Tras el arribo del coronavirus y las pertinentes medidas de aislamientos dispuestas en distintas partes del mundo, muchas cosas cambiaron en la habitual vida social y la circulación de las personas.
Las ondas de choque producidas por la civilización viajan a través del suelo rocoso y, a veces, rebotan en distintos lugares del planeta. Las pulsaciones humanas provienen del tráfico, partidos de fútbol, conciertos de rock, fuegos artificiales, trenes subterráneos, explosiones de minas, perforaciones de rocas, fábricas, martillos neumáticos, fundidoras y otras actividades.
Ahora, un equipo de 76 científicos de más de una veintena de países ha informado que los cierres por la pandemia del COVID-19 llevaron a una disminución del 50 por ciento en el barullo global que provocan los humanos. El silencio más notable, que fue de marzo a mayo, se comparó con niveles en meses y años previos.
“La duración y quietud de este periodo representa la reducción global de ruido sísmico más larga y estable desde que se tienen registros”, informaron los científicos a través de la revista Science. Además sostuvieron que la quietud es el resultado del distanciamiento social, los cierres industriales y la disminución de los viajes y el turismo. El declive general excedió por mucho el que normalmente se observa en fines de semana y días festivos.
Los dispositivos para medir terremotos se remontan al menos a inicios del siglo XVIII, cuando se usaban péndulos para ilustrar las oscilaciones de la tierra. En 1895, un ingeniero irlandés, John Milne, estableció en la isla de Wight un centro de sismógrafos que pronto se convirtió en la primera red global, con 30 filiales en otros países. Para 1957, un grupo internacional de sismólogos catalogaron 600 estaciones. Los dispositivos pueden registrar vibraciones no solo de terremotos y actividades humanas, sino también de huracanes y el choque de olas en las costas, así como el impacto de intrusos rocosos que llegan del espacio exterior.

El equipo reunió datos de 337 sismógrafos de científicos particulares y de 268 centros sismológicos gubernamentales, universitarios y de geólogos que trabajan en corporaciones. Se reportó que la quietud global comenzó en China a finales de enero y se extendió hacia Europa y el resto del mundo en marzo y abril. El equipo dijo que, para finales del periodo de monitoreo, en mayo, los niveles de vibración en Pekín seguían siendo menores a los de años anteriores, lo cual sugiere que la pandemia seguía restringiendo las actividades en dicho lugar.
En general, las ciudades grandes y otras áreas con una alta densidad poblacional tuvieron las reducciones más considerables. El equipo dijo que la calma sísmica permitió que los científicos captaran señales sísmicas que antes pasaban desapercibidas, y que el análisis continuo de los datos podría ayudar a los geólogos a diferenciar mejor las vibraciones antropogénicas de las naturales.

Los hallazgos del equipo fueron tan sorprendentes y claros que llamaron la atención de los medios noticiosos desde inicios de abril, casi dos meses antes de que finalizara el periodo de monitoreo. A modo de conclusión resaltaron que en todo el mundo, los niveles medios de las sacudidas cayeron hasta un 50 por ciento entre marzo y mayo, reflejando “cómo las actividades humanas impactan la Tierra sólida”, escribieron los autores.