sábado 05 de septiembre de 2026

El ciclo menstrual y la salud integral

Salud. Una investigación actual muestra cómo el ciclo menstrual modula el ritmo cardíaco y el modo en que sentimos, procesamos y regulamos las emociones.

Cuando hablamos de salud, a cierta edad solemos pensar en el cuidado del cerebro y del corazón para una mejor calidad de vida. Estos órganos dialogan todo el tiempo y lo hacen a través del sistema nervioso autónomo, esa red que reparte las tareas entre el simpático -el acelerador- y el parasimpático -el freno-, y también a través de señales hormonales que van y vienen sin que nos demos cuenta. Lo que una investigación publicada en Science Advances viene a sumar es un tercer vértice a ese diálogo: el útero. Y con él, todo el circuito hormonal del ciclo menstrual.

La idea de fondo es simple aunque hasta hace poco no se investigara así. El cerebro les manda señales a los ovarios para que produzcan estrógeno y progesterona, y esas hormonas no se quedan regulando la ovulación. Viajan hasta el cerebro, donde se encuentran con receptores en zonas como la corteza prefrontal, la amígdala, la ínsula y el hipotálamo -regiones clave para la interocepción, es decir, la capacidad de percibir lo que pasa dentro del propio cuerpo, y para la respuesta y regulación emocional-. Y viajan también hasta el corazón, donde se unen a los cardiomiocitos y modifican la frecuencia cardíaca. Cerebro, corazón y útero, entonces, no funcionan como compartimentos separados sino como un mismo eje.

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Dos partes de un mismo ciclo, dos ritmos distintos

Para entender cómo se traduce esto en el cuerpo, sirve pensar el ciclo menstrual en dos grandes fases. En la fase folicular, que va aproximadamente del día 1 al 14 y termina con la ovulación, el estrógeno va en aumento. En este momento predomina la influencia parasimpática, y eso se traduce en una frecuencia cardíaca más baja. Recordemos que el sistema nervioso parasimpático regula las funciones del cuerpo en estados de reposo, calma y recuperación.

En la fase lútea, que sigue a la ovulación y se extiende hasta el final del ciclo, el protagonismo pasa a la progesterona, gana terreno el sistema simpático y el corazón late, en promedio, un poco más rápido. El sistema nervioso simpático, prepara al cuerpo para reaccionar ante situaciones de estrés, peligro o emergencia. Los datos del estudio muestran un aumento de 2,33 latidos por minuto durante la fase lútea media, cuando la progesterona alcanza su pico.

Esto es una simplificación -cada ciclo y cada cuerpo tienen sus propias variaciones- aunque nos sirve para ilustrar que no es lo mismo transitar la primera que la segunda mitad del ciclo, y esa diferencia tiene una base biológica concreta, no es solo percepción subjetiva.

El sesgo androcéntrico que la cardiología empezó a corregir

Esta manera de investigar el cuerpo con perspectiva de género no es la norma, es la excepción. La medicina y la investigación biomédica se construyeron durante décadas sobre un cuerpo tipo que era, en los hechos, el cuerpo masculino. Los ensayos clínicos, los protocolos de diagnóstico y buena parte de lo que hoy se sabe sobre el corazón y el cerebro se armó dejando afuera las variaciones hormonales de quienes menstrúan. El resultado es un vacío de conocimiento que todavía hoy afecta el diagnóstico y el tratamiento de millones de personas en el mundo.

En este sentido, la cardiología viene un paso adelante ya hace tiempo que incorpora el sexo y las hormonas como variables relevantes para entender el riesgo cardiovascular. La psiquiatría y la neurociencia clínica, en cambio, todavía no terminan de integrar del todo esos mismos factores endocrinos a la hora de estudiar el cerebro. Achicar esa brecha, dicen las autoras del estudio, va a ser clave para mejorar tanto la salud cardíaca como la salud mental de las mujeres.

Del corazón a las emociones

Este equilibrio neuro hormonal no se queda en lo fisiológico, sino que también moldea cómo pensamos, sentimos y reaccionamos a lo largo del mes. La conexión entre el corazón y el cerebro incluye la capacidad de percibir los propios latidos, un proceso interoceptivo que está estrechamente ligado a la regulación emocional. Cuando esa percepción se altera -y las fluctuaciones hormonales del ciclo pueden alterarla- también se resiente la manera en que gestionamos el estrés, el ánimo y la ansiedad.

Pensar el ciclo menstrual desde esta óptica abre una puerta importante para el cuidado de la salud mental. Entender que hay momentos del mes en los que el cuerpo está, literalmente, funcionando con otra configuración autonómica no es una excusa ni una tragedia, es información. Y esa información puede traducirse en herramientas concretas de autocuidado y en un acompañamiento clínico más acorde a lo que cada persona atraviesa.

Lo que el ciclo menstrual puede anticipar

Uno de los aportes más interesantes del estudio tiene que ver con la prevención. Identificar con precisión cómo se comporta el eje cerebro-corazón a lo largo del ciclo menstrual durante la edad reproductiva podría orientar futuras investigaciones sobre transiciones hormonales todavía más pronunciadas como la pubertad, el embarazo, la menopausia, el uso de anticoncepción hormonal o la terapia hormonal de afirmación de género. Todos estos momentos implican cambios hormonales significativos, y entender primero el patrón más frecuente y mejor delimitado -el del ciclo menstrual- puede ser la base para comprender después esos otros procesos.

Esto tiene una aplicación muy concreta: si se logra establecer en qué momentos del ciclo el eje cerebro-corazón es más vulnerable, la fase del ciclo podría convertirse en una variable a tener en cuenta en el diagnóstico y el seguimiento de arritmias, hipertensión o trastornos de ansiedad, cuadros que muestran una mayor prevalencia justamente durante la fase lútea. Investigar el ciclo menstrual, en definitiva, no es un tema menor o accesorio, es una vía de acceso a la salud integral de las personas que menstrúan.

Investigar en la diversidad para cuidar a todas las personas

Que la ciencia empiece a mirar el cuerpo desde la diversidad -y no desde un modelo único que durante siglos fue masculino, blanco y adulto- no es un gesto simbólico. Es lo que permite comprender mejor la salud integral de todas las personas y desarrollar, a partir de ahí, mejores herramientas, diagnósticos y tratamientos. El eje cerebro-corazón-útero es apenas un ejemplo de todo lo que todavía queda por investigar cuando se decide dejar de mirar el cuerpo humano como si fuera uno solo. Y es, también, un recordatorio de que cuidar la salud física, mental, vincular y cognitiva de las personas que menstrúan empieza por hacerles a sus cuerpos las preguntas adecuadas.

Fuente: Prinsen, J., Sacher, J., Villringer, A. (2025). The monthly rhythm of the brain-heart connection. Science Advances, 11(10). https://doi.org/10.1126/sciadv.adt1243

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