domingo 07 de julio de 2024

Inundación trágica: crónica y trama política de la peor catástrofe de La Plata

Desde la primeras lluvias en la siesta del 2 de abril a la aparición de las víctimas fatales en la madrugada del día siguiente.

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Por Pablo Morosi y Pablo Romanazzi

A las 3.51, en la madrugada del 2 de abril de 2013, el Servicio Meteorológico Nacional emitió un alerta de “lluvias intensas” para La Plata, la ciudad de Buenos Aires y varios distritos del conurbano. La prevención tenía una vigencia de tres horas. No obstante, a las 5.30 el pronóstico oficial del clima para la capital bonaerense fue actualizado y se indicó: “Probabilidad de tormentas y chaparrones aislados” durante el transcurso de la mañana.

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En la hora de la siesta el agua llegó sin que hubiera un nuevo parte que la anunciara. Habían pasado las cuatro de la tarde cuando la ciudad se ensombreció cubierta por un manto de precipitación copiosa que se extendió, sin dar respiro, por poco más de tres horas. Fue lo más parecido a un diluvio. En ese lapso cayeron más de 300 milímetros y todo se desmadró.

Aquel martes se conmemoraba el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas y era la última jornada de un largo feriado de cinco días consecutivos que había arrancado con la celebración de la Semana Santa católica y en el que se había intercalado el lunes como “puente”, una política impulsada por el gobierno de Cristina Elisabet Fernández de Kirchner a partir de 2010 al restablecer ese mecanismo, suprimido en 1976 por el gobierno de facto, como forma de jerarquizar la actividad turística y promover el consumo interno.

El prolongado chaparrón iniciado a media tarde configuró un escenario de ciudad deshabitada. El receso había dejado por varios días las calles sin recolección de residuos domiciliarios; tampoco se había realizado el barrido de hojas que, en pleno otoño, tapizaban parques y veredas. La persistencia de las condiciones meteorológicas y las comunicaciones entre vecinos que se multiplicaban dando aviso de los primeros anegamientos, sobre todo en los caseríos próximos a los arroyos, donde rápidamente comenzaron las autoevacuaciones, mutaron la atmósfera de sosiego y dieron paso a una progresiva y contagiosa preocupación fundada en la magnitud que iba adquiriendo el evento en pleno desarrollo.

Muchas personas comenzaron a recurrir a las autoridades comunales para pedir auxilio a través del 0800-999-5959, la línea gratuita para reclamos vecinales. Al mismo tiempo, los operadores del número de emergencias provincial 911 recibían numerosas llamadas que, por su cantidad, quedaron en su mayoría sin la debida atención. Durante la tarde y las primeras horas de la noche fue enviado medio centenar de patrulleros, de los cuales diez terminaron fuera de acción, encallados, cercados por las aguas, sin poder llegar a destino para prestar la asistencia requerida, ni tampoco volver a la base de operaciones para reportar lo que estaba pasando. Una situación que, en buena medida, servía para constatar la gravedad del fenómeno. El primero en reaccionar en la comuna fue el jefe de Gabinete, Santiago Andrés Martorelli. Había recibido varios llamados de sus colaboradores para ponerlo sobre aviso acerca de la situación. De él dependía el Comité de Emergencia Municipal encargado de desplegar las acciones tendientes a gestionar la crisis.

Desde su creación en 2008, el  Comité Ejecutivo de Emergencias Muncipal (COEM) venía sufriendo un ahogo financiero que limitaba crucialmente su real capacidad de acción. Las únicas expresiones visibles del organismo, conducido desde sus inicios por la referente del Movimiento Evita, Ángela María Pérsico, habían sido, hasta entonces, algunas reuniones esporádicas y un puñado de jornadas de capacitación en reanimación cardiopulmonar desarrolladas en espacios públicos e instituciones. En enero de 2013, el municipio había iniciado un proceso para intentar definir un programa de prevención y asistencia ante posibles emergencias que incluyera la confección de un demorado plan de actuación frente a eventos graves como una forma de adecuarse a la normativa provincial. Sin embargo, la inundación del 2 de abril encontró la tarea aún irresuelta.

En los hechos, durante el desarrollo del evento, Martorelli asumió el comando total de las tareas, lo que implicó el desplazamiento de Pérsico de tales responsabilidades. Los motivos de aquella decisión no fueron informados y Pérsico no concurrió a declarar ante ninguna instancia, ni judicial, ni administrativa. Tampoco compareció Omar Pas, otro de los funcionarios con obligaciones en la puesta en funcionamiento del COEM.

En medio de la tormenta, Martorelli se comunicó con el diputado provincial Gabriel Oscar Bruera, que ostentaba una suerte de poder delegado de facto por su hermano, el intendente Oscar Pablo Bruera, de viaje en Brasil. Si bien el legislador no tenía incumbencia en los asuntos municipales, se arrogó un papel determinante durante la crisis. Con los primeros reportes en la mano, llamó al jefe comunal para anoticiarlo sobre lo que estaba pasando. Le costó comunicarse. Dejó varios mensajes hasta que, finalmente, logró establecer el contacto.

–Esto es un terremoto –resumió Gabriel después de comentar parte de la información con que contaba y analizar los pasos a seguir.

Acodado en la barra del lobby-bar del Club Med Rio das Pedras, frente al mar que baña la bahía de Angra dos Reis en el Estado de Río de Janeiro, a 2.800 kilómetros de la ciudad de La Plata, el intendente escuchó en silencio. La cabeza le daba vueltas a mil revoluciones. Pidió que lo mantuvieran informado al instante.

La ausencia del intendente no había seguido los pasos formales establecidos en la Ley Orgánica de las Municipalidades que, en su artículo 108, inciso 13, obliga al gobernante a “solicitar licencia al Concejo Deliberante en caso de ausencia mayor a cinco días”, lo que implica el traspaso del mando de la comuna al presidente del Concejo, en este caso Jorge Javier Pacharotti, quien fue el primero en denunciar la anomalía para dejar a salvo su responsabilidad y participación durante la crisis. Desde el bruerismo siempre sostuvieron que la norma se refiere a días hábiles, aunque, en rigor, tal precisión no se encuentra explicitada en el texto legal.

La escapada era una deuda que Bruera tenía con su esposa, Susana Beatriz Perroni. En marzo, el jefe comunal había pasado ocho días –entre el 5 y el 13 de marzo– en Turquía, invitado por la Fundación para la Amistad Argentino-Turca. Del periplo, aprobado por el Concejo Deliberante por unanimidad durante una sesión extraordinaria que duró menos de una hora, también formaron parte los concejales María Valeria Amendolara y Emiliano Fernández; además de Martorelli y el asesor general para Asuntos Internacionales, Rafael Emilio Velázquez. Las únicas actividades conocidas de aquella misión fueron la firma de un hermanamiento con la ciudad de Yavola, en el noroeste del país, y una recorrida por Estambul, con visita a las autoridades locales incluida. A Perroni no le había hecho gracia aquel periplo. Por eso el intendente le había prometido que a su regreso se tomarían unos días en familia. Para ese plan iba a aprovechar el feriado de Semana Santa. Sin embargo, ni siquiera tuvo tiempo de desarmar las valijas cuando recibió el llamado de un viejo contacto de los pasillos del Vaticano –al que había llegado por intermedio de un intendente del conurbano amigo suyo– que le confirmó que existía la posibilidad de ir a visitar al recientemente electo papa Francisco. Por esos días, una foto junto al pontífice argentino era un trofeo muy cotizado en el mundo de la política vernácula.

Así, Bruera y su esposa partieron sin meditarlo rumbo a Roma. Aquel periplo habría incluido una escala en Alemania y se extendió entre el domingo 17 y el jueves 21. Lo cierto es que el viaje resultó un fiasco y lo más cerca que el intendente platense habría estado de Jorge Mario Bergoglio en aquella oportunidad fueron unos cien metros, por lo que se vio obligado a emprender el retorno sin la ansiada imagen, con el tiempo justo para subirse, el miércoles 27, a otro avión con destino a Brasil. Junto con los Bruera viajó Ignacio Martínez, director de Control Urbano y ex titular de Personal del municipio, mano derecha de Mariano Oscar Christian Bruera, hermano menor del jefe comunal.

Fue en aquellas circunstancias que Martorelli asumió la ejecución del denominado Plan de Acciones de Gestión de Riesgos ante Situaciones de Emergencia, un escrito que, llamativamente, era desconocido por la ciudadanía y recién se hizo público días después de la tragedia.

De acuerdo con lo informado por el jefe de Gabinete, la Municipalidad local declaró el alerta naranja y emergencia nivel 3 a las 16.10, después de haber recibido en el número gratuito para reclamos insistentes llamadas desde distintas zonas de la ciudad que alertaban sobre el anegamiento en barrios del casco urbano y la periferia. A las 17.40, ante una precipitación que persistía con la misma intensidad, se decretó el alerta rojo y emergencia nivel 4, lo que puso en marcha el protocolo para eventos extremos, aquellos que exceden las posibilidades de la comuna, “requiriendo la inmediata ayuda interregional, provincial y nacional”. La comunicación se hizo por vía telefónica, según las constancias obrantes en las actas del comité de emergencia. Tampoco hubo partes oficiales difundidos a la ciudadanía por medios de comunicación tradicionales ni a través de las redes sociales que hayan dejado constancia de los alertas. El dispositivo de salvataje demoró bastante tiempo más en ponerse en marcha.

A las 18.20 el jefe de Gabinete del Ministerio de Justicia y Seguridad, Marcelo Leguizamón, el coordinador del Consejo Provincial de Emergencias, Luciano Timerman, habrían comenzado a participar de las conversaciones tendientes a concretar la conformación del comité ante la emergencia.

La constitución del comité tuvo, empero, un primer inconveniente insalvable: la sede donde debía funcionar estaba inundada y sin provisión de energía eléctrica, por lo que se decidió trasladar las acciones al edificio de la cartera de Seguridad bonaerense. La mudanza implicó que toda la responsabilidad de las acciones de socorro y mitigación recayera en las órbitas provincial y nacional. La razón oficial que dio origen a ese cambio quedó consignada en un informe de la Cámara de Diputados provincial, donde se indicó que se trataba del “organismo con más disponibilidad de personal en las calles durante las 24 horas más toda la logística de su jurisdicción”.

“La dimensión de la catástrofe era tal que superó la capacidad operativa del municipio, que, por protocolo, dejó en manos de la provincia y la Nación todas las acciones”, explicó Martorelli días más tarde. Rápidamente, el comando de la crisis quedó en manos del titular de la cartera de Seguridad, Ricardo Blas Casal, y del jefe de la Policía bonaerense, comisario mayor Hugo Gabriel Matzkin, quienes se hicieron cargo del operativo con el apoyo permanente del subsecretario de Política Criminal e Investigaciones Judiciales, César Albarracín.

Lo primero que hizo Casal, vecino de la localidad platense de City Bell, fue hablar con el secretario de Seguridad nacional, Sergio Alejandro Berni, quien estaba al tanto de la situación y ya planificaba su aparición en escena.

Desde la Jefatura de Gabinete bonaerense se indicó que el comité de crisis quedó formalmente constituido a las 22. Recién entonces se comenzaron a articular, efectivamente, tareas con la administración nacional.

Al declarar ante una comisión investigadora legislativa, Matzkin admitió que “se actuó sin protocolo”; no obstante, aclaró que durante la tarea “no hubo un solo punto de desacuerdo”.

Para entonces ya se habían sumado el secretario de Coordinación y Monitoreo Institucional del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, Carlos Daniel Castagneto, además de personal del Ministerio de Salud, Gendarmería, Ejército y Prefectura Naval, según lo informado oportunamente por Casal. En rigor, no hay certezas sobre cómo funcionó realmente el comité, ya que, según confiaron fuentes de la provincia y del municipio, no se labraron actas ni hay registro alguno de los pasos seguidos por sus responsables.

Casal y Martorelli prometieron informes al respecto en distintas instancias en las que fueron citados a declarar, pero jamás los presentaron. Si bien la provincia informó con premura sobre el despliegue de cuatro camiones de Infantería de la fuerza de seguridad bonaerense, cuatro Unimog forestales, cinco autobombas y seis generadores de electricidad, lo cierto es que durante más de doce horas desde que se desató la tormenta no se verificó la presencia de esos vehículos ni acciones de salvataje o evacuaciones realizadas por parte de agentes de ninguna de las tres jurisdicciones del Estado. En La Plata, en ese lapso, solo hubo rescates protagonizados por los propios vecinos.

La contracara de esa inacción y, sobre todo, sus efectos se evidenciaron en los distritos vecinos de Ensenada y Berisso, igualmente afectados por los desbordes, que lograron efectuar numerosas evacuaciones en las primeras horas y donde no se registró ninguna víctima fatal.

Berni habló con la presidenta, quien le pidió una rápida reacción y le dijo que al día siguiente a primera hora quería verlo en Tolosa, el barrio que la vio nacer y donde hasta entonces vivía su mamá, Ofelia Esther Wilhelm. La jefa de Estado instruyó al ex médico militar para que se ocupara de garantizar la organización de la ayuda a los afectados. Conversaron sobre la actuación federal y concluyeron que las tareas de rescate eran de exclusiva responsabilidad de la provincia. Era el preludio de un sordo enfrentamiento, un enjambre de desacuerdos y recelos que enredaban a los principales responsables de las tres jurisdicciones involucradas y que en los días subsiguientes se dirimiría en el escenario de la catástrofe. Para el oficialismo era un año clave: debía revalidar en las urnas su alicaído liderazgo legislativo, de cara a las elecciones presidenciales 2015. Esa misma noche, el secretario de Seguridad sobrevoló la Refinería de Yacimientos Petrolíferos Fiscales en Ensenada donde se había desatado un incendio de proporciones en un horno de la planta de coque (Coke A), que recién pudo ser controlado a las cuatro de la madrugada del día siguiente. Frente al crítico panorama que presentaba el siniestro, con llamaradas que superaban los 50 metros, se dispuso la movilización de efectivos y la liberación inmediata de una partida aportada por el Ministerio de Planificación Federal para adquirir 20 000 litros de combustible para alimentar camiones y botes, aunque no se precisó la cantidad ni las características de esos vehículos.

Cuando el fuego se inició, pasadas las 19.30, toda la zona de El Dique hacia el río, donde se encuentra emplazada la destilería, estaba cubierta por un metro de agua. La fábrica de coque, un combustible sólido obtenido de la destilación de residuos de hidrocarburos, fue construida con piletones a desnivel que separan los hornos y contienen el derrame de combustible. En caso de incendio, la planta usa un dispositivo de inundación de callejones internos para aislar el fuego.

Varias de las plantas del llamado Complejo Industrial La Plata habían dejado de funcionar, afectadas por la lluvia y por la interrupción del servicio eléctrico que se había producido a las 18. Los restos de hidrocarburos que sobrenadaban a raíz del anegamiento de diversos sectores de la planta alcanzaron uno de los hornos, que entró en combustión debido a la temperatura que aún conservaba, tal como reconoció la empresa en uno de sus comunicados. Así describió también el inició del fuego el presidente y CEO de YPF, Miguel Matías Galuccio, durante una conferencia de prensa en la que informó que, según mediciones propias, sobre la refinería habían caído 315 milímetros de agua cuando el lugar está preparado para recibir, como máximo, 95 milímetros.

La firma dijo haber cumplido con todos los protocolos de emergencia. No obstante, relatos de testigos presenciales de lo ocurrido, cuyas identidades quedan a resguardo por pedido expreso de las fuentes, aseguraron que las condiciones con las que se combatió el fuego no fueron las mejores.

Según esos relatos, el agua habría impedido durante horas que los brigadistas de la planta accedieran a sitios estratégicos para enfrentar el siniestro.

En ese sentido, antes de que llegaran los bomberos, y por la imposibilidad de cortar el suministro, se produjo una explosión en un “acumulador de gas”, lo que alimentó peligrosamente el foco ígneo y significó el final de la planta de coque, provocando, además, un estallido en la planta de destilación atmosférica (Topping C). El calor era tal que el frente de uno de los camiones de bomberos se derritió. Entre tanto, muchos vecinos de barrios cercanos comenzaron a autoevacuarse preventivamente.

Intervino medio centenar de efectivos de dotaciones de bomberos de Berisso, Ensenada y Prefectura Naval. Según los testimonios recabados, cerca de las dos del miércoles se habría agotado la provisión de espuma con la que se atacaba la propagación del incendio y las llamas avanzaron. Esas versiones indican que la espuma fue repuesta casi dos horas más tarde. Los brigadistas y bomberos trabajaron en el lugar hasta casi el mediodía.

Para entonces, la empresa ya había informado que el fuego había sido controlado pasadas las 4, a partir “de la aplicación del Plan de Actuación ante Emergencias”.

En medio del temporal los canales de noticias, que ya venían desde hacía 24 horas reflejando la inundación de la ciudad de Buenos Aires, que se había producido en la madrugada del 2 de abril y en la que se habían registrado seis muertes, comenzaron a informar sobre los anegamientos en La Plata e hicieron foco en la zozobra generada por el incendio desatado en la refinería de YPF. En ese contexto, cerca de la medianoche, el intendente de Ensenada Mario Secco mantuvo un diálogo con el conductor Antonio Laje por el canal de noticias C5N, en el que aseguró que el siniestro en la petrolera ya estaba controlado. En relación con la inundación, Secco cuestionó a la Empresa Distribuidora La Plata SA, prestataria de energía eléctrica de la región, por el corte del servicio que afectaba amplias zonas de la región capital e impedía la utilización de equipos de bombeo para extraer el agua excedente de su distrito.

La destilería volvió a operar en cuatro días, aunque no en su capacidad máxima, lo que hizo temer por el normal abastecimiento de combustibles, cosa que no ocurrió debido a la instrumentación de un plan de emergencia dispuesto por la compañía estatal. En uno de los partes de prensa emitidos por la petrolera se indicó que el incendio desatado en la planta “no produjo emisiones contaminantes, por lo que no fue necesario activar un nivel de protección del entorno más allá de los límites de la refinería”. Se indicó, además, que “el plan de contingencia adoptado permitió evitar víctimas fatales y heridos, controlar emisiones contaminantes”. Y se recalcó que “todo el personal que trabajó en la contención del incendio respetó el Protocolo de Seguridad que evita la potencial afectación de las personas expuestas al siniestro”. Sin embargo, la organización ecologista internacional Greenpeace denunció, una semana después del episodio, que “las llamas generaron que enormes columnas de humo negro tóxico y hollín cubrieran gran parte de la ciudad de La Plata, que en ese momento padecía los efectos de la inundación”. La entidad agregó que tanto YPF como los organismos de control “minimizaron las consecuencias y ocultaron la magnitud real de este grave accidente, al tiempo que rápidamente aclararon que no hubo ni riesgos ni contaminación de ningún tipo”. Por otro lado, el documento de Greenpeace cuestionó que “en ningún momento los vecinos de la refinería recibieron información de la empresa ni de las autoridades de control o asistencia en emergencia sobre lo que sucedía, cuáles eran los riesgos y cómo proceder”. Lo cierto es que las plantas incendiadas produjeron emanaciones a la atmósfera platense durante tres días.

El titular de la Unidad Funcional de Instrucción N° 6 de La Plata, Marcelo Carlos Romero, hizo una presentación para que se investigara lo ocurrido en YPF y sus consecuencias. “La zona permaneció cubierta de partículas de coque, carbón o sustancia similar de color negro y fuerte olor que hasta el momento se observa en la atmósfera y en la superficie”, indicó y cuestionó la falta de información brindada a los vecinos. El componente de restos de petróleo esparcidos en la atmósfera y precipitados por la lluvia se convirtió en un verdadero emblema de la inundación y dejó sus huellas esparcidas por todo el distrito. No obstante, nunca se conoció un informe oficial sobre su impacto en el ambiente. La denuncia impulsada por Romero recayó en la Unidad Funcional de Investigaciones Complejas N° 8 a cargo de Jorge Paolini, quien en abril de 2016 dio por terminada la pesquisa y procedió a su archivo. En el expediente se incorporó el informe del suboficial de Prefectura Naval Ariel Levato, que señaló el carácter accidental del incendio provocado por la tormenta, y un dictamen del Organismo Provincial de Desarrollo Sostenible en el que se reconoce una alteración en los valores captados en el ambiente que podría encontrarse vinculada con el siniestro y las tareas desplegadas en pos de su mitigación, aunque se concluye que “no existen valores a destacar en torno a compuestos orgánicos volátiles y tampoco de material particulado”. Cuando cayó la noche de aquel terrible martes, buena parte de la ciudad estaba sin luz ni agua y con serios problemas en el servicio de telefonía móvil. Mientras los funcionarios intentaban organizarse, la lluvia volvió a crecer en intensidad llegando al final del día con un acumulado de 392 milímetros. A esa altura, media ciudad llevaba unas ocho horas bajo el agua. Miles de platenses atravesaron la noche en una vigilia desoladora.

En esa madrugada del miércoles 3 de abril la muerte habitó La Plata. A oscuras, sin posibilidad de realizar comunicaciones telefónicas, subidos a los pocos muebles que quedaban en pie, encaramados en techos o terrazas, colgados de las ramas de los árboles, los platenses fueron condenados a esperar un auxilio que nunca llegó.

Toda suerte de riesgos y destinos se jugaron esa noche caótica. En algunos barrios, en forma espontánea y en ocasiones atravesando avenidas o calles con correntadas extremas y niveles críticos de inundación, camiones y camionetas de gran porte recogieron vecinos y, sin saber adónde llevarlos, los transportaban a zonas más altas donde hallaban refugio en las casas de otros platenses. Lo mismo sucedía con personas que a pie o a nado salieron al rescate de sus familiares o conocidos de los cuales no recibían noticias. Los escasos videos recuperados de las cámaras de seguridad de la red municipal revelan parte de lo acontecido en esas horas con unidades de transporte público, patrulleros y vehículos particulares naufragando en las correntadas; pasajeros que llegaban de regreso de sus vacaciones de Semana Santa varados en sitios inverosímiles de la periferia hasta donde habían podido llegar los colectivos y sin saber cómo hacer para llegar a sus domicilios. En no pocos lugares se observó el armado de barricadas con ramas y hasta escombros para interrumpir el tránsito y evitar que los automóviles generaran olas dentro de las viviendas.

Las aguas cubrieron la ciudad durante quince horas. En ese largo y tortuoso trance, que para muchos quedará grabado por siempre en la memoria, se produjo la mayor parte de los fallecimientos de personas ahogadas dentro de sus propias viviendas o arrastradas por la corriente en las calles.

(El presente artículo es un fragmento del libro Genealogía de una tragedia. Inundación de La Plata 2 de abril de 2013 - Marea Editorial 2018)

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