Hay una escena de apenas unos segundos, en el partido entre Argentina contra Inglaterra en el Mundial 2026, que quedó grabada. Alexis Mac Allister remata y la pelota da en el palo. Se agarra la cabeza con las dos manos, se queda un instante detenido en el lamento. Entonces una mano le toca el hombro: es Julián Álvarez, que llega, lo palmea y lo invita a seguir jugando.
Nada de eso hace que la próxima pelota entre al arco; aunque sí puede cambiar la velocidad con la que alguien se levanta después de que pegue en el palo. Ahí empieza la neurociencia del estilo de vida: la actitud no cambia los resultados, sí cambia cómo los atravesamos.
Durante mucho tiempo se pensó la mente como algo que pasaba exclusivamente en el cerebro. La neurociencia actual modifica esa idea: la mente es el resultado de una comunicación constante entre el cerebro y el resto del cuerpo. Antonio Damasio, neurocientífico, lo explicó con el concepto de marcador somático: el cuerpo registra una situación antes de que la mente la traduzca en una emoción consciente. Sentimos el nudo en el estómago antes de saber que estamos nerviosas o nerviosos.
A esa capacidad de percibir lo que pasa dentro nuestro se la llama interocepción, y no es un detalle menor. Cuanto más entrenada está, mejor podemos regular lo que sentimos y más margen tenemos para decidir antes de que una emoción nos desborde. Lejos de anular lo que sentimos, se trata de darnos ese segundo de distancia que separa reaccionar de responder.
¿Por qué nos quedamos atrapados en lo negativo?
Pasamos buena parte del día con la mente en otro lado. Un estudio de Harvard que se volvió clásico calculó que cerca del 47% del tiempo estamos pensando en algo distinto de lo que estamos haciendo, y que esa divagación suele tener un tono negativo: de ahí la frase "una mente que divaga es una mente infeliz" (Killingsworth y Gilbert, 2010). La tendencia que describe esta investigación se sostuvo en trabajos posteriores: la distracción tiende a teñirse de insatisfacción, no es neutra.
Una postura erguida favorece los pensamientos positivos
También hay otro mecanismo que profundiza el bucle, y es que el cerebro no puede borrar un pensamiento, solo sabe sustituirlo. Por eso, intentar "no pensar" en algo suele producir el efecto contrario; cuanto más lo intentamos evitar, más presente lo mantenemos. Y en estos bucles de enrosques de negatividad, la postura corporal se suma a participar de esta mesa. Hay evidencia de que una posición encorvada facilita el recuerdo de palabras y experiencias negativas, mientras que una postura erguida favorece los pensamientos positivos. El cuerpo no es un espectador de lo que pensamos, es parte activa de cómo pensamos.
¿Qué podemos hacer con todo esto?
Nada de lo anterior implica resignación. La propuesta no es aceptar pasivamente lo que nos pasa, ni convencernos de que alcanza con pensar positivo para que las cosas cambien. Es distinguir entre lo que podemos transformar con una acción concreta y lo que escapa a nuestra intervención, y ahí sí, aceptarlo sin que nos consuma. La diferencia entre resignación y aceptación está en esa distinción.
Sobre lo que sí podemos intervenir, sabemos que hay hábitos con base científica que nos ayudan. Si un pensamiento negativo insiste en volver, la estrategia no es luchar contra él sino construir uno alternativo y sostenerlo con voluntad hasta que gane terreno.
Practicar unos minutos de atención en la respiración, de forma sostenida, fortalece zonas del cerebro como la corteza cingulada y la ínsula, que funcionan como una especie de espejo interno que nos avisan cuando nos distrajimos o cuando entramos en un bucle, y nos dan la chance de volver al presente.
Como la postura también entra en la ecuación, corregirla no es solo una cuestión estética, esto cambia la predisposición del cerebro hacia lo positivo. Y respirar por la nariz en lugar de por la boca modula la amígdala -centro cerebral del miedo y el estrés- lo que se traduce en más calma y mejor atención.
Hablarnos con amabilidad, en lugar del látigo de la autocrítica, también tiene correlato biológico: activa la corteza orbitofrontal, asociada al optimismo y al bienestar, mejorando la calidad del sueño.
Y suele haber un actor que dejamos fuera de estas conversaciones: el intestino. La microbiota intestinal (conjunto de microorganismos como bacterias, virus, hongos y arqueas) influye en el estado de ánimo, y una alimentación cuidada protege las áreas cerebrales que regulan el comportamiento social y las emociones.
Otros hábitos que suman, sin complicarse
Para que el cuerpo empiece a jugar a favor, no hace falta una rutina exigente. Dormir lo suficiente es, quizás, la variable más subestimada; un cerebro con sueño acumulado tiene menos capacidad de regular emociones y tiende a quedarse pegado en lo negativo con más facilidad. Exponerse a luz natural, sobre todo temprano en el día, ayuda a ordenar ese descanso y a sostener el ánimo durante la jornada.
El movimiento es fundamental. Caminar unos minutos ya genera cambios medibles en la disposición anímica, porque activa circuitos asociados a la recompensa y baja los niveles de cortisol. De la misma manera, relacionarnos con otras personas es fundamental. Una charla breve, un mensaje, un rato con alguien de confianza, funciona como regulador emocional super efectivo.
Respirar por la nariz en lugar de por la boca modula la amígdala, lo que se traduce en más calma y mejor atención
Y hay un hábito simple al que no se le suele prestar atención, y que ayuda mucho a orientarnos hacia pensamientos positivos y nutricios: escribir desde la gratitud. ¿En qué consiste? En anotar a mano -muchas personas usan un cuaderno o un diario- aquello que querés agradecer. Podés arrancar con algo simple, unas líneas sobre algo que salió bien en el día. A medida que le tomás el ritmo, podés ampliar la mirada y reconocer más cosas, situaciones o personas por las que te sentís agradecida o agradecido.
El cerebro se puede entrenar
Nuestro cerebro no es una estructura fija, sino que se modifica con lo que hacemos de forma sostenida. Algunas investigaciones muestran cambios medibles en la estructura cerebral a los pocos días de empezar una práctica de meditación regular, aunque vamos a tomar esos plazos como orientativos y no como una fórmula garantizada. La plasticidad cerebral depende de la constancia, no de un número mágico de días.
Volvamos a la cancha. Mac Allister se lamentó y estuvo bien que lo hiciera; porque no se trata de no sentir. Lo que cambió la escena fue lo que vino después, la mano en el hombro, la invitación a seguir. Eso es, en definitiva, la neurociencia del estilo de vida. Acá no hay fórmulas para que todo salga bien, sino una caja de herramientas para levantarnos con menos costo cuando algo sale mal. Como dijo el psiquiatra Carl Jung, "lo que resistes persiste, lo que aceptas te transforma".