de la Plata hasta Colonia. En la canasta de ese histórico vuelo viajaron Newbery y de Anchorena.

"Eduardo Bradley, nacido en La Plata en 1887, era un muchacho con muchas inquietudes que de pronto se encontró con Jorge Newbery, el padre de la aviación argentina, y lo inició en las artes de la aeroestación. Con él se puso a aprender y obtuvo su brevet de aeronauta número 12, que es el primero emitido en cumplimiento de las regulaciones de la Federación Internacional de Aeronáutica -fundada en Francia en 1905-. En 1916 logró el brevet de aviador civil", resume Salvador Martínez. La idolatría del platense por Newbery lo motivó a protagonizar una historia digna de Julio Verne, Ray Bradbury o H. G. Wells.

Jorge Newbery y Aarón de Anchorena en la canasta del globo "Pampero", en 1907 (Foto restaurada y colorizada por Ramiro Moscoso).

Así como en "De la Tierra a la Luna" existió un Impey Barbicane al mando del cohete que viajó al espacio y en "La vuelta al mundo en ochenta días" un Phileas Fogg que calculó y organizó con minuciosidad toda la recorrida, en una travesía de la Cordillera de los Andes en globo guionada por Verne el personaje principal hubiese sido indudablemente Eduardo Bradley, el protagonista ideal de una aventura impresionante. Su pasión por volar, su inteligencia y su valentía fueron los motores que lo elevaron 8 mil metros sobre el nivel del mar para observar paisajes inéditos hasta entonces.

El escritor francés fallecido en 1905, al que se le atribuye haber aportado a las ideas del plano platense, hubiese quedado maravillado con semejante proeza.

PRUEBAS E INCONVENIENTES

Bradley transpiró mucho para lograr su propósito. Tuvo que atravesar demasiados obstáculos y supo esperar con paciencia el momento apropiado para despegarse del suelo y volar. Muchas personas no dudaron en confesarles que este viaje los conduciría sin peajes a una muerte segura y trataron de impedirlo. Pero no les importó.

En la previa, el aviador platense realizó varias pruebas que lo prepararon para la hazaña, como aquella del 8 de marzo de 1914 cuando obtuvo el récord sudamericano al alcanzar los 6.500 metros de altura junto a Julio Crespo Vivot en el globo "Centenario". Ese fue el click en su cabeza que le hizo aparecer como una revelación la imagen del cruce de la Cordillera. Ahí se convenció de que lo podía lograr.

El platense Eduardo Bradley pudo concretar el sueño que no llegó a cumplir Jorge Newbery de cruzar los Andes por el aire.

Luego comenzó una serie de estudios que lo hicieron concluir que el viaje debía ser de oeste a este, o sea desde Chile hacia la Argentina, porque esa era la dirección en la que soplaban los vientos. Jorge O. Wiggin, director del Instituto Meteorológico Argentino, y su par chileno, Walter Kanoche, le dieron el visto bueno. Pero el listado de acciones que podían salir mal tenía varias páginas: la peor de todas era una hipotética falta de lastre que lo hubiese obligado a descender en medio de las montañas y directo a su tumba.

El 13 de abril de 1915 realizó otra ascensión, ahora de 7.000 metros, a bordo del globo bautizado con el nombre de "Eduardo Newbery" y en compañía del teniente primero Ángel María Zuloaga. Partieron desde Quilmes, volaron sobre el Río de la Plata -por momentos con una temperatura de 22 grados bajo cero- y aterrizaron 3 horas después en la Estación Piedras de Afilar, a 80 kilómetros de Montevideo, Uruguay. En octubre conquistó los récords de duración -permaneció 28 horas en el aire- y de distancia -recorrió 950 kilómetros entre Buenos Aires y San Leopoldo, Brasil-, con el objetivo de adquirir prestigio como piloto, para que nadie dudara de la seriedad del propósito que tenía en mente.

La única cuestión seria que quedaba por resolver era la fuerza ascensional del gas: el globo debía ser inflado con hidrógeno, y la logística necesaria para conseguirlo significaba un esfuerzo inmenso en los primeros años del siglo XX. El único que se podía emplear en Sudamérica en ese tiempo era el de hierro y ácido sulfúrico, o sea el más viejo y engorroso, y también el más caro. Los técnicos que estudiaron y calcularon lo que se necesitaba dijeron una cosa, mientras que el inventor brasileño y pionero de la aviación, Alberto Santos Dumont, dijo otra contraria. Pero su palabra autorizada tampoco los detuvo.

En febrero de 1916 Bradley solicitó al Aero Club Argentino -del cual era Secretario General- la autorización para llevar a Chile los globos "Eduardo Newbery" y "Teniente Origone". En marzo los subieron a un tren desde Buenos Aires junto a un cargamento de materiales aerostáticos, elementos químicos y máquinas para la producción de hidrógeno, y en el país trasandino fueron recibidos con los brazos abiertos por el Aero Club chileno y su presidente Jorge Matte G. "Tengamos muy en claro que la hazaña hubiera sido impensable si no se contaba con la ayuda del Gobierno y el pueblo chileno, al cual debemos estar eternamente agradecidos por su trabajo y apoyo", reflexionan más de un siglo después en el Instituto Nacional Newberiano.

Eduardo Bradley (derecha) y Ángel Zuloaga (izquierda) antes de subir a uno de sus viajes en 1916 . (Foto restaurada y colorizada por Ramiro Moscoso).

Durante el otoño se sucedieron los ensayos, que fracasaron uno tras otro. La primera fecha fijada para partir fue el 16 de abril, pero la rotura de una pipa que contenía 5.000 litros de ácido sulfúrico para la producción de hidrógeno atrasó el plan. Semanas después empezó a nevar y la inminente llegada del invierno hizo tambalear los ejercicios, "pero aquellos obstáculos que día a día ponían los hombres y la naturaleza, acrecentaba en nosotros la firme resolución de vencer", escribió Bradley. El 26 de mayo tampoco pudieron concretar el viaje, ahora por falta de lastre. Las corrientes movían al globo tal como lo calcularon, pero no lograban conseguir un gas con bastante fuerza ascensional para mantenerlos en el aire el tiempo necesario y trasponer las montañas, por eso lo resolvieron con la utilización de gas de alumbrado chileno. El 17 de junio ocurrió algo similar y tuvieron que volver al punto en el que habían despegado. Al día siguiente, tampoco pudieron.

En la crónica del diario La Prensa del domingo 25 de junio -un día después de la hazaña-, se detalló el clima derrotista de la previa: “Todos estos inconvenientes, y los tres meses largos transcurridos, habían causado en Buenos Aires cierto pesimismo, y aún los más entendidos en aeronáutica, el último jueves nos aseguraban que la tentativa de cruzar la cordillera debía considerarse que tendría un completo fracaso en esta época del año”.

“Tal pesimismo trajo consigo la resolución del Ministerio de Guerra, de ordenar telegráficamente al capitán Zuloaga que regresase a Buenos Aires, sin pérdida de tiempo, y la disposición de la comisión directiva del Aero Club, para que el piloto Mazzoleni retornase con los dos globos, en el primer tren de combinación. Estas resoluciones hicieron creer últimamente que la tentativa no podría tener una feliz realización y el pesimismo se generalizó”, se publicó. Por su parte, a Bradley no lo amenazó el Ministerio pero sí recibió golpes más bajos: “Diariamente se veía acosado por numerosos telegramas de su familia y amigos de Buenos Aires, que le pedían que desistiese de su empresa, por creerla irrealizable en las condiciones en que se encontraba”, continuó la nota de página entera en el tradicional matutino porteño. 

La empresa en la que se embarcó Bradley tuvo innumerables complicaciones que finalmente se lograron superar en base a su esfuerzo y persistencia.

Uno de los últimos telegramas enviados desde Santiago de Chile previos a la realización de la travesía y que publicó el diario platense El Argentino en su edición del 25 de junio de 1916, relató que “desde el martes último, ambos pilotos permanecieron invisibles, pues según se asegura aquí, Zuloaga había recibido orden perentoria del ministro de guerra argentino para que regresara a Buenos Aires, en vista de la imposibilidad de realizar la travesía.

En los círculos deportivos y sociales se sabía, sin embargo, que los bravos aeronautas argentinos estaban dispuestos a hacer un esfuerzo desesperado para cumplir sus propósitos, y que, para substraerse a toda manifestación habían resuelto trabajar de incógnito. Es así que esta mañana en el momento de la partida, varios periodistas los interrogaron, pero ambos guardaron mucha reserva, negándose a facilitar dato alguno sobre el viaje que iban a emprender”.

Hasta que llegó por fin aquel glorioso 24 de junio, el día que soñó Jorge Newbery y que Eduardo Bradley haría realidad.

EL VIAJE EXTRAORDINARIO

"Y apareció por fin un cóndor, el primero y único que habíamos visto durante el viaje, que volaba a gran altura —pero debajo nuestro—, trazando grandes círculos y desapareciendo instantes después, oculto sin duda en su nido de piedras, desde donde contemplaría aquel intruso que había invadido sus dominios".

Bradley y Zuloaga en pleno ascenso en 1916 (Archivo General de la Nación. Foto restaurada y colorizada por Ramiro Moscoso).

En ese párrafo Bradley dejó plasmado al final de su libro una de las escenas que más lo conmovieron en aquellas tres horas y media de vuelo. Escenas que lo cautivaron tanto que se lamentó por no poder traducirlas en palabras: “Quisiera que mi pluma obedeciera al cerebro con igual docilidad con que le obedecen los músculos cuando conduzco una máquina por el espacio con la que me resulta relativamente fácil trazar giros elegantes y caprichosos; elegancias y fantasías que si darlas pudiera a mi relato, éste tomaría el colorido real de lo que vieron mis ojos en aquel viaje fantástico; pero los Andes contemplados desde lo alto, cubiertos con su manto de invierno es un espectáculo maravilloso”.

A las 3 de la madrugada todos estaban despiertos y de pie. “Instantes supremos de la vida, aquellos en los que por un lado soñábamos con los halagos del triunfo y por el otro veíamos el final obscuro de una muerte misteriosa de la que jamás llegaría al mundo el eco de sus dolores. Pero este final no nos atemorizaba, cuando la voluntad humana es férrea y sobre todo cuando esa voluntad está acostumbrada al triunfo, la idea de tener que soportar el dolor de la derrota y del fracaso, hace que la muerte pase a ocupar un lugar completamente secundario, viene a ser ella casi un detalle”, escribió el héroe en su libro.

“Tal era nuestro estado de ánimo aquella mañana hermosa. Una gruesa capa de escarcha cubría los campos y los tejados, y el sol al enviar sus primeros rayos por sobre las nieves eternas de las cumbres quebrándose en mil extraños reflejos, dio a aquel paisaje invernal un colorido alegre, yendo en parte a alegrar nuestras almas. ¡Fue como un presagio feliz!”, graficó. Minutos después comenzaría la hazaña.

El "Eduardo Newbery" estaba cargado con 1.200 metros cúbicos de gas y la barquilla era pequeña, según el relato de los viajeros. A las 8.25 de la mañana se subieron y sin ningún preámbulo se entregaron al destino, cinco minutos después: "A las 8 y 30 di la voz de larguen poniendo en libertad al 'Eduardo Newbery' que en suave ascenso comenzó a alejarse en dirección al sudoeste. En eso, una voz amiga y cariñosa gritó desde abajo: '¡Adiós cabezas duras!'. La contestación fue media bolsa de lastre que volqué para apurar el ascenso", escribió Bradley.

La subida fue vertiginosa y los dos aventureros estaban impactados por el espectáculo que observaban bajo sus pies, con la inexplicable sensación de saberse privilegiados porque era la primera vez que el ojo humano captaba semejante momento. Al globo lo impulsaban vientos cada vez más violentos y hasta "huracanes invisibles", según describió el aviador platense en su relato. Una hora después del despegue, el "Eduardo Newbery" alcanzaba los 6.500 metros de altura, lo que ocasionó "hurras y vivas que retumbaron por las montañas". Para ese tramo del vuelo, el paisaje "de pronto presentaba un colorido rojizo y una soledad aterradora, en la que sólo había extraños rumores en su seno".

Cuando los altímetros y barógrafos marcaron 7.000 metros, Bradley y Zuloaga se pusieron unas caretas inhaladoras. El frío les helaba los huesos y ellos seguían estupefactos por lo que estaban viendo, con el cerro Aconcagua de fondo. "Nada hay que deje al hombre más perplejo ni que le haga meditar tan hondamente como cuando se encuentra en la imposibilidad de llegar con su imaginación a concebir el espacio; aquel día, ante la inmensidad solemne en que estábamos envueltos, mi cerebro llegó a sentir la sensación del infinito", resumió Bradley.

Uno de los gráficos que hizo Eduardo Bradley en su libro "La travesía de los Andes en globo (1917)".

Y llegó el instante inevitable: el lastre se había agotado por completo. No les quedaba ni un solo gramo de arena para arrojar así que comenzaron a deshacerse de todo lo que había en la barquilla: tiraron la canasta de las provisiones, latas de conservas, dulces, pan y el botiquín; luego algunas sogas que sobraban, las lonas para envolver al globo, las dos caretas inhaladoras de oxígeno y hasta el altímetro. La situación se había tornado muy difícil y llegaron a analizar la posibilidad de arrojar también la barquilla, para sentarse sobre el aro y quedarse solo con el tubo de oxígeno. La altura máxima que alcanzaron fue de 8.100 metros y la temperatura mínima de 32 grados bajo cero. Así ingresaron a la etapa final del viaje, ya pensando en cómo sería el aterrizaje.

De golpe, a lo lejos y en dirección norte divisaron una profunda quebrada por cuyo fondo corría un río torrentoso que desde lo alto se veía como una pequeña zanja. Era el río Mendoza. Minutos después llegaron a ver una estación y las vías del ferrocarril que serpenteaban a la par del agua. "Fue aquel un momento de intensa y suprema emoción en el que con cierto orgullo insolente como si sintiéramos a la muerte y a la furia de los elementos encadenados a nuestra voluntad humana y doblegados al simple esfuerzo de la inteligencia y del músculo, en que nuestros pulmones, a pesar de estar debilitados por la falta de oxígeno y por la enorme depresión atmosférica, dejaron escapar un grito agudo y estridente de 'viva la Patria', que el eco repitió hasta el cansancio, como si hubiera sido lanzado por pechos de gigantes para que rodando de cerro en cerro llegara hasta los confines del mundo anunciando que la bandera argentina había cruzado por sobre los más altos picos del universo", escribió Bradley.

La hazaña del primer cruce aéreo de la Cordillera de los Andes quedó registrada en un libro escrito por el propio Eduardo Bradley.

Así fue que se presentó de frente a ellos el valle de Uspallata, el lugar elegido para hacer las maniobras de descenso. Mientras tanto, una fuerte corriente contraria de viento los impulsó sobre los cerros y un remolino los hizo girar de forma abrupta, generándoles mucho miedo. Temieron lo peor. Pero ese minuto crítico fue anulado por el eco de una explosión de dinamita: era el señor Sorkin, ingeniero del Ministerio de Obras Públicas, que los saludaba con alegría. A una altura de tan sólo 10 metros de la ladera por la que pasaban, Bradley desgarró el globo de un golpe y cayeron con violencia, rodando a lo largo de 30 metros: "Felizmente el arrastre, o mejor dicho la rodada fue corta, quedando enredado entre zarzas y piedras que lo sujetaron".

Estaban vivos. Los recibieron con hurras y aplausos. El viaje había durado tres horas y media.

DE VUELTA EN TIERRA

Entre noticias de combates europeos por la Primera Guerra Mundial y las novedades por los preparativos del Centenario de nuestra Independencia, los periódicos locales y nacionales les dedicaron a Bradley y Zuloaga crónicas elogiosas en sus principales páginas. Los dos protagonistas de la travesía de los Andes fueron presentados como héroes.

"¿Tendrá trascendencia la hazaña? No lo sabemos, pero lo cierto es que una sensación de orgullo legítimo hincha a esta hora todos los pechos argentinos y que la aviación nacional acaba de realizar una proeza heroica, única en su género, en los vastos anales de las hazañas humanas", se preguntó el diario El Día en su edición del 25 de junio de 1916.

Nota en página completa del diario La Prensa en su edición del domingo 25 de junio de 1916, el día después de la hazaña.

"Vayan nuestros aplausos para esos dos argentinos que por la ciencia y la patria han hecho tremolar gallardamente la enseña nacional sobre los eternamente blancos picachos andinos, asombrando con su audacia genial a los cóndores, reyes de esas soledades, en la hora que el sol quiebra sus rayos en las frías y áridas rocas de la cordillera", escribió el diario El Argentino de La Plata aquel domingo de finales de junio de hace 107 años.

El 26 de ese mes, una nota de redacción del mismo periódico destacó la perseverancia de los pilotos: "Acatar las órdenes era perderlo todo... y así como el general San Martín allá en tierra chilena reuniera a los jefes del ejército libertador para tras breve deliberación desobedecer la orden de abandonar la ya preparada campaña al Perú, aquellas dos almas intrépidas resolvieron afrontar la muerte antes que el ridículo lanzándose resueltas a la acción. ¡Gloria a los héroes! Su triunfo ha sido tan estupendo como la fe que los inspirara y hoy se traduce en timbre de honor para la tierra en que nacieron, porque argentina es la gloria conquistada por sus hijos".

Bradley y Zuloaga fueron condecorados y homenajeados en Buenos Aires, Mendoza y Chile con medallas, premios, banquetes, charlas y conferencias. El Gobierno chileno, las embajadas y distintas instituciones educativas y deportivas de nuestro país los felicitaron y organizaron agasajos para recibirlos. Uno de los primeros en saludarlos horas después de haber aterrizado en Uspallata fue el presidente de la Nación, Victorino de la Plaza, con un telegrama que al día siguiente publicaron los periódicos argentinos: "Me informan del éxito que han tenido ustedes en su intrépida empresa, y me complazco en expresarles mis felicitaciones". Durante los días posteriores desfilaron por distintos lugares.

El miércoles 5 de julio, dos semanas después de la hazaña, se realizó en el Aero Club Argentino de la galería Güemes una reunión con la presencia del piloto platense y su acompañante mendocino. Fue una asamblea de socios en la que la comisión directiva diría unas palabras por primera vez tras el logro. Tanto Bradley como Zuloaga, además de asistir como protagonistas de la travesía, lo hicieron como miembros de esa comisión, al menos hasta ese momento. Es que ambos criticaron con dureza la falta de apoyo de la institución en la previa al 24 de junio, cuando el plan parecía complicarse.

Eduardo Bradley en una de sus tantas ascensiones en globo, a comienzos del siglo XX (Foto restaurada y colorizada por Ramiro Moscoso).

Una crónica en el diario La Prensa del jueves 6 de julio titulada “Una reunión tumultuosa” contó que Bradley reprobó el accionar del Aero Club y le reprochó la donación de solo mil pesos. Por su parte, Zuloaga contestó algunas declaraciones que los miembros del Aero Club habían hecho en su contra para descalificar el intento de cruzar los Andes y también se mostró muy enojado. Uno de los socios de la institución pretendió bajarle el tono a las disputas, pidió que desaparecieran todas las rencillas para no empequeñecer la magnitud de la hazaña y trató de amigar a las partes. Pero la decisión estaba tomada: Eduardo Bradley y Ángel María Zuloaga se fueron de la asamblea presentando sus renuncias como socios del Aero Club.

Bradley y Zuloaga fueron condecorados y homenajeados con medallas, premios y banquetes y ofrecieron en distintos lugares charlas sobre la travesía.

Cuando se cumplió el centenario de la hazaña, algunos miembros del Instituto Nacional Newberiano viajaron a Mendoza para realizar un homenaje. Llevaron un monumento -que fue vandalizado la noche anterior y tuvieron que restaurar- y en un humilde acto recordaron aquel logro de 1916, ante el aplauso de varios invitados argentinos y chilenos. "Esa fue la única conmemoración que se hizo en el país. Y eso es algo que tenemos los argentinos: no reconocemos hechos históricos importantes que nos proyectaron al mundo; recién en la década del setenta un norteamericano volvió a cruzar en globo la Cordillera, con todos los elementos técnicos de avanzada. ¡Y Bradley y Zuloaga lo habían hecho en 1916 a pecho criollo! Fue algo muy ponderable", reflexiona Salvador Martínez con cierta resignación.

Ricardo Bradley es de Paraná, Entre Ríos, y es pariente lejano de Eduardo Bradley. Desde chico se interesó en esta historia -gracias a los relatos de su abuelo, primo del piloto platense, y a una serie de historietas que publicaba un diario de aquella ciudad litoraleña- y si bien cuenta que gracias a su apellido en varios lugares le preguntaron por él, dice que "Eduardo es el más reconocido de la familia, pero no tanto como debería serlo". 

"Figuras como Bradley hoy son prácticamente desconocidas, así como otros próceres de la aviación. La Argentina les debe mucho", concluyen los newberianos, que igualmente siempre mirarán hacia adelante con optimismo: "Eduardo Bradley es uno de los hombres que permanece en un olvido alarmante, pero ahora, gracias a esto que estamos comentando seguramente alguien se va a interesar".

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