Por Máximo Randrup
Gráficos: Sergio Sandoval
Por Máximo Randrup
Gráficos: Sergio Sandoval
Vale despegarse de la inmediatez del pitazo final para analizar cómo jugó el seleccionado argentino en el debut. Por supuesto que vale: volver a las imágenes para observar de qué manera se movió el equipo de Sampaoli y repensar qué le faltó para saltar ese muro blanco que construyó Islandia.
¿Cuál fue el esquema táctico que empleó la selección? En realidad fueron tres en uno: 4-2-3-1 para defender (cuando consiguió realizar un retroceso rápido), 3-3-3-1 para salir desde el fondo y 2-4-4 para atacar. El problema fue que el movimiento de las fichas no fue suficiente como para sorprender a un adversario rocoso, que poco a poco se convirtió en frontón. Si bien Argentina tuvo el dominio territorial, no se animó a conquistar.
"La posesión es buena si generás ocasiones; de lo contrario, desgasta", afirmó una vez Diego Simeone, quizás el director técnico argentino más exitoso de la última década. El combinado nacional, el sábado, administró el elemento del juego pero no supo qué hacer con él. La propiedad del balón casi nunca se tradujo en peligro: los 964 toques que realizó Argentina sirvieron para lograr una tenencia del 78 por ciento y para fabricar -apenas- 8 situaciones de riesgo.
Salió desde abajo por el piso y con Mascherano como eje, con centrales abiertos; en la segunda línea, dos laterales que escalaban hasta la altura de Biglia; en la tercera, los tres que jugaron por detrás de Agüero. Esa disposición permitió que Argentina llenara cada rincón del tablero y, así, logró tener opción de pase en cada sector del campo.
Luego, cuando pasaba la mitad de la cancha, mutaba a un dispositivo bien ambicioso: dos centrales cerca del círculo central y dos líneas de cuatro para acorralar al adversario. Cercó al enemigo, sí, pero no lo ahogó. Lo rodeó, jamás lo desbordó.
Con el correr de los minutos la paciencia se tornó parsimonia. El conjunto de Sampaoli rompió la previsibilidad en escasas ocasiones. ¿Cómo se doblega una defensa numerosa y retrasada? Cuatro alternativas básicas: remate desde media distancia, paredes, gambetas y centros. Descartemos la última posibilidad, por la altura del rival. Las otras tres variantes emergieron en forma esporádica y casi siempre Argentina precisó de Messi: de ocho situaciones de gol que elaboró, seis tuvieron su participación directa. Solo dos veces (en el gol y en un centro del ingresado Pavón que se fue cerrando hasta transformarse en remate accidental) Argentina generó peligro real sin depender de los chispazos de la Pulga.
La Selección tiene dos certezas: la mayoría lo esperará replegado y Messi será el jugador más custodiado. Requiere, entonces, de otros nombres y de otras variantes. La inspiración de uno puede abrir un partido. Dos. Tres, quizás. Sin embargo, de ninguna manera un equipo puede soñar sin ser agresivo. Arrimarse al otro arco no necesariamente es sinónimo de atacar; de hecho, es mejor avanzar menos aunque con sorpresa.
Y Argentina posee, al menos, una incógnita: ¿cómo responderá su defensa ante un adversario de jerarquía? Contra Islandia ofreció un par de retrocesos fallidos en los que no pudo reagruparse y lograr ese 4-2 que ideó Sampaoli: Salvio, Otamendi, Rojo, Tagliafico; Mascherano, Biglia. Marcar con pocos hombres no es sencillo y se notó, incluso, frente a un seleccionado cauteloso y de moderadas condiciones técnicas.
Para progresar en el Mundial la Selección nacional debe evolucionar. Puede conservar el triple sistema, pero precisa mayor inventiva. Despojarse de la dependencia extrema es, a esta altura, una obligación.
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