En medio de un caos controlado, Roberto Gómez se sienta y cose un paraguas recién restaurado. "A este se le partió una varilla", dice mientras escucha la radio, su fiel compañera. Desde hace 34 años, lleva adelante el negocio familiar que inició su padre, Laureano, en 1960. "Mi viejo vino de España en 1950 y el primer trabajo que tuvo fue como chofer de tranvías. Trabajó afilando cuchillos y tijeras, como mis tíos, hasta que empezó con esto de los paraguas", rememora entre puntada y puntada.
Sin embargo, la pequeña empresa casi llega a un abrupto fin cuando Laureano falleció a causa de una afección cardíaca. "Con 15 años me tuve que hacer cargo de todo. Yo era un pibe, no tenía pensado hacer otra cosa en ese momento; lo hice porque ya había toda una estructura armada con mi vieja y mi hermana cociendo los paraguas", cuenta.
Desde ese momento, Roberto se cargó el oficio al hombro y edificó el imperio paragüero de la ciudad, trabajando incansablemente durante extensas horas. "Le llevé la montaña de paraguas a mi tío y él me enseñó a arreglarlos", explica, mientras atornilla una pequeña varilla. Si bien da la sensación de que por el lugar pasó un tornado, él sabe exactamente dónde encontrar cada mecha, hilo, aguja o cualquier otro material de trabajo. "Me crié entre paraguas", bromea.

Lo cierto es que está rodeado por más de 500 de ellos; a algunos los llama "prehistóricos", porque están allí desde hace casi 60 años. A esos los utiliza para extraer alguna pieza que pueda servir para otros. "Si es un arreglo fácil, los tengo en un día, más o menos. Pero también tengo paraguas 'clavados' acá desde hace seis meses porque no consigo los repuestos", relata.

Afortunadamente para Roberto, el negocio continúa dando sus frutos ante una situación económica adversa para muchos comerciantes. "En un día de lluvia, pueden llegar a caer 30 personas. En un día lindo, ocho. Y en 20 días ininterrumpidos de sol al menos una persona por día viene. Obviamente, cuando llueve hago la diferencia", aseguró.

Hay que reconocer que Roberto tiene todas las de ganar ya que, a la vista, no hay chances de que deje de llover, salvo que ocurra una catástrofe. Si se lo propone y sus ganas lo acompañan, el último paragüero de la ciudad tendrá trabajo para rato.