El fin de semana en el que mi viejo desapareció por segunda vez fue extrañamente de muchas visitas, porque el sábado fue el cumpleaños de un primo y fuimos juntos. Y el domingo a las cuatro o cinco de la tarde lo vi otra vez ya que teníamos que cargar mi camioneta porque yo el lunes no lo acompañaba al juicio porque iba a colocar unos muebles a Martínez. Cuando entramos él le dice a mi vieja, muy serio, " voy a ayudar a los chicos". Se fue al fondo, se fumó un cigarrillo, cargó dos tablas y se volvió a la cocina, porque el hecho era rajar para fumarse un pucho sin que lo vea mi vieja. Más temprano había hablado con Nilda Eloy por los pases para entrar a la audiencia del día siguiente en el Salón Dorado. Y estaba tranquilo, con la expectativa de que iba a poder verle la cara frente a frente a Miguel Etchecolatz. Ese día, cuando nos fuimos, cerca de las 8 de la noche, ya había cenado y estaba sentado en su sillón. Esa fue la última vez que lo vi.
Una hipótesis que nosotros siempre sostuvimos es que alguien lo convenció para salir de la casa esa noche o esa madrugada. No fue un secuestro en el que rompieron la puerta y todo el mundo se enteró. Mi viejo salió, cerró la puerta con llave y se fue. Alguien de alguna manera lo obligó o lo convenció para que saliera entre las 23.30 del domingo y las 7 del lunes. Y esa persona nunca pudo ser localizada. Era la única manera de que mi viejo saliera: alguien le dijo antes o lo consensuaron, porque no fue por teléfono ya que no hay registro de llamadas salientes o entrante, ni él manejaba celular.
Pero es una hipótesis para la que no tenemos pruebas, como tampoco hay pruebas para decir que Miguel Etchecolatz o sus secuaces lo secuestraron. Nilda Eloy tenía una teoría que no es descartable, que es que buscaron al testigo que vieron más débil para presionarlo o amenazarlo para que se desdijera de su declaración y el juicio sea declarado nulo. Eso es además lo que intentaron ese 18 de septiembre en las primeras horas, cuando mi viejo no aparecía y se decía que no se podía hacer la jornada de alegatos, cosa que se pudo por un acuerdo. Esa teoría cierra con el mensaje final del "titiritero" Etchecolatz, cuando le dice al tribunal "se están condenando ustedes".
LA INVESTIGACIÓN
La falta de justicia y la falta de información sobre qué pasó con mi viejo hacen que las conclusiones en este nuevo aniversario sean repetidas. Hace ya un año que hablé por última vez con el doctor Hernán Shapiro, que es quien está a cargo de la Fiscalía de Lesa Humanidad y nos contó de las dos líneas de investigación en las que se trabajaba en ese momento.
Estaban investigando miles de llamadas que se realizaron entre la noche del 17 y la madrugada del 18 de septiembre de 2006, que fue el momento en que nos dimos cuenta de que mi viejo no estaba. También nos habló del relevamiento sobre las 66 tumbas que hay en La Plata con personas NN, a las que yo me permito decirles "personas no identificadas", porque son personas que sí tienen nombre, aunque el Estado o la justicia lo desconocen. En ese momento faltaba el relevamiento por parte del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) para determinar en qué condiciones están, cómo llegaron ahí y si alguno puede coincidir con el perfil de mi viejo.
En el caso de los llamados telefónicos me parece que es un trabajo que no va a tener ningún resultado tantos años después. Son miles de comunicaciones de celulares desde la Ruta 2 hasta el centro de La Plata, pero que no tienen identificación porque la tecnología de ese momento no lo permitía. Entonces abrir cualquiera de esos miles de teléfonos es abrir un mundo sin que nadie esté identificado. Si en aquel momento se hubiese hecho bien, tal vez se hubiese podido descubrir algo, hoy me parece que es tarde.
A esta altura creo que más importante sería destinar el dinero que demanda ese trabajo a la exhumación de los cuerpos del Cementerio de La Plata para su identificación con estudios de ADN. No vamos a descartar que mi papá esté en ahí sin ese estudio. Eso significa que no vamos a aceptar una pericia que se limite a los registros de las huellas digitales que hay en el Cementerio y que supuestamente pertenecen a esos cuerpos, porque lo lógico es que si lo enterraron para ocultarlo no guardaran sus huellas.
En otras palabras, creemos que es imposible saber si su cuerpo está allí o no si no hay exhumación. La única forma de descartarlo fehacientemente es un estudio de ADN. Y a los 66 casos del Cementerio de La Plata hay que sumarles otros en otros lugares de la provincia de Buenos Aires. Es una empresa complicada, pero es la única que vamos a creer.
Más allá de esos no hay otras pistas ni nada nuevo que se haya encontrado. Hay tres fiscales que están en conocimiento de la causa de mi viejo, la cual todavía está caratulada como "presunta desaparición forzada de personas”. Hace año que pretendo que se cambie a “desaparición forzada”, pero hasta que no tengamos una prueba o un testigo que pueda verificar lo que pudo haber pasado, eso no va a cambiar.
Hay muchas otras líneas para explorar y una de ella es la de los genocidas, ya que muchos de ellos siguieron libres. Incluso Julio César Garachico, una de las personas a las que mi viejo ubica como torturador en la Comisaría Quinta y en Arana, recién empezó a cumplir condena en 2014, con lo cual tuvo ocho años para hacer lo que quiso y borrar las huellas.
LA VOZ DEL VIEJO
Mucho de lo que contó mi papá durante su declaración en el juicio de 2006 lo escuchamos por primera vez y nos sorprendió mucho. Como cuando relató como mataron a Patricia Dell'Orto y Ambrosio De Marco o a Norberto Rodas. O cómo contó que lo torturaron a él o había visto como lo hacían con Guillermo Cano, el hijo de un policía que estudiaba para seguir los pasos de su padre y había sido secuestrado de la Escuela Vucetich. O cómo había reconocido ciertos lugares dónde había estado, como la Comisaría Quinta, porque vio por las ventanas el corralón de materiales de Guanzetti. O su reconocimiento de Arana, un lugar que recorrimos con él cuando ya lo habían largado. Éramos chicos y nos llevaba a pescar por esa zona para hacer su propia investigación.
Con el tiempo, en los días posteriores a su desaparición, comprobamos que muchas cosas el viejo nos las había contado segmentadas. Lo que me contaba a mí, no se lo había contado a mi hermano. O un primo tiraba una idea de dónde buscarlo en base a algo que mi papá le había contado, pero que nunca nos había dicho a nosotros. A cada uno nos contó escenas distintas, no sé si con algún sentido o no, pero así lo hizo.
DOBLE DESAPARICIÓN
Yo no fui conciente de su primera desaparición, aunque tenía 11 años y presencié la noche que se lo llevaron. Vi pasar a las personas que lo arrastraban en calzoncillo y camiseta y con las manos atrás. Le vimos la cara a los tipos y nos dijeron que nos demos vuelta y miremos a la pared. Después de eso, el siguiente recuerdo es despertar al otro día a la mañana y mi papá ya no estaba. Solo un tiempo después, el pediatra de siempre de la familia, el doctor Rivas, nos llevó en su auto al bar del Puente de Fierro, de 137 y 90, nos compró una Coca-Cola de vidrio -un lujo para esa época- y nos contó que nuestro viejo estaba desaparecido. Mentiría si digo que en ese momento entendí lo que estaba pasando, no éramos concientes, ni yo que recién cumplía 12 y menos mi hermano que tenía 8 años.
En algún punto aquella sensación se vincula con el desconcierto que sentimos cuando 30 años después mi viejo vuelve a desaparecer. Algo que no podía pasar, pero pasó. Y menos en democracia, lo cual creo que es lo peor.
BRONCA Y CONSTRUCCIÓN
A 16 años de su segunda desaparición lógicamente siguen algunos enojos, pero yo prefiero construir a destruir y por eso creamos una fundación que lleva la imagen de mi viejo y se llama "Construyendo Conciencias", donde tratamos de sembrar semillas y no matar el pasto. Hacer cosas es la forma que tengo de canalizar esa bronca, porque eso es lo que hizo mi viejo. Él pudo haber tomado venganza por mano propia contra Etchecolatz o cualquier otro represor. Sin embargo, fue a un juicio, declaró y los genocidas fueron condenados.
Después, el Estado es siempre responsable por omisión o por acción y eso es algo que hablo mucho con Sergio Maldonado. En el caso de Santiago Maldonado fue claramente por acción, en el caso de mi viejo fue por omisión que desapareció. Después habrá que determinar por qué, cómo, en qué circunstancias se dio todo. Son cosas que los jueces y los fiscales van a tener que ponerse los pantalones largos y explicar.
Hubo errores y hay que hacerse cargo, como me hago cargo yo y lo vengo diciendo: nosotros también como familia confiamos en que esto no iba a pasar y sin embargo metimos la pata, lo dejamos a mi viejo solo, no lo acompañamos al juicio más que dos veces, iba a las audiencias solo, nunca no pidió que fuéramos con él y tampoco le preguntábamos.
Son muy pocas las personas que dicen "acá la militancia se equivocó en no cuidarlo". Y por eso a partir de lo que le pasó a mi viejo, a todos los testigos les empezaron a preguntar si querían custodia o si necesitaban algo.
Pero más allá de eso, en vez de quedarme pataleando o haciendo piquete yo prefiero construir. Y hay gente que lo entiende y gente que no.
Por eso, si tuviera la chance de tener una última charla con mi viejo yo le haría una sola pregunta: si está conforme con lo que estamos haciendo. Y entiendo que me diría que sí, porque hago todo lo que hago pensando en lo que haría él. Creo que tan errado no estamos porque en nuestra búsqueda de verdad está la huella del modo en que él mismo buscó verdad para dar testimonio.
*Rubén López, hijo de Jorge Julio, el hombre que luchó por la Justicia, la Verdad y la Memoria