Apenas empiezan a florecer los árboles, se instala la misma idea de siempre: llegó la primavera, así que llegaron las alergias. Estornudos, ojos que pican, narices tapadas hacen que muchos eviten salir a la calle. Es una asociación tan automática que casi no se cuestiona. Y sin embargo, según datos de la Asociación Argentina de Alergia e Inmunología Clínica, apenas el 10% de esas molestias primaverales corresponde a una alergia real, es decir, a una reacción del sistema inmunológico frente a un alérgeno. El 90% restante es irritación mecánica: partículas que rozan la mucosa nasal y ocular sin que haya, de fondo, ningún mecanismo inmunitario activado.
Esa distinción cambia la pregunta que vale hacerse. Si nueve de cada diez estornudos primaverales no son alergia, ¿qué es entonces lo que está pasando en el cuerpo? Y ahí aparece un segundo dato que suele quedar afuera de la conversación habitual sobre polen y antihistamínicos: ¿cómo el estado emocional puede activar o agravar exactamente los mismos síntomas?
En las calles y diagonales platenses, buena parte de esa irritación tiene nombre y apellido: el plátano. Entre septiembre y noviembre, este árbol libera grandes cantidades de polen y de filamentos diminutos -los pelitos de su fruto, la típica "bolita"- que se dispersan con el viento y terminan en el aire, en las veredas, en los autos. Al entrar en contacto con la vía respiratoria o con la conjuntiva del ojo, irritan, tengan o no alergia de base quienes los respiran.
Los plátanos liberan grandes cantidades de polen y filamentos durante la primavera
El plátano no llegó por casualidad a ser tan protagonista del paisaje urbano argentino. Fue Domingo Faustino Sarmiento quien impulsó su plantación masiva en el siglo XIX, buscando sombra rápida y resistencia para las nuevas ciudades. Funcionó: hoy son parte del ADN visual de la región. Lo que Sarmiento no calculó es que, ciento cincuenta años después, nos iba a dejar además una tanda anual de estornudos cada vez que se acerca la primavera.
Cuando el cuerpo reacciona sin que haya alergia
Acá aparece un dato clínico poco difundido y es que existe un tipo de rinitis que no es alérgica y que produce exactamente los mismos síntomas -estornudos, congestión, lagrimeo- sin que haya un alérgeno de por medio. Se la llama rinitis no alérgica inducida por estrés emocional y ocurre en algunas personas como respuesta directa a la ansiedad o a un impacto emocional intenso. No es "psicosomático" en el sentido liviano con el que a veces se usa esa palabra; es una vía fisiológica distinta, estudiada, donde el sistema nervioso y el sistema inmunológico están hablando entre sí.
Y esa conversación entre lo emocional y lo inmunológico no se limita a los cuadros no alérgicos. Un estudio publicado en la revista Brain, Behavior, and Immunity comparó a un grupo de pacientes con rinitis alérgica estacional durante la temporada de polen y fuera de ella, y encontró que durante la inflamación alérgica aguda esas personas presentaban un aumento significativo de síntomas depresivos, tanto respecto de su propio período asintomático como respecto de un grupo de control sin alergia.
Ese aumento no fue solo una impresión subjetiva sino que se correlacionó con niveles más altos de interleuquina 6 (IL-6), una citoquina inflamatoria. Es decir, hay un correlato biológico medible entre el cuerpo alérgico y el estado de ánimo, no una asociación vaga entre "estar irritado" y "estar irritable".
La rinitis no alérgica inducida por estrés produce exactamente los mismos síntomas -estornudos, congestión, lagrimeo- sin que haya un alérgeno de por medio
Otras revisiones sobre el tema van en la misma dirección. Las personas con alergias suelen presentar mayor ansiedad y mayor reactividad emocional, y el estrés no solo empeora los síntomas alérgicos existentes -al desregular la función inmune- sino que también puede ser, en sí mismo, un disparador de reacciones parecidas a una alergia. El circuito funciona en las dos direcciones.
¿Por qué cuidar el aspecto emocional importa?
Todo esto ubica a la primavera en un punto particular del año siendo la época en que más alergénicos hay dando vueltas en el aire -polen, polvillo, cambios bruscos de temperatura- y, al mismo tiempo, suele ser una época de mayor carga emocional: cambios de rutina, más vida social, la ansiedad de fin de año que empieza a asomar de lejos. Esa combinación de más disparadores ambientales y más carga emocional es la que puede terminar activando tanto una alergia real como un cuadro que se le parece sin serlo.
Cuidar el estado emocional en este momento del año, entonces, no es un capricho de bienestar aparte de la salud física, sino que es parte de cómo el cuerpo va a responder a la temporada. Frente a síntomas que se repiten o que interfieren con la vida cotidiana, la consulta con un alergista o inmunólogo sigue siendo el paso que permite diferenciar entre irritación mecánica, alergia real y un cuadro de otro origen.
Más allá del diagnóstico puntual, la primavera es un buen recordatorio de que el sistema inmunológico no funciona aislado del resto del organismo. La actividad física regular, una alimentación variada y equilibrada, dormir lo suficiente y sostener algún tipo de manejo del estrés no son solamente hábitos de bienestar general. Sostienen directamente el funcionamiento del sistema inmune, el mismo que decide, en definitiva, cómo va a reaccionar el cuerpo frente al polen, al polvillo o a cualquier otra cosa que traiga esta estación. Cuidar el cuerpo y cuidar lo emocional, en este tema puntual, terminan siendo la misma tarea.