martes 02 de julio de 2024
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En primera persona

Las Mil Casas de Tolosa, el primer barrio obrero de América Latina

En un relato único, Alberto Antonini, vecino y protagonista privilegiado de la vida del barrio Las Mil Casas de Tolosa, cuenta historias mínimas en las que transpira el alma del lugar y sus habitantes varias décadas atrás.

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Los barrios tienen historias en las que trasluce su alma. Las vivencias de sus habitantes, sus costumbres, los dolores y las alegrías compartidas .y, sobre todo, la solidaridad inquebrantable entre los vecinos que son como la familia. Asi ocurrió y ocurre en el Barrio Las Mil Casas, el primer Barrio Obrero de Latinoamérica con sus singulares características, nacido para albergar a los trabajadores de los gigantescos talleres que Otto Krause construiría entre 1885 y 1887, cuna de la primer huelga de carácter nacional en nuestro país. De sus constructores y propietarios, el matrimonio compuesto por Juan Eduardo León de la Barra y su sobrina Emma, autora del primer best seller de la novela argentina, cuyo linaje se remonta a Alfonso IX, Rey de León a fines del siglo XII.

Puestos a rememorar sobre la vida cotidiana y las rutinas y peculiaridades del barrio hay que decir, ante todo, que las cosas estaban así regimentadas: Mientras los hombres trabajaban en el ferrocarril o en los Talleres de Vialidad provincial, que estaban cruzando la calle, la enorme mayoría de las mujeres casadas eran amas de casa, lo cual requería realizar un trabajo igual o mucho más agobiante que el de sus parejas. La esposa debía ocuparse de las tareas del hogar y de la familia, por lo general numerosa, ya que a su marido y a un significativo número de hijos, frecuentemente se sumaba algún pariente anciano, pues los geriátricos eran muy escasos o inexistentes.

Las señoras compartían como espacio exclusivo el momento de barrer la vereda. Salvo que lloviera, casi al unísono, como convocadas por un silencioso e inexplicable llamado, entre las 9 y las 10 de la mañana casi todas las vecinas de la cuadra salían a la puerta empuñando la escoba, con la radio dentro de la casa a todo volumen, como para no perderse ningún detalle de la novela de Audón López u otro guionista de moda. Entre los clásicos de entonces recordamos a Fachenzo el maldito y otros cuyos títulos eran verdaderos alardes de inspiración poética, como Arriando amores y penas, allá va el Tape Lucena.

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Todas las radios estaban sintonizadas en la misma estación, así las mujeres podían desplazarse cómodamente a la largo de la vereda para comentar con las amigas las novedades del barrio sin perder ni un sólo momento de transmisión. Hasta ahora, la ciencia no ha podido dilucidar cómo les era posible escuchar la novela, hablar y escuchar a una o más vecinas, todo en simultáneo. Tal vez los coquetos ruleros que exhibían, especialmente los fines de semana, les ayudaban a separar las distintas ondas sonoras.

El salario promedio alcanzaba para vivir con un solo sueldo teniendo un estricto control en los gastos, y prácticamente nadie tenía dos empleos. Contratar servicio doméstico era una utopía, y por lo tanto la dueña de casa debía idear una logística laboral de acuerdo a las posibilidades de cada miembro de la familia, pero nadie quedaba inactivo. Los más pequeños eran los encargados de hacer los “mandados” en los comercios cercanos; llevar mensajes -sólo había un teléfono en las dos manzanas de Las Mil Casas- o algún pequeño recipiente conteniendo gastronomía casera para un pariente o amigo. “Acá le manda mi mamá para que pruebe”, era la frase a pronunciar indefectiblemente en el momento de la entrega. Era tan solo una muestra de la conmovedora solidaridad existente en la humilde barriada.

La hermandad del barrio

Conocíamos uno por uno a cada habitante de la manzana, y si alguien caía enfermo, se le hacía llegar un humeante caldito de pollo, que por entonces parecía tener propiedades curativas casi mágicas porque era lo primero que se le administraba, sin importar su dolencia. Por lo general se lo elaboraba con un plumífero del gallinero de algún vecino generoso, que lo sacrificaba con tan nobles fines terapéuticos. Si quien enfermaba era la dueña de casa, vecinas y parientas se turnaban para lavar la ropa, cuidar los chicos, preparar la comida, etc., ya que era impensable que el marido faltara al trabajo.

Y aunque se quedara en casa, era improbable que un varón hiciera alguna de las tareas domésticas. Era una época de hiper machismo y ni siquiera la propia esposa consentiría en que las realizara, aun cuando ella estuviera imposibilitada. Estaba muy mal visto, y daría lugar a absurdos comentarios maliciosos y sonrisas socarronas. Si por casualidad algún santo varón amagaba con empuñar el escobillón o enfrentar una pileta colmada de platos sin lavar, la reacción de las damas era instantánea, especialmente si estaba presente la querida suegra: “Deje, que ese no es trabajo de hombres…”, recalcando las palabras con un tonito irónico especial, preocupada porque el hecho trascendiera y diera lugar a dudas sobre la virilidad del marido de la nena.

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Se consideraban tareas apropiadas e ineludibles para el hombre todo tipo de reparaciones que demandara el hogar, sea el rubro que fuere: albañilería, electricidad, carpintería, destapar un desagüe o canaletas, etc.,etc. Rara vez se contrataba a un tercero, así que los muchachos de entonces debían “darse maña” en diversas especialidades. Mal o bien, los trabajos se hacían, aunque muchas veces la dueña de casa lo solicitaba en algún momento especialmente inoportuno y con marcada insistencia:

- ¿ Viejo, por qué no aprovechás hoy que es domingo y subís al techo para arreglar el tanque de agua que gotea..?

- Ahora no, mi amor, estoy escuchando el partido. Cuando termina me fijo.

- Cuando termina ya oscurece…

- Bueno, será otro día. Por favor, ahora déjame escuchar…

- Parece que es más importante el fútbol que tu propia casa… .¿Y ? ¿Ni siquiera me vas a contestar?

- ¡Callate que me parece que nos cobraron penal…!

- ¡Claro, ni en mi propia casa tengo derecho a hablar! ¡Cuánta razón tenía mami cuando me aconsejaba: nena, fíjate bien con quien te casás, porque desp…..

- ¡¡ Pero dejame escuchaaaar !!

- Ahhhh… y encima el señor me grita.

Pequeños dramas de la vida conyugal, muy frecuentes por aquellos años. Posiblemente el ego de los protagonistas no fuera tan acentuado como en la actualidad, y todo se solucionaba con algunas lágrimas durante el día y altas dosis de mimitos por la noche. No sólo no existía el divorcio legal, sino que las separaciones eran algo excepcional.

Los trapos sucios

Una de las tareas más duras era el lavado de la ropa, que se hacía en el gran piletón de cemento ubicado al aire libre, en el pequeño patio cubierto por una maraña de sogas para poner a secar las prendas. Implementos que proveía la tecnología de la época para esta labor: una tabla rugosa de madera semidura, artefacto al que después de sesudas cavilaciones los fabricantes le pusieron el ingenioso nombre de tabla de lavar, y un grueso rectángulo de jabón blanquecino, al que por ignotos motivos siempre se le llamó pan de jabón, aunque su forma nada tuviera que ver con el alimento homónimo.

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Festejos comunitarios en el Club Villa Rivera.

Festejos comunitarios en el Club Villa Rivera.

El complejo proceso se iniciaba poniendo la ropa con agua caliente en un fuentón de hojalata, y luego refregando con el jabón sobre la tabla. Después de un tiempo en remojo para que el producto ejerciera su efecto limpiador, le seguía el enjuague a la temperatura que el agua saliera de la canilla (o de la bomba), verano o invierno. Se la retorcía en la justa medida, procurando que escurriera la mayor cantidad de agua sin dañar la prenda, y luego se colgaba para que secara. Durante un breve período se puso de moda un artefacto compuesto por dos gruesos rodillos cubiertos de goma, accionados con una manivela, pero pronto dejaron de usarse porque no eliminaban la cantidad de agua esperada, dañaban la ropa y rompían los botones, según decían las señoras que entendían del tema

Cabe aclarar que, al igual que en todas las épocas, determinado tipo de ropa requería un tratamiento especial para que no se dañara ni perdiera color durante el lavado.

Una vez seca la prenda, venía el indispensable planchado, ya que la mayoría de las telas de entonces así lo requerían, realizado con pesados artefactos de hierro a los que se les colocaban carbones encendidos en su interior. Posteriormente fueron reemplazados por las planchas eléctricas, que facilitaban muchísimo la tarea y disminuían la posibilidad de quemaduras y estropicios ante la menor distracción.

El tiempo empleado en estas tareas y la dureza del trabajo magnificaban al extremo las pequeñas catástrofes como ensuciarse el único guardapolvos; las lluvias prolongadas que impedían el secado de la ropa; o tener en la casa un bebe afectado con diarrea.

Los electrodomésticos

Fueron surgiendo importantes avances tecnológicos, que redundaron en significativos cambios en el modo de vida comparando principios y finales de la misma, especialmente por la aparición y popularidad que adquirieron los electrodomésticos. Hacia 1950 solamente recordamos la radio y el ventilador, y en algunos casos la plancha eléctrica, como existentes en casi todos los hogares.

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Los primeros lavarropas, especialmente aquellos con sistema de escurrimiento, marcaron un hito en cuanto alivio de las tareas más pesadas. Casi milagrosa fue la heladera eléctrica, pues con anterioridad los alimentos se mantenían (precariamente) en la fiambrera, un cubo de unos 40 o 50 cm. de lado, con todas sus caras, excepto el piso y el techo, construidas con alambre de finísima trama que impedía el paso de los insectos. Se colgaba al aire libre, a la sombra, en el sitio más ventilado posible. Casi contemporánea con la fiambrera, los vecinos con mayores recursos contaban con una heladera pequeña de gruesas paredes dobles de madera semidura, con aserrín rellenando el espacio entre las mismas. Extrañamente, las recordamos a todas pintadas de color verde claro.

Otro significativo avance en el confort hogareño fue la cocina eléctrica, con horno y tres discos de material refractario que cubrían las resistencias en la parte superior. En la mayoría de los barrios no había red de gas natural, y los tubos de supergas y garrafas se difundieron años después. Anteriormente se cocinaba en el fogón, una gran mesada de gruesas paredes de ladrillos y cemento alisado, con pileta empotrada del mismo material, canilla y dos hornallas (perforaciones en forma de prisma rectangular), cada una con un hueco en el frente y otro en la parte superior, atravesado por dos o tres varillas formando parrillitas que permitían asar directamente algún trozo de carne, choclo, etc., o apoyar sobre ellas recipientes más pequeños que la abertura. En ocasiones, se utilizaban gruesas planchuelas de hierro, del tamaño exacto del hueco, que al colocarse sobre las varillas, permitían otro tipo de cocción. Por el frente se introducían maderitas, papel, trozos de cartón y marlos secos de maíz (sobrantes del puchero) que permitían encender el carbón. Una vez logrado, se cerraba con una puerta metálica provista de manija de gruesa madera. Alguna quemadura era inevitable con este sistema, pero la dolorosa experiencia las reducía al mínimo con el tiempo.

Otro sistema alternativo para cocinar eran los calentadores, alimentados a kerosene. A los primeros, tipo Primus, era necesario darles presión (bombearlos) con un pequeño émbolo y cada tanto repetir la operación para mantener la llama. Era necesario hacerlo con precaución, ya que en caso de excederse podían estallar y provocar verdaderas tragedias. La posterior aparición de otros modelos con mecha regulable hizo innecesaria esta peligrosa y molesta tarea.

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La revolucion de The Beatles en el escenario del club del barrio.

La revolucion de The Beatles en el escenario del club del barrio.

El termotanque eléctrico permitió disfrutar de duchas prolongadas, pero por razones de costo muy pocos pudieron disfrutar de él. Los calefones más comunes de entonces consistían en una serpentina (generalmente de cobre) recubierta por un cilindro de chapa, con una flor por donde salía el agua en forma de lluvia en la parte superior, y un recipiente en forma de plato en la inferior, llenado con alcohol de quemar mediante una alcuza (especie de jarrito con pico alargado), que se introducía para verter el combustible por el mismo orificio lateral por donde luego se encendía con un fósforo, solamente después de abrir la canilla. La serpentina siempre debía estar llena de agua mientras hubiera fuego, de lo contrario las delgadas paredes del cañito enroscado se recalentaban y rompían. Con la base del artefacto apenas por encima de la cabeza, era necesario levantar los brazos con mucha precaución, por el riesgo de golpearlo y que el líquido encendido se derramara encima.

La llegada de la tele

Retomando el tema de los electrodomésticos, varios se fueron sucediendo sin generar demasiados cambios, como licuadora, afeitadora, lustradora, etc., hasta que a fines de la década se instaló el que mayores y más profundos cambios produciría en la estructura social de toda la comunidad: el televisor.

Fue un antes y un después. Se abrieron insospechados e infinitos horizontes para el conocimiento y para la distracción, pero un mundo de fantasía, mucho más ingenuo quizás, llegaba a su fin.

Ya no llegaríamos corriendo de la escuela para tomar el Toddy (que venía en “sus ricos frascos color caramelo”) mientras escuchábamos a Tarzán convocando a los grandes simios a grito pelado, y al elefante con su ¡Ugee, Tantor!; ya no tendríamos que escondernos en la selva africana ni imaginar a Jane, Boy o al profesor Finlander, porque ahora podíamos verlos, y gran parte de la magia desaparecía.

Antes de la aparición de esta maravilla electrónica, las tardes de lluvia cuando no podíamos jugar al fútbol, imaginábamos mil aventuras con El llanero solitario montado en su caballo Plata junto a su fiel amigo, el indio Toro; o navegábamos los peligrosos mares asiáticos combatiendo a cañonazos con Sandokan, el Tigre de la Malasia.

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También era el fin del Radiocine Lux de los sábados a la noche, cuando Radio El Mundo transmitía películas famosas guionadas para su emisión radial, con la familia alrededor de la mesa compartiendo silenciosamente en invierno el gran tazón de té con bombilla, que iba pasando de mano en mano. Entonces sentíamos que estábamos juntos; con la aparición de la TV pasamos a estar sentados uno al lado del otro.

Había llegado el tiempo de Pinky, de Cacho Fontana, de Colomba, del Negro Brizuela Méndez. La gente se amontonaba en la vereda, frente a las vidrieras de los grandes comercios del centro, para ver Casino Philips o alguno de los pocos programas en blanco y negro de Canal 7, la única emisora existente, que transmitía en horario reducido. Cuando los primeros televisores llegaron a Las Mil Casas, en las noches de primavera o verano el aparato se ubicaba en la habitación que daba a la calle, con los grandes ventanales abiertos y el aparato sesgado de forma tal que pudieran ver los dueños dentro de la casa y los vecinos en la vereda, ubicados en sillas traídas de sus casas. En ocasiones, por ignotos motivos o porque por alguna causa se movía la antena “ se iba la señal ”, obligando a subir al techo para reorientarla en la dirección correcta, según instrucciones que alguien frente al televisor le transmitía a los gritos al de arriba : “ ahí va mejorando….dale un poquito más…más..¡pará gil, que te pasaste !! ¡ ..para el otro lado, despacito.. ahí, ahí.. no la muevas!”

Fiesta en las calles

El Club Villa Rivera era el punto de reunión obligado para la celebración de distintos eventos: fechas patrias, aniversarios, bodas, reuniones de familia, etc., pero en ocasiones los vecinos festejábamos en plena calle diversos acontecimientos.

Los más chicos esperábamos ansiosos estos eventos, porque eran terreno propicio para el florecer de nuestros amores tempraneros.

Quizás por motivos personales (ella tenía ojos de miel y aroma a jazmines recién amanecidos) perdura el recuerdo de una cena de fin de año, allá por 1954, cuando se ocupó la calle 523 (aún sin asfaltar), desde 3 casi hasta 4. Ornamentamos el lugar con los pocos elementos que teníamos; el Club prestó tablones, caballetes y las sillas de chapa multiuso que se utilizaban en las más diversas ocasiones. También el vetusto amplificador y las bocinas de chapa que conectamos a una vieja radio “capilla”. Los vecinos llevamos las mesas y asientos que faltaban, utilizando como manteles una insólita diversidad de pliegos de papel.

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Cada uno aportó la comida y bebida que tenía en su casa con total generosidad, compartiendo todo entre todos. Los silbatos de las locomotoras recordaron nuestra prosapia ferroviaria, marcando el inicio del nuevo año con singular estruendo, y el Sol comenzó a brillar con furia al demorarse sus labios en los míos más de la cuenta, en el supuesto saludo protocolar.

Cuando el Universo dejó de temblar y los árboles se enderezaron, notamos asombrados que continuaban los brindis y saludos, como si nadie hubiera advertido el cataclismo.

Pero ya jamás nuestra vida volvería a ser como antes.

La fiesta duró hasta bien entrada la madrugada, con los más chicos golpeando latas para hacer bochinche y algunos adultos olvidando viejas rencillas al compás de una milonga o valsecito.

“…¿Dónde estará mi arrabal?;

¿Quién se robó mi niñez ?... “

En el barrio, en los carnavales se armaban verdaderas batallas en las que participaban grandes y chicos, manteniéndose la muy injusta costumbre que todo el que anduviera en la calle durante el fragor del combate corría el riesgo de ser empapado, estuviera o no participando del juego. La situación se complicaba dado que callejones y calles (excepto dos) eran de tierra, y a poco de comenzadas las acciones se convertían en verdaderos lodazales y patinódromos donde terminábamos cubiertos de barro hasta las orejas.

El festejo proseguía al atardecer, con bullangueras murgas de pibes correteando con improvisados disfraces que inventaban nuestras madres con bolsas de arpillera, retazos de ropa vieja y con alguna careta o el rostro pintarrajeado. Algunas latas viejas reemplazaban a los inalcanzables redoblantes y acompañaban nuestros ingenuos (aunque a veces picantes) cantitos. Por las noches, los infaltables bailes en el Club Villa Rivera o en la Liga de Fomento Dardo Rocha, los sitios más convocantes de la zona.

Afortunadamente, no faltaban los bailes populares en algún callejón, con parlantes en la ventana y música emitida por radio o tocadiscos, y donde hasta los más chicos podíamos participar e incluso ensayar nuestros primeros requiebros amorosos.

En distintas épocas, habitaron el barrio figuradas destacadas en las más diversas áreas: política, cultura, artes, deportes, etc., que por su importancia no pueden ser mencionados en forma abreviada. También otros vecinos que por sus características merecerían formar parte de la literatura picaresca española del siglo XVI.

En muchas ocasiones, en nuestro querido barrio la realidad superaba a la fantasía.

Es por eso que dejamos librado al criterio de cada lector aceptar los hechos que narraremos como reales, o simplemente vincularlos como recurso literario al realismo mágico relatado en sus novelas por Gabriel García Márquez.

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Imposible olvidar a Pucherito; a Peloduro con su cajoncito para lustrar zapatos y su permanente nivel de alcoholemia que haría estremecer a los actuales equipos de medición; a Napoleón y a la Dionisia, pintores de brocha gorda permanente cubiertos de cal. Habitaban una casa semiderruida con una letrina dantesca, construida directamente sobre un pozo, a la que se ingresaba pisando cuidadosamente unos tirantes colocados de canto, sobrevivientes de un piso de madera podrido. Colgaba del techo una cuerda con nudos, a la cual debían aferrarse para evitar resbalones que podían ocasionar accidentes imposibles de olvidar, y era absolutamente indispensable cuando por razones fisiológicas alguno de ellos debía permanecer en cuclillas cierta cantidad de tiempo.

Cada tanto, un matrimonio siriolibanés se trenzaba en memorables peleas, que en ocasiones trascendían la intimidad del hogar y se prolongaban en la calle. Los muchachos del barrio, aun siendo totalmente ajenos al conflicto, habían tomado partido por el marido y confeccionado una bandera que proclamaba su apoyo:

“Las Mil Casas con don Miguel”. En los momentos más álgidos del conflicto, se instalaban en la vereda opuesta, justo frente a la casa de los contrincantes, y al mejor estilo de una tribuna futbolera, proclamaban a grito pelado y agitando la bandera su adhesión a uno de los protagonistas del problema familiar.

El artista Francisco del Bueno inmortalizó en una de sus láminas costumbristas al barrio y a muchos de sus personajes más populares, entre ellos el Turco Loco, que tenía la costumbre de sentarse a leer en medio de las vías del tranvía 13, originando que el motorman, el guarda y algunos pasajeros se bajaran para convencerlo que se corriera y liberara el paso. Como era una persona querida y conocida, no se originaban más conflictos que la pequeña demora.

Cuentan que un joven vecino solía traer de sus viajes de trabajo, algunos de ellos en zonas muy remotas, los más diversos animales que por distintas circunstancias estaban condenados a una muerte segura en sus sitios de origen. No hallando lugares adecuados que pudieran albergarlos, su casa se convirtió en una especie de hospital y orfelinato para estos ejemplares. Dicen que en distintas épocas habitaron Las Mil Casa dos pumas, un yacaré, un bagre manso, un chimango que sobrevolaba el barrio con la más absoluta libertad, un peludo al que por razones obvias llamaban Hipólito y la más insólita y variada gama zoológica que allí encontraba refugio. Como toda información, sería conveniente verificar su autenticidad, o directamente incluirla en los relatos del realismo mágico del que hemos hablado.

Nada era imposible en nuestro Macondo de cabotaje.

(El presente trabajo recupera fragmentos de un trabajo inédito de próxima publicación)

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Begum es un segmento periodístico de calidad de 0221 que busca recuperar historias, mitos y personajes de La Plata y toda la región. El nombre se desprende de la novela de Julio Verne “Los quinientos millones de la Begum”. Según la historia, la Begum era una princesa hindú cuya fortuna sirvió a uno de sus herederos para diseñar una ciudad ideal. La leyenda indica que parte de los rasgos de esa urbe de ficción sirvieron para concebir la traza de La Plata.

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